Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


domingo, 8 de marzo de 2020

Catalina de Aragón


Catalina de Aragón
      «Me asombra oír qué nuevas invenciones se inventan contra mí, que nunca  procuré más que la honorabilidad, y me obliga a oponerme al orden y al juicio de este nuevo tribunal, en el que tanto daño me hacéis» (Catalina de Aragón).


      Fue la hija menor de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos. Nació en Alcalá de Henares el 16 de diciembre de 1485. Le pusieron el nombre por su bisabuela Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y nieta de Eduardo III de Inglaterra. Estos ascendientes le conferían un legítimo derecho al trono inglés. Hablaba castellano, catalán, latín, francés e inglés, y estudió danza y música.

      A la edad de 16 años sus padres la enviaron a Inglaterra. Embarcó en La Coruña el 17 de agosto de 1501. Sin embargo, el mal tiempo obligó a la nave a buscar refugio en Laredo y permanecer anclada hasta el 27 de septiembre. A finales de octubre llegaría a Plymouth. Allí la aguardaba  el obispo de Bath, en nombre de la familia real inglesa, Enrique VII e Isabel de York, para conducirla hasta Londres. Aquí, el 14 noviembre contrajo  nupcias  con el príncipe Arturo de Gales cuando este tenía 15 años, en la catedral de San Pablo. En marzo de 1502 una extraña enfermedad afectó a los dos jóvenes príncipes, a resultas de la cual se cree que murió Arturo.

Arturo, príncipe de Gales
      El rey inglés pretendía que Catalina regresara a España, pero los Reyes Católicos se opusieron. Convertida en  «cosa», depositaron a Catalina en el desván inglés hasta que se pudiera casar con el futuro Enrique VIII. La Catalina cosificada pasó siete años de privaciones (sus padres se negaron a mantenerla y Enrique VII le entregaba lo justo) en Durham House. En 1509 le quitaron las telarañas, la desempolvaron y, en cumplimiento del tratado de 1503, contrajo matrimonio con Enrique VIII. Esta vez Catalina tenía 23 años y su esposo 18. Se dice que la pareja fue feliz en los primeros años de matrimonio, si pasamos por alto el sufrimiento que le podían causar a Catalina las infidelidades del monarca inglés. Curiosamente, Enrique VIII no dudaba en cortar la cabeza a sus esposas (se casó ocho veces) si le eran infieles. Ana Bolena (acusada injustamente) y Catalina Howard fueron decapitadas por ese motivo.

      Catalina de Aragón tuvo con Enrique VIII seis hijos, de los cuales solo sobrevivió una niña que luego sería reina de Inglaterra con el nombre de María I. Con su marido combatiendo en Francia y embarazada, se puso al frente de un ejército y derrotó a Jacobo IV de Escocia, que había invadido Inglaterra, el 9 de septiembre de 1513 en la Batalla de Flodden Field. Catalina le envió a Enrique un trozo ensangrentado del chaquetón del rey escocés, muerto en la lucha.

Enrique VIII
      
Ante la negativa del papa Clemente VII a concederle la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón, Enrique VIII  se hizo nombrar Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra, desvinculándose de la Iglesia de Roma. En 1533 la Iglesia de Inglaterra disolvió el matrimonio  y Catalina de Aragón fue confinada en el castillo de Kimbolton, en el condado de Cambridgeshire, donde se sumió en la tristeza. Moriría en este lugar el 7 de enero de 1536, a la edad de 50 años de un sarcoma melanótico. Fue una reina querida por el pueblo y la nobleza, y admirada incluso por alguno de sus más relevantes enemigos. La enterraron en la entonces abadía de Peterborough, convertida luego en catedral. En su tumba figura el epitafio, en letras doradas: «KATHARINE QUEEN OF ENGLAND





domingo, 5 de enero de 2020

Naufragios

Cabeza de Vaca
      «A esta hora el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto, que no menos tormenta había en el pueblo que en el mar, porque todas las casas e iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de las casas, porque como ellos también caían, no nos matasen debajo. En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche, sin hallar parte ni lugar donde media hora pudiésemos estar seguros.
       Andando en esto, oímos toda la noche, especialmente desde el medio de ella, mucho estruendo grande y ruido de voces, y gran sonido de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la tormenta cesó. En estas partes nunca otra cosa tan medrosa se vio; yo hice una probanza de ello, cuyo testimonio envié a Vuestra Majestad. El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conocimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles, y diez leguas de allí por la costa, se hallaron dos personas de mi navío y ciertas tapas de cajas, y las personas tan desfiguradas de los golpes de las peñas, que no se podían conocer; halláronse también una capa y una colcha hecha pedazos, y ninguna otra cosa pareció. Perdiéronse en los navíos sesenta personas y veinte caballos. Los que habían salido a tierra el día que los navíos allí llegaron, que serían hasta treinta, quedaron de los que en ambos navíos había». Albar Nuñez Cabeza de Vaca, Naufragios.


      Los dos párrafos de arriba son la descripción de un huracán en 1527, realizada por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en su crónica Naufragios. Posiblemente sea la primera descripción de un huracán realizada por un europeo. Cabeza de Vaca nunca había presenciado un huracán. Quedó tan fuertemente impresionado que sintió la necesidad de describírselo a su rey, Carlos I.

      La mayoría de nosotros no hemos sido testigos directos de la fiereza de un huracán, pero los hemos visto por televisión y, la verdad, se te ponen los pelos de punta.

      Lo interesante del testimonio de Cabeza de Vaca radica en que es la impresión del que ve algo nuevo y extraordinario.

      Hay en Naufragios una descripción de una tierra llamada Apalache, en la Florida. Y la de un ataque de los indígenas a la expedición de Pánfilo de Narváez, en la cual Cabeza de Vaca detalla la fisionomía de los atacantes y sus armas.

       «La tierra, por la mayor parte, desde donde desembarcamos hasta este pueblo y tierra de Apalache, es llana; el suelo, de arena y tierra firme; por toda ella hay muy grandes árboles y montes claros, donde hay nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros, sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos, de la manera de los de Castilla. Por toda ella hay muchas lagunas grandes y pequeñas, algunas muy trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por tantos árboles como por ellas están caídos. El suelo de ellas es de arena, y las que en la comarca de Apalache hallamos son muy mayores que las de hasta allí. Hay en esta provincia muchos maizales, y las casas están tan esparcidas por el campo, de la manera que están las de los Gelves. Los animales que en ellas vimos son: venados de tres maneras, conejos y liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los cuales vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barriga tiene; y todo el tiempo que son pequeños los trae allí, hasta que saben buscar de comer; y si acaso están fuera buscando de comer, y acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su bolsa.
       Por allí la tierra en muy fría; tiene muy buenos pastos para ganados; hay aves de muchas maneras, ánsares en gran cantidad, patos, ánades, patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdices; vimos muchos halcones, neblíes, gavilanes, esmerejones y otras muchas aves.»


       «En esta revuelta hubo algunos de los nuestros heridos, que no les valieron buenas armas que llevaban; y hubo hombres este día que juraron que habían visto dos robles, cada uno de ellos tan grueso como la pierna por bajo, pasados de parte a parte de las flechas de los indios; y esto no es tanto de maravillar, vista la fuerza y maña con que las echan; porque yo mismo vi una flecha en un pie de un álamo, que entraba por él un jeme. Cuantos indios vimos desde la Florida aquí todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza. Los arcos que usan son gruesos como el brazo, de once o doce palmos de largo, que flechan a doscientos pasos con tan gran tiento, que ninguna cosa yerran.»

     

jueves, 28 de noviembre de 2019

Epitafios


      
      Una vez oí que la fábula de La cigarra y la hormiga la escribió una cigarra. En la antigua Roma había cigarras y hormigas, y todas tuvieron su epitafio. ¿Esopo era una cigarra…ummm…?

      Buscando información para mi nueva novela (borrador acabado; alrededor de 260 páginas manuscritas; pasadas a limpio, 198) he encontrado estos curiosos epitafios romanos, expresión de cariño y tristeza, en Internet:

       «Yo, Lucio Mario Vitalis, hijo de Lucio, viví 17 años y 55 días. Tuve éxito en los estudios y convencí a mis padres de que debía aprender una profesión. Había abandonado Roma con la guardia pretoriana del emperador Adriano cuando, mientras trabajaba duramente, las Parcas me envidiaron, me atraparon y me llevaron de mi nueva profesión a este lugar. María Marquis, mi madre, erigió este monumento en memoria de su maravilloso y desdichado hijo.»
 
      «Oh, queridísimo esposo que me conviertes, con tu marcha, en desgraciada. Sin tí ¿qué puedo considerar dulce? ¿Qué puedo creer agradable? ¿Para qué guardo mi vida? ¿Por qué no te sigo al sepulcro, pérfido que me has abandonado? Séame al menos permitido estar contigo, entrelazadas nuestras manos, en el muy deseado, para mí, sepulcro.» 

      «Marco Acilio Fontano, hijo de Lucio. El año décimonoveno nos arrebató a un joven que había comenzado con ardor la milicia. Se equivocaron las Parcas al robarnos a Fontano, porque permanecerá para siempre la fama de este gran hombre.»

      «Gemina, esclava de Decio Publicio Subicio, murió a los 25 años durante el parto. Aquí yace. Cayo Aerario, liberto, hizo construir este monumento. Serías mi Parca si me llevaras de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista. Si me amaste, ¡llévame de aquí!»

      «Al auriga Eutyches, de 22 años. Flavio Rufino y Sempronia Diofanis a su siervo que bien lo merecía. Descansan en este sepulcro los restos de un auriga principiante bastante diestro, sin embargo, en el manejo de las riendas" Texto puesto en boca del auriga: "Yo, que montaba ya sin miedo los carros tirados por cuatro caballos, no obtuve permiso, con todo, para conducir más que los de dos. Los hados, los crueles hados, a los que no es posible oponer resistencia, tuvieron celos de mi juventud. Y, al morir, no me fue concedida la gloria del circo, para evitar que me llorara la fiel afición. Abrasaron mis entrañas malignos ardores, que los médicos no lograron vencer. Te ruego caminante, derrames flores sobre mis cenizas: tal vez tu me aplaudiste mientras vivía.»

      «Aquí yace Quintus Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Oh, dolor! ¡Caminante, que pasas por este camino! Entérate de quién fue el joven cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, donde cogía abundante pesca. Sabía como cazador hundir su jabalina en el corazón de las bravías fieras; sabía también aprisionar a las aves con varetas armadas en liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a ti, ¡oh, Diana!, en Delphos nacida, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar.»

      «Cerinthus, murmillo, gladiador neroniano con dos victorias, de la nación griega, murió con veinticinco años. Su esposa Rome construyó este monumento de su dinero a quién bien se lo merecía.»

      «Ingenuus, essedarius, de los juegos gladiatorius gallicianos, de veinticinco años con doce victorias, de la nación germana, toda la familia gladiatoria essedarii le construyó este monumento de su dinero. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.»

      «Aquí yazgo enterrada, de 17 años, arrebatada de repente por la hora adversa. Mi desventurada madre hasta en sueños espera ver mi rostro... gritando que quiere salir de su cuerpo.»

      «Felicia, esclava de un 1 año, 5 meses y 9 días, cariñosa con los suyos, está aquí enterrada. Que la tierra te sea leve.»

      «A su nodriza Maria Marcelina y a la memoria de su hermano de leche Cedio Rufino, ambos bien merecedores, levantó este monumento C. Tadio Sabino, soldado de la II cohorte pretoriana.»

      «Aulo Salvio Crispino, hijo de Aulo, nieto de Aulo, fue enterrado aquí con 51 años. Ocupó cuatro veces su cargo en el Consejo de los Cuatro de Ferentum. El día que fue su último, en el almuerzo, fue asesinado por un muro.»

      «Cayo Hostilio Pánfilo, médico, liberto de Cayo, compró este monumento para él y para Nelpia Hymnis, liberta de Marco, y para todos sus libertos y libertas y descendientes. Esta es para siempre nuestra casa, nuestra granja, nuestros jardines y nuestra memoria.»

     
      Espero que estos epitafios os hayan gustado tanto como a mí. Se los debemos al blog Los Fuegos de Vesta, en cual te aguardan muchos más epitafios como los que has leído. Que los dioses manes os acompañen.





miércoles, 13 de noviembre de 2019

De Adolf a Hitler



      «El 14 de diciembre de 1918 fue una jornada memorable para el nacionalsocialismo. Aquel apacible día, el candidato de un partido nacionalsocialista entró por primera vez en un Parlamento nacional. Tras el recuento de votos resultó que el 51,6 por ciento de los electores de la circunscripción de Silvertown, un barrio obrero de Essex pegado a Londres, había elegido a John Joseph «Jack» Jones, del Partido Nacionalsocialista, para representarlos en la Cámara de los Comunes británica.
     El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes corrientes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873» (Thomas Weber De Adolf a Hitler).

Thomas Weber
      Estoy leyendo De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi de Thomas Weber. Me ha resultado chocante descubrir que el Adolf Hitler, «el de antes, el oscuro Adolf», no poseía ninguna cualidad destacable que revelase que podría llegar a ser un brillante líder manipulador del lado más oscuro de las masas. Ni siquiera la de mal bicho, cualidad en la que tanto descolló después.

