Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


jueves, 28 de noviembre de 2019

Epitafios


      
      Una vez oí que la fábula de La cigarra y la hormiga la escribió una cigarra. En la antigua Roma había cigarras y hormigas, y todas tuvieron su epitafio. ¿Esopo era una cigarra…ummm…?

      Buscando información para mi nueva novela (borrador acabado; alrededor de 260 páginas manuscritas; pasadas a limpio, 198) he encontrado estos curiosos epitafios romanos, expresión de cariño y tristeza, en Internet:

       «Yo, Lucio Mario Vitalis, hijo de Lucio, viví 17 años y 55 días. Tuve éxito en los estudios y convencí a mis padres de que debía aprender una profesión. Había abandonado Roma con la guardia pretoriana del emperador Adriano cuando, mientras trabajaba duramente, las Parcas me envidiaron, me atraparon y me llevaron de mi nueva profesión a este lugar. María Marquis, mi madre, erigió este monumento en memoria de su maravilloso y desdichado hijo.»
 
      «Oh, queridísimo esposo que me conviertes, con tu marcha, en desgraciada. Sin tí ¿qué puedo considerar dulce? ¿Qué puedo creer agradable? ¿Para qué guardo mi vida? ¿Por qué no te sigo al sepulcro, pérfido que me has abandonado? Séame al menos permitido estar contigo, entrelazadas nuestras manos, en el muy deseado, para mí, sepulcro.» 

      «Marco Acilio Fontano, hijo de Lucio. El año décimonoveno nos arrebató a un joven que había comenzado con ardor la milicia. Se equivocaron las Parcas al robarnos a Fontano, porque permanecerá para siempre la fama de este gran hombre.»

      «Gemina, esclava de Decio Publicio Subicio, murió a los 25 años durante el parto. Aquí yace. Cayo Aerario, liberto, hizo construir este monumento. Serías mi Parca si me llevaras de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista. Si me amaste, ¡llévame de aquí!»

      «Al auriga Eutyches, de 22 años. Flavio Rufino y Sempronia Diofanis a su siervo que bien lo merecía. Descansan en este sepulcro los restos de un auriga principiante bastante diestro, sin embargo, en el manejo de las riendas" Texto puesto en boca del auriga: "Yo, que montaba ya sin miedo los carros tirados por cuatro caballos, no obtuve permiso, con todo, para conducir más que los de dos. Los hados, los crueles hados, a los que no es posible oponer resistencia, tuvieron celos de mi juventud. Y, al morir, no me fue concedida la gloria del circo, para evitar que me llorara la fiel afición. Abrasaron mis entrañas malignos ardores, que los médicos no lograron vencer. Te ruego caminante, derrames flores sobre mis cenizas: tal vez tu me aplaudiste mientras vivía.»

      «Aquí yace Quintus Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Oh, dolor! ¡Caminante, que pasas por este camino! Entérate de quién fue el joven cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, donde cogía abundante pesca. Sabía como cazador hundir su jabalina en el corazón de las bravías fieras; sabía también aprisionar a las aves con varetas armadas en liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a ti, ¡oh, Diana!, en Delphos nacida, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar.»

      «Cerinthus, murmillo, gladiador neroniano con dos victorias, de la nación griega, murió con veinticinco años. Su esposa Rome construyó este monumento de su dinero a quién bien se lo merecía.»

      «Ingenuus, essedarius, de los juegos gladiatorius gallicianos, de veinticinco años con doce victorias, de la nación germana, toda la familia gladiatoria essedarii le construyó este monumento de su dinero. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.»

      «Aquí yazgo enterrada, de 17 años, arrebatada de repente por la hora adversa. Mi desventurada madre hasta en sueños espera ver mi rostro... gritando que quiere salir de su cuerpo.»

      «Felicia, esclava de un 1 año, 5 meses y 9 días, cariñosa con los suyos, está aquí enterrada. Que la tierra te sea leve.»

      «A su nodriza Maria Marcelina y a la memoria de su hermano de leche Cedio Rufino, ambos bien merecedores, levantó este monumento C. Tadio Sabino, soldado de la II cohorte pretoriana.»

      «Aulo Salvio Crispino, hijo de Aulo, nieto de Aulo, fue enterrado aquí con 51 años. Ocupó cuatro veces su cargo en el Consejo de los Cuatro de Ferentum. El día que fue su último, en el almuerzo, fue asesinado por un muro.»

