Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






miércoles, 26 de octubre de 2016

HADES. LA ERA DEL INFIERNO




Por fin he terminado de corregir Hades. La Era del Infierno, mi última novela. Las correcciones han sido un trabajo agotador, pero con la ventaja de que se trabaja sobre algo ya hecho. En el ordenador me han salido 364 páginas, lo que no está nada mal.
La novela trata de un hombre que viaja al pasado, a la era conocida como Hades o Eón Hádico. Hasta hace no muchos años se pensaba que la Tierra, a la cual se le supone una existencia de alrededor  de 4 000 millones de años, en sus primeros 500 años era un mar de magna. Sin embargo, estudios geológicos en los años 80 desvelaron que la superficie de la Tierra puedo ser un lugar con un clima menos extremo de lo que se suponía, y estar formada por océanos y continentes.
Inspirándome en estos descubrimientos, he situado a los personajes de la novela en una Tierra ficticia,  de hace 3 500 millones de años.


SINOPSIS
       Eder Aja, comercial de la inmobiliaria Albizua, recibe el encargo de vender una vieja mansión indiana en Montediablos, un pueblo que recibe su singular nombre por las recurrentes apariciones de diablos que se registran desde época inmemorial. En la mansión, Eder halla un cuaderno con una sorprendente historia escrita en 1927 por Juan Eraso, un empresario vasco afincado en Estados Unidos de América. En el cuaderno, Juan relata cómo se vio transportado al cuerpo de un ser de aspecto horrible, en una comunidad de seres que vivían en subterráneos a los que él llamaba «diablos».
El mundo de los diablos posee cuatro lunas, en una de las cuales Juan Eraso identifica a la luna de la Tierra. La flora es primitiva, y la fauna está compuesta exclusivamente por animales similares a insectos, en muchos casos gigantescos. Juan descubre la forma de controlar su estancia en lo que él llama el «otro lado», y realiza varias incursiones. En una de ellas encuentra una tablilla con el nombre de un buque de línea inglés desaparecido en 1744. ¿Ha viajado un buque inglés del siglo XVIII al «otro lado»? ¿Es aquel mundo la Tierra en la era geológica conocida como Hades o Eón Hádico, la «Era del Infierno», hace 3 500 millones de años?


       En esta entrada podéis leer el prólogo y un capítulo, pero en Amazon se pueden leer hasta seis. Son capítulos cortos, por eso los de Amazon dejan leer tantos.
       Aunque por el título puede parecer una novela de miedo, en realidad no lo es. El protagonista, Juan Eraso, se mueve entre unos seres primitivos y sencillos, de una brutalidad espontánea que le repugna, pero que es superada por la brutalidad cargada de rencor del hombre moderno, representado por Juan Eraso: los diablos son brutales por instinto de conservación, y su violencia se circunscribe a eliminar el peligro que los amenaza.
       Juan Eraso encuentra en ese mundo vestigios de un buque de línea inglés, que ha viajado, como él, en el tiempo. Los buques de línea eran barcos de guerra que estuvieron en servicio a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Se llamaban así porque llevaban los cañones en los costados, y para combatir se veían en la necesidad de formar en línea frente al enemigo. La batalla más famosa que protagonizaron fue la de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, entre la armada inglesa y la combinada franco-española. Juan Eraso se propone comunicarse con los tripulantes del buque inglés, el HMS Victory, de los que hay indicios que le llevan a presuponer que están vivos.

Pinchando en este enlace podéis ir a la página de Amazon donde está la novela: Ir a la novela.