      Hitler se alistó como voluntario extranjero en el Ejército de Baviera y su unidad, el Decimosexto Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (el Regimiento List), sirvió en el frente occidental. Al finalizar la guerra, políticamente sus ideas eran confusas. Pero nada indica que tuviera una convivencia tirante con los soldados judíos de su regimiento. Era un tipo del montón. Sus opiniones no diferían de las de cualquier austriaco de la época contrario a la monarquía de los Habsburgo que añorara una Alemania unida. No parece que, durante el conflicto bélico, sus ideales políticos estuvieran consolidados o que los tuviera del todo claros. Oscilaban entre las ideas colectivistas de las izquierdas moderadas y las de derechas, con ciertos tintes socialdemócratas. Creía, eso sí, que las ideas políticas internacionalistas de sus compatriotas eran el enemigo de Alemania a abatir: el capitalismo internacional, el socialismo internacional (entre estos no contaba a los socialdemócratas, que permanecieron fieles a la nación alemana durante la guerra), el catolicismo internacional (Hitler era católico) y los imperios dinásticos multiétnicos. Temía un futuro sin estados ni naciones.

     Los soldados de primera línea del Regimiento List trataban con desdén a los que, como Hitler, prestaban sus servicios en los cuarteles del regimiento. Los llamaban Etappenschweine, es decir, «puercos de retaguardia», porque, en apariencia, llevaban una vida placentera y libre de peligros a sus buenos kilómetros lejos de la espantosa trituradora de las trincheras. En opinión de estos soldados, los que como Hitler servían en los cuarteles generales obtenían sus medallas al valor a base doblar el espinazo para besar la mano de sus superiores. Hitler fue un buen soldado, concienzudo y meticuloso, pero no el valiente líder en ciernes con ideas políticas definidas que despreciaba la retaguardia, como lo pintó la propaganda nazi. Los superiores de este vulgar soldado reconocían su lealtad, pero consideraban que no tenía dotes de mando y sí una predisposición natural a obedecer y no a ordenar. De hecho, nunca tuvo a nadie bajo su mando. Los compañeros de cuartel lo apreciaban. Lo tenían por un afable solitario que no salía con ellos de picos pardos en el norte de Francia. No era aún, ni de lejos, el implacable demagogo antisemita de su periodo nazi.

      El 20 de noviembre de 1918, siendo aún un oscuro soldado, Hitler presencia una concentración socialista que describe en Mi lucha:

       «En Berlín, justo después de la guerra, presencié una multitudinaria manifestación marxista frente al Palacio Real y en el Lustgarten —escribió—. Un océano de banderas rojas, pañuelos rojos, flores rojas, le daban a esta manifestación [...] un aspecto imponente, al menos en la superficie. Pude sentir y experimentar personalmente con cuánta facilidad un hombre del pueblo sucumbe al sugestivo encanto de un espectáculo tan grandioso e impactante» (Tomado de De Adolf a Hitler).

      Da la impresión de que en ese momento Hitler tiene una epifanía (es mi opinión) en la que descubre lo fácilmente manipulable que puede resultar el ciudadano medio, tirando a mediocre (como él mismo), si se emplean los recursos adecuados para deslumbrarlo. Un hombre mediocre, consciente de ello, dirigiendo la mediocridad. Recuerdo haber visto en la televisión un documental en la que un antiguo miembro de las Waffen-SS reconocía la embriagadora sensación que le producían de joven los espectaculares desfiles nazis en los congresos de Núremberg. Sensación que todavía recordaba con agrado y añoranza, como si fuera la adicción mal superada de una droga, a pesar de que ahora repudiara con todos los sentidos el nazismo.

      Se suele decir que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla. Corren unos tiempos que como para ignorar nada.




martes, 1 de octubre de 2019

Y, sin embargo...




      «Y, sin embargo, se mueve

Galileo Galilei
      Es lo que dicen que dijo Galileo Galilei ante el Tribunal de la Santa Inquisición después de desdecirse de su teoría heliocéntrica, en la cual la Tierra giraba alrededor del Sol, y salir absuelto. Los del Santo Oficio y el resto de la humanidad (es decir, Europa), apostaban por la teoría geocéntrica donde el Sol y el resto de los planetas giraban alrededor de la Tierra, bendecida por el infalible dedo de Dios. Hay quien considera apócrifa la sentencia, opinión a la que me apunto por puro sentido común. Hay que tenerlos bien puestos para soltarla ante una audiencia, precursora de la barbacoa, que está dispuesta a churruscarte si te empecinas en sostenerla. Cualquiera puede tener el oído fino y preguntarte, entornando los ojos, que qué es lo que se mueve. Y otra vez metido en esos barros y a desdecirte desde el principio.



      «Decíamos ayer…» que cuando hemos aprendido la historia oficial nos resulta complicado cuestionarla, y ¡ay! de aquel que se atreve a hacerlo. Y, me parece, que es algo que saben bien los escritores de historia novelada. Hay tantas lagunas, tantos puntos oscuros rellenados a criterio del investigador, como investigadores hay metiendo el hocico en la historia. Se crean corrientes históricas a las que los escritores pueden adherirse por simpatía o por que las consideran más razonables. Lo que se encuentra el escritor, una vez aceptada una versión de la historia, es un hilo del que tira para desenredar la madeja que le ayude a construir el argumento de su novela, y lo que se encuentra son más madejas dentro de la madeja dada por buena. Entonces no le queda otra que tirarse al agua, y que salga el sol por donde quiera. ¿Cómo hablaba la gente de hace dos mil años en ese sitio o en ese otro? No lo sabe. No se sabe, y, lo peor: nadie lo sabe. El escritor se cree que lo sabe (o finge saberlo para poder seguir adelante con su novela) porque ha visto hablar así a los personajes de las películas o en las novelas de otros escritores. Y corre el peligro de que los personajes dialoguen de forma artificiosa, o que el narrador en tercera persona narre como piensa el novelista que debería narrar un narrador de la época en la que transcurre el argumento de la novela. Y todo para dar ambiente y no resultar anacrónico y espantar a los lectores.

      Sin embargo, las pintadas de Pompeya y otros lugares nos devuelven a la realidad, por lo actuales; algunas hasta tienen cierto aire de tuits o whatsapp:

      "Atimeto me preñó"; "Samio a Cornelio: cuélgate";  "Gayo Sabino saluda con afecto a Estacio. Viajero, come pan en Pompeya, pero ve a Nocera a beber. En Nocera, la bebida es mejor"; "Virgula a su amigo Tercio: eres asqueroso"; «Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario»; «Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré: no tenía orinal»; «¡Cualquiera que lea esto es un hijo de puta!»; «Me he escapado. He huido. La esperanza y la fortuna, ¡adiós!»; «Perarius, ¡eres un ladrón!»; «Veinte parejas de gladiadores, que pertenecen a Aulo Suettius Antenio y su liberto Níger, luchará en Pozzuoli en el 17, 18, 19 y 20 de marzo. También habrá una cacería de animales y de las competencias atléticas»; «Un coño peludo se folla mucho mejor que uno depilado. Aquella retiene mejor los vahos y tira, al mismo tiempo, de la verga»; «Oh, pared, estoy sorprendido de que no te hayas desmoronado, ya que soportas los garabatos tediosos de tantos escritores».

      Uno de los personajes históricos que osó cuestionar lo incuestionable fue Jean-
Lamarck
Baptiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck
 (1774-1829). Lamark fue un naturalista francés que formuló la teoría de la evolución biológica; el acuñó el término «biología». Defendió que los seres vivos no permanecían inmutables sino que cambiaban influenciados por el clima y las circunstancias, se adaptaban y evolucionaban a otras formas distintas, lo que propiciaba la aparición de las diversas especies. Esta teoría chocaba frontalmente con el fijismo de Cuvier, indiscutible en su época, que defendía que cada cierto tiempo espantosos cataclismos borraban de la faz de la Tierra toda forma de vida y que la vida renacía con especies nuevas que no tenían conexión alguna con las anteriores. Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier (1769-1832) fue el primero y más importante promotor de la anatomía comparada y la paleontología. Si un animal tiene cascos y cuernos su dentadura es de herbívoro, pero si tiene garras y uñas entonces su dentadura es de carnívoro; los de dentadura cerrada son vegetarianos y los de dientes cónicos de presa, defendía Cuvier. Presumía de poder reconstruir un animal partiendo solo de un hueso, y lo demostraba. Lamark no podía demostrar que el cuello largo de las jirafas era la consecuencia de miles de años de adaptación al medio.

     Cuvier disfrutaba de una buena reputación como científico y una excelente posición
Cuvier
profesional y social, y su teoría de los cataclismos había creado escuela. Era, además, un excelente orador. Lamark, no. Si la teoría de la evolución biológica de Lamark triunfaba, la reputación de Cuvier se tambalearía peligrosamente. ¿Acaso no parecería, entonces, ridícula la teoría de los cataclismos? Cuvier no estaba dispuesto a consentirlo. Lamark tendría que demostrar su teoría, requisito indispensable para que no fuera tomado por un impostor. Y más le valdría que lo hiciera. La Ciencia no admitía otro grado de seriedad.