      «Cayo Hostilio Pánfilo, médico, liberto de Cayo, compró este monumento para él y para Nelpia Hymnis, liberta de Marco, y para todos sus libertos y libertas y descendientes. Esta es para siempre nuestra casa, nuestra granja, nuestros jardines y nuestra memoria.»

     
      Espero que estos epitafios os hayan gustado tanto como a mí. Se los debemos al blog Los Fuegos de Vesta, en cual te aguardan muchos más epitafios como los que has leído. Que los dioses manes os acompañen.





miércoles, 13 de noviembre de 2019

De Adolf a Hitler



      «El 14 de diciembre de 1918 fue una jornada memorable para el nacionalsocialismo. Aquel apacible día, el candidato de un partido nacionalsocialista entró por primera vez en un Parlamento nacional. Tras el recuento de votos resultó que el 51,6 por ciento de los electores de la circunscripción de Silvertown, un barrio obrero de Essex pegado a Londres, había elegido a John Joseph «Jack» Jones, del Partido Nacionalsocialista, para representarlos en la Cámara de los Comunes británica.
     El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes corrientes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873» (Thomas Weber De Adolf a Hitler).

Thomas Weber
      Estoy leyendo De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi de Thomas Weber. Me ha resultado chocante descubrir que el Adolf Hitler, «el de antes, el oscuro Adolf», no poseía ninguna cualidad destacable que revelase que podría llegar a ser un brillante líder manipulador del lado más oscuro de las masas. Ni siquiera la de mal bicho, cualidad en la que tanto descolló después.

      Hitler se alistó como voluntario extranjero en el Ejército de Baviera y su unidad, el Decimosexto Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (el Regimiento List), sirvió en el frente occidental. Al finalizar la guerra, políticamente sus ideas eran confusas. Pero nada indica que tuviera una convivencia tirante con los soldados judíos de su regimiento. Era un tipo del montón. Sus opiniones no diferían de las de cualquier austriaco de la época contrario a la monarquía de los Habsburgo que añorara una Alemania unida. No parece que, durante el conflicto bélico, sus ideales políticos estuvieran consolidados o que los tuviera del todo claros. Oscilaban entre las ideas colectivistas de las izquierdas moderadas y las de derechas, con ciertos tintes socialdemócratas. Creía, eso sí, que las ideas políticas internacionalistas de sus compatriotas eran el enemigo de Alemania a abatir: el capitalismo internacional, el socialismo internacional (entre estos no contaba a los socialdemócratas, que permanecieron fieles a la nación alemana durante la guerra), el catolicismo internacional (Hitler era católico) y los imperios dinásticos multiétnicos. Temía un futuro sin estados ni naciones.

     Los soldados de primera línea del Regimiento List trataban con desdén a los que, como Hitler, prestaban sus servicios en los cuarteles del regimiento. Los llamaban Etappenschweine, es decir, «puercos de retaguardia», porque, en apariencia, llevaban una vida placentera y libre de peligros a sus buenos kilómetros lejos de la espantosa trituradora de las trincheras. En opinión de estos soldados, los que como Hitler servían en los cuarteles generales obtenían sus medallas al valor a base doblar el espinazo para besar la mano de sus superiores. Hitler fue un buen soldado, concienzudo y meticuloso, pero no el valiente líder en ciernes con ideas políticas definidas que despreciaba la retaguardia, como lo pintó la propaganda nazi. Los superiores de este vulgar soldado reconocían su lealtad, pero consideraban que no tenía dotes de mando y sí una predisposición natural a obedecer y no a ordenar. De hecho, nunca tuvo a nadie bajo su mando. Los compañeros de cuartel lo apreciaban. Lo tenían por un afable solitario que no salía con ellos de picos pardos en el norte de Francia. No era aún, ni de lejos, el implacable demagogo antisemita de su periodo nazi.

      El 20 de noviembre de 1918, siendo aún un oscuro soldado, Hitler presencia una concentración socialista que describe en Mi lucha:

       «En Berlín, justo después de la guerra, presencié una multitudinaria manifestación marxista frente al Palacio Real y en el Lustgarten —escribió—. Un océano de banderas rojas, pañuelos rojos, flores rojas, le daban a esta manifestación [...] un aspecto imponente, al menos en la superficie. Pude sentir y experimentar personalmente con cuánta facilidad un hombre del pueblo sucumbe al sugestivo encanto de un espectáculo tan grandioso e impactante» (Tomado de De Adolf a Hitler).

