"Vivir entre conversaciones superficiales crea malestar físico" (Elena Montolío Durán)

Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


miércoles, 30 de septiembre de 2020

El Juicio del Mono





John Scopes
      «Será ilegal que cualquier docente de cualquiera de las universidades, normales y demás escuelas públicas del Estado que se apoyen total o parcialmente con los fondos de las escuelas públicas del Estado, enseñe cualquier teoría que niegue la Historia de la Creación divina del hombre como se enseña en la Biblia, y en cambio enseñar que el hombre ha descendido de un orden inferior de animales» (Ley Butler).

      A comienzos de 1925 en Tennessee se aprobó la Ley Butler. Fue a propuesta de John Washington Butler, granjero de 50 años de edad, miembro de la Cámara de Representantes de Tennessee de 1923 a 1927 por los condados de Macon, Trousdale y Sumner. Dicha ley prohibía a los maestros de escuelas públicas negar que el origen del hombre y la mujer no fue tal y como se narra en la Biblia, e impedía la enseñanza de la teoría de la evolución del ser humano a raíz de un antepasado primate. El maestro infractor se exponía a una multa que oscilaba entre 100 y 500 dólares.

     


     Butler consideraba a la Biblia como la piedra angular sobre la cual se sustentaba el gobierno de los Estados Unidos de América. Afirmaba que cualquiera que negase la historia de la creación según se narra en la Biblia no podría considerarse cristiano y que, además, dañaba esa piedra angular en la que se basaba el Gobierno de la nación.

      George Washington Rappleyea era un ingeniero metalúrgico neoyorquino de 31 años, afincado en Dayton, Tennessee, gerente de Cumberland Coal and Iron Company. No andaban las cosas bien en aquel Dayton de mil setecientos cincuenta almas, en 1925, y a Rappleyea se le ocurrió que nada mejor para levantar la economía del pueblo que un escándalo sonado, a nivel nacional. En la Farmacia de Robinson, mientras tomaba café un grupo de empresarios, Rappleyea, metodista seguidor de la teoría de la evolución, propuso a los prebostes desafiar la Ley Butler. Había leído en el Chattanooga Times que la American Civil Liberties Union (ACLU) estaba interesada en plantar cara a dicha ley. Rappleyea propuso prender la mecha a ese barril de pólvora. La «chispa» que la daría fuego se llamaba John Scopes. El escándalo estaba servido.

     

Clarence Darrow

    John Scopes nació en Paducah, Kentucky, el 3 de agosto de 1900. Se licenció en derecho, y en 1924 daba clases de álgebra, química y física en la escuela secundaria de Dayton, donde también fue entrenador de fútbol. Estaba en una partida de tenis cuando Rappleyea le pidió que se reuniera con él y los empresarios en la farmacia de Robinson. Le mostraron el plan y le propusieron que dijera que él había enseñado la teoría de la evolución en su aula. Scopes no había enseñado la teoría a sus alumnos, pero creía en ella y estuvo de acuerdo en colaborar con Rappleyea y los suyos. Este último había viajado a Nueva York y contaba ya con el concurso de la ACLU.

     


      El 10 de julio de 1925 el juicio, conocido como el Juicio del Mono, comenzó en medio de un espectáculo mediático de repercusiones nacionales, tal como Rappleyea había calculado.

      Scopes estuvo defendido por uno de los abogados más prestigiosos del momento, Clarence Darrow. Fue declarado culpable, multado simbólicamente con 100 dólares y más tarde indultado. 

      En 1960 el juicio fue llevado al cine con el título de Inherit the Wind, (en España, La herencia del viento) dirigida por Stanley Kramer y protagonizada por Spencer Tracy.



       

martes, 14 de julio de 2020

A libro abierto






    “La presencia de una estrella en una película era por lo menos una garantía parcial de su éxito; daba una mayor seguridad de recuperar la inversión. Esto se conseguía en la medida en que fuera la película adecuada para la estrella adecuada. Una estrella en un papel erróneo dejaba de ser una estrella. Los grandes estudios sabían esto muy bien y deliberadamente buscaban la creación de una imagen pública característica para cada estrella. Tenían a Clark Gable dedicado a interpretar un determinado tipo de personaje, de forma que cuando el público iba a ver una película de Clark Gable, sabían lo que podían esperar y que con toda probabilidad les gustaría. Ocurría lo mismo con Gary Cooper o Tyrone Power. Y sabías con toda seguridad que Cooper o Power no corrían más peligro de que los quitaran de en medio que el que corría el Llanero Solitario. Ser asesinado estaba reservado para las estrellas como Bogart y Cagney. Sabías más o menos lo que ibas a ver, y si una de las estrellas aparecía fuera de su personaje habitual, te sentías molesto” A libro abierto (John Huston).


