"Vivir entre conversaciones superficiales crea malestar físico" (Elena Montolío Durán)

Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


miércoles, 30 de septiembre de 2020

El Juicio del Mono





John Scopes
      «Será ilegal que cualquier docente de cualquiera de las universidades, normales y demás escuelas públicas del Estado que se apoyen total o parcialmente con los fondos de las escuelas públicas del Estado, enseñe cualquier teoría que niegue la Historia de la Creación divina del hombre como se enseña en la Biblia, y en cambio enseñar que el hombre ha descendido de un orden inferior de animales» (Ley Butler).

      A comienzos de 1925 en Tennessee se aprobó la Ley Butler. Fue a propuesta de John Washington Butler, granjero de 50 años de edad, miembro de la Cámara de Representantes de Tennessee de 1923 a 1927 por los condados de Macon, Trousdale y Sumner. Dicha ley prohibía a los maestros de escuelas públicas negar que el origen del hombre y la mujer no fue tal y como se narra en la Biblia, e impedía la enseñanza de la teoría de la evolución del ser humano a raíz de un antepasado primate. El maestro infractor se exponía a una multa que oscilaba entre 100 y 500 dólares.

     


     Butler consideraba a la Biblia como la piedra angular sobre la cual se sustentaba el gobierno de los Estados Unidos de América. Afirmaba que cualquiera que negase la historia de la creación según se narra en la Biblia no podría considerarse cristiano y que, además, dañaba esa piedra angular en la que se basaba el Gobierno de la nación.

      George Washington Rappleyea era un ingeniero metalúrgico neoyorquino de 31 años, afincado en Dayton, Tennessee, gerente de Cumberland Coal and Iron Company. No andaban las cosas bien en aquel Dayton de mil setecientos cincuenta almas, en 1925, y a Rappleyea se le ocurrió que nada mejor para levantar la economía del pueblo que un escándalo sonado, a nivel nacional. En la Farmacia de Robinson, mientras tomaba café un grupo de empresarios, Rappleyea, metodista seguidor de la teoría de la evolución, propuso a los prebostes desafiar la Ley Butler. Había leído en el Chattanooga Times que la American Civil Liberties Union (ACLU) estaba interesada en plantar cara a dicha ley. Rappleyea propuso prender la mecha a ese barril de pólvora. La «chispa» que la daría fuego se llamaba John Scopes. El escándalo estaba servido.

     

Clarence Darrow

    John Scopes nació en Paducah, Kentucky, el 3 de agosto de 1900. Se licenció en derecho, y en 1924 daba clases de álgebra, química y física en la escuela secundaria de Dayton, donde también fue entrenador de fútbol. Estaba en una partida de tenis cuando Rappleyea le pidió que se reuniera con él y los empresarios en la farmacia de Robinson. Le mostraron el plan y le propusieron que dijera que él había enseñado la teoría de la evolución en su aula. Scopes no había enseñado la teoría a sus alumnos, pero creía en ella y estuvo de acuerdo en colaborar con Rappleyea y los suyos. Este último había viajado a Nueva York y contaba ya con el concurso de la ACLU.

     


      El 10 de julio de 1925 el juicio, conocido como el Juicio del Mono, comenzó en medio de un espectáculo mediático de repercusiones nacionales, tal como Rappleyea había calculado.

      Scopes estuvo defendido por uno de los abogados más prestigiosos del momento, Clarence Darrow. Fue declarado culpable, multado simbólicamente con 100 dólares y más tarde indultado. 

      En 1960 el juicio fue llevado al cine con el título de Inherit the Wind, (en España, La herencia del viento) dirigida por Stanley Kramer y protagonizada por Spencer Tracy.



       

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