      Da la impresión de que en ese momento Hitler tiene una epifanía (es mi opinión) en la que descubre lo fácilmente manipulable que puede resultar el ciudadano medio, tirando a mediocre (como él mismo), si se emplean los recursos adecuados para deslumbrarlo. Un hombre mediocre, consciente de ello, dirigiendo la mediocridad. Recuerdo haber visto en la televisión un documental en la que un antiguo miembro de las Waffen-SS reconocía la embriagadora sensación que le producían de joven los espectaculares desfiles nazis en los congresos de Núremberg. Sensación que todavía recordaba con agrado y añoranza, como si fuera la adicción mal superada de una droga, a pesar de que ahora repudiara con todos los sentidos el nazismo.

      Se suele decir que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla. Corren unos tiempos que como para ignorar nada.




martes, 1 de octubre de 2019

Y, sin embargo...




      «Y, sin embargo, se mueve

Galileo Galilei
      Es lo que dicen que dijo Galileo Galilei ante el Tribunal de la Santa Inquisición después de desdecirse de su teoría heliocéntrica, en la cual la Tierra giraba alrededor del Sol, y salir absuelto. Los del Santo Oficio y el resto de la humanidad (es decir, Europa), apostaban por la teoría geocéntrica donde el Sol y el resto de los planetas giraban alrededor de la Tierra, bendecida por el infalible dedo de Dios. Hay quien considera apócrifa la sentencia, opinión a la que me apunto por puro sentido común. Hay que tenerlos bien puestos para soltarla ante una audiencia, precursora de la barbacoa, que está dispuesta a churruscarte si te empecinas en sostenerla. Cualquiera puede tener el oído fino y preguntarte, entornando los ojos, que qué es lo que se mueve. Y otra vez metido en esos barros y a desdecirte desde el principio.



      «Decíamos ayer…» que cuando hemos aprendido la historia oficial nos resulta complicado cuestionarla, y ¡ay! de aquel que se atreve a hacerlo. Y, me parece, que es algo que saben bien los escritores de historia novelada. Hay tantas lagunas, tantos puntos oscuros rellenados a criterio del investigador, como investigadores hay metiendo el hocico en la historia. Se crean corrientes históricas a las que los escritores pueden adherirse por simpatía o por que las consideran más razonables. Lo que se encuentra el escritor, una vez aceptada una versión de la historia, es un hilo del que tira para desenredar la madeja que le ayude a construir el argumento de su novela, y lo que se encuentra son más madejas dentro de la madeja dada por buena. Entonces no le queda otra que tirarse al agua, y que salga el sol por donde quiera. ¿Cómo hablaba la gente de hace dos mil años en ese sitio o en ese otro? No lo sabe. No se sabe, y, lo peor: nadie lo sabe. El escritor se cree que lo sabe (o finge saberlo para poder seguir adelante con su novela) porque ha visto hablar así a los personajes de las películas o en las novelas de otros escritores. Y corre el peligro de que los personajes dialoguen de forma artificiosa, o que el narrador en tercera persona narre como piensa el novelista que debería narrar un narrador de la época en la que transcurre el argumento de la novela. Y todo para dar ambiente y no resultar anacrónico y espantar a los lectores.

      Sin embargo, las pintadas de Pompeya y otros lugares nos devuelven a la realidad, por lo actuales; algunas hasta tienen cierto aire de tuits o whatsapp:

      "Atimeto me preñó"; "Samio a Cornelio: cuélgate";  "Gayo Sabino saluda con afecto a Estacio. Viajero, come pan en Pompeya, pero ve a Nocera a beber. En Nocera, la bebida es mejor"; "Virgula a su amigo Tercio: eres asqueroso"; «Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario»; «Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré: no tenía orinal»; «¡Cualquiera que lea esto es un hijo de puta!»; «Me he escapado. He huido. La esperanza y la fortuna, ¡adiós!»; «Perarius, ¡eres un ladrón!»; «Veinte parejas de gladiadores, que pertenecen a Aulo Suettius Antenio y su liberto Níger, luchará en Pozzuoli en el 17, 18, 19 y 20 de marzo. También habrá una cacería de animales y de las competencias atléticas»; «Un coño peludo se folla mucho mejor que uno depilado. Aquella retiene mejor los vahos y tira, al mismo tiempo, de la verga»; «Oh, pared, estoy sorprendido de que no te hayas desmoronado, ya que soportas los garabatos tediosos de tantos escritores».

