Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


lunes, 4 de febrero de 2019

La primera frase


Maxwell Perkins
      «Cuando no hay nada prometedor en la primera página, difícilmente que lo haya en lo que venga a continuación. Me encantan las primeras frases. Cuando llegas a la frase final de una buena novela a menudo descubres lo que ya estaba implícito en la primera frase, aunque entonces no pudieras percibirlo» (Max Perkins, editor de Scribner’s).

      A mí también me encantan las primeras frases.

      A menudo leo las primeras frases de una novela de éxito y ya me doy cuenta de que estoy ante un libro bien escrito, pero con una historia adocenada y sagazmente surtida de clichés.

      El uso de clichés es difícil de controlar cuando se tiene un ojo puesto en la máquina de escribir y otro en el mercado. Entonces se cuelan por todas partes, a veces sin darte cuenta y otras veces porque abres de par en par puertas y ventanas para que entren y tomen aposento en tu historia, a su antojo, con la esperanza de que le den un empujoncito hacia los ansiados lectores. El resultado suele ser un manuscrito infectado de clichés.

      También hay novelas de éxito, de mucho éxito (muchísimo), que no están bien escritas y cuyos argumentos no aportan nada al lector con un mínimo de criterio, pero que gustan al público menos exigente. Como las otras (las mencionadas arriba), estas novelas suelen buscar los lugares comunes, que es donde se encuentra el lector común. Y, asimismo, como en todas las artes, en literatura el lugar común, el cliché, si bien no garantiza el éxito inmediato y efímero sí lo hace más probable.

      Hoy en día, Internet permite acceder a una cantidad infinita de primeras páginas de novelas. Lo que es un auténtico lujo para todos aquellos a los que nos gusta husmear.

      Ahora, os invito a deleitaros con la lectura del primer párrafo de varias novelas impecables cuyos comienzos me dejaron una grata huella.



Howard Fast
«Como casi todos los que llegan a este mundo, Max Britsky lo hizo con violencia y mala gana. Apenas se le reanimó mediante unos cachetes en el diminuto y encarnado trasero, exteriorizó su resentimiento e irritación con una voz cuya potencia sorprendió al doctor Segal, quien lo mantenía cabeza abajo sujetándolo por los dos minúsculos pies.
—¡Maldita sea! —masculló el médico—. Este pequeño bergante está descarnado, pero rebosa salud. No pesará más allá de dos kilos y medio y, sin embargo, parece bien vivo» (Howard Fast, Max).

      En Max, Howard Fast nos habla de los comienzos del cine y del sueño americano a través del visionario y ambicioso Max Britsky.



Máximo Gorki
«Cada día, sobre el humo y el aire pringoso del suburbio obrero, mugía y vibraba la sirena de la fábrica y, dócil a su llamada, de las casas pequeñas y grises salían presurosas a la calle, como cucarachas asustadas, gentes taciturnas, que no habían tenido tiempo de aliviar con el sueño el cansancio de sus músculos. Sumidos en la fría oscuridad, recorrían las calles sin pavimentar hacia las altas jaulas de piedra de la fábrica y ella les aguardaba con una seguridad indolente, alumbrando el sucio camino con sus numerosos ojos, cuadrados y grasientos. Los pies chapoteaban en el lodo. Resonaban los roncos exabruptos de las voces somnolientas, groseros juramentos rasgaban perversamente el aire, mientras, al encuentro de los humanos, llegaban flotando otros sonidos: el penoso fragor de las máquinas o el bufido del vapor. Sombrías y severas, se vislumbraban las altas chimeneas negras, levantándose sobre el arrabal como gruesas columnas» (Máximo Gorki, La madre).

      En 1902, en el pequeño pueblo de Sórmovo, a orillas del Volga, fueron detenidos y deportados a Siberia varios de los participantes en la celebración obrera del 1 de mayo.

