"Vivir entre conversaciones superficiales crea malestar físico" (Elena Montolío Durán)

Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


lunes, 18 de enero de 2021

"El árbol de Guernika" de George L. Steer

       

      «Mola esperaba nuevos aviones de Alemania. El 7 de abril por lo menos uno de ellos llegó a Sevilla con una tripulación rubia procedente directamente de la «Vaterland». El piloto era un joven de veinticinco años, —Hans Sobotka—, y el aparato era el más rápido bombardero mediano “Dornier 17”» (El árbol de Guernica de George L. Steer).


       Durante la guerra civil española el diario The Times envió al periodista británico George Lowther Steer (1909 — 1944) a cubrir los acontecimientos en el frente de Euskadi. Después escribiría  The tree of Guernica. A fiel study of modern war, una crónica vibrante donde denuncia los inhumanos bombardeos de la aviación alemana e italiana sobre la población vasca. Recuerdo que al leer este libro me impactó el relato del derribo del Dornier 17 por la manera en la que iba compuesto un miembro de la tripulación. Resultaba chocante, tanto que parecía sacado del guión de una película. El combate aéreo fue presenciado por Steer desde el Arenal, frente al hotel Torróntegui. A continuación os dejo resumido en 956 palabras el relato que hacía Steer del derribo del Dornier 17:

Dornier 17 el Lápiz volador



       El «Dornier 17» era un avión de aspecto atractivo, con un largo y esbelto fuselaje por el que los alemanes le denominaban «el lápiz volador». Sus dos motores desarrollaban una velocidad de 450 kilómetros por hora, y Sobotka, por tanto, era más rápido que todos los cazas puestos al servicio del Gobierno de Bilbao y también que los aviones insurgentes de escolta con base en Vitoria. Podía transportar una carga de 900 kilogramos de bombas a una distancia de 2400 kilómetros.

      (…). Hans Sobotka salió de Berlín el 6 de abril, a las nueve veintidós de la mañana.

       (…).

      Ese mismo día, el jefe de la Policía de Berlín les proporcionó a él y a sus dos compañeros (uno de ellos, un muchacho de aspecto muy raro, según veremos más adelante), pases especiales para realizar un viaje… «para y a través de España» («Nach und durch Spanien»), (…).

     (…). (Sobotka) Era un muchacho bien parecido, de cara ancha, pelo bien engominado, ojos insignificantes y labios finos, barbilla hundida, vestido con un traje muy holgado y suelto de lana, con rayas muy anchas para el gusto inglés.

                                                       Documentación de Hans Sobotka

      El 18 de abril era domingo y en el frente no había mucho movimiento, pero en Bilbao los aviones facciosos hostigaron mucho, manteniendo a nuestras sirenas en chillido constante. (…), dos bombarderos bimotores surgieron entre las nubes de un claro azul. Luego se oyó un confuso ruido de motores que aumentaba de pronto y volvía a acelerar después, cubriéndose uno a otro, según parecía. Más tarde, una fuerte explosión, un furioso desboque de motores y repentinamente, a lo largo de la ladera de Begoña, frente a mí, se sintió una vertiginosa sucesión de bombazos. Resplandores, estruendo, estruendo, resplandores, estruendo prolongado y humo.

      Había una gran muchedumbre bajo el puente viejo. Al Sur, un avión salió de la nube, humeante, y se vio que el otro cabeceaba un poco. El primero fue perdiendo altura rápidamente y se estrelló en llanas en una loma al oeste del Nervión, en Galdácano. 

George L. Steer
      Llevaba a Hans Sobotka y a sus dos amigos alemanes.