      Uno de los personajes históricos que osó cuestionar lo incuestionable fue Jean-
Lamarck
Baptiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck
 (1774-1829). Lamark fue un naturalista francés que formuló la teoría de la evolución biológica; el acuñó el término «biología». Defendió que los seres vivos no permanecían inmutables sino que cambiaban influenciados por el clima y las circunstancias, se adaptaban y evolucionaban a otras formas distintas, lo que propiciaba la aparición de las diversas especies. Esta teoría chocaba frontalmente con el fijismo de Cuvier, indiscutible en su época, que defendía que cada cierto tiempo espantosos cataclismos borraban de la faz de la Tierra toda forma de vida y que la vida renacía con especies nuevas que no tenían conexión alguna con las anteriores. Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier (1769-1832) fue el primero y más importante promotor de la anatomía comparada y la paleontología. Si un animal tiene cascos y cuernos su dentadura es de herbívoro, pero si tiene garras y uñas entonces su dentadura es de carnívoro; los de dentadura cerrada son vegetarianos y los de dientes cónicos de presa, defendía Cuvier. Presumía de poder reconstruir un animal partiendo solo de un hueso, y lo demostraba. Lamark no podía demostrar que el cuello largo de las jirafas era la consecuencia de miles de años de adaptación al medio.

     Cuvier disfrutaba de una buena reputación como científico y una excelente posición
Cuvier
profesional y social, y su teoría de los cataclismos había creado escuela. Era, además, un excelente orador. Lamark, no. Si la teoría de la evolución biológica de Lamark triunfaba, la reputación de Cuvier se tambalearía peligrosamente. ¿Acaso no parecería, entonces, ridícula la teoría de los cataclismos? Cuvier no estaba dispuesto a consentirlo. Lamark tendría que demostrar su teoría, requisito indispensable para que no fuera tomado por un impostor. Y más le valdría que lo hiciera. La Ciencia no admitía otro grado de seriedad.

      Un día en que Lamark explicaba a sus alumnos cómo la salamandra que habita en las grutas de los montes de Karst había perdido la vista porque en la oscuridad no la precisaba para desenvolverse, y que, sin embargo, la recuperaba si se la tenía durante algún tiempo en un acuario iluminado, entró Cuvier en el aula y se sentó en los bancos de atrás. Los alumnos se volvieron y aplaudieron la presencia del reputado naturalista. Cuvier, que había dejado que Lamark siguiera desarrollando su tesis sin interrumpirle, de pronto se levantó y le espetó a Lamark que si hubiera utilizado mejor sus ojos para observar la naturaleza a lo mejor no estaría tan cegato como la salamandra de Karst. Lamark no andaba bien de la vista, y había llegado acompañado de su hija Cornelia.

      Lamark, educadamente, le sugirió a Cuvier que podía oponerse a su teoría sin necesidad de utilizar ataques personales. A lo cual, lleno de ira, Cuvier le preguntó si acaso no sabía que en la teoría de Lamark había un ataque a su persona. Lamark meditó sobre ello y respondió sinceramente que no lo sabía, y le rogó que saliera del aula y le permitiera continuar la clase. Cuvier le retó a que demostrase su teoría de que los seres fosilizados son los precursores de las especies actuales. Lamark le respondió que no creía en la teoría de las catástrofes de Cuvier y que este tampoco podía demostrar que fuera cierta.

      Cuvier afirmó que podía demostrar que su teoría de las catástrofes era cierta e invitó a los alumnos a seguirle a su aula, donde demostraría sin ningún género de dudas su teoría. Los alumnos siguieron a Cuvier, dejando la clase de Lamark vacía. Solo quedaron Lamark y Cornelia que lloraba desconsoladamente.

      Cuvier mostró a los alumnos un dibujo del Palaeotherium magnum, y les preguntó si alguien creía que aquel engendro podría ser el antecesor de ninguno de los seres vivos actuales. Nadie lo creyó posible. Entonces señaló un bloque de piedra que tenía encima de la mesa, del cual sobresalía parte un hueso fosilizado. Dijo que, sin haberlo visto nunca, sabía a qué animal pertenecía. El palaeotherium es y será siempre un palaeotherium, lo mismo que aquella piedra contenía el hueso de un canguro de la era terciaria. Y para demostrarlo fue desgranando la piedra hasta que apareció el hueso marsupial.

      Aunque la demostración de Cuvier probaba la ley de las correlaciones, no demostraba la teoría de las catástrofes. Pero nadie se dio cuenta, y si hubo alguien que sí lo hizo se lo cayó.