Estoy leyendo A libro abierto, una autobiografía de John Huston. Es un libro interesante, y sin duda seducirá a los amantes del séptimo arte. He tomado prestadas dos porciones del libro, (la primera abre esta entrada) que para un blog podrían quedar extensas. 
Así pues, sin más preámbulos, aquí tenéis la porción más larga, en la que Huston relata cómo fue su trabajo primer trabajo como director en la Warner Bros, El halcón maltés:



    “Mi siguiente trabajo fue la adaptación para un guión de la novela negra de W. R. Burnett El último refugio. Yo siempre he admirado a Burnett, quien me parece uno de los escritores americanos más olvidado: Iron man, Saint Johnson, Dark Hazard, Pequeño César, La jungla de asfalto y The Giant Swing, son todas ellas importantes novelas. En todos estos libros hay trozos de un realismo impresionante. Más de una vez me han producido escalofríos.

Mark Hellinger fue el productor de El último refugio, y Raoul Walsh la dirigió. Le ofrecieron un papel principal a Paul Muni, y me alegré cuando lo rechazó y contrataron a Humphrey Bogart para hacerlo. Antes de esta película Bogie estaba muy abajo en la nómina de la Warner. El último refugio marcó un hito en su carrera.

    Paul Kohner había escrito en mi contrato que si la Warner volvía a renovármelo, yo podría dirigir una película. Elegí la novela de Dashiell Hammett El halcón maltés. Ya había sido filmada dos veces anteriormente, pero nunca con éxito. Blanke y Wallis se sorprendieron de que yo quisiera volver a hacer una película que había fracasado dos veces, pero el hecho era que El halcón nunca había sido realmente trasladada a la pantalla. Los guiones anteriores habían sido productos de escritores que habían pretendido poner su propio sello en la historia escribiéndola de nuevo, con escenas innecesarias.

Esta vez fue a George Raft a quien le ofrecieron el papel principal. Raft lo rechazó; no quería trabajar a las órdenes de un director sin experiencia, así que me pusieron a Bogie, por lo que quedé debidamente agradecido.


    Yo me preparé muy bien para mi primer trabajo como director. El halcón maltés tenía un guión muy cuidadosamente estructurado, no sólo escena por escena, sino plano por plano. Hice un esquema de cada plano. Si tenía que hacer una panorámica o un plano con grúa, lo indicaba. Yo no quería en ningún caso tener dudas delante de los actores o del equipo técnico. Comenté la planificación con Willy Wyler. Me hizo algunas sugerencias, pero en conjunto aprobó lo que vio. También le enseñé la planificación a mi productor, Henry Blanke. Todo lo que Blanke dijo fue:

— John, solamente ten presente que cada escena, cuando la ruedes, es la escena más importante de la película.

Este es el mejor consejo que un director joven puede recibir.

Yo tenía hecha mi planificación, pero no quería ser rígido al realizarla. Hacía que los actores ensayaran una escena, los dejaba desenvolverse por ellos mismos sin darles instrucciones. A medida que decían sus textos y se movían, la mayoría de las veces se iban colocando en las posiciones que yo tenía reflejadas en mis esquemas. Algunas veces lo que ellos hacían era mejor que lo que yo tenía planeado, en ese caso lo hacíamos a su manera. Sólo un veinticinco por ciento de las veces, aproximadamente, fue necesario hacer que se adaptaran a mi idea original.

El actor inglés Sydney Greenstreet había trabajado en Broadway, pero ésta era, creo, su primera película. Siempre se ha hablado de la dificultad que hay en pasar de la escena a la pantalla, pero no podrías darte cuenta de ello al observar a Greenstreet; estuvo perfecto en su papel del Hombre Gordo desde el principio hasta el fin. Yo sólo tuve que sentarme tras la cámara y disfrutar de su interpretación.