      Gorki se apoya en este acontecimiento para escribir La madre. Pelagia Nilovna Vlasova, la protagonista de la novela, está inspirada en Anna Kirilovna Zalómova, madre de Piotr Andréievich Zalómov, uno de los detenidos.

      En la novela Piotr se convertiría en  Pável Vlásov, el hijo de Pelagia.



Stephen Crane
«El frío se iba alejando paulatinamente de la tierra y la niebla, al retirarse, iba descubriendo un ejército extendido sobre las colinas, que descansaba. Cuando el paisaje cambió de pardo a verde, el ejército despertó y empezó a estremecerse con ansiedad al simple anuncio de un nuevo rumor, lanzando ojeadas hacia los caminos, que, después de ser amplios charcos de barro líquido, iban transformándose en verdaderas carreteras. Un río, al que la sombra de sus márgenes prestaba tonalidades ambarinas, murmuraba a los pies del ejército, y por la noche, cuando la corriente se había transformado en doliente oscuridad, podían verse en la otra orilla las pupilas rojas y brillantes de las hogueras del campamento enemigo, situadas en las lomas bajas de distantes colinas» (Stephen Crane, El rojo emblema del valor).

      Ambientada en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, el soldado de la Unión Henry Fleming buscará ser herido en el combate para contrarrestar la vergüenza de un acto de cobardía.



Amin Maalouf
«A veces, en Samarcanda, al atardecer de un día lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejón sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdián, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algún bebedor achispado, al que arrastrarán por el polvo, cubrirán de insultos y condenarán a un infierno cuyo fuego le recordará hasta el fin de los siglos el rojo reflejo del vino tentador» (Amin Maalouf, Samarcanda).

«Cuando vaciles bajo el peso del dolor, y están ya secas las fuentes de tu llanto, piensa en el césped que brilla tras la lluvia; cuando el resplandor del día te exaspere, y llegues a desear que una noche sin aurora se abata sobre el mundo, piensa en el despertar de un niño.

Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz hoy. Toma una jarra de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe, mientras meditas que mañana quizá el astro de la noche te busque inútilmente.

Si bien aprendí multitud de cosas, también olvidé muchas otras de buena gana. Tenía un lugar en mi cabeza para cada cosa: lo que estaba a la izquierda no podía hallarse a la derecha. Sólo alcancé la paz definitiva el día en que abandoné todo con desprecio y pude comprender, al fin, que no se puede afirmar ni negar nada» (Omar ibn al-Jayyam, Rubaiyat).

Amin Maalouf narra en esta novela histórica los avatares del poeta, astrónomo y matemático persa Omar ibn al-Jayyam y su manuscrito de poemas Rubaiyat.




Robert Louis Stevenson
«Mientras el lector, cómodamente sentado junto al agradable fuego de su chimenea, se entretiene hojeando las páginas de una novela, ¡cuán lejos está de hacerse cargo de los sudores y angustias que ha pasado el autor para componerla! Ni siquiera llega a imaginar las largas horas de lucha para triunfar de las frases difíciles, las pacientes pesquisas en las bibliotecas, su correspondencia con eruditos y oscuros profesores alemanes, en una palabra, todo el inmenso andamiaje que el autor ha levantado y deshecho luego, únicamente para procurarle a él algunos momentos de solaz junto al fuego de la chimenea o para hacerle menos fastidiosas las horas pasadas en el ferrocarril» (Robert Louis Stevenson, Aventuras de un cadáver).


      He escogido este primer párrafo porque representa a la perfección las penalidades de los escritores en su afán por escribir una obra.

      En Aventuras de un cadáver un grupo de personas crean un fondo común con el propósito de que lo cobre el último componente del mismo que quede con vida.



Michael Crichton
«A cuarenta minutos de Londres, mientras atravesaba los ondulados campos verdes y los huertos de cerezos de Kent, el tren matutino del Ferrocarril Sureste alcanzó su velocidad máxima de ochenta y cinco kilómetros por hora. Al mando de la reluciente máquina pintada de azul, podía verse al maquinista con su uniforme rojo de pie y expuesto a las ráfagas del viento, sin la protección de una cabina o un parabrisas, mientras que a sus pies, el fogonero agazapado echaba carbón al resplandor rojizo de la caldera. Detrás de la máquina jadeante y el ténder había tres coches amarillos de primera clase, seguidos de siete vagones verdes de segunda clase; y cerrando el convoy, un furgón gris, sin ventanillas, destinado a los equipajes» (Michael Crichton, El gran robo del tren).

      La novela narra el robo más famoso a un tren en la Inglaterra victoriana de 1855. Los atracadores se llevaron 12.000 libras en oro y se le conoció como El Gran Robo del Tren.



Guy de Maupassant
«Durante días y días los jirones del ejército en fuga habían pasado por la ciudad. No eran soldados, sino hordas en desbandada. Los hombres, con la barba larga y sucia, los uniformes hechos pedazos, avanzaban con paso cansino, sin bandera, sin mando. Todos parecían abrumados, derrengados, incapaces de pensar o de decidir nada, siguiendo adelante sólo por inercia, y apenas se detenían se caían del cansancio. Se veían sobre todo soldados movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, inclinados bajo el peso del fusil; jóvenes marmitones de la Guardia Nacional, avispados, proclives a asustarse y a entusiasmarse, prestos tanto para el ataque como para la fuga; en medio de ellos algunos pantalones rojos, restos de una división destrozada en una gran batalla; sombríos artilleros en fila con soldados de infantería heterogéneos; y, de vez en cuando, el casco reluciente de un dragón de paso pesado que seguía no sin esfuerzo la marcha más ligera de los soldados de infantería» (Guy de Maupassant, Bola de Sebo).


      Así comienza Bola de Sebo, el relato corto de Guy de Maupassant. Enmarcado en la guerra franco-prusiana de 1870, de Ruan parte una diligencia con 10 personas que huyen de las tropas prusianas.




Benito Pérez Galdós
«Cuando el tren mixto descendente, núm. 65 (no es preciso nombrar la línea), se detuvo en la pequeña estación situada entre los kilómetros 171 y 172, casi todos los viajeros de segunda y tercera clase se quedaron durmiendo o bostezando dentro de los coches, porque el frío penetrante de la madrugada no convidaba a pasear por el desamparado andén. El único viajero de primera que en el tren venía bajó apresuradamente, y dirigiéndose a los empleados, preguntóles si aquél era el apeadero de Villahorrenda» (Benito Pérez Galdós, Doña Perfecta).

      Pepe Rey, ingeniero de éxito madrileño, viaja a la provinciana Orbajosa para conocer a su prima Rosario, con la cual han concertado casarle el padre de Pepe y la hermana de este, viuda y madre de Rosario, doña Perfecta. Se trata de que el matrimonio de los hijos salvaguarde la hacienda común de los padres. El carácter progresista del joven ingeniero pronto chocará con las conservadoras costumbres de su tía.




Franz Kafka
«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó» (Franz Kafka, La metamorfosis).

      Pocos comienzos (y trama) hay tan conocidos como el de La Metamorfosis, en el cual Gregorio Samsa amanece convertido en un bicho.





Leopoldo Alas «Clarín»
«La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo» (Leopoldo Alas «Clarín», La Regenta).


      En Vetusta vive doña Ana Ozores, casada por conveniencia con don Víctor Quintanar, regente de la Audiencia. Ana, conocida como la «Regenta», más joven que su marido, al cual le unen lazos de amistad y agradecimiento, sobrevive en insufrible lucha con las aspiraciones propias de la juventud cuyo desarrollo como mujer ha sido cercenado ya desde la infancia por una sociedad provinciana, patriarcal y maliciosa, especialmente implacable con el disidente femenino.




John Fante
«Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir» (John Fante, Pregúntale al polvo).