      Desde aquel día, ningún estudiante acudió a las clases del humillado Lamart. Totalmente ciego, dejó su cátedra y vivió el resto de su vida en la miseria. En estas condiciones dictó a Cornelia Historia natural de los invertebrados, obra de once tomos, que no tuvo ninguna repercusión en su época. Murió a los 86 años en París, olvidado de todos. Cuvier moriría tres años después, adorado por el mundo científico.

Charles Robert Darwin

      

  
    «Es siempre recomendable percibir claramente nuestra ignorancia.» (Charles Darwin)
  














viernes, 13 de septiembre de 2019

Lugares legendarios



   
     «La tradición es imprecisa respecto a la ubicación de Jauja. La tierra de Bengodi, cuyas maravillas cuenta Maso a Calandrino en el Decamerón, tierra donde se atan los perros con longanizas, está situada en el país de los vascos, y dista de Florencia más de milenta millas» Historia de las tierras y los lugares legendarios. Umberto Eco.

      Uno de mis libros del verano ha sido Historia de las tierras y los lugares legendarios de Umberto Eco. El libro habla de esos lugares irreales y maravillosos que han sembrado de fantasía la imaginación de los pueblos (al menos la de los europeos) a través de las épocas. Habla de la Tierra plana, idea que, aunque parezca increíble, ha cuajado y aún creen en ella un buen número de personas en nuestros días; y de las Antípodas, en donde la gente camina curiosamente cabeza abajo sin caerse al vacío y sin que se le suba la sangre a la cabeza. También de la Atlantida, Mur, Lemuria, el Paraíso terrenal y otras más, entre ellas Jauja, que en el Decamerón se sitúa en el país de los vascos, o
sea, aquí, desde donde escribo este blog. Obviamente, aquí no atamos los perros con longanizas, pero los queremos mucho.

Luna
     Los seres humanos tendemos a creer en las cosas más insólitas, y cuando una información ha calado en nuestro cerebro nos cuesta soltarla. Incluso si los nuevos descubrimientos históricos añaden datos que desmienten lo que se tenía por cierto e irrefutable, nos cuesta cambiar el chip. Por ejemplo, hasta no hace mucho se tenía por cierto que las pirámides se habían erigido a golpe de látigo por esclavos escuálidos, y sacarnos esa información de la cabeza aún va costar lo suyo. Sin embargo, en 2010 el ministro de Cultura egipcio, Farouk Honi anunció que nuevos hallazgos demostraban que las pirámides habían sido construidas por hombres libres a los que se les pagaba un salario, algo que ya se sospechaba desde los años 90. «Estas tumbas fueron construidas al lado de la pirámide del rey, lo que indica que esta gente no era de ninguna manera esclava. Si hubiesen sido esclavos, no se les habría permitido construir sus tumbas al lado de la de su rey», informó Zahi Hawass, jefe del Consejo Supremo de Antigüedades egipcio. En las paredes de la pirámide de Khufu aparecen inscripciones en reconocimiento a los
trabajadores que la levantaron, en las que se les menciona como «amigos de Khufu».

      Para alimentar a los trabajadores, que nunca pasaron de 10.000 según Hawass, se enviaban a la zona de trabajo cada día 21 búfalos y 23 ovejas, y a los ganaderos que colaboraban en estos proyectos «nacionales» se les eximía de pagar impuestos. Los obreros rotaban cada tres meses y los accidentes laborales eran atendidos inmediatamente, y, en caso de fallecimiento, se les inhumaba en la zona y se les abastecía de pan y cerveza para hacerles más grato el viaje al más allá.

      Los constructores de pirámides vivían en la zona de trabajo, en ciudades perfectamente estructuradas y organizadas, provistas de todos los servicios, incluyendo cementerios. Se han encontrado restos de graneros, carnicerías y panaderías que horneaban miles de hogazas diarias. Había obreros con «puesto fijo» y otros reclutados en los pueblos vecinos con «contrato temporal». Conseguir un puesto de trabajo en las pirámides era algo ambicionado, y no solo por los hombres. Se han encontrado esqueletos de mujeres en los cementerios de los trabajadores.


    Otra información instalada en la memoria colectiva es la de que las galeras romanas se impulsaban a fuerza de bíceps esclavo, cuando en realidad los romanos nunca se valieron de cautivos para mover sus naves. Los remeros eran los propios marineros de las galeras, hombres libres alistados en la armada romana, dispuestos a combatir codo a codo con los «infantes de marina» si fuera necesario. Confiar la velocidad de sus naves a remeros esclavos era un riesgo que los militares romanos no estaban dispuestos a correr.


