Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

domingo, 29 de mayo de 2016

28 de mayo.



  

Olabeaga
Este sábado he estado paseando por Olabeaga, un barrio de Bilbao a orillas de la ría del Nervión. Es un lugar apacible, sereno, con los sonidos y silencios propios de los pequeños pueblos. La brisa sube por la ría desde golfo de Bizkaia y esparce por el barrio un envolvente aroma a yodo. A Olabeaga se le conoce también como Noruega, y hay un parque infantil nórdico, con reproducciones de casitas y barcos vikingos. Me han dicho que le llaman Noruega porque antiguamente atracaban allí barcos noruegos cargados de bacalao. En el siglo XVI había un astillero en el cual se construían galeones, pataches y otros navíos.



Scott Fitzfgerald
Últimamente tengo el blog un poco dejado de la mano. Es por culpa de la novela que he escrito y con la que estoy en las correcciones. Ando a tortas con el primer borrador. No he dejado de leer y pensar, a costa de repartir el tiempo libre en imaginarias cajitas de colores, con sus correspondientes etiquetas en negro, rojo, azul y verde: “Cajita de Leer”, “Cajita de Pensar”, “Cajita de Escribir”, “Cajita de Soñar”, “Otros Usos”. Ahora estoy leyendo un libro sobre Scott Fitzgerald y una novela de Robert Ervin Howard, el creador de Conan el Bárbaro, que me venía en el ebook. En la novela de Robert E. Howard, el protagonista es una especie de superhombre con músculos de acero que viaja a Marte, un héroe invencible capaz de arrostrar con lo que le echen. Robert E. Howard escribe bien y tiene chispas literarias, pero la novela que estoy leyendo, concretamente la historia, no me dice ni fu ni fa. Sin embargo, como tampoco me aburre y es corta, la voy a seguir leyendo porque como escritor me puede ser de mucho provecho.

Robert E. Howard


Os adelanto aquí un fragmento de mi novela, con una primera corrección encima y los errores de estilo propios de su condición primeriza. Espero que no se gafe la novela entera, por culpa de este adelanto.  La vida transcurre como una película, a veces con un mal guión. Pero alguien nos pagó la entrada, un día, y aquí estamos en el cine, sentados en nuestra butaca hasta que nos echen.






FRAGMENTO:

«Me citó para el día siguiente, a las once de la mañana. Lo escribió al dorso de una tarjeta. Me la tendió. Era la tarjeta de un notario de Bilbao.
—Tengo otra agradable sorpresa para usted —dijo luego.
Se inclinó para recoger el maletín, negro, que había dejado en el suelo, recostado en el brazo derecho del sillón. Lo colocó resueltamente sobre las rodillas. Quedé expectante, mientras le seguía con la vista huronear en las entrañas de cuero. Sacó un librito. Morse para aficionados, se titulaba. Lo puso sobre la mesa. Al final, el librito reservaba un espacio de hojas en blanco, para notas. Munibe las fue pasando. Al principio solo eran notas de caligrafía confusa y garabatos. Luego aparecieron dibujos de manos, cabezas, dedos y pies, no humanos, torpemente resueltos. A Munibe no le decían nada aquellos dibujos, pero yo podía reconocer en ellos a mis amigos, los diablos del otro lado.
—¿Su tío era radioaficionado? —pregunté, señalando el librito.
—Sentía una autentica pasión. Para los radioaficionados conocer el código Morse es absolutamente indispensable —respondió.
Munibe pasaba las hojas de notas mientras hablaba. Se detuvo en una que se hallaba ocupada en su totalidad por un mapa, algo así como el del tesoro de un pirata.
—Quería mostrarle esto —dijo, señalando el mapa—. Mire…, y dígame qué opinión le merece.
Saber que Fernando Munibe era radioaficionado abría un abanico de preguntas que tendría que realizar a Justa más tarde, en cuanto Martín Munibe abandonara Montediablos y pusiera rumbo a su casa de Bilbao, junto a la ría del Nervión.
Ahora debía concentrarme en el mapa.
En el aparecían dibujados los lugares del otro lado que ya conocía: el lago, el pecio del Victory, la comunidad de los diablos de quitina negra, la comunidad del valle, el río…, y otras novedades que no aparecían en el otro mapa, como, por ejemplo, la ruta que conducía por tierra al misterioso puerto donde recalaban los buques ingleses.
La ruta partía de mi comunidad. Señalada con gruesas rayas, cruzaba el río por el puente de piedra, dejaba a la izquierda la comunidad del valle y llegaba a un lugar donde había dibujados tres círculos. Del centro de cada uno de estos círculos surgía una cabeza monstruosa, dotada de terribles mandíbulas largas y dentadas. Al lado de estos círculos Fernando Munibe había escrito «PELIGRO», sin explicar a qué se debía esta turbadora advertencia.
Pasados los tres círculos, la ruta llevaba a las estribaciones de lo que parecía una sierra, en donde había dibujada la entrada a una gruta. Junto a esta se podía leer: «PRIMER CAMPAMENTO».
Esta última nota en el mapa me podría servir para calcular la distancia que había recorrido Fernando Munibe en una jornada: teniendo en cuenta lo mal que soportan los diablos el frío, y dando por hecho que a la sazón los diablos disponían de taparrabos como única prenda, se podían inferir bastantes cosas.
Por ejemplo, que Fernando Munibe habría partido de la comunidad a primera hora de la mañana, con el fin de aprovechar todas las horas de luz solar, cuando el sol ya hubiera caldeado el aire. Al caer la tarde habría buscado refugio en la cueva que aparecía en el mapa, donde habría pasado la noche.
Parece elemental pensar que Fernando Munibe no se había arriesgado a realizar el viaje solo, y que, por consiguiente, iría acompañado de un grupo de diablos de quitina negra. El tiempo que el grupo pudo dedicar a caminar durante esta jornada sería de unas diez horas, descontados los tiempos muertos invertidos en comer y recuperar fuerzas. Teniendo en cuenta que los demonios pueden recorrer entre ocho y nueve kilómetros a la hora, entonces el primer campamento estaría a una distancia de entre ochenta y noventa kilómetros del punto de partida.
Con los mustangos se podría recorrer la misma distancia en seis horas, o tal vez menos. Y como ahora los diablos disponían de ropa de abrigo, se podría salir al amanecer, con las primeras luces, en caso de que yo me propusiera realizar la ruta del mapa.
Y es lo que me proponía hacer.
La ruta se internaba en la sierra, en donde aparecía señalado con una equis el segundo campamento. Calcular la distancia diaria que Fernando Munibe y sus diablos pudieron recorrer en la sierra conllevaba ciertas complicaciones. Había que tener en cuenta que el grupo habría caminado la mayor parte del tiempo cuesta arriba, lo cual significaría una merma considerable en el trecho recorrido en cada jornada. Decidí hacer el cálculo considerando que el grupo de Fernando Munibe viajaría entre veinticinco y treinta kilómetros por día.
En otro punto de la ruta de la sierra aparecían dibujadas unas rocas, y sobre ellas escrito, «ROCAS DE LAS HORMIGAS» y debajo, «PELIGRO». Se veían unos dibujos esquemáticos que representaban tres hormigas o un animal semejante, en actitud acechante. Una de las hormigas devoraba el cadáver de lo que parecía ser un diablo. Otras ocho figuras que representaban diablos armados con cachiporras, permanecían en actitud pasiva, contemplando impotentes cómo devoraban el cadáver de su compañera. Un cuarto diablo, a lomos de un animal que recordaba a un saltamontes, lanceaba a una de las hormigas. Tres rayitas más allá, hacia la derecha de las rocas, aparecía dibujada la entrada de una cueva en la que hacía guardia un diablo sobre un saltamontes. Al lado de la caverna Fernando Munibe había escrito: «TERCER CAMPAMENTO».
Para mí resultaba evidente que el diablo muerto y los otros ocho que aguardaban en pie eran los diablos de quitina negra que habían viajado junto a Fernando Munibe.
Tras dos campamentos más en la sierra, Fernando y los suyos llegaban a una aldea en la cual destacaba la aguja del campanario de una iglesia. Finalmente, las rayitas marcaban el camino que conducía a una villa portuaria, en donde había un navío con pabellón inglés atracado en una ensenada. Al lado de los dibujos de casitas había escrito «VILLA DE LOS INGLESES».



9 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

yo bajito, silenciosa, la primera tal vez en leerte...y pido al espacio tu novela sea leida por muchos otros ojos...mentes...seres...


tu amiga ahora ene sta vida y espero que en las otras,


Janett

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias por tus buenos deseos, Janett. Los míos también son que la novela conecte con un número importante de lectores, porque ya se sabe que eso es lo que desean todos los escritores, pero sé que solo es un deseo y que la realidad es un tranvía con pocas paradas.

Un fuerte abrazo, amiga.

INDIES LH dijo...

Pues nada, espero hincarle el diente lo antes posible.
En estos momentos estoy casi finalizando una muy interesante novela indie, a la cual me gustaría brindarle unos buenos comentarios en Indies LH. Supongo que ésa será mi próxima entrada en nuestro blog indie, el cual necesita urgentemente de nuevas obras comentadas.

Un abrazo.

Jayja para tí... dijo...

Love you Vida!!! Hi......

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto. Deseando que acabes la novela con éxito. No tardes en poner los comentarios en LH. He pensado que yo podría publicar algún artículo de los míos, de interés general, en LH, a la vez que los voy publicando en mi página. Los comentarios que pudieras hacer los harías en LH y no en mi página, para no repetirnos. Es la única manera de que yo pueda publicar en LH, porque no tengo tanto tiempo como para dedicarlo a las dos páginas (LH y a Crónicas). ¿Qué te parece la idea?

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Me parece bien. Puedo dejar los comentarios donde más te plazca. A lo largo de esta semana espero finalizar la lectura de esa novela, así los comentarios estarán en LH como muy tarde la semana que viene. Mientras tanto si quieres publicar tú algo, adelante. Yo acabo de terminar un artículo bastante extenso, pero no creo que pegue mucho en LH, ya que trata sobre el efecto placebo.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Vale.

Un abrazo.

Jayja para tí... dijo...

pues yo no se para mi esta es la casita privada ahora nuestra, me gustaria que lo dejen en los dos lugares!! por favor que tanto cuesta es only copy and paste!!!

Jayja para tí... dijo...

alberto no he escrito nunca mas en letra heridos no me acuerdo de el paswoord ni usuario, pero si puedes me mands por mi email los datos, love you!