      Arturo Bandini, escritor si un dólar, malvive en Los Ángeles a base de naranjas en los años de la Gran Depresión.




Ernest Hemingway
«En una importante fábrica de bombas de Michigan, Yogi Johnson, de pie, junto a la ventana, miraba al exterior. La primavera ya estaba cerca. ¿Sería posible que las palabras de aquel individuo que escribía, Hutchinson: «Cuando llega el invierno, la primavera no anda lejos», se realizaran de nuevo este año? Yogi Johnson se lo preguntaba. Cercano a Yogi, dos ventanas más allá, se encontraba Scripps O’Neil, un individuo largo y delgado, con un rostro largo y delgado. Los dos observaban el patio vacío de la fábrica. La nieve cubría las hileras de bombas embaladas en sus cajas dispuestas para ser enviadas. Al llegar la primavera, cuando la nieve comenzara a fundirse, los obreros de la fábrica, con sus picos, dejarían libres las cajas de su prisión de hielo, las trasladarían hasta la estación donde serían cargadas en vagones para ser expedidas. Yogi Johnson contemplaba las bombas cubiertas por la nieve mientras su aliento dibujaba trazos fantásticos en el frío cristal. Yogi Johnson pensaba en París. Quizá fueran aquellos dibujos maravillosos lo que le recordaba la alegre ciudad, en la que, tiempo atrás, había pasado dos semanas. Dos semanas que iban a convertirse en las más felices de su vida. Pero todo aquello formaba ya parte del pasado. Aquello y todo lo demás» (Ernest Hemingway, Aguas primaverales).

      Yogi Johnson, veterano de la Gran Guerra, y  Scripps O’Neil, escritor, trabajan en una fábrica de bombas. Los dos han sufrido un desengaño amoroso y suspiran por encontrar a la mujer perfecta.

      Incluyo este primer párrafo de Aguas primaverales, la primera novela  de Hemingway, publicada en 1926 por la editorial Scribner´s,  porque es la novela que estoy leyendo ahora. Se decía de esta novela que Hemingway la escribió (en 10 días) para obligar a la editorial Boni & Liveright a cancelar el contrato que tenía con ella (la editorial podía anular el contrato de tres libros que tenía con Hemingway si uno de los tres era rechazado por la propia editorial). Aunque Hemingway siempre negó esta historia y defendió la novela con pasión.

Sherwood Anderson
      Hemingway presentó el manuscrito a principios de diciembre de 1925 y fue rechazado a finales del mismo mes, por consiguiente Boni & Liveright rescindió el contrato.

      La novela fue recibida por la crítica y los escritores con criterios dispares. En Aguas primaverales Hemingway se burla de la novela de Sherwood Anderson La risa oscura, publicada en 1925. Se burla de las pretensiones de estilo del autor y de los personajes, lo que desagradó a Hadley Richardson, esposa de Hemingway.

      Tampoco gustó la parodia a Gertrude Stein, novelista, poeta, dramaturga y coleccionista de arte estadounidense, que fue mentora de Hemingway y que discutió con él por burlarse de un autor que lo había ayudado a publicar. A John Dos Passos le hacía gracia la novela, pero opinaba que no se debía publicar. Sin embargo, Scott Fitzgerald consideraba Aguas primaverales una obra maestra.

      Las artes, que probablemente ofrezcan más satisfacción a un hombre, son inciertas. Es difícil ganarse la vida (Sherwood Anderson).


1 comentario:

Alberto Senda dijo...

Muy buena selección, Gerard. Sobre las primeras frases nada que añadir a lo comentado en la entrada anterior. Me ha gustado ver entre las obras escogidas "Pregúntale al polvo", obra que en su día recomendé en Letra Heridos y que a su vez Ianus Bröõnco me había recomendado a mí. A menudo echo en falta esa comunidad entre escritores; pienso que tendríamos que hacer algo para recuperarla.
Un abrazo.