      Esta tercera incursión del domingo 18 de abril, según supe, fue llevada a cabo por tres aviones «Dornier 17» y dos «Heinkel 111». El aeropuerto del viejo campo de polo de Lamiako, cerca de la zona montañosa que da al Nervión, fue alertado por los observadores del Sur, y cuatro cazas rusos, tripulados por pilotos españoles, despegaron. Estaban comandados por el joven Felipe del Río. Acecharon, volando a baja a altura, entre los bancos de nubes que cubrían la zona en que el valle abraza el viejo Bilbao, y cuando los alemanes salieron al cielo abierto, se abalanzaron sobre los tres «Dornier» desde la cola, sin ser vistos. Los servidores de las ametralladoras de los tres estaban mirando hacia delante. Casi no hubo lucha.


      En un minuto, las ametralladoras del «Boing» de Del Río agujerearon el «Dornier» que iba a la cabeza, tripulado por Sobotka. Otro se encargó del «Dornier» que iba un poco más atrás: una bala debió alcanzar al piloto, porque le avión empezó a fallar.


Restos del Dornier 17 de Sobotka
      Los otros tres aviones alemanes se dieron la vuelta; es lo único que podían hacer. Los dos averiados dejaron caer sus bombas al mismo tiempo, y del de Sobotka surgieron llamas y humo a lo largo del fuselaje, entre los extremos del timón de dirección, tipo cometa, corriéndose por todo el «lápiz volador» como un apretado velo. Del Río le persiguió, disparando hasta que cayó en Galdácano en medio de una bola de fuego, de la cual los tripulantes se arrojaron demasiado tarde. Del Río y los otros tres cazas persiguieron al segundo «Dornier» averiado, que corrió una suerte similar cerca de Villarreal.

      (…).

      Hallamos que el «Dornier» tenía un equipo de tres hombres. Sobotka y dos compatriotas.

      (…).

      El cuerpo de Sobotka descansaba sobre la hierba, con la espalda casi carbonizada, medio encorvado hacia arriba a lo largo de la espina dorsal. (…). Sus brazos estaban todavía sobre la cara, como pintando su muerte terrorífica, y los debió alzar en su última agonía antes de chocar contra el suelo. (…).


     
Polikarpov I-15  Chato
      Los otros dos alemanes cayeron en el Nervión. Trataron de saltar en paracaídas, pero los paracaídas no tuvieron tiempo de abrirse y se estrellaron contra el agua, muriendo del golpe. Uno de ellos estaba bastante gris, pero fue el otro el que dejó estupefactos a los vascos, que no estaban acostumbrados a cosas como éstas. Jamás habían visto nada igual. Le dieron la vuelta a aquel cuerpo largo y rubio. Tenía la cara magullada, pero así y todo les pareció algo extraordinario: sus cejas estaban depiladas y la boca pintada de rojo. No del rojo de la sangre que corría por el extremo del labio. Observaron que sus manos eran blancas y muy finas. Las uñas tenían hecha la manicura y estaban primorosamente cortadas en punta y barnizadas. Muy raro.

      Los sencillos vascos colocaron el cadáver, un tanto confusos, en un automóvil y lo enviaron a la Sanidad Militar. Era extraño, pensaron, que los alemanes utilizaran mujeres como pilotos de guerra. ¿Qué es lo que iban a inventar después?

      En Bilbao, sin embargo, los doctores de la Sanidad Militar eran hombres de experiencia. Desnudaron el cadáver y lo examinaron detenidamente. Tenía afeitado el pelo de las axilas y llevaba ropa interior femenina de seda color rosa. Pero llenaba, a duras penas, los requisitos de virilidad, y el caso quedó anotado como uno de los más pintorescos incidentes de la guerra civil.

      (…).

      El balance del bombardeo, de tres minutos, fue de 67 muertos y 111 heridos. Una franja de destrucción se extendió tersa sobre la parte vieja y Begoña, partiendo desde le golpeado muelle a orillas del Nervión, donde las pescadoras vendían anchoas.»

      George Lowther Steer tiene una calle con su nombre en Bilbao. El periodista tenía 28 años cuando vino a cubrir la guerra en Euzkadi.

 

Felipe del Río Crespo
      El capitán y As de la aviación Felipe del Río Crespo, de 24 años, moriría cuatro días después cuando combatía contra una escuadrilla de Messerschmitt BF 109 sobre el aeropuerto de Lamiako. Había nacido en Nueva Montaña, Cantabria, el 9 de septiembre de 1912. Se le describe como un joven atractivo, moreno de pelo, baja estatura (1,66 m), de carácter afable y simpático. Cuando derribó el Dornier 17 de Sobotka, Del Río pilotaba un Polikarpov I-15 ruso, conocido popularmente como «Chato». Contaba con 7 victorias.

      Era medíodía, 22 de abril, entrando la tarde, un día claro, cuando el Polikarpov I-15 de Del Río fue derribado. Los bombarderos alemanes volaban bajo, escoltados por una escuadrilla de modernos Messerschmitt BF 109, más rápidos que los Chatos. Su objetivo era la central eléctrica de la Babcock Wilcox. Objetivo que no lograron.

      Del Río fue derribado por dos  Messerschmitt de 2 ª Escuadrilla del grupo J/88 de la Legión Cóndor, algo pasadas las 4 de la tarde. Tuvo tiempo de saltar en paracaídas, mientras su aparato estallaba en mil pedazos. Cuando descendía indefenso, balanceándose en el paracaídas, los dos Messerschmitt volaron a su alrededor y lo ametrallaron. Un mes después, derribaron y ametrallaron cuando descendía en paracaídas al sargento José Díeguez, y en junio el teniente Tomás Baquedano, derribado por el Me-109 pilotado Rolf Pingel, fue ametrallado, tras lanzarse en paracaídas y caer al mar, cuando luchaba indefenso con las olas. La época del Barón Rojo y sus «Caballeros del Aire» quedaba lejos.

      Del Río llegó con vida al suelo y quedó envuelto en su paracaídas. Emitió algún sonido, pero murió enseguida. El piloto alemán que lo derribó fue el teniente Radusch.

   

Messerschmitt BF 109 

      La mañana del sábado 24 de abril de 1937, a las 9 horas, se celebró la ceremonia por el alma del capitán Felipe Del Río en la iglesia del Carmen de Indautxu. Al finalizar el sepelio, el cadáver se trasladó a Getxo.

      Felipe del Río tiene una calle en el municipio de Leioa.

     


      El teniente 1º Hans Sobotka pilotaba un Dornier Do 17, apodado por los alemanes Fliegender Bleistift (Lápiz Volador).

      Hans Sobotka (este apellido es polaco) fue enterrado con honores en Berlín, en el cementerio Invaliden. En España se le concedió a título póstumo la Cruz de España de bronce, por parte de los sublevados.

Hans Sobotka

     En Alemania, la familia de Hans Sobotka fue invitada a Berlín para celebrar un acto de reconocimiento al joven piloto de la Legión Cóndor. Cuando el padre de Sobotka, el coronel Camillo Sobotka, combatiente en la I Guerra Mundial, de origen judío, quiso acudir al evento fue advertido de que su pasaporte tendría que ir sellado con una «J» y añadir como segundo nombre «Israel».

      El coronel lo consideró una ofensa y protestó ante el gobierno alemán. Tuvo que asegurar que Hans Sobotka era hijo ilegítimo, y no del todo judío puesto que su madre era cien por cien aria, y pedía que se le eximiera de estampar los infamantes sellos en su pasaporte.

      Asimismo, la hermana de Hans, Ruth Sobotka, solicitó que se la eximiera de llevar en el pasaporte la «J» de jüdisch y como segundo nombre el de «Sarah».

      La Cancillería del Führer respondió a su petición acogiéndose a la «Ley de la familia y el nombre» del 05/01/1938, de la cual enviaron copias, negándoles la posibilidad de eximir de los pasaportes la «J» y el segundo nombre, que los señalaba como judíos.

      Finalmente, tras un fatigoso y largo intercambio de correspondencia entre la familia y las más altas autoridades del III Reich, el gobierno alemán cedió, en atención al piloto fallecido y a la ascendencia aria de la madre, y el coronel Camillo Sobotka, de 72 años, pudo visitar la tumba de su hijo Hans sin ser marcado como judío.

