Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


martes, 1 de octubre de 2019

Y, sin embargo...




      «Y, sin embargo, se mueve

Galileo Galilei
      Es lo que dicen que dijo Galileo Galilei ante el Tribunal de la Santa Inquisición después de desdecirse de su teoría heliocéntrica, en la cual la Tierra giraba alrededor del Sol, y salir absuelto. Los del Santo Oficio y el resto de la humanidad (es decir, Europa), apostaban por la teoría geocéntrica donde el Sol y el resto de los planetas giraban alrededor de la Tierra, bendecida por el infalible dedo de Dios. Hay quien considera apócrifa la sentencia, opinión a la que me apunto por puro sentido común. Hay que tenerlos bien puestos para soltarla ante una audiencia, precursora de la barbacoa, que está dispuesta a churruscarte si te empecinas en sostenerla. Cualquiera puede tener el oído fino y preguntarte, entornando los ojos, que qué es lo que se mueve. Y otra vez metido en esos barros y a desdecirte desde el principio.



      «Decíamos ayer…» que cuando hemos aprendido la historia oficial nos resulta complicado cuestionarla, y ¡ay! de aquel que se atreve a hacerlo. Y, me parece, que es algo que saben bien los escritores de historia novelada. Hay tantas lagunas, tantos puntos oscuros rellenados a criterio del investigador, como investigadores hay metiendo el hocico en la historia. Se crean corrientes históricas a las que los escritores pueden adherirse por simpatía o por que las consideran más razonables. Lo que se encuentra el escritor, una vez aceptada una versión de la historia, es un hilo del que tira para desenredar la madeja que le ayude a construir el argumento de su novela, y lo que se encuentra son más madejas dentro de la madeja dada por buena. Entonces no le queda otra que tirarse al agua, y que salga el sol por donde quiera. ¿Cómo hablaba la gente de hace dos mil años en ese sitio o en ese otro? No lo sabe. No se sabe, y, lo peor: nadie lo sabe. El escritor se cree que lo sabe (o finge saberlo para poder seguir adelante con su novela) porque ha visto hablar así a los personajes de las películas o en las novelas de otros escritores. Y corre el peligro de que los personajes dialoguen de forma artificiosa, o que el narrador en tercera persona narre como piensa el novelista que debería narrar un narrador de la época en la que transcurre el argumento de la novela. Y todo para dar ambiente y no resultar anacrónico y espantar a los lectores.

      Sin embargo, las pintadas de Pompeya y otros lugares nos devuelven a la realidad, por lo actuales; algunas hasta tienen cierto aire de tuits o whatsapp:

      "Atimeto me preñó"; "Samio a Cornelio: cuélgate";  "Gayo Sabino saluda con afecto a Estacio. Viajero, come pan en Pompeya, pero ve a Nocera a beber. En Nocera, la bebida es mejor"; "Virgula a su amigo Tercio: eres asqueroso"; «Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario»; «Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré: no tenía orinal»; «¡Cualquiera que lea esto es un hijo de puta!»; «Me he escapado. He huido. La esperanza y la fortuna, ¡adiós!»; «Perarius, ¡eres un ladrón!»; «Veinte parejas de gladiadores, que pertenecen a Aulo Suettius Antenio y su liberto Níger, luchará en Pozzuoli en el 17, 18, 19 y 20 de marzo. También habrá una cacería de animales y de las competencias atléticas»; «Un coño peludo se folla mucho mejor que uno depilado. Aquella retiene mejor los vahos y tira, al mismo tiempo, de la verga»; «Oh, pared, estoy sorprendido de que no te hayas desmoronado, ya que soportas los garabatos tediosos de tantos escritores».

      Uno de los personajes históricos que osó cuestionar lo incuestionable fue Jean-
Lamarck
Baptiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck
 (1774-1829). Lamark fue un naturalista francés que formuló la teoría de la evolución biológica; el acuñó el término «biología». Defendió que los seres vivos no permanecían inmutables sino que cambiaban influenciados por el clima y las circunstancias, se adaptaban y evolucionaban a otras formas distintas, lo que propiciaba la aparición de las diversas especies. Esta teoría chocaba frontalmente con el fijismo de Cuvier, indiscutible en su época, que defendía que cada cierto tiempo espantosos cataclismos borraban de la faz de la Tierra toda forma de vida y que la vida renacía con especies nuevas que no tenían conexión alguna con las anteriores. Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier (1769-1832) fue el primero y más importante promotor de la anatomía comparada y la paleontología. Si un animal tiene cascos y cuernos su dentadura es de herbívoro, pero si tiene garras y uñas entonces su dentadura es de carnívoro; los de dentadura cerrada son vegetarianos y los de dientes cónicos de presa, defendía Cuvier. Presumía de poder reconstruir un animal partiendo solo de un hueso, y lo demostraba. Lamark no podía demostrar que el cuello largo de las jirafas era la consecuencia de miles de años de adaptación al medio.