HADES. LA ERA DEL INFIERNO

PRÓLOGO
  
Aquella gélida mañana de enero de 1927 el Maxwell negro se precipitó por la pendiente de Montediablos.
Sí, esa pendiente que hay a la salida del pueblo.
El Maxwell rebotó en la roca pálida que sobresale como un hueso roto, rodó, dejó un rastro de chatarra y cristales y quedó boca arriba en el fondo del abismo, empotrado en un pino añoso y reseco. Poco después una de las ruedas delanteras chocaba contra la puerta del conductor, que colgaba de los goznes.
Eso es lo que le pasó al Maxwell negro.
Un fastidio.
Si el espíritu del conductor hubiera estado dentro de su propio cuerpo habría visto al vehículo asomarse a la despoblada pendiente cóncava que se hundía en el pinar, cincuenta metros más abajo.
Pero el espíritu del conductor había abandonado su ser físico instantes antes de que el Maxwell se despeñase, y la trémula envoltura humana de carne y hueso la ocupaba ahora aquel extraño y sorprendido intruso.
Segundos antes, tan solo unos escasos segundos antes de despeñarse el Maxwell, el intruso había examinado con complacencia los dos brazos humanos, ¡tan de su agrado!, que sustituían a sus familiares y aborrecibles brazos de quitina, acabados en una mano con tres dedos portadores de afiladas y prácticas uñas.
Así fueron las cosas aquel día: tras golpear la roca pálida, el flamante Maxwell voló varios metros por encima de la pendiente y al caer se destrozó el techo y el capó. Desde luego que sí. Y no solo eso, el cráneo del conductor se golpeó con el techo del automóvil, una chapa metálica de excelente calidad fabricada en Detroit, USA.
¡Qué fatalidad!




CAPÍTULO I

Eder Aja estiró el cuello y pegó la nariz a la luna del parabrisas. Parpadeó: allí estaba la señal de tráfico, sumergida en el follaje del arcén, a la entrada del desvío: «Montediablos».
Giró suavemente el volante y abandonó la carretera local. La calzada vecinal ascendía a través de un pinar de troncos espigados, cubiertos de líquenes.
Bajó dos dedos el cristal de la ventanilla: un tonificante aroma a humedad y resina se coló en el interior del automóvil.
A pesar de ser una de esas carreteras secundarias, por las que casi nadie circula, la Diputación Foral de Bizkaia se había preocupado de que estuviera en buen estado, y las ruedas del automóvil se agarraban sin problemas al húmedo asfalto.
Trazada en la ladera de la montaña, fue un áspero camino de carretas hasta 1913, año en que la Compañía Minera Bilbao-Bristol le duplicó la anchura y lo asfaltó. En aquella época, los pesados camiones de las minas recorrían la carretera y creaban socavones que cuando llovía se llenaban de agua. Quedaba el firme casi impracticable, lo cual obligaba a un periódico mantenimiento del mismo por parte de la compañía minera. Además, en invierno la carretera se helaba, sobre todo en las zonas umbrías, y las ruedas de los camiones resbalaban, lo que  hacía especialmente complicada la conducción.
Tras una interminable sucesión de atroces curvas, la zona boscosa se despejaba por el lado izquierdo. A partir de aquí la carretera describía una amplia curva en forma de hoz y ascendía hasta el pueblo pegada al desmonte.
Se inclinó sobre el volante y miró por encima del parabrisas. Al final del asfalto vio un ángulo del caserón recortado sobre un cielo violeta, encapotado y caprichoso, que llevaba todo el día descargando repentinos chubascos.
Anochecía.
El alumbrado público de Montediablos, dotado de encendido fotovoltaico, parpadeó tres o cuatro veces antes de encenderse definitivamente.
El caserón era una de las tantas exageradas mansiones eclécticas, afrancesadas, con las que los ricos indianos habían sembrado la cornisa cantábrica en el siglo XIX. Aunque los puristas en arquitectura renegaban de ellas, la gente común las observaba con curiosidad y admiración.
Pintado de ocre claro, el caserón contaba con dos plantas y buhardilla, una torre redonda orientada al este, sendos balcones con balaustres de piedra en cada habitación y otro balcón más encima del porche. Aunque con algún que otro desconchado en la fachada, el aspecto general resultaba aceptable. Situado a la izquierda de la carretera vecinal, el caserón  era lo primero que se veía al entrar en el pueblo.
En los barrotes de la cancela de la mansión alguien había colocado un cartel naranja con el rótulo «SE VENDE» bien visible, en letras negras, grandes y gruesas, sobre fondo verde, y el teléfono de un particular escrito a rotulador dentro de un rectángulo blanco.
Aledaño a la mansión, un caserío reconvertido en bar. Incrustado como una garrapata, de la centenaría fachada sobresalía un ramplón cartel luminoso, regalo de una conocida compañía cervecera, en el que se podía leer el nombre del establecimiento en letras verdes sobre fondo blanco: «Dena Ona» y debajo, en letras más pequeñas: «Oilaskoak Erreta —Pollos Asados».
Empapadas en vaho, las dos ventanas del bar, una a cada lado de la puerta, filtraban a la calle haces de luz blanca de tubo fluorescente. Iluminaban una pequeña porción de asfalto y los charcos de lluvia que se habían formado a la entrada del establecimiento y bajo de las ventanas.
Eder detuvo el vehículo a la puerta. En el asiento del copiloto reposaban dos carteles naranjas que llevaban escrito el consabido se vende, el nombre de la inmobiliaria Albizua y dos teléfonos de contacto. Sobre los carteles: una tijera y un paquete con bridas blancas de plástico. Lo cogió todo y salió del coche.
Hacía frío. Se subió el cuello del abrigo y entró en el bar, esquivando los charcos.
Se trataba del típico establecimiento rural, sin concesiones al PVC, es decir, decorado con madera de roble, nogal y castaño, mesas de madera de tres dedos de grosor y una tragaperras arrimada a la pared. Un parroquiano de unos setenta años leía el periódico en  una de las mesas. Otro cliente, algo más joven pero igual de arrugado, veía uno de esos programas del corazón en la televisión del bar, sentado en un taburete.
«Todo muy vintage» pensó Eder.
La última renovación del establecimiento debió de producirse en fecha tan lejana que tanto el continente como el contenido estaban en un tris de convertirse en reliquia, lo cual le daba un aire entrañable al Dena Ona, convirtiendo el defecto en virtud.
Las vigas originales del caserío, dejadas a propósito a la vista, formaban parte del encanto. Dos insuficientes arañas negras de ferrería, con bombillas fluorescentes de bajo consumo, dejaban en penumbra parte del local. Al fondo, en un rincón sumido en las sombras había un asador de pollos apagado.
Tras la barra, una mujer de algo más de cuarenta años, de buen ver, tirando a baja, el pelo recogido en una coleta, jersey de lana caqui y pantalón vaquero,veía la televisión, de pie, los brazos cruzados, recostada en la cafetera.
Nadie se fijó en Eder al entrar, pero cuando caminó hacia la barra y las baldosas sueltas comenzaron a sonar como un xilófono, el parroquiano que leía el periódico levantó la vista por encima de las gafas y el que veía la tele se giró.
Al verlo entrar, la mujer de la barra se desplazó hacia él con una cachaza que envidiaría cualquier tortuga.
Eder dejó encima del mostrador los carteles y pidió un café. La mujer se dirigió a la cochambrosa cafetera. Golpeó aquí, rellenó un filtro, apretó algo allá y se quedó arrobada mirando la televisión, abducida por el místico embeleso de la pantalla de plasma. Cuando el café estuvo hecho, tiró de una palanca y la cafetera resopló vapor en el interior de una jarra de acero inoxidable que contenía leche. Vertió la leche en la taza y la posó con indiferencia en el mostrador, delante de Eder.
El café estaba a conciencia, uno de los mejores que Eder había probado en mucho tiempo.
—Es un buen café.
La mujer sonrió.
—Es la cafetera, todo el mundo dice que hace un buen café —dijo, sin apartar la vista de la televisión.
Entró una mamá de treinta y tantos, metida en carnes y mal conservada; llevaba de la mano a una niña de seis años, con dos coletas. Le compró a la niña un huevo de chocolate, pagó con un billete de veinte euros y se dirigió a la tragaperras.
La camarera miró de soslayo los carteles de la inmobiliaria Albizua.
―Los voy a colocar en la casona de al lado ―dijo Eder, al darse cuenta.
Le pasó una tarjeta: «Eder Aja. Inmobiliaria Albizua».
La mujer cogió la tarjeta y estrechó con desgana la mano que Eder le tendía.
―Mertxe Korta —dijo—. Ahora no es un buen momento para vender nada en Montediablos. Si la hubieran sacado a la venta hace unos años, puede. Entonces se buscaban casas para turismo rural. Por esta zona hay bonitas rutas de montaña
La máquina tragaperras empezó a lanzar monedas a la bandeja. La jugadora las recogió y las llevó al mostrador; allí hizo dos montones y se reservó algunas monedas. A cambio, Mertxe le entregó dos billetes de veinte euros. La jugadora, como un avecilla que ha conseguido alimento para sus polluelos, regresó a la máquina tragaperras y se dedicó a alimentarla con monedas a través de la fina ranura. Mertxe retomó el hilo de la conversación.
―¿Piden mucho por la casona? ―preguntó.
―Setecientos noventa y siete mil euros.
Ella resopló.
―Es una buena casa, pero demasiado cara para Montediablos. A ese precio te va a costar dar con un comprador. Este no es un lugar que despierte la envidia de nadie ―dijo, meneando la cabeza.
La casona llevaba más de setenta años deshabitada. La dueña, una anciana que vivía en Getxo, había fallecido recientemente. Mientras vivía, ella y sus hijos solo iban a la casona para las inspecciones anuales, en las que se hacía inventario de los desperfectos, y para airearla. Es todo lo que sabía Eder.
―¿Viene gente por aquí?
—Por estas fechas, poca. Los domingos suben algunos montañeros. Desde que hace siete años empezaron las excavaciones del castro se nota más movimiento.
De las antiguas minas a cielo abierto había quedado un singular paisaje, formado por pequeños lagos de agua verdosa en los que nadaban carpas de colores. El encanto del paraje atraía un regular goteo de domingueros, sobre todo en verano, de los cuales gran parte acababa almorzando un pollo asado en el Dena Ona.
En su día, la noticia del castro descubierto en Montediablos cubrió algunos espacios de prensa y televisión. Las excavaciones habían sacado a la luz un profundo foso defensivo, una doble fortificación de piedra de dos metros de grosor, con muros de mampostería rellenos de grava, y casas con la hechura redonda de los habitáculos celtas. También habían aparecido los vestigios de una ferrería, un torques de oro para el cuello, dos espadas celtas en pésimo estado de conservación, tres puntas de lanza romanas deformadas por el óxido, media docena de monedas de plata con la efigie de Tiberio y un áureo de Augusto.
El descubrimiento del castro resultó fruto de la casualidad. En el lugar donde actualmente se realizaban las excavaciones, antiguamente hubo un barrio minero con
 