      Ruth Sobotka se casó con un soldado alemán y pasó a ser considera como de sangre alemana (deutschblütig).  

      Los otros dos miembros de la tripulación del Dornier 17 de Sobotka eran los sargentos Otto Hofmeister y Friedrich Müller.

Formación de Dornier 17



   

domingo, 20 de diciembre de 2020

Adios, año cruel

 


      Se va 2020 tal como vino: con mala baba. Por fin vamos a perder de vista esos dos ojazos funestos que nos miran con espanto y la nariz ganchuda. 

 Otra fecha fácil de recordar: 20-20, el año de la pandemia. Como 1212 (12-12. Las Navas de Tolosa) y la Revolución francesa ([1]-7-8-9). El caso es que no es un número feo. Guarda cierto equilibrio. 

      2021 rompe esa armonía, pero viene con mejor cara: con la «V» de vacuna, y también de victoria. A ver qué pasa. 

      De momento, quien más y quien menos está esperando a que sea el vecino el que dé un paso adelante y ponga sus barbas a remojar. Por si no se le secan como es debido. La de la vacuna es la única cola en la que nadie quiere estar el primero.

      Mucha gente se ha quedado en el camino por culpa de la pandemia. Te deja sin palabras. Ha sido un año terrible, funesto, y aún colea.

      En este año traidor he podido autopublicar en Amazon una nueva novela, El misterio de Champ D’ames. Para los que autopublicamos, no ha significado ninguna diferencia. Sin embargo, muchos proyectos literarios, desde las editoriales, no han podido lanzarse como estaba proyectado por culpa de la COVID-19. Una lástima.

      El 2021 se aproxima con incertidumbre esperanzadora. No sé si encararle siguiendo la filosofía oculta en la exhortación carpe diem, o la del cuento de Las mil y una noches en el que un hombre ve cómo su hijo pierde una pierna y aguarda un año para saber si ha sido para bien o para mal. A lo largo del año, estalla una guerra a la que parten los mozos del pueblo. Al final, todos los mozos mueren en esa guerra. Menos el hijo del hombre, que se librado de ir por ser cojo.  

      Después de todo, no hay mal que por bien no venga. El futuro es un túnel, un túnel oscuro en el cual apenas se distingue nada por mucho que entornemos los ojos y agucemos la vista. Habrá que sentarse a esperar y dejar pasar un año.

      Si tuviera que pedirle algún deseo al 2021 sería el final de la pandemia, por descontado; que todo el mundo tuviera un hogar digno donde vivir; que el hambre desapareciera y que los reporteros de guerra fueran al paro (lo siento chicos, no es nada personal).

      Bueno, no he utilizado un lenguaje inclusivo para no hacer farragosa la lectura. Pero ya sabéis que donde pone «chicos» (por ejemplo) quiere decir también «chicas». Y así todo lo demás.

      Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.

      Zorionak eta Urte Berri On.


 


 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

El Juicio del Mono





John Scopes
      «Será ilegal que cualquier docente de cualquiera de las universidades, normales y demás escuelas públicas del Estado que se apoyen total o parcialmente con los fondos de las escuelas públicas del Estado, enseñe cualquier teoría que niegue la Historia de la Creación divina del hombre como se enseña en la Biblia, y en cambio enseñar que el hombre ha descendido de un orden inferior de animales» (Ley Butler).

      A comienzos de 1925 en Tennessee se aprobó la Ley Butler. Fue a propuesta de John Washington Butler, granjero de 50 años de edad, miembro de la Cámara de Representantes de Tennessee de 1923 a 1927 por los condados de Macon, Trousdale y Sumner. Dicha ley prohibía a los maestros de escuelas públicas negar que el origen del hombre y la mujer no fue tal y como se narra en la Biblia, e impedía la enseñanza de la teoría de la evolución del ser humano a raíz de un antepasado primate. El maestro infractor se exponía a una multa que oscilaba entre 100 y 500 dólares.