     Cuvier disfrutaba de una buena reputación como científico y una excelente posición
Cuvier
profesional y social, y su teoría de los cataclismos había creado escuela. Era, además, un excelente orador. Lamark, no. Si la teoría de la evolución biológica de Lamark triunfaba, la reputación de Cuvier se tambalearía peligrosamente. ¿Acaso no parecería, entonces, ridícula la teoría de los cataclismos? Cuvier no estaba dispuesto a consentirlo. Lamark tendría que demostrar su teoría, requisito indispensable para que no fuera tomado por un impostor. Y más le valdría que lo hiciera. La Ciencia no admitía otro grado de seriedad.

      Un día en que Lamark explicaba a sus alumnos cómo la salamandra que habita en las grutas de los montes de Karst había perdido la vista porque en la oscuridad no la precisaba para desenvolverse, y que, sin embargo, la recuperaba si se la tenía durante algún tiempo en un acuario iluminado, entró Cuvier en el aula y se sentó en los bancos de atrás. Los alumnos se volvieron y aplaudieron la presencia del reputado naturalista. Cuvier, que había dejado que Lamark siguiera desarrollando su tesis sin interrumpirle, de pronto se levantó y le espetó a Lamark que si hubiera utilizado mejor sus ojos para observar la naturaleza a lo mejor no estaría tan cegato como la salamandra de Karst. Lamark no andaba bien de la vista, y había llegado acompañado de su hija Cornelia.

      Lamark, educadamente, le sugirió a Cuvier que podía oponerse a su teoría sin necesidad de utilizar ataques personales. A lo cual, lleno de ira, Cuvier le preguntó si acaso no sabía que en la teoría de Lamark había un ataque a su persona. Lamark meditó sobre ello y respondió sinceramente que no lo sabía, y le rogó que saliera del aula y le permitiera continuar la clase. Cuvier le retó a que demostrase su teoría de que los seres fosilizados son los precursores de las especies actuales. Lamark le respondió que no creía en la teoría de las catástrofes de Cuvier y que este tampoco podía demostrar que fuera cierta.

      Cuvier afirmó que podía demostrar que su teoría de las catástrofes era cierta e invitó a los alumnos a seguirle a su aula, donde demostraría sin ningún género de dudas su teoría. Los alumnos siguieron a Cuvier, dejando la clase de Lamark vacía. Solo quedaron Lamark y Cornelia que lloraba desconsoladamente.

      Cuvier mostró a los alumnos un dibujo del Palaeotherium magnum, y les preguntó si alguien creía que aquel engendro podría ser el antecesor de ninguno de los seres vivos actuales. Nadie lo creyó posible. Entonces señaló un bloque de piedra que tenía encima de la mesa, del cual sobresalía parte un hueso fosilizado. Dijo que, sin haberlo visto nunca, sabía a qué animal pertenecía. El palaeotherium es y será siempre un palaeotherium, lo mismo que aquella piedra contenía el hueso de un canguro de la era terciaria. Y para demostrarlo fue desgranando la piedra hasta que apareció el hueso marsupial.

      Aunque la demostración de Cuvier probaba la ley de las correlaciones, no demostraba la teoría de las catástrofes. Pero nadie se dio cuenta, y si hubo alguien que sí lo hizo se lo cayó.

      Desde aquel día, ningún estudiante acudió a las clases del humillado Lamart. Totalmente ciego, dejó su cátedra y vivió el resto de su vida en la miseria. En estas condiciones dictó a Cornelia Historia natural de los invertebrados, obra de once tomos, que no tuvo ninguna repercusión en su época. Murió a los 86 años en París, olvidado de todos. Cuvier moriría tres años después, adorado por el mundo científico.

Charles Robert Darwin

      

  
    «Es siempre recomendable percibir claramente nuestra ignorancia.» (Charles Darwin)
  














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