Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 29 de mayo de 2016

28 de mayo.



  

Olabeaga
Este sábado he estado paseando por Olabeaga, un barrio de Bilbao a orillas de la ría del Nervión. Es un lugar apacible, sereno, con los sonidos y silencios propios de los pequeños pueblos. La brisa sube por la ría desde golfo de Bizkaia y esparce por el barrio un envolvente aroma a yodo. A Olabeaga se le conoce también como Noruega, y hay un parque infantil nórdico, con reproducciones de casitas y barcos vikingos. Me han dicho que le llaman Noruega porque antiguamente atracaban allí barcos noruegos cargados de bacalao. En el siglo XVI había un astillero en el cual se construían galeones, pataches y otros navíos.



Scott Fitzfgerald
Últimamente tengo el blog un poco dejado de la mano. Es por culpa de la novela que he escrito y con la que estoy en las correcciones. Ando a tortas con el primer borrador. No he dejado de leer y pensar, a costa de repartir el tiempo libre en imaginarias cajitas de colores, con sus correspondientes etiquetas en negro, rojo, azul y verde: “Cajita de Leer”, “Cajita de Pensar”, “Cajita de Escribir”, “Cajita de Soñar”, “Otros Usos”. Ahora estoy leyendo un libro sobre Scott Fitzgerald y una novela de Robert Ervin Howard, el creador de Conan el Bárbaro, que me venía en el ebook. En la novela de Robert E. Howard, el protagonista es una especie de superhombre con músculos de acero que viaja a Marte, un héroe invencible capaz de arrostrar con lo que le echen. Robert E. Howard escribe bien y tiene chispas literarias, pero la novela que estoy leyendo, concretamente la historia, no me dice ni fu ni fa. Sin embargo, como tampoco me aburre y es corta, la voy a seguir leyendo porque como escritor me puede ser de mucho provecho.

Robert E. Howard


Os adelanto aquí un fragmento de mi novela, con una primera corrección encima y los errores de estilo propios de su condición primeriza. Espero que no se gafe la novela entera, por culpa de este adelanto.  La vida transcurre como una película, a veces con un mal guión. Pero alguien nos pagó la entrada, un día, y aquí estamos en el cine, sentados en nuestra butaca hasta que nos echen.






FRAGMENTO:

«Me citó para el día siguiente, a las once de la mañana. Lo escribió al dorso de una tarjeta. Me la tendió. Era la tarjeta de un notario de Bilbao.
—Tengo otra agradable sorpresa para usted —dijo luego.
Se inclinó para recoger el maletín, negro, que había dejado en el suelo, recostado en el brazo derecho del sillón. Lo colocó resueltamente sobre las rodillas. Quedé expectante, mientras le seguía con la vista huronear en las entrañas de cuero. Sacó un librito. Morse para aficionados, se titulaba. Lo puso sobre la mesa. Al final, el librito reservaba un espacio de hojas en blanco, para notas. Munibe las fue pasando. Al principio solo eran notas de caligrafía confusa y garabatos. Luego aparecieron dibujos de manos, cabezas, dedos y pies, no humanos, torpemente resueltos. A Munibe no le decían nada aquellos dibujos, pero yo podía reconocer en ellos a mis amigos, los diablos del otro lado.
—¿Su tío era radioaficionado? —pregunté, señalando el librito.
—Sentía una autentica pasión. Para los radioaficionados conocer el código Morse es absolutamente indispensable —respondió.
Munibe pasaba las hojas de notas mientras hablaba. Se detuvo en una que se hallaba ocupada en su totalidad por un mapa, algo así como el del tesoro de un pirata.
—Quería mostrarle esto —dijo, señalando el mapa—. Mire…, y dígame qué opinión le merece.
Saber que Fernando Munibe era radioaficionado abría un abanico de preguntas que tendría que realizar a Justa más tarde, en cuanto Martín Munibe abandonara Montediablos y pusiera rumbo a su casa de Bilbao, junto a la ría del Nervión.
Ahora debía concentrarme en el mapa.
En el aparecían dibujados los lugares del otro lado que ya conocía: el lago, el pecio del Victory, la comunidad de los diablos de quitina negra, la comunidad del valle, el río…, y otras novedades que no aparecían en el otro mapa, como, por ejemplo, la ruta que conducía por tierra al misterioso puerto donde recalaban los buques ingleses.
La ruta partía de mi comunidad. Señalada con gruesas rayas, cruzaba el río por el puente de piedra, dejaba a la izquierda la comunidad del valle y llegaba a un lugar donde había dibujados tres círculos. Del centro de cada uno de estos círculos surgía una cabeza monstruosa, dotada de terribles mandíbulas largas y dentadas. Al lado de estos círculos Fernando Munibe había escrito «PELIGRO», sin explicar a qué se debía esta turbadora advertencia.
Pasados los tres círculos, la ruta llevaba a las estribaciones de lo que parecía una sierra, en donde había dibujada la entrada a una gruta. Junto a esta se podía leer: «PRIMER CAMPAMENTO».
Esta última nota en el mapa me podría servir para calcular la distancia que había recorrido Fernando Munibe en una jornada: teniendo en cuenta lo mal que soportan los diablos el frío, y dando por hecho que a la sazón los diablos disponían de taparrabos como única prenda, se podían inferir bastantes cosas.
Por ejemplo, que Fernando Munibe habría partido de la comunidad a primera hora de la mañana, con el fin de aprovechar todas las horas de luz solar, cuando el sol ya hubiera caldeado el aire. Al caer la tarde habría buscado refugio en la cueva que aparecía en el mapa, donde habría pasado la noche.
Parece elemental pensar que Fernando Munibe no se había arriesgado a realizar el viaje solo, y que, por consiguiente, iría acompañado de un grupo de diablos de quitina negra. El tiempo que el grupo pudo dedicar a caminar durante esta jornada sería de unas diez horas, descontados los tiempos muertos invertidos en comer y recuperar fuerzas. Teniendo en cuenta que los demonios pueden recorrer entre ocho y nueve kilómetros a la hora, entonces el primer campamento estaría a una distancia de entre ochenta y noventa kilómetros del punto de partida.
Con los mustangos se podría recorrer la misma distancia en seis horas, o tal vez menos. Y como ahora los diablos disponían de ropa de abrigo, se podría salir al amanecer, con las primeras luces, en caso de que yo me propusiera realizar la ruta del mapa.
Y es lo que me proponía hacer.
La ruta se internaba en la sierra, en donde aparecía señalado con una equis el segