"Vivir entre conversaciones superficiales crea malestar físico" (Elena Montolío Durán)

Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


lunes, 15 de marzo de 2021

El misterio de Champ D'ames (fragmento)

 



Una fachada sin gracia y un largo balcón en el piso superior, encima de la puerta de entrada, caracterizaba el caserío de Mitxel Idieder. El tejado, a dos aguas, se prolongaba sin transición para cubrir también la cuadra, a su vez prolongación del edificio principal.

No se veía timbre por ninguna parte. El capitán golpeó la puerta con el canto del puño. Al rato, una mujer que pasaba de los sesenta, con una bayeta atrapa-polvo entre las manos, se asomó al balcón.

—¿Qué desean? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Capitán Étienne Daguerre, de la comisaría de Ibai-Bero.

La mujer lo observó forzando aún más el ceño.

—A usted le conozco de verle por el pueblo —respondió la mujer.

—El que me acompaña también es policía. Se llama Teo Coo y es comisario de la  Ertzaintza, del País Vasco español.

—¿Es gendarme?

—No, solo me acompaña.

—¿Y qué desean?

—Hablar con  Mitxel Idieder.

La mujer dio señales de alarma al oír el nombre.

—¿Ha hecho algo malo?

—No, señora.

—Mitxel es mi hijo.

—Pues dígale que preguntamos por él.

—¿Cómo ha dicho que se llama usted?

—Étienne Daguerre. Dígale que el capitán de gendarmes Étienne Daguerre quiere verlo.

—¿Ha hecho Mitxel algo malo en el País Vasco español?

—No, señora. ¿Puede decirle a su hijo que salga a la puerta?, por favor.

—Mitxel no está.

Étienne hizo un gesto de contrariedad.

—¿Dónde podemos encontrarlo?

—Está pasando unos días en el monte, pero no sé cuando vendrá. Mitxel hace supervivencia y se pasa días sin volver a casa.

—¿Sabe usted en dónde hace la supervivencia?

—No.

—¿Sabe de alguien que pueda saberlo?

—No.

De la cuadra surgió un hombre corpulento que, por la edad, podría ser el esposo de la mujer. Vestía vaqueros amplios, desgastados, y una camisa de leñador a cuadros blancos y azules.

—¿Desean algo? —preguntó.

—¿Es usted pariente de Mitxel Idieder.

—Soy su padre, Daniel Idieder.

—Capitán Étienne Daguerre, de la gendarmería de Ibai-Bero. Tenemos unas preguntas que hacerle a su hijo, señor Idieder, pero no se preocupe, es solo rutina.

—¿Preguntas con respecto a qué?

—Con respecto a la compra de unas lanzas.

La madre de Mitxel apareció por la puerta. Llevaba un móvil en la mano.

—He llamado a Mitxel, pero no contesta —dijo sofocada.

Al padre de Mitxel también se le veía realmente preocupado.

—¿Puede saberse qué pasa? —preguntó.

Étienne le puso al corriente de los dos asesinatos. Nada que no hubiera salido en las noticias y de lo que no pudieran estar al tanto los padres de Mitxel.

—Este siempre ha sido un lugar tranquilo. No entiendo por qué están pasando estas cosas —comentó el padre, apesadumbrado.

—Nosotros tampoco, señor, y por eso deseamos hablar con su hijo, para que nos aclare ciertas dudas —dijo Étienne.

—¿Creen que nuestro hijo puede estar enfangado en esos crímenes? —preguntó el padre.

A la madre se le escapó un gemido.

—Tranquilícense los dos —dijo Étienne—. Ya les he dicho que simplemente se trata de hacerle a su hijo unas preguntas.

—¿Tiene su hijo un caballo? —preguntó entonces Teo.

El padre dudó.

—Hay un caballo en el caserío, pero es mío, no de Mitxel.

—¿Podría enseñarnos ese caballo?

—Por descontado. Síganme a la cuadra.

El padre se dirigió a la cuadra y los demás lo siguieron; la madre iba nerviosa, frotándose las manos. En la cuadra había media docena de vacas, además del caballo. Un caballo negro, enorme, el más enorme que Teo había visto en su vida. Las huellas de herradura de los moldes parecerían de juguete al compararlas con las de aquel gigante.

—¿Es un percherón? —preguntó Teo.

—Es un shire, un caballo de tiro escocés. Son los caballos más grandes del mundo —respondió el padre.

Teo miró a Étienne y este negó con la cabeza.

—Gracias, señor  Idieder. Ya hemos terminado —dijo Teo.

—¿No es lo que buscaban?

—Buscamos un caballo de tamaño normal.

—Cuando vean a su hijo, díganle que se pase por la gendarmería y pregunte por el capitán Daguerre —dijo Étienne.

—Descuide —respondió el padre.

—Es un buen chico —susurró la madre.



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