      Un día en que Lamark explicaba a sus alumnos cómo la salamandra que habita en las grutas de los montes de Karst había perdido la vista porque en la oscuridad no la precisaba para desenvolverse, y que, sin embargo, la recuperaba si se la tenía durante algún tiempo en un acuario iluminado, entró Cuvier en el aula y se sentó en los bancos de atrás. Los alumnos se volvieron y aplaudieron la presencia del reputado naturalista. Cuvier, que había dejado que Lamark siguiera desarrollando su tesis sin interrumpirle, de pronto se levantó y le espetó a Lamark que si hubiera utilizado mejor sus ojos para observar la naturaleza a lo mejor no estaría tan cegato como la salamandra de Karst. Lamark no andaba bien de la vista, y había llegado acompañado de su hija Cornelia.

      Lamark, educadamente, le sugirió a Cuvier que podía oponerse a su teoría sin necesidad de utilizar ataques personales. A lo cual, lleno de ira, Cuvier le preguntó si acaso no sabía que en la teoría de Lamark había un ataque a su persona. Lamark meditó sobre ello y respondió sinceramente que no lo sabía, y le rogó que saliera del aula y le permitiera continuar la clase. Cuvier le retó a que demostrase su teoría de que los seres fosilizados son los precursores de las especies actuales. Lamark le respondió que no creía en la teoría de las catástrofes de Cuvier y que este tampoco podía demostrar que fuera cierta.

      Cuvier afirmó que podía demostrar que su teoría de las catástrofes era cierta e invitó a los alumnos a seguirle a su aula, donde demostraría sin ningún género de dudas su teoría. Los alumnos siguieron a Cuvier, dejando la clase de Lamark vacía. Solo quedaron Lamark y Cornelia que lloraba desconsoladamente.

      Cuvier mostró a los alumnos un dibujo del Palaeotherium magnum, y les preguntó si alguien creía que aquel engendro podría ser el antecesor de ninguno de los seres vivos actuales. Nadie lo creyó posible. Entonces señaló un bloque de piedra que tenía encima de la mesa, del cual sobresalía parte un hueso fosilizado. Dijo que, sin haberlo visto nunca, sabía a qué animal pertenecía. El palaeotherium es y será siempre un palaeotherium, lo mismo que aquella piedra contenía el hueso de un canguro de la era terciaria. Y para demostrarlo fue desgranando la piedra hasta que apareció el hueso marsupial.

      Aunque la demostración de Cuvier probaba la ley de las correlaciones, no demostraba la teoría de las catástrofes. Pero nadie se dio cuenta, y si hubo alguien que sí lo hizo se lo cayó.

      Desde aquel día, ningún estudiante acudió a las clases del humillado Lamart. Totalmente ciego, dejó su cátedra y vivió el resto de su vida en la miseria. En estas condiciones dictó a Cornelia Historia natural de los invertebrados, obra de once tomos, que no tuvo ninguna repercusión en su época. Murió a los 86 años en París, olvidado de todos. Cuvier moriría tres años después, adorado por el mundo científico.

Charles Robert Darwin

      

  
    «Es siempre recomendable percibir claramente nuestra ignorancia.» (Charles Darwin)
  














viernes, 13 de septiembre de 2019

Lugares legendarios



   
     «La tradición es imprecisa respecto a la ubicación de Jauja. La tierra de Bengodi, cuyas maravillas cuenta Maso a Calandrino en el Decamerón, tierra donde se atan los perros con longanizas, está situada en el país de los vascos, y dista de Florencia más de milenta millas» Historia de las tierras y los lugares legendarios. Umberto Eco.

      Uno de mis libros del verano ha sido Historia de las tierras y los lugares legendarios de Umberto Eco. El libro habla de esos lugares irreales y maravillosos que han sembrado de fantasía la imaginación de los pueblos (al menos la de los europeos) a través de las épocas. Habla de la Tierra plana, idea que, aunque parezca increíble, ha cuajado y aún creen en ella un buen número de personas en nuestros días; y de las Antípodas, en donde la gente camina curiosamente cabeza abajo sin caerse al vacío y sin que se le suba la sangre a la cabeza. También de la Atlantida, Mur, Lemuria, el Paraíso terrenal y otras más, entre ellas Jauja, que en el Decamerón se sitúa en el país de los vascos, o
sea, aquí, desde donde escribo este blog. Obviamente, aquí no atamos los perros con longanizas, pero los queremos mucho.