    Mary Astor y yo ensayamos antes de empezar la película, y juntos definimos su caracterización de la amoral Brigid O’Shaughnessy: su voz indecisa, temblorosa y suplicante, sus ojos llenos de ingenuidad. Ella fue la encantadora asesina según mi idea de la perfección.

Peter Lorre fue uno de los actores más ajustados y sutiles con los que trabajé nunca. Debajo de ese aire de inocencia que utilizaba con gran efecto, uno presentía un Fausto mundano. Yo sabía que estaba haciendo una buena interpretación mientras rodábamos, pero no sabía lo buena que era hasta que lo vi en la pantalla.

Elisha Cook, Jr., vivía solo en la Alta Sierra, empleaba moscas para pescar truchas doradas entre película y película. Cuando se le necesitaba en Hollywood, le enviaban un mensaje por correo a su cabaña en el monte. Él venía, hacía la película y luego volvía a su retiro.

    Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad diferente y más noble: heroica como en El último refugio. Juraría que la cámara tiene una forma especial de ver el interior de una persona y de registrar cosas que el ojo desnudo no percibe.

Bogie estaba casado por entonces con Mayo Methot, a quien él llamaba «Rosebud», probablemente a causa del trineo de Ciudadano Kane. Ella siempre estaba «en escena», chillona y exigente. Bogie la consentía y hacía lo posible por calmarla. Pero si ella notaba que su persona no era el centro de atención, desencadenaba un infierno. Era conocida por arrojar platos en los restaurantes y por esgrimir cuchillos. Sólo puedo asombrarme de que Bogie la aguantara tanto tiempo como lo hizo.

    Por norma, al final del día todos se iban a casa, cada uno a su domicilio particular. Pero lo pasábamos tan bien juntos haciendo El halcón que, noche tras noche después de rodar, Bogie, Peter Lorre, Ward Bond, Mary Astor y yo nos íbamos al club de campo Lakeside. Tomábamos unas copas, luego una cena fría y nos quedábamos allí hasta medianoche. Todos pensábamos que estábamos haciendo algo bueno, pero ninguno tenía ni idea de que El halcón maltés sería un gran éxito y que con el tiempo se convertiría en un clásico.

No se cambió ni una línea del diálogo durante la filmación. Quité una escena corta cuando me di cuenta de que podía sustituirla por una llamada telefónica sin que se perdiera nada de la historia.

Había una escena larga en el apartamento de Sam Spade, que, de acuerdo con mi planificación, tenía que ser hecha con una serie de planos, pero en los ensayos decidimos que en lugar de hacerlo así la haríamos con movimientos de cámara. Un movimiento de la cámara conducía a otro hasta que finalmente había, supongo, más movimientos de cámara en esa escena que en cualquier otra que haya hecho nunca.


    La rodamos en una sola toma. Los hombres que movían la dolly tenían que saberse el diálogo tan bien como los actores; el suspense durante la toma fue electrizante, pero Arthur Edeson, el cámara, lo consiguió. No recuerdo exactamente cuántos movimientos de cámara se hicieron, pero me viene a la memoria el número veintiséis.

Blanke me reunió con el compositor Adolph Deutsch. Trabajar con el compositor era un privilegio que sólo se permitía a los principales realizadores. Esta fue otra muestra de la confianza que Blanke tenía en mí. Deutsch y yo repasamos la película muchas veces, discutiendo dónde había que utilizar música y dónde no. Como ocurre con un buen montaje, se supone que, por lo general, el público no es consciente de la música. Idealmente, ésta se dirige directamente a nuestras emociones sin que tengamos conciencia de ello, aunque, por supuesto, hay momentos en los que la música debe resaltar y dominar la acción.


    Cuando llegó la hora de la proyección privada de la película —en un cine de barrio de Pasadena—, me sorprendió que Jack Warner y Hal Wallis asistieran. Los jefes de los departamentos de publicidad y de guiones y varios otros hombres importantes estaban también allí. Despertó considerablemente más interés que lo normal para una película de serie «B». La reacción del público fue buena, los comentarios de la proyección iban desde buena a excelente, y se decidió que no era necesario hacer cortes. El departamento de publicidad quería titularla The Gent from Frisco, pero Hal Wallis persuadió a Jack para que se respetara el título de El halcón maltés.

