Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 5 de junio de 2016

Blas de Otero

     



Blas de Otero
  

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

(EN EL PRINCIPIO, de Blas de Otero)






Paul McCarney
Paul McCarney, el ex Beatle, ha estado en Madrid. El pasado jueves. En el estadio Vicente Calderón. Ha actuado ante 40.000 incondicionales seguidores. Ha salido en todas las televisiones. «¡Qué pasa, troncos!», ha gritado en castellano, y ha gustado más este ¡qué pasa troncos!, en castellano, que si hubiera cantado siete veces siete Yesterday. De hecho, si se hubiera sentado en el escenario a comer un bocadillo mientras sus canciones sonaban en playback habría gustado lo mismo. La gente iba a verle a él, al mito. No todos los días pasa una estrella cerca de tu casa.
La que sí dio mordiscos a granel, y no precisamente a un bocadillo, fue una de las secretarias de Paul, encargada del avituallamiento, en la madrugada del miércoles, un día antes del concierto. Expulsada de una discoteca por comportamiento indebido, en estado de embriaguez, se lío a puñetazos, mordiscos y escupitajos con el personal de seguridad de la discoteca, primero, y luego con los policías que habían acudido a mediar en el altercado. Cualquiera de los 40.000 hubiera dado cien pavos por lucir en la piel la dentadura de Paul grabada a fuego. O por poder retener en un frasquito de perfume chino un salivazo, incluso un vómito, del Ex, pero no por el gargajo de una desconocida, por muy secretaria de Paul que sea. Los escupitajos de los desconocidos dan asco, y los mordiscos, desprovistos de su valor icónico, son lo que son. A la secretaria la dejaron en libertad, tras un juicio rápido en los juzgados de Plaza de Castilla, y pudo acudir al concierto sin ningún problema.


En Bilbao se celebra el centenario del poeta Blas de Otero. De las farolas de la Gran Vía y El Arenal cuelgan carteles recordando a los bilbaínos la efemérides.

Pido la paz y la palabra
Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Blas de Otero nace en Bilbao, el 15 de marzo de 1916, en el convulso siglo XX, en una familia acomodada. Estudia  la primaria en el colegio de Juana Whitney, madre de la pedagoga y humanista María de Maeztu Whitney (Vitoria, España, 18 de julio de 1881 – Mar del Plata, Argentina, 7 de enero de 1948), y el preparatorio e ingreso de Bachillerato lo hace en los jesuitas. De niño odiaba el colegio y adoraba la vida familiar. A su institutriz francesa, Isabel, más tarde le escribiría un poema:

Mademoiselle Isabel

Mademoiselle Isabel
Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en ésa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabel..., tu jardín tiembla en la mesa.

De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.


Al arruinarse económicamente, la familia se traslada a Madrid. Allí, un Blas de Otero adolescente, descubre su vocación literaria. Cuando tenía trece años, muere su hermano, de dieciséis años, y tres años después su padre. Su carácter se agria por esta causa y Blas empieza a obsesionarse con la muerte. La desaparición del padre ha empeorado la ya precaria situación económica y la familia y regresa a Bilbao. Blas tiene que hacerse cargo de la manutención de la familia. Mientras estudia Derecho por libre, a la vez trabaja. Esta situación le supera y en su salud emocional se producen fisuras por las que se cuelan graves crisis nerviosas. Encuentra consuelo en la religión, la amistad y el arte. Su vida religiosa es muy intensa (1933–1944): firma sus poemas como «Blas de Otero, C. M»: Congregante Mariano.

Ecce homo

En calidad de huérfano nonato,
y en condición de eterno pordiosero,
aquí me tienes, Dios. Soy Blas de Otero,
que algunos llaman el mendigo ingrato.

Grima me da vivir, pasar el rato,
tanto valdría hacerme prisionero
de un sueño. Sí es que vivo porque muero,
¿a qué viene ser hombre o garabato?

Escucha cómo estoy, Dios de las ruinas.
Hecho un cristo, gritando en el vacío,
arrancando, con rabia, las espinas.

¡Piedad para este hombre abierto en frío!
¡Retira, oh Tú, tus manos asembrinas
-no sé quién eres tú, siendo Dios Mío!


Acaba Derecho en 1935.  Durante la Guerra Civil combate en el bando nacional. En el 41 trabaja como asesor jurídico. Crece su prestigio de escritor. En 1943 deja el trabajo y se traslada a Madrid para matricularse en Filosofía y Letras. La universidad no cubre sus expectativas intelectuales y retorna a Bilbao. Su hermana mayor, que sustenta a la familia, enferma y debe dejar el trabajo. A Blas le mortifica el sentimiento de culpa por haber abandonado a su familia: quema sus poemas, en un arranque de furor expiatorio. Enseña Derecho por libre y a la vez que prepara oposiciones. En el 45, una crisis nerviosa le recluye en un sanatorio: sus convicciones religiosas se hacen pedazos. Su fama como poeta crece de forma desbordante. En 1952 se autoexilia en París y, como un péndulo que sujeto firmemente a uno de sus extremos y al romperse el anclaje oscila con fuerza hacia el otro, Blas de Otero se afilia al Partido Comunista.

Campo de amor
Si me muero, que sepan que he vivido
luchando por la vida y por la paz.
Apenas he podido con la pluma,
apláudanme el cantar.

Si me muero, será porque he nacido
para pasar el tiempo a los de detrás.
Confío que entre todos dejaremos
al hombre en su lugar.

Si me muero, ya sé que no veré
naranjas de la China, ni el trigal.
He levantado el rastro, esto me basta.
Otros ahecharán.

Si me muero, que no me mueran antes
de abriros el balcón de par en par.
Un niño, acaso un niño, está mirándome
el pecho de cristal.


Regresa a España y se dedica a viajar por Castilla y León. Vive de su trabajo, cuando puede, y de las ayudas de la gente que iba conociendo.

Se traslada a Barcelona (1956―1959). Gana los premios Premio de la Crítica en el 58 y el el Premio Fastenrath en el 61. En 1964 se instala en La Habana. Se le otorga el Premio Casa de las Américas. Se casa con la cubana Yolanda Pina. A los tres años se divorcia y regresa a Madrid. Desde 1969 hasta su muerte su compañera sentimental sería Sabina de la Cruz, la cual le propició un mundo maravilloso mundo de armonía interna.

Cartilla (poética)
La poesía tiene sus derechos.
Lo sé.
Soy el primero en sudar tinta
delante del papel.

La poesía crea las palabras.
Lo sé.
Esto es verdad y sigue siéndolo
diciéndola al revés.

La poesía exige ser sinceros.
Lo sé.
Le pido a Dios que me perdone
y a todo dios, excúsenme.

La poesía atañe a lo esencial
del ser.
No lo repitan tantas veces,
repito que lo sé.

Ahora viene el pero.

La poesía tiene sus deberes.
Igual que un colegial.
Entre yo y ella hay un contrato
social.

Ah las palabras más maravillosas,
«rosa», «poema», «mar»,
son m pura y otras letras:
o, a…

Si hay un alma sincera, que se guarde
(en el almario) su cantar.
¿Cantos de vida y esperanza,
serán?

Pero yo no he venido a ver el cielo,
te advierto. Lo esencial
es la existencia; la conciencia
de estar en esta clase o en la otra.

Es un deber elemental.


Blas de Otero muere de una embolia pulmonar el 29 de junio de 1979, en Majadahonda (Madrid). Su sepultura se encuentra en el cementerio civil de Madrid.

HOMBRE
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!



7 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

Por que será que sin ser igual ni remotamente siento sentimientos tan unidos a él, de qué estamos hecho los que amamos las letras los que amamos escribir... de que materia rara imperfecta y triste hemos sido creados, me da miedo...si me doy miedo a cada rato de mi misma historia interna...
te mando besos carita de mono...

Jayja para tí... dijo...

Ahora si que no sé
antes creía saber
ahora si que no sé
ni quién soy ni quién eres...

cada vez que me miro al espejo
veo unos ojos, una boca, una expresión
pero ahora si que no sé
ni quién soy, ni quién eres

a mas de la mitad de mi camino
han quedado pendientes las interrogantes
y saturadas las respuesta
no me reconzco ni yo misma
me hablo
me busco y a veces hasta creo que me pellizco

no hay forma de que encuentre quién soy frente al espejo
porque se me sale fuera en dimensiones
extrasensoriales el mundo de mi yo

y me pregunto a cada rato si puedo volar hasta donde estas
si puedo imaginarte regando las flores
recogiendo el huerto
si puedo cerrar los ojos y olor el sabroso olor de tus campos
de tu tierra
entonces quién soy
si en verdad
al lado mio mi perra me mira enamorada
el dolor de los pies me hace recapacitar en las prioridades
de un masaje eficaz

y se desprende todo el todo de mi alma
para navegar perdido en busca del hogar
debajo de estas tierras, con mares bravios
o en infinitas galaxias donde imagino esta vos
futuro mio
mi paz y mi destino...
Janett Camps

crónicas de un e-writer dijo...

Ya sabes, Janett, que en el restaurante de los grandes chef de la literatura a veces nos gustan más los platos que los cocineros, y viceversa.

Me ha gustado mucho tu poema.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Blas de Otero era un escritor que me sonaba poco o nada, y creo que ésta ha sido la primera vez que leo algo suyo, y probablemente no vaya a ser la última, pues me ha gustado mucho esta miscelánea.

Y de tus poemas, Janett, muy pocos son los que no me gustan, y éste tampoco ha sido una de esas escasas excepciones.

Gracias a los dos por mantener incólume esa voluntad de compartir belleza.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias a ti, Alberto

Un abraz0.

Jayja para tí... dijo...

Quiero creer que un dia nos concoeremos y de no ser asi quiero creer que en ese otro espacio un dia nos abracemos y aun mas sigamos haciendo alli poesia...
los quiero! y esto, es verdad!

Jayja para tí... dijo...

es un elogio tan grande que me digas eso Alberto, porque sé de tu fuerza critica, de tu forma de apartar las hojas secas para llegar a las piedras, sé que prefieres reposar sobre rocas a acostarte en la arena, entonces, se hace doble, infinita la alegr y el saber que puedo avanzar y llegar hasta ti, sin quedar a la orilla como hojita majadera... sé que las poesías mias son gritos no para todos los oidos, es como reconocernos para eso venimos a este mundo me imagino... sabes que amo España no hay de otra! desde niña... no sé por qué...