     


     Butler consideraba a la Biblia como la piedra angular sobre la cual se sustentaba el gobierno de los Estados Unidos de América. Afirmaba que cualquiera que negase la historia de la creación según se narra en la Biblia no podría considerarse cristiano y que, además, dañaba esa piedra angular en la que se basaba el Gobierno de la nación.

      George Washington Rappleyea era un ingeniero metalúrgico neoyorquino de 31 años, afincado en Dayton, Tennessee, gerente de Cumberland Coal and Iron Company. No andaban las cosas bien en aquel Dayton de mil setecientos cincuenta almas, en 1925, y a Rappleyea se le ocurrió que nada mejor para levantar la economía del pueblo que un escándalo sonado, a nivel nacional. En la Farmacia de Robinson, mientras tomaba café un grupo de empresarios, Rappleyea, metodista seguidor de la teoría de la evolución, propuso a los prebostes desafiar la Ley Butler. Había leído en el Chattanooga Times que la American Civil Liberties Union (ACLU) estaba interesada en plantar cara a dicha ley. Rappleyea propuso prender la mecha a ese barril de pólvora. La «chispa» que la daría fuego se llamaba John Scopes. El escándalo estaba servido.

     

Clarence Darrow

    John Scopes nació en Paducah, Kentucky, el 3 de agosto de 1900. Se licenció en derecho, y en 1924 daba clases de álgebra, química y física en la escuela secundaria de Dayton, donde también fue entrenador de fútbol. Estaba en una partida de tenis cuando Rappleyea le pidió que se reuniera con él y los empresarios en la farmacia de Robinson. Le mostraron el plan y le propusieron que dijera que él había enseñado la teoría de la evolución en su aula. Scopes no había enseñado la teoría a sus alumnos, pero creía en ella y estuvo de acuerdo en colaborar con Rappleyea y los suyos. Este último había viajado a Nueva York y contaba ya con el concurso de la ACLU.

     


      El 10 de julio de 1925 el juicio, conocido como el Juicio del Mono, comenzó en medio de un espectáculo mediático de repercusiones nacionales, tal como Rappleyea había calculado.

      Scopes estuvo defendido por uno de los abogados más prestigiosos del momento, Clarence Darrow. Fue declarado culpable, multado simbólicamente con 100 dólares y más tarde indultado. 

      En 1960 el juicio fue llevado al cine con el título de Inherit the Wind, (en España, La herencia del viento) dirigida por Stanley Kramer y protagonizada por Spencer Tracy.



       

martes, 14 de julio de 2020

A libro abierto






    “La presencia de una estrella en una película era por lo menos una garantía parcial de su éxito; daba una mayor seguridad de recuperar la inversión. Esto se conseguía en la medida en que fuera la película adecuada para la estrella adecuada. Una estrella en un papel erróneo dejaba de ser una estrella. Los grandes estudios sabían esto muy bien y deliberadamente buscaban la creación de una imagen pública característica para cada estrella. Tenían a Clark Gable dedicado a interpretar un determinado tipo de personaje, de forma que cuando el público iba a ver una película de Clark Gable, sabían lo que podían esperar y que con toda probabilidad les gustaría. Ocurría lo mismo con Gary Cooper o Tyrone Power. Y sabías con toda seguridad que Cooper o Power no corrían más peligro de que los quitaran de en medio que el que corría el Llanero Solitario. Ser asesinado estaba reservado para las estrellas como Bogart y Cagney. Sabías más o menos lo que ibas a ver, y si una de las estrellas aparecía fuera de su personaje habitual, te sentías molesto” A libro abierto (John Huston).