      ¿Debemos, entonces, olvidarnos de los extraterrestres como constructores de las pirámides? Pues, no. Porque ¿quién nos asegura que los egipcios no se encontraron las pirámides ya hechas, pero muy destartaladas, y que su labor fue únicamente la de restaurarlas?


      ¿Y vamos a dejar de ver Ben Hur y perdernos la hermosa secuencia de la batalla naval? Pues, tampoco. A Roma non curant.




  


domingo, 30 de junio de 2019

El caso Fitzgerald



      «F. Scott Fitzgerald se matriculó en Princeton en el otoño de 1913. A los dieciséis años ya soñaba con escribir la gran novela americana y había empezado a trabajar en una primera versión de A este lado del paraíso. Dejó los estudios cuatro años después para alistarse en el ejército e ir a la guerra, pero esta terminó antes de que desplegaran a su unidad. Su clásico, El gran Gatsby, se publicó en 1925, pero no alcanzó la fama hasta después de su muerte. Tuvo problemas económicos durante toda su carrera y en 1940 estaba trabajando en Hollywood, escribiendo guiones malos a destajo, lo que le supuso una merma física y creativa, hasta que el 21 de diciembre murió de un ataque al corazón como consecuencia de años de grave alcoholismo.

      En 1950 Scottie, su única hija, donó sus manuscritos, notas y cartas originales (todos sus «papeles») a la biblioteca Firestone de Princeton. Sus cinco novelas estaban escritas en un papel barato que no envejecía bien. La biblioteca se dio cuenta pronto de que no era aconsejable permitir que los investigadores las manipularan. Hicieron copias de alta calidad y guardaron los originales bajo llave en una cámara acorazada situada en un sótano, donde la calidad del aire, la luz y la temperatura estaban perfectamente controladas. A lo largo de los años, se habían sacado de allí en contadas ocasiones» John Grisham, El caso Fitzgerald.

      Aunque lejos de la inolvidable Una Navidad diferente, El caso Fitzgerald (2017) se puede leer de un tirón si te dejas llevar y te olvidas de que no ha sido escrita para ti y tu eterna búsqueda del saber y de la quintaesencia de las letras, sino para esos millones y millones y millones de lectores que buscan pasar el rato leyendo lo que les gusta o recomiendan y lo de la «quinta» les suena a chino mandarín y no tienen el cuerpo para aprender idiomas, y que, por una extraña casualidad, leen a Grisham.

      John Grisham tiene una forma de escribir atractiva y universal, que parece sencilla y que va directa al paladar de esa millonada de seres que anda suelta por el globo devorando best seller.

      La novela arranca con el robo de los manuscritos de las cinco novelas de Francis Scott Fitzgerald — A este lado del paraíso (1920), Hermosos y Malditos (1922), El gran Gatsby (1925), Suave es la noche (1934) y El último magnate (novela inconclusa, publicada en 1943, tres años después de la muerte de Scott)— custodiados en «() la división de Manuscritos del departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales de la biblioteca Firestone, de la Universidad de Princeton».

      A Mercer Mann, el contrato como profesora adjunta de Literatura de primer año en el campus Chapel Hill de la Universidad de Carolina del Norte le quedan dos semanas de vigencia. Treinta y un años, soltera, sin trabajo a la vuelta de la esquina, sin casa, pero con deudas, escritora descatalogada y un destino que se empeña en llevarle la contraria, recibe una extraña oferta de trabajo de una desconocida que se presenta en un principio como Donna Watson y luego como Elaine Shelby.

      Mercer tiene una novela y una antología de cuentos, publicadas, y un proyecto de novela que lleva tres años atascado. Elaine Shelby trabaja para una misteriosa empresa con sede en Bethesda, especializada en investigación y seguridad. Esta empresa ha recibido el encargo de recuperar los manuscritos robados de F. S. Fitzgerald. Llevan seis meses trabajando en conjunción con el FBI, y disponen de otros seis meses para dar con los manuscritos o de lo contrario el cliente que les ha contratado deberá abonar veinticinco millones de dólares a la Universidad de Princeton.

      Mercer es propietaria de una casa en Camino Island (herencia de su abuela Tessa), a medias con su tía Jane, que pasa los inviernos en la casa, y su hermana Connie, que la utiliza en verano. Elaine le dice que sospechan que los manuscritos se encuentran precisamente en Camino Island, y que los tiene ocultos Bruce Cable, un astuto y desconfiado librero coleccionista de libros raros y primeras ediciones, propietario de la librería Bay Books de Santa Rosa. Elaine le propone ir a Santa Rosa y averiguar si efectivamente el librero está en posesión de los manuscritos. A cambio, la empresa de Elaine se hará cargo de las deudas de Mercer y le pagará cien mil dólares del ala. Reticente al principio, finalmente Mercer acepta la oferta.