Cuando volvía en el coche al estudio con Hal me arriesgué a preguntarle hasta qué punto le parecía buena.
—Buena —dijo.
—¿Cómo de buena?
—Buena.



    Le hablé a Hal Wallis de Howard Koch, el autor de The Lonely Man, y, por recomendación mía, lo trajeron a la Warner. Más tarde él escribió Casablanca, el mayor éxito que haya tenido nunca el estudio. Lo que hubiera debido ser una brillante carrera fue, sin embargo, irremediablemente truncada cuando Howard fue incluido en la lista negra durante la caza de brujas de comunistas después de la guerra. Él no fue uno de los Diez de Hollywood, tampoco era comunista, ni era un compañero de viaje, pero se negó a rebajarse ante sus acusadores, y esto fue suficiente para que no pudieran volver a contratarlo.”







domingo, 5 de abril de 2020

Edgar Rice Burroughs


      




Edgar Rice Burroughs
«Esta historia me la proporcionó alguien que no tenía motivo alguno para contármela, ni a mí ni a nadie. El principio del relato podría atribuirlo a la seductora influencia que sobre el narrador ejercían los vapores etílicos de una añeja cosecha. El resto de la extraña fábula llegaría como consecuencia de la escéptica incredulidad que manifesté durante los días siguientes» Tarzán de los monos.



      Todos y todas conocéis a Edgar Rice Burroughs (1 de septiembre de 1875-19 de marzo de 1950), por ser el creador de Tarzán. Pero, de todas maneras, voy a hacer una semblanza del escritor para que no tengáis que ir a la «Wiki» (ya voy yo por vosotros) a informaros, si os pica la curiosidad de saber más cosas sobre el escritor.

      Edgar Rice Burroughs nació en Chicago (Illinois). Era el cuarto hijo de George Tyler Burroughs y María Evaline (Zieger) Burroughs. El segundo nombre, Rice, se lo pusieron por su abuela paterna Mary Rice Burroughs.

      Cursó estudios en la Academia Phillips, en Andover (Massachusetts), y en la Academia Militar de Míchigan. Al fracasar su intento de ingresar en West Point, se alistó como soldado en el 7 º de Caballería (música del 7 º, Garry Owenhttps://www.youtube.com/watch?v=Efkhqnb2Ni8, en Fort Grant (Arizona). En 1897 fue dado de baja en el ejército al descubrírsele un problema cardiaco. En 1900 se casa con Emma Hulbert y tienen dos hijos: Joan y Hulbert. Lee a H. G. Wells, Arthur Conan Doyle, Julio Verne o Rudyard Kipling. En 1911 empieza a escribir ficción. Devora revistas de aventuras editadas en papel de baja calidad, denominadas «pulp fictión» precisamente por el color amarillento del papel. Piensa que si la gente paga por leer aquellas historias de chichinabo, él podría escribirlas mejores y más entretenidas. Dicho y hecho. 1912: escribe el relato Bajo las lunas de Marte y la revista All-Story lo publica en forma de serial.

      Dedicado profesionalmente a escribir, en 1912 publica con éxito Tarzán de los Monos. En 1913 nace su tercer hijo John Coleman. Escribe ciencia ficción popular, westerns y romances históricos, que publica en All-Story y The Argosy. En 1923 funda Edgar Rice Burroughs, Inc., e imprime en ella sus libros. En 1934 se divorcia de Emma y en 1935 se casa con Florencia Dearholt Gilbert, de la que se divorcia en 1942. Muere de un infarto en Encino, California, el 19-03-1950, a los 74 años.

      Pero esta entrada no va del escritor, sino del magazín online semanal ERBzine. Eso es: os quiero regalar la dirección de esta maravillosa web dedicada a Edgar Rice Burroughs. La página se edita en inglés, pero con el traductor la podéis pasar al castellano en un pispás, si no controláis el idioma de Shakespeare. Vais a encontrar fotogramas de las películas de Tarzán dibujos, portadas de libros y comics, páginas de cómic, noticias y curiosidades sobre el escritor, y muchísimas cosas más.




domingo, 8 de marzo de 2020

Catalina de Aragón


Catalina de Aragón
      «Me asombra oír qué nuevas invenciones se inventan contra mí, que nunca  procuré más que la honorabilidad, y me obliga a oponerme al orden y al juicio de este nuevo tribunal, en el que tanto daño me hacéis» (Catalina de Aragón).