Estoy leyendo A libro abierto, una autobiografía de John Huston. Es un libro interesante, y sin duda seducirá a los amantes del séptimo arte. He tomado prestadas dos porciones del libro, (la primera abre esta entrada) que para un blog podrían quedar extensas. 
Así pues, sin más preámbulos, aquí tenéis la porción más larga, en la que Huston relata cómo fue su trabajo primer trabajo como director en la Warner Bros, El halcón maltés:



    “Mi siguiente trabajo fue la adaptación para un guión de la novela negra de W. R. Burnett El último refugio. Yo siempre he admirado a Burnett, quien me parece uno de los escritores americanos más olvidado: Iron man, Saint Johnson, Dark Hazard, Pequeño César, La jungla de asfalto y The Giant Swing, son todas ellas importantes novelas. En todos estos libros hay trozos de un realismo impresionante. Más de una vez me han producido escalofríos.

Mark Hellinger fue el productor de El último refugio, y Raoul Walsh la dirigió. Le ofrecieron un papel principal a Paul Muni, y me alegré cuando lo rechazó y contrataron a Humphrey Bogart para hacerlo. Antes de esta película Bogie estaba muy abajo en la nómina de la Warner. El último refugio marcó un hito en su carrera.

    Paul Kohner había escrito en mi contrato que si la Warner volvía a renovármelo, yo podría dirigir una película. Elegí la novela de Dashiell Hammett El halcón maltés. Ya había sido filmada dos veces anteriormente, pero nunca con éxito. Blanke y Wallis se sorprendieron de que yo quisiera volver a hacer una película que había fracasado dos veces, pero el hecho era que El halcón nunca había sido realmente trasladada a la pantalla. Los guiones anteriores habían sido productos de escritores que habían pretendido poner su propio sello en la historia escribiéndola de nuevo, con escenas innecesarias.

Esta vez fue a George Raft a quien le ofrecieron el papel principal. Raft lo rechazó; no quería trabajar a las órdenes de un director sin experiencia, así que me pusieron a Bogie, por lo que quedé debidamente agradecido.


    Yo me preparé muy bien para mi primer trabajo como director. El halcón maltés tenía un guión muy cuidadosamente estructurado, no sólo escena por escena, sino plano por plano. Hice un esquema de cada plano. Si tenía que hacer una panorámica o un plano con grúa, lo indicaba. Yo no quería en ningún caso tener dudas delante de los actores o del equipo técnico. Comenté la planificación con Willy Wyler. Me hizo algunas sugerencias, pero en conjunto aprobó lo que vio. También le enseñé la planificación a mi productor, Henry Blanke. Todo lo que Blanke dijo fue:

— John, solamente ten presente que cada escena, cuando la ruedes, es la escena más importante de la película.

Este es el mejor consejo que un director joven puede recibir.

Yo tenía hecha mi planificación, pero no quería ser rígido al realizarla. Hacía que los actores ensayaran una escena, los dejaba desenvolverse por ellos mismos sin darles instrucciones. A medida que decían sus textos y se movían, la mayoría de las veces se iban colocando en las posiciones que yo tenía reflejadas en mis esquemas. Algunas veces lo que ellos hacían era mejor que lo que yo tenía planeado, en ese caso lo hacíamos a su manera. Sólo un veinticinco por ciento de las veces, aproximadamente, fue necesario hacer que se adaptaran a mi idea original.

El actor inglés Sydney Greenstreet había trabajado en Broadway, pero ésta era, creo, su primera película. Siempre se ha hablado de la dificultad que hay en pasar de la escena a la pantalla, pero no podrías darte cuenta de ello al observar a Greenstreet; estuvo perfecto en su papel del Hombre Gordo desde el principio hasta el fin. Yo sólo tuve que sentarme tras la cámara y disfrutar de su interpretación.

    Mary Astor y yo ensayamos antes de empezar la película, y juntos definimos su caracterización de la amoral Brigid O’Shaughnessy: su voz indecisa, temblorosa y suplicante, sus ojos llenos de ingenuidad. Ella fue la encantadora asesina según mi idea de la perfección.