Luna
     Los seres humanos tendemos a creer en las cosas más insólitas, y cuando una información ha calado en nuestro cerebro nos cuesta soltarla. Incluso si los nuevos descubrimientos históricos añaden datos que desmienten lo que se tenía por cierto e irrefutable, nos cuesta cambiar el chip. Por ejemplo, hasta no hace mucho se tenía por cierto que las pirámides se habían erigido a golpe de látigo por esclavos escuálidos, y sacarnos esa información de la cabeza aún va costar lo suyo. Sin embargo, en 2010 el ministro de Cultura egipcio, Farouk Honi anunció que nuevos hallazgos demostraban que las pirámides habían sido construidas por hombres libres a los que se les pagaba un salario, algo que ya se sospechaba desde los años 90. «Estas tumbas fueron construidas al lado de la pirámide del rey, lo que indica que esta gente no era de ninguna manera esclava. Si hubiesen sido esclavos, no se les habría permitido construir sus tumbas al lado de la de su rey», informó Zahi Hawass, jefe del Consejo Supremo de Antigüedades egipcio. En las paredes de la pirámide de Khufu aparecen inscripciones en reconocimiento a los
trabajadores que la levantaron, en las que se les menciona como «amigos de Khufu».

      Para alimentar a los trabajadores, que nunca pasaron de 10.000 según Hawass, se enviaban a la zona de trabajo cada día 21 búfalos y 23 ovejas, y a los ganaderos que colaboraban en estos proyectos «nacionales» se les eximía de pagar impuestos. Los obreros rotaban cada tres meses y los accidentes laborales eran atendidos inmediatamente, y, en caso de fallecimiento, se les inhumaba en la zona y se les abastecía de pan y cerveza para hacerles más grato el viaje al más allá.

      Los constructores de pirámides vivían en la zona de trabajo, en ciudades perfectamente estructuradas y organizadas, provistas de todos los servicios, incluyendo cementerios. Se han encontrado restos de graneros, carnicerías y panaderías que horneaban miles de hogazas diarias. Había obreros con «puesto fijo» y otros reclutados en los pueblos vecinos con «contrato temporal». Conseguir un puesto de trabajo en las pirámides era algo ambicionado, y no solo por los hombres. Se han encontrado esqueletos de mujeres en los cementerios de los trabajadores.


    Otra información instalada en la memoria colectiva es la de que las galeras romanas se impulsaban a fuerza de bíceps esclavo, cuando en realidad los romanos nunca se valieron de cautivos para mover sus naves. Los remeros eran los propios marineros de las galeras, hombres libres alistados en la armada romana, dispuestos a combatir codo a codo con los «infantes de marina» si fuera necesario. Confiar la velocidad de sus naves a remeros esclavos era un riesgo que los militares romanos no estaban dispuestos a correr.


      ¿Debemos, entonces, olvidarnos de los extraterrestres como constructores de las pirámides? Pues, no. Porque ¿quién nos asegura que los egipcios no se encontraron las pirámides ya hechas, pero muy destartaladas, y que su labor fue únicamente la de restaurarlas?


      ¿Y vamos a dejar de ver Ben Hur y perdernos la hermosa secuencia de la batalla naval? Pues, tampoco. A Roma non curant.




  


domingo, 30 de junio de 2019

El caso Fitzgerald



      «F. Scott Fitzgerald se matriculó en Princeton en el otoño de 1913. A los dieciséis años ya soñaba con escribir la gran novela americana y había empezado a trabajar en una primera versión de A este lado del paraíso. Dejó los estudios cuatro años después para alistarse en el ejército e ir a la guerra, pero esta terminó antes de que desplegaran a su unidad. Su clásico, El gran Gatsby, se publicó en 1925, pero no alcanzó la fama hasta después de su muerte. Tuvo problemas económicos durante toda su carrera y en 1940 estaba trabajando en Hollywood, escribiendo guiones malos a destajo, lo que le supuso una merma física y creativa, hasta que el 21 de diciembre murió de un ataque al corazón como consecuencia de años de grave alcoholismo.

      En 1950 Scottie, su única hija, donó sus manuscritos, notas y cartas originales (todos sus «papeles») a la biblioteca Firestone de Princeton. Sus cinco novelas estaban escritas en un papel barato que no envejecía bien. La biblioteca se dio cuenta pronto de que no era aconsejable permitir que los investigadores las manipularan. Hicieron copias de alta calidad y guardaron los originales bajo llave en una cámara acorazada situada en un sótano, donde la calidad del aire, la luz y la temperatura estaban perfectamente controladas. A lo largo de los años, se habían sacado de allí en contadas ocasiones» John Grisham, El caso Fitzgerald.

      Aunque lejos de la inolvidable Una Navidad diferente, El caso Fitzgerald (2017) se puede leer de un tirón si te dejas llevar y te olvidas de que no ha sido escrita para ti y tu eterna búsqueda del saber y de la quintaesencia de las letras, sino para esos millones y millones y millones de lectores que buscan pasar el rato leyendo lo que les gusta o recomiendan y lo de la «quinta» les suena a chino mandarín y no tienen el cuerpo para aprender idiomas, y que, por una extraña casualidad, leen a Grisham.