      Fue la hija menor de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos. Nació en Alcalá de Henares el 16 de diciembre de 1485. Le pusieron el nombre por su bisabuela Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y nieta de Eduardo III de Inglaterra. Estos ascendientes le conferían un legítimo derecho al trono inglés. Hablaba castellano, catalán, latín, francés e inglés, y estudió danza y música.

      A la edad de 16 años sus padres la enviaron a Inglaterra. Embarcó en La Coruña el 17 de agosto de 1501. Sin embargo, el mal tiempo obligó a la nave a buscar refugio en Laredo y permanecer anclada hasta el 27 de septiembre. A finales de octubre llegaría a Plymouth. Allí la aguardaba  el obispo de Bath, en nombre de la familia real inglesa, Enrique VII e Isabel de York, para conducirla hasta Londres. Aquí, el 14 noviembre contrajo  nupcias  con el príncipe Arturo de Gales cuando este tenía 15 años, en la catedral de San Pablo. En marzo de 1502 una extraña enfermedad afectó a los dos jóvenes príncipes, a resultas de la cual se cree que murió Arturo.

Arturo, príncipe de Gales
      El rey inglés pretendía que Catalina regresara a España, pero los Reyes Católicos se opusieron. Convertida en  «cosa», depositaron a Catalina en el desván inglés hasta que se pudiera casar con el futuro Enrique VIII. La Catalina cosificada pasó siete años de privaciones (sus padres se negaron a mantenerla y Enrique VII le entregaba lo justo) en Durham House. En 1509 le quitaron las telarañas, la desempolvaron y, en cumplimiento del tratado de 1503, contrajo matrimonio con Enrique VIII. Esta vez Catalina tenía 23 años y su esposo 18. Se dice que la pareja fue feliz en los primeros años de matrimonio, si pasamos por alto el sufrimiento que le podían causar a Catalina las infidelidades del monarca inglés. Curiosamente, Enrique VIII no dudaba en cortar la cabeza a sus esposas (se casó ocho veces) si le eran infieles. Ana Bolena (acusada injustamente) y Catalina Howard fueron decapitadas por ese motivo.

      Catalina de Aragón tuvo con Enrique VIII seis hijos, de los cuales solo sobrevivió una niña que luego sería reina de Inglaterra con el nombre de María I. Con su marido combatiendo en Francia y embarazada, se puso al frente de un ejército y derrotó a Jacobo IV de Escocia, que había invadido Inglaterra, el 9 de septiembre de 1513 en la Batalla de Flodden Field. Catalina le envió a Enrique un trozo ensangrentado del chaquetón del rey escocés, muerto en la lucha.

Enrique VIII
      
Ante la negativa del papa Clemente VII a concederle la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón, Enrique VIII  se hizo nombrar Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra, desvinculándose de la Iglesia de Roma. En 1533 la Iglesia de Inglaterra disolvió el matrimonio  y Catalina de Aragón fue confinada en el castillo de Kimbolton, en el condado de Cambridgeshire, donde se sumió en la tristeza. Moriría en este lugar el 7 de enero de 1536, a la edad de 50 años de un sarcoma melanótico. Fue una reina querida por el pueblo y la nobleza, y admirada incluso por alguno de sus más relevantes enemigos. La enterraron en la entonces abadía de Peterborough, convertida luego en catedral. En su tumba figura el epitafio, en letras doradas: «KATHARINE QUEEN OF ENGLAND





domingo, 5 de enero de 2020

Naufragios

Cabeza de Vaca
      «A esta hora el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto, que no menos tormenta había en el pueblo que en el mar, porque todas las casas e iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de las casas, porque como ellos también caían, no nos matasen debajo. En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche, sin hallar parte ni lugar donde media hora pudiésemos estar seguros.
       Andando en esto, oímos toda la noche, especialmente desde el medio de ella, mucho estruendo grande y ruido de voces, y gran sonido de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la tormenta cesó. En estas partes nunca otra cosa tan medrosa se vio; yo hice una probanza de ello, cuyo testimonio envié a Vuestra Majestad. El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conocimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles, y diez leguas de allí por la costa, se hallaron dos personas de mi navío y ciertas tapas de cajas, y las personas tan desfiguradas de los golpes de las peñas, que no se podían conocer; halláronse también una capa y una colcha hecha pedazos, y ninguna otra cosa pareció. Perdiéronse en los navíos sesenta personas y veinte caballos. Los que habían salido a tierra el día que los navíos allí llegaron, que serían hasta treinta, quedaron de los que en ambos navíos había». Albar Nuñez Cabeza de Vaca, Naufragios.