      En Camino Island Mercer descubre que Bruce Cable es un donjuán atractivo y cuarentón. En su librería de Bay Books organiza sesiones a las que acuden escritores a presentar su última obra.

      Alrededor de la Bay Books se mueve una serie variopinta de escritores, que Mercer puede conocer cuando es invitada a una cena organizada por Myra Beckwith, exitosa escritora de novela rosa-erótica, y su pareja  Leigh Trane, escritora de ficción profunda-críptica sin lectores.

       En El caso Fitzgerald vas a encontrar todo aquello que te gusta si eres aficionado a las novelas sin más pretensiones que las de entretener. El estilo de  John Grisham es indiscutiblemente bueno y divertido, y por ahí no te vas a sentir defraudado si eres un lector crítico. Un robo, el oscuro mundo de los coleccionistas de libros con pocos escrúpulos, agentes del FBI medio torpes-listos (los de siempre de las pelis), la agencia misteriosa que hace encargos misteriosos (la de toda la vida). Y, por descontado, ¡que sí!, que la protagonista viene de una familia desestructurada, que tanto gusta, así que no te preocupes que está todo bajo control. En cuanto al sexo, la cosa no pasa del magreo preliminar (un toque de muslo es lo más atrevido), como suele ser en las novelas de Grisham, y tendrás que echar mano a la imaginación o a las 50 S, si necesitas desfogarte. Las torturas no pasan de la palabra «tortura» (Grisham no es un sádico) y de un tortazo, lo que está muy bien.

John Grisham
       Leer una novela de Grisham es tan gratificante como ver una película basada en una novela de Grisham. Puede que sus novelas no tengan vocación de trascender, pero eso ¿a ti qué te importa? Lee El caso Fitzgerald y disfruta mientras puedas.  Carpe diem. Yo, por mi parte, acabó de empezar La gran estafa, arrastrado por la inercia de El caso. Doble de queso y el borde relleno. He dejado para después el apetecible Historia de las tierras y los lugares legendarios, de Umberto Eco, por probar un poco de todo.




lunes, 3 de junio de 2019

Bel Ami



      21 de febrero de 1885. Carta al editor Victor Havard:

      «Me pide usted noticias mías. No son demasiado buenas. Tengo los ojos cada vez más enfermos. Creo que se debe a que están sumamente fatigados por el trabajo… He acabado Bel Ami. Sólo me falta releer y retocar los dos últimos capítulos. Con seis días de trabajo, estará completamente terminado.»






      Julio, 1885. Carta dirigida a su madre, Laure Le Poittevin:

      "Ninguna novedad sobre Bel Ami. Este libro es el que me ha impedido ir a Etretat, pues me muevo mucho para activar su venta, aunque sin demasiado éxito. La muerte de Victor Hugo le ha asestado un golpe terrible. Estamos en la vigesimoséptima edición, es decir, trece mil ejemplares vendidos. Como te decía, llegaremos a veinte mil o veintidós mil. Es muy razonable y eso es todo".






       Montjoyeux en Le Gaulois:

      "La novela de moda es Bel Ami. Hay que abordarla con valor. El señor Guy de Maupassant jamás había conseguido un éxito tan rápido y rotundo… Guy de Maupassant es un artista y su novela, una obra de arte… Seguramente, los más sensibles la encontrarán un tanto cruda; falta saber si es cierto.
      Aquí yo me retiro y respondo sinceramente: no lo sé… No puedo creer que todo el periodismo sea así. Balzac nos lo había mostrado más digno, a pesar de sus debilidades… Aquí nadamos alegremente en un océano de lodo… ¡Qué sociedad! ¡Dioses! ¡Qué sector! ¡Qué mundo!
      El señor Guy de Maupassant tiene mucho talento, pero su Bel Ami resulta repugnante, y, a riesgo de parecer anticuado, yo preferiría verle escoger temas más decentes".




      «Jorge Duroy salió del restaurante tras recibir de manos de la cajera la vuelta de sus cinco francos.
      Como era engreído por naturaleza y por resabios de antiguo suboficial, hinchó el pecho, se atusó el bigote con ademán marcial y familiar, y lanzó una rápida mirada en torno a los comensales rezagados. Una mirada de niño bonito que se extendió como el aleteo de un gavilán». Así comienza Bel Ami.