      John Grisham tiene una forma de escribir atractiva y universal, que parece sencilla y que va directa al paladar de esa millonada de seres que anda suelta por el globo devorando best seller.

      La novela arranca con el robo de los manuscritos de las cinco novelas de Francis Scott Fitzgerald — A este lado del paraíso (1920), Hermosos y Malditos (1922), El gran Gatsby (1925), Suave es la noche (1934) y El último magnate (novela inconclusa, publicada en 1943, tres años después de la muerte de Scott)— custodiados en «() la división de Manuscritos del departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales de la biblioteca Firestone, de la Universidad de Princeton».

      A Mercer Mann, el contrato como profesora adjunta de Literatura de primer año en el campus Chapel Hill de la Universidad de Carolina del Norte le quedan dos semanas de vigencia. Treinta y un años, soltera, sin trabajo a la vuelta de la esquina, sin casa, pero con deudas, escritora descatalogada y un destino que se empeña en llevarle la contraria, recibe una extraña oferta de trabajo de una desconocida que se presenta en un principio como Donna Watson y luego como Elaine Shelby.

      Mercer tiene una novela y una antología de cuentos, publicadas, y un proyecto de novela que lleva tres años atascado. Elaine Shelby trabaja para una misteriosa empresa con sede en Bethesda, especializada en investigación y seguridad. Esta empresa ha recibido el encargo de recuperar los manuscritos robados de F. S. Fitzgerald. Llevan seis meses trabajando en conjunción con el FBI, y disponen de otros seis meses para dar con los manuscritos o de lo contrario el cliente que les ha contratado deberá abonar veinticinco millones de dólares a la Universidad de Princeton.

      Mercer es propietaria de una casa en Camino Island (herencia de su abuela Tessa), a medias con su tía Jane, que pasa los inviernos en la casa, y su hermana Connie, que la utiliza en verano. Elaine le dice que sospechan que los manuscritos se encuentran precisamente en Camino Island, y que los tiene ocultos Bruce Cable, un astuto y desconfiado librero coleccionista de libros raros y primeras ediciones, propietario de la librería Bay Books de Santa Rosa. Elaine le propone ir a Santa Rosa y averiguar si efectivamente el librero está en posesión de los manuscritos. A cambio, la empresa de Elaine se hará cargo de las deudas de Mercer y le pagará cien mil dólares del ala. Reticente al principio, finalmente Mercer acepta la oferta.

      En Camino Island Mercer descubre que Bruce Cable es un donjuán atractivo y cuarentón. En su librería de Bay Books organiza sesiones a las que acuden escritores a presentar su última obra.

      Alrededor de la Bay Books se mueve una serie variopinta de escritores, que Mercer puede conocer cuando es invitada a una cena organizada por Myra Beckwith, exitosa escritora de novela rosa-erótica, y su pareja  Leigh Trane, escritora de ficción profunda-críptica sin lectores.

       En El caso Fitzgerald vas a encontrar todo aquello que te gusta si eres aficionado a las novelas sin más pretensiones que las de entretener. El estilo de  John Grisham es indiscutiblemente bueno y divertido, y por ahí no te vas a sentir defraudado si eres un lector crítico. Un robo, el oscuro mundo de los coleccionistas de libros con pocos escrúpulos, agentes del FBI medio torpes-listos (los de siempre de las pelis), la agencia misteriosa que hace encargos misteriosos (la de toda la vida). Y, por descontado, ¡que sí!, que la protagonista viene de una familia desestructurada, que tanto gusta, así que no te preocupes que está todo bajo control. En cuanto al sexo, la cosa no pasa del magreo preliminar (un toque de muslo es lo más atrevido), como suele ser en las novelas de Grisham, y tendrás que echar mano a la imaginación o a las 50 S, si necesitas desfogarte. Las torturas no pasan de la palabra «tortura» (Grisham no es un sádico) y de un tortazo, lo que está muy bien.

John Grisham
       Leer una novela de Grisham es tan gratificante como ver una película basada en una novela de Grisham. Puede que sus novelas no tengan vocación de trascender, pero eso ¿a ti qué te importa? Lee El caso Fitzgerald y disfruta mientras puedas.  Carpe diem. Yo, por mi parte, acabó de empezar La gran estafa, arrastrado por la inercia de El caso. Doble de queso y el borde relleno. He dejado para después el apetecible Historia de las tierras y los lugares legendarios, de Umberto Eco, por probar un poco de todo.