Peter Lorre fue uno de los actores más ajustados y sutiles con los que trabajé nunca. Debajo de ese aire de inocencia que utilizaba con gran efecto, uno presentía un Fausto mundano. Yo sabía que estaba haciendo una buena interpretación mientras rodábamos, pero no sabía lo buena que era hasta que lo vi en la pantalla.

Elisha Cook, Jr., vivía solo en la Alta Sierra, empleaba moscas para pescar truchas doradas entre película y película. Cuando se le necesitaba en Hollywood, le enviaban un mensaje por correo a su cabaña en el monte. Él venía, hacía la película y luego volvía a su retiro.

    Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad diferente y más noble: heroica como en El último refugio. Juraría que la cámara tiene una forma especial de ver el interior de una persona y de registrar cosas que el ojo desnudo no percibe.

Bogie estaba casado por entonces con Mayo Methot, a quien él llamaba «Rosebud», probablemente a causa del trineo de Ciudadano Kane. Ella siempre estaba «en escena», chillona y exigente. Bogie la consentía y hacía lo posible por calmarla. Pero si ella notaba que su persona no era el centro de atención, desencadenaba un infierno. Era conocida por arrojar platos en los restaurantes y por esgrimir cuchillos. Sólo puedo asombrarme de que Bogie la aguantara tanto tiempo como lo hizo.

    Por norma, al final del día todos se iban a casa, cada uno a su domicilio particular. Pero lo pasábamos tan bien juntos haciendo El halcón que, noche tras noche después de rodar, Bogie, Peter Lorre, Ward Bond, Mary Astor y yo nos íbamos al club de campo Lakeside. Tomábamos unas copas, luego una cena fría y nos quedábamos allí hasta medianoche. Todos pensábamos que estábamos haciendo algo bueno, pero ninguno tenía ni idea de que El halcón maltés sería un gran éxito y que con el tiempo se convertiría en un clásico.

No se cambió ni una línea del diálogo durante la filmación. Quité una escena corta cuando me di cuenta de que podía sustituirla por una llamada telefónica sin que se perdiera nada de la historia.

Había una escena larga en el apartamento de Sam Spade, que, de acuerdo con mi planificación, tenía que ser hecha con una serie de planos, pero en los ensayos decidimos que en lugar de hacerlo así la haríamos con movimientos de cámara. Un movimiento de la cámara conducía a otro hasta que finalmente había, supongo, más movimientos de cámara en esa escena que en cualquier otra que haya hecho nunca.


    La rodamos en una sola toma. Los hombres que movían la dolly tenían que saberse el diálogo tan bien como los actores; el suspense durante la toma fue electrizante, pero Arthur Edeson, el cámara, lo consiguió. No recuerdo exactamente cuántos movimientos de cámara se hicieron, pero me viene a la memoria el número veintiséis.

Blanke me reunió con el compositor Adolph Deutsch. Trabajar con el compositor era un privilegio que sólo se permitía a los principales realizadores. Esta fue otra muestra de la confianza que Blanke tenía en mí. Deutsch y yo repasamos la película muchas veces, discutiendo dónde había que utilizar música y dónde no. Como ocurre con un buen montaje, se supone que, por lo general, el público no es consciente de la música. Idealmente, ésta se dirige directamente a nuestras emociones sin que tengamos conciencia de ello, aunque, por supuesto, hay momentos en los que la música debe resaltar y dominar la acción.


    Cuando llegó la hora de la proyección privada de la película —en un cine de barrio de Pasadena—, me sorprendió que Jack Warner y Hal Wallis asistieran. Los jefes de los departamentos de publicidad y de guiones y varios otros hombres importantes estaban también allí. Despertó considerablemente más interés que lo normal para una película de serie «B». La reacción del público fue buena, los comentarios de la proyección iban desde buena a excelente, y se decidió que no era necesario hacer cortes. El departamento de publicidad quería titularla The Gent from Frisco, pero Hal Wallis persuadió a Jack para que se respetara el título de El halcón maltés.

Cuando volvía en el coche al estudio con Hal me arriesgué a preguntarle hasta qué punto le parecía buena.
—Buena —dijo.
—¿Cómo de buena?
—Buena.



