Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


domingo, 30 de junio de 2019

El caso Fitzgerald



      «F. Scott Fitzgerald se matriculó en Princeton en el otoño de 1913. A los dieciséis años ya soñaba con escribir la gran novela americana y había empezado a trabajar en una primera versión de A este lado del paraíso. Dejó los estudios cuatro años después para alistarse en el ejército e ir a la guerra, pero esta terminó antes de que desplegaran a su unidad. Su clásico, El gran Gatsby, se publicó en 1925, pero no alcanzó la fama hasta después de su muerte. Tuvo problemas económicos durante toda su carrera y en 1940 estaba trabajando en Hollywood, escribiendo guiones malos a destajo, lo que le supuso una merma física y creativa, hasta que el 21 de diciembre murió de un ataque al corazón como consecuencia de años de grave alcoholismo.

      En 1950 Scottie, su única hija, donó sus manuscritos, notas y cartas originales (todos sus «papeles») a la biblioteca Firestone de Princeton. Sus cinco novelas estaban escritas en un papel barato que no envejecía bien. La biblioteca se dio cuenta pronto de que no era aconsejable permitir que los investigadores las manipularan. Hicieron copias de alta calidad y guardaron los originales bajo llave en una cámara acorazada situada en un sótano, donde la calidad del aire, la luz y la temperatura estaban perfectamente controladas. A lo largo de los años, se habían sacado de allí en contadas ocasiones» John Grisham, El caso Fitzgerald.

      Aunque lejos de la inolvidable Una Navidad diferente, El caso Fitzgerald (2017) se puede leer de un tirón si te dejas llevar y te olvidas de que no ha sido escrita para ti y tu eterna búsqueda del saber y de la quintaesencia de las letras, sino para esos millones y millones y millones de lectores que buscan pasar el rato leyendo lo que les gusta o recomiendan y lo de la «quinta» les suena a chino mandarín y no tienen el cuerpo para aprender idiomas, y que, por una extraña casualidad, leen a Grisham.

      John Grisham tiene una forma de escribir atractiva y universal, que parece sencilla y que va directa al paladar de esa millonada de seres que anda suelta por el globo devorando best seller.

      La novela arranca con el robo de los manuscritos de las cinco novelas de Francis Scott Fitzgerald — A este lado del paraíso (1920), Hermosos y Malditos (1922), El gran Gatsby (1925), Suave es la noche (1934) y El último magnate (novela inconclusa, publicada en 1943, tres años después de la muerte de Scott)— custodiados en «() la división de Manuscritos del departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales de la biblioteca Firestone, de la Universidad de Princeton».

      A Mercer Mann, el contrato como profesora adjunta de Literatura de primer año en el campus Chapel Hill de la Universidad de Carolina del Norte le quedan dos semanas de vigencia. Treinta y un años, soltera, sin trabajo a la vuelta de la esquina, sin casa, pero con deudas, escritora descatalogada y un destino que se empeña en llevarle la contraria, recibe una extraña oferta de trabajo de una desconocida que se presenta en un principio como Donna Watson y luego como Elaine Shelby.

      Mercer tiene una novela y una antología de cuentos, publicadas, y un proyecto de novela que lleva tres años atascado. Elaine Shelby trabaja para una misteriosa empresa con sede en Bethesda, especializada en investigación y seguridad. Esta empresa ha recibido el encargo de recuperar los manuscritos robados de F. S. Fitzgerald. Llevan seis meses trabajando en conjunción con el FBI, y disponen de otros seis meses para dar con los manuscritos o de lo contrario el cliente que les ha contratado deberá abonar veinticinco millones de dólares a la Universidad de Princeton.

      Mercer es propietaria de una casa en Camino Island (herencia de su abuela Tessa), a medias con su tía Jane, que pasa los inviernos en la casa, y su hermana Connie, que la utiliza en verano. Elaine le dice que sospechan que los manuscritos se encuentran precisamente en Camino Island, y que los tiene ocultos Bruce Cable, un astuto y desconfiado librero coleccionista de libros raros y primeras ediciones, propietario de la librería Bay Books de Santa Rosa. Elaine le propone ir a Santa Rosa y averiguar si efectivamente el librero está en posesión de los manuscritos. A cambio, la empresa de Elaine se hará cargo de las deudas de Mercer y le pagará cien mil dólares del ala. Reticente al principio, finalmente Mercer acepta la oferta.

      En Camino Island Mercer descubre que Bruce Cable es un donjuán atractivo y cuarentón. En su librería de Bay Books organiza sesiones a las que acuden escritores a presentar su última obra.

      Alrededor de la Bay Books se mueve una serie variopinta de escritores, que Mercer puede conocer cuando es invitada a una cena organizada por Myra Beckwith, exitosa escritora de novela rosa-erótica, y su pareja  Leigh Trane, escritora de ficción profunda-críptica sin lectores.

       En El caso Fitzgerald vas a encontrar todo aquello que te gusta si eres aficionado a las novelas sin más pretensiones que las de entretener. El estilo de  John Grisham es indiscutiblemente bueno y divertido, y por ahí no te vas a sentir defraudado si eres un lector crítico. Un robo, el oscuro mundo de los coleccionistas de libros con pocos escrúpulos, agentes del FBI medio torpes-listos (los de siempre de las pelis), la agencia misteriosa que hace encargos misteriosos (la de toda la vida). Y, por descontado, ¡que sí!, que la protagonista viene de una familia desestructurada, que tanto gusta, así que no te preocupes que está todo bajo control. En cuanto al sexo, la cosa no pasa del magreo preliminar (un toque de muslo es lo más atrevido), como suele ser en las novelas de Grisham, y tendrás que echar mano a la imaginación o a las 50 S, si necesitas desfogarte. Las torturas no pasan de la palabra «tortura» (Grisham no es un sádico) y de un tortazo, lo que está muy bien.

John Grisham
       Leer una novela de Grisham es tan gratificante como ver una película basada en una novela de Grisham. Puede que sus novelas no tengan vocación de trascender, pero eso ¿a ti qué te importa? Lee El caso Fitzgerald y disfruta mientras puedas.  Carpe diem. Yo, por mi parte, acabó de empezar La gran estafa, arrastrado por la inercia de El caso. Doble de queso y el borde relleno. He dejado para después el apetecible Historia de las tierras y los lugares legendarios, de Umberto Eco, por probar un poco de todo.




2 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Probablemente haya visto todas o casi todas las películas basadas en las novelas de John Grisham, pero nunca he leído ninguna de sus obras. Quizás algún día se convierta ésta en la primera. Tiene buena pinta, y además, estar siempre "trascendiendo", es algo muy poco trascendental, como casi todo lo rutinario y/o encorsetado.


Un abrazo!

crónicas de un e-writer dijo...

No te veo como lector de novelas de consumo, pero, en fin, todos tenemos nuestro lado oscuro.

Un abrazo, Alberto.