      Los dos párrafos de arriba son la descripción de un huracán en 1527, realizada por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en su crónica Naufragios. Posiblemente sea la primera descripción de un huracán realizada por un europeo. Cabeza de Vaca nunca había presenciado un huracán. Quedó tan fuertemente impresionado que sintió la necesidad de describírselo a su rey, Carlos I.

      La mayoría de nosotros no hemos sido testigos directos de la fiereza de un huracán, pero los hemos visto por televisión y, la verdad, se te ponen los pelos de punta.

      Lo interesante del testimonio de Cabeza de Vaca radica en que es la impresión del que ve algo nuevo y extraordinario.

      Hay en Naufragios una descripción de una tierra llamada Apalache, en la Florida. Y la de un ataque de los indígenas a la expedición de Pánfilo de Narváez, en la cual Cabeza de Vaca detalla la fisionomía de los atacantes y sus armas.

       «La tierra, por la mayor parte, desde donde desembarcamos hasta este pueblo y tierra de Apalache, es llana; el suelo, de arena y tierra firme; por toda ella hay muy grandes árboles y montes claros, donde hay nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros, sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos, de la manera de los de Castilla. Por toda ella hay muchas lagunas grandes y pequeñas, algunas muy trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por tantos árboles como por ellas están caídos. El suelo de ellas es de arena, y las que en la comarca de Apalache hallamos son muy mayores que las de hasta allí. Hay en esta provincia muchos maizales, y las casas están tan esparcidas por el campo, de la manera que están las de los Gelves. Los animales que en ellas vimos son: venados de tres maneras, conejos y liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los cuales vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barriga tiene; y todo el tiempo que son pequeños los trae allí, hasta que saben buscar de comer; y si acaso están fuera buscando de comer, y acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su bolsa.
       Por allí la tierra en muy fría; tiene muy buenos pastos para ganados; hay aves de muchas maneras, ánsares en gran cantidad, patos, ánades, patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdices; vimos muchos halcones, neblíes, gavilanes, esmerejones y otras muchas aves.»


       «En esta revuelta hubo algunos de los nuestros heridos, que no les valieron buenas armas que llevaban; y hubo hombres este día que juraron que habían visto dos robles, cada uno de ellos tan grueso como la pierna por bajo, pasados de parte a parte de las flechas de los indios; y esto no es tanto de maravillar, vista la fuerza y maña con que las echan; porque yo mismo vi una flecha en un pie de un álamo, que entraba por él un jeme. Cuantos indios vimos desde la Florida aquí todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza. Los arcos que usan son gruesos como el brazo, de once o doce palmos de largo, que flechan a doscientos pasos con tan gran tiento, que ninguna cosa yerran.»

     

jueves, 28 de noviembre de 2019

Epitafios


      
      Una vez oí que la fábula de La cigarra y la hormiga la escribió una cigarra. En la antigua Roma había cigarras y hormigas, y todas tuvieron su epitafio. ¿Esopo era una cigarra…ummm…?

      Buscando información para mi nueva novela (borrador acabado; alrededor de 260 páginas manuscritas; pasadas a limpio, 198) he encontrado estos curiosos epitafios romanos, expresión de cariño y tristeza, en Internet:

       «Yo, Lucio Mario Vitalis, hijo de Lucio, viví 17 años y 55 días. Tuve éxito en los estudios y convencí a mis padres de que debía aprender una profesión. Había abandonado Roma con la guardia pretoriana del emperador Adriano cuando, mientras trabajaba duramente, las Parcas me envidiaron, me atraparon y me llevaron de mi nueva profesión a este lugar. María Marquis, mi madre, erigió este monumento en memoria de su maravilloso y desdichado hijo.»
 