    Le hablé a Hal Wallis de Howard Koch, el autor de The Lonely Man, y, por recomendación mía, lo trajeron a la Warner. Más tarde él escribió Casablanca, el mayor éxito que haya tenido nunca el estudio. Lo que hubiera debido ser una brillante carrera fue, sin embargo, irremediablemente truncada cuando Howard fue incluido en la lista negra durante la caza de brujas de comunistas después de la guerra. Él no fue uno de los Diez de Hollywood, tampoco era comunista, ni era un compañero de viaje, pero se negó a rebajarse ante sus acusadores, y esto fue suficiente para que no pudieran volver a contratarlo.”







domingo, 5 de abril de 2020

Edgar Rice Burroughs


      




Edgar Rice Burroughs
«Esta historia me la proporcionó alguien que no tenía motivo alguno para contármela, ni a mí ni a nadie. El principio del relato podría atribuirlo a la seductora influencia que sobre el narrador ejercían los vapores etílicos de una añeja cosecha. El resto de la extraña fábula llegaría como consecuencia de la escéptica incredulidad que manifesté durante los días siguientes» Tarzán de los monos.



      Todos y todas conocéis a Edgar Rice Burroughs (1 de septiembre de 1875-19 de marzo de 1950), por ser el creador de Tarzán. Pero, de todas maneras, voy a hacer una semblanza del escritor para que no tengáis que ir a la «Wiki» (ya voy yo por vosotros) a informaros, si os pica la curiosidad de saber más cosas sobre el escritor.

      Edgar Rice Burroughs nació en Chicago (Illinois). Era el cuarto hijo de George Tyler Burroughs y María Evaline (Zieger) Burroughs. El segundo nombre, Rice, se lo pusieron por su abuela paterna Mary Rice Burroughs.

      Cursó estudios en la Academia Phillips, en Andover (Massachusetts), y en la Academia Militar de Míchigan. Al fracasar su intento de ingresar en West Point, se alistó como soldado en el 7 º de Caballería (música del 7 º, Garry Owenhttps://www.youtube.com/watch?v=Efkhqnb2Ni8, en Fort Grant (Arizona). En 1897 fue dado de baja en el ejército al descubrírsele un problema cardiaco. En 1900 se casa con Emma Hulbert y tienen dos hijos: Joan y Hulbert. Lee a H. G. Wells, Arthur Conan Doyle, Julio Verne o Rudyard Kipling. En 1911 empieza a escribir ficción. Devora revistas de aventuras editadas en papel de baja calidad, denominadas «pulp fictión» precisamente por el color amarillento del papel. Piensa que si la gente paga por leer aquellas historias de chichinabo, él podría escribirlas mejores y más entretenidas. Dicho y hecho. 1912: escribe el relato Bajo las lunas de Marte y la revista All-Story lo publica en forma de serial.

      Dedicado profesionalmente a escribir, en 1912 publica con éxito Tarzán de los Monos. En 1913 nace su tercer hijo John Coleman. Escribe ciencia ficción popular, westerns y romances históricos, que publica en All-Story y The Argosy. En 1923 funda Edgar Rice Burroughs, Inc., e imprime en ella sus libros. En 1934 se divorcia de Emma y en 1935 se casa con Florencia Dearholt Gilbert, de la que se divorcia en 1942. Muere de un infarto en Encino, California, el 19-03-1950, a los 74 años.

      Pero esta entrada no va del escritor, sino del magazín online semanal ERBzine. Eso es: os quiero regalar la dirección de esta maravillosa web dedicada a Edgar Rice Burroughs. La página se edita en inglés, pero con el traductor la podéis pasar al castellano en un pispás, si no controláis el idioma de Shakespeare. Vais a encontrar fotogramas de las películas de Tarzán dibujos, portadas de libros y comics, páginas de cómic, noticias y curiosidades sobre el escritor, y muchísimas cosas más.