      Hay libros —novelas como Bel Ami— que después de leerlos te preguntas cómo alguien ha podido crear una obra de arte de semejante magnitud. Leyendo Bel Ami no te imaginas ni por un instante lo que te aguarda al final. La sensación, después de la lectura, es que te han vertido la hiel de la vida en el paladar. Todo el que ha escrito una novela (y no hace falta que sea una buena novela) sabe que de la primera a la última página hay un mundo intermedio desconocido, un universo que surge como de una espesa niebla a medida que se avanza en el relato. En Bel Ami te preguntas con qué enigmática pócima el autor ha sacado a la luz ese universo desconocido y de ficción, que parece tan real. No puede ser solo talento. En alguna parte del alma de Guy de Maupassant se escondía una lámpara mágica en la que habitaba un genio. Y ese genio surgió para escribir Bel Ami
      
      El manuscrito de Bel Ami se encuentra en la Biblioteca y Museo Morgan, en Nueva York. Consta de 436 páginas de papel pautado numeradas de la 1 a la 436. Apenas presenta correcciones. El protagonista, Duroy, pasa a tener diferentes nombres a lo largo de la novela antes de llamarse definitivamente Jorge. Guy de Maupassant la terminó en febrero de 1885. Se publicó como folletín en el diario Le Gil Blas, dirigido por Auguste Dumont, desde el 6 de abril al 30 de mayo.

        Nouvelle Revue, 1 de abril de 1887 (Raoul Frary):
      «Al señor de Maupassant… le gusta ir directo al grano, cuenta su historia deprisa y sólo describe como de pasada, con una maravillosa nitidez de contornos… El señor de Maupassant parece haber vivido con una capacidad para el desprecio que a duras penas justificarían cincuenta años de experiencias… Bel Ami es la obra maestra de este joven pesimista, un modelo de sátira en acción, un cuadro lleno de contrastes. Nunca se ha relatado con tanta elocuencia el triunfo de un bribón que ni siquiera es un hombre talentoso en su oficio: la verosimilitud se pierde un poco».

      Revue Bleue, 23 de mayo de 1885 (Maxime Gaucher):
      «El Bel Ami del señor de Maupassant es una obra muy fuerte, muy potente, pero de una verdad cruel y ligeramente repulsiva… Ese miserable triunfa con una suerte tan constante y acepta el éxito como algo natural con una serenidad tan imperturbable que resulta exasperante… Y no obstante, una vez que he tenido ese libro azul entre las manos, en lugar de soltarlo, lo he leído entero de un tirón, no devorándolo, sino saboreándolo. ¿Qué quieren? Es a la vez irritante y exquisito».

      Nouvelle Revue, junio de 1885 (Francisque Sarcey):
      «No conozco demasiadas obras cuya lectura sea a la vez más atrayente y más malsana. Al mismo tiempo que remueve en el fondo de nuestro corazón el fango de las curiosidades perversas, desencanta de la humanidad y desalienta de la vida. ¿De qué sirve permanecer en esta tierra, si sólo está habitada por bribones y pícaros infames?… El señor Guy de Maupassant despliega ante nuestros ojos la asquerosa mediocridad de la raza humana con la indiferencia de un filósofo… Lo que le reprocharía al señor Guy de Maupassant es que, habiendo juzgado conveniente trasplantar a su Jorge Duroy a ese ambiente del periodismo, que debe de conocer bien, no se haya tomado la molestia de reproducir fielmente su verdadero aspecto. Las salas de redacción que describe me han parecido pura fantasía; no son esos nuestros hábitos, nuestras costumbres, ni nuestra manera de hablar».


Guy de Maupassant
       «Muestro desde las primeras líneas en adelante cómo crece la semilla de un bribón en el lugar en el que cae. Este terreno es un periódico ¿por qué esta elección, se preguntarán? Porque este medio es el más favorable para mostrar las etapas de mi personaje, y también porque en un periódico se mezcla de todo, como ya hemos repetido con frecuencia. En otras profesiones es preciso contar con una preparación especial, más larga, las puertas para entrar son más difíciles, también las de salida son menos numerosas. La prensa es una suerte de inmensa república que se esparce por todos lados, donde se encuentra de todo, donde se puede hacer de todo, donde es fácil convertirse en un hombre honesto pero también en un bribón. Por eso, mi hombre entra en el periodismo, allí puede emplear fácilmente los medios necesarios para hacer fortuna»Guy de Maupassant.