      «Oh, queridísimo esposo que me conviertes, con tu marcha, en desgraciada. Sin tí ¿qué puedo considerar dulce? ¿Qué puedo creer agradable? ¿Para qué guardo mi vida? ¿Por qué no te sigo al sepulcro, pérfido que me has abandonado? Séame al menos permitido estar contigo, entrelazadas nuestras manos, en el muy deseado, para mí, sepulcro.» 

      «Marco Acilio Fontano, hijo de Lucio. El año décimonoveno nos arrebató a un joven que había comenzado con ardor la milicia. Se equivocaron las Parcas al robarnos a Fontano, porque permanecerá para siempre la fama de este gran hombre.»

      «Gemina, esclava de Decio Publicio Subicio, murió a los 25 años durante el parto. Aquí yace. Cayo Aerario, liberto, hizo construir este monumento. Serías mi Parca si me llevaras de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista. Si me amaste, ¡llévame de aquí!»

      «Al auriga Eutyches, de 22 años. Flavio Rufino y Sempronia Diofanis a su siervo que bien lo merecía. Descansan en este sepulcro los restos de un auriga principiante bastante diestro, sin embargo, en el manejo de las riendas" Texto puesto en boca del auriga: "Yo, que montaba ya sin miedo los carros tirados por cuatro caballos, no obtuve permiso, con todo, para conducir más que los de dos. Los hados, los crueles hados, a los que no es posible oponer resistencia, tuvieron celos de mi juventud. Y, al morir, no me fue concedida la gloria del circo, para evitar que me llorara la fiel afición. Abrasaron mis entrañas malignos ardores, que los médicos no lograron vencer. Te ruego caminante, derrames flores sobre mis cenizas: tal vez tu me aplaudiste mientras vivía.»

      «Aquí yace Quintus Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Oh, dolor! ¡Caminante, que pasas por este camino! Entérate de quién fue el joven cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, donde cogía abundante pesca. Sabía como cazador hundir su jabalina en el corazón de las bravías fieras; sabía también aprisionar a las aves con varetas armadas en liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a ti, ¡oh, Diana!, en Delphos nacida, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar.»

      «Cerinthus, murmillo, gladiador neroniano con dos victorias, de la nación griega, murió con veinticinco años. Su esposa Rome construyó este monumento de su dinero a quién bien se lo merecía.»

      «Ingenuus, essedarius, de los juegos gladiatorius gallicianos, de veinticinco años con doce victorias, de la nación germana, toda la familia gladiatoria essedarii le construyó este monumento de su dinero. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.»

      «Aquí yazgo enterrada, de 17 años, arrebatada de repente por la hora adversa. Mi desventurada madre hasta en sueños espera ver mi rostro... gritando que quiere salir de su cuerpo.»

      «Felicia, esclava de un 1 año, 5 meses y 9 días, cariñosa con los suyos, está aquí enterrada. Que la tierra te sea leve.»

      «A su nodriza Maria Marcelina y a la memoria de su hermano de leche Cedio Rufino, ambos bien merecedores, levantó este monumento C. Tadio Sabino, soldado de la II cohorte pretoriana.»

      «Aulo Salvio Crispino, hijo de Aulo, nieto de Aulo, fue enterrado aquí con 51 años. Ocupó cuatro veces su cargo en el Consejo de los Cuatro de Ferentum. El día que fue su último, en el almuerzo, fue asesinado por un muro.»

      «Cayo Hostilio Pánfilo, médico, liberto de Cayo, compró este monumento para él y para Nelpia Hymnis, liberta de Marco, y para todos sus libertos y libertas y descendientes. Esta es para siempre nuestra casa, nuestra granja, nuestros jardines y nuestra memoria.»

     
      Espero que estos epitafios os hayan gustado tanto como a mí. Se los debemos al blog Los Fuegos de Vesta, en cual te aguardan muchos más epitafios como los que has leído. Que los dioses manes os acompañen.





miércoles, 13 de noviembre de 2019

De Adolf a Hitler



      «El 14 de diciembre de 1918 fue una jornada memorable para el nacionalsocialismo. Aquel apacible día, el candidato de un partido nacionalsocialista entró por primera vez en un Parlamento nacional. Tras el recuento de votos resultó que el 51,6 por ciento de los electores de la circunscripción de Silvertown, un barrio obrero de Essex pegado a Londres, había elegido a John Joseph «Jack» Jones, del Partido Nacionalsocialista, para representarlos en la Cámara de los Comunes británica.
     El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes corrientes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873» (Thomas Weber De Adolf a Hitler).