casas adosadas de dos plantas, de ladrillo y piedra, construido en 1902 por la Compañía Minera Bilbao-Bristol. Se mantuvo habitado hasta 1919.
En 2008 el barrio minero presentaba un aspecto ruinoso, y los domingueros se metían en las casas a husmear con el consiguiente peligro de que un derrumbamiento lastimase a alguien. A fin de prevenir accidentes, el ayuntamiento de Montediablos, subvencionado por la Diputación de Bizkaia, ordenó derribar el barrio y construir un parque infantil en el solar. Las máquinas excavadoras encargadas de allanar el terreno fueron las que pusieron al descubierto el tesoro arqueológico.
—Las excavaciones se han ralentizado por falta de presupuesto —dijo Mertxe—. Antes, al llegar junio ya estaban los arqueólogos trabajando, y a primeros de septiembre protegían el yacimiento con lonas y plásticos y se iban para volver al siguiente verano. Pero ahora no empiezan a excavar hasta bien entrado julio.




6 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

Hombre! me parece fantástico lo que he leido, será que yo podré viajar por esa otra época? espero que si! y luego os digo, un abrazo fuerte, monito!

Jayja para tí... dijo...

ALBERTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, ven a leer...................

crónicas de un e-writer dijo...

Un abrazo fuerte, Janett.

Jayja para tí... dijo...

vaya si que la he pasado mal con esto de Trump! Dios!

Alberto Senda dijo...

Janett, por fin he venido a leerlo! :)

Tu novela promete mucho, Gerard. En poco tiempo me pondré con ella. ¿Qué tal te va de momento con ella?

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Mal. No se vende casi nada.