Thomas Weber
      Estoy leyendo De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi de Thomas Weber. Me ha resultado chocante descubrir que el Adolf Hitler, «el de antes, el oscuro Adolf», no poseía ninguna cualidad destacable que revelase que podría llegar a ser un brillante líder manipulador del lado más oscuro de las masas. Ni siquiera la de mal bicho, cualidad en la que tanto descolló después.

      Hitler se alistó como voluntario extranjero en el Ejército de Baviera y su unidad, el Decimosexto Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (el Regimiento List), sirvió en el frente occidental. Al finalizar la guerra, políticamente sus ideas eran confusas. Pero nada indica que tuviera una convivencia tirante con los soldados judíos de su regimiento. Era un tipo del montón. Sus opiniones no diferían de las de cualquier austriaco de la época contrario a la monarquía de los Habsburgo que añorara una Alemania unida. No parece que, durante el conflicto bélico, sus ideales políticos estuvieran consolidados o que los tuviera del todo claros. Oscilaban entre las ideas colectivistas de las izquierdas moderadas y las de derechas, con ciertos tintes socialdemócratas. Creía, eso sí, que las ideas políticas internacionalistas de sus compatriotas eran el enemigo de Alemania a abatir: el capitalismo internacional, el socialismo internacional (entre estos no contaba a los socialdemócratas, que permanecieron fieles a la nación alemana durante la guerra), el catolicismo internacional (Hitler era católico) y los imperios dinásticos multiétnicos. Temía un futuro sin estados ni naciones.

     Los soldados de primera línea del Regimiento List trataban con desdén a los que, como Hitler, prestaban sus servicios en los cuarteles del regimiento. Los llamaban Etappenschweine, es decir, «puercos de retaguardia», porque, en apariencia, llevaban una vida placentera y libre de peligros a sus buenos kilómetros lejos de la espantosa trituradora de las trincheras. En opinión de estos soldados, los que como Hitler servían en los cuarteles generales obtenían sus medallas al valor a base doblar el espinazo para besar la mano de sus superiores. Hitler fue un buen soldado, concienzudo y meticuloso, pero no el valiente líder en ciernes con ideas políticas definidas que despreciaba la retaguardia, como lo pintó la propaganda nazi. Los superiores de este vulgar soldado reconocían su lealtad, pero consideraban que no tenía dotes de mando y sí una predisposición natural a obedecer y no a ordenar. De hecho, nunca tuvo a nadie bajo su mando. Los compañeros de cuartel lo apreciaban. Lo tenían por un afable solitario que no salía con ellos de picos pardos en el norte de Francia. No era aún, ni de lejos, el implacable demagogo antisemita de su periodo nazi.

      El 20 de noviembre de 1918, siendo aún un oscuro soldado, Hitler presencia una concentración socialista que describe en Mi lucha:

       «En Berlín, justo después de la guerra, presencié una multitudinaria manifestación marxista frente al Palacio Real y en el Lustgarten —escribió—. Un océano de banderas rojas, pañuelos rojos, flores rojas, le daban a esta manifestación [...] un aspecto imponente, al menos en la superficie. Pude sentir y experimentar personalmente con cuánta facilidad un hombre del pueblo sucumbe al sugestivo encanto de un espectáculo tan grandioso e impactante» (Tomado de De Adolf a Hitler).

      Da la impresión de que en ese momento Hitler tiene una epifanía (es mi opinión) en la que descubre lo fácilmente manipulable que puede resultar el ciudadano medio, tirando a mediocre (como él mismo), si se emplean los recursos adecuados para deslumbrarlo. Un hombre mediocre, consciente de ello, dirigiendo la mediocridad. Recuerdo haber visto en la televisión un documental en la que un antiguo miembro de las Waffen-SS reconocía la embriagadora sensación que le producían de joven los espectaculares desfiles nazis en los congresos de Núremberg. Sensación que todavía recordaba con agrado y añoranza, como si fuera la adicción mal superada de una droga, a pesar de que ahora repudiara con todos los sentidos el nazismo.

      Se suele decir que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla. Corren unos tiempos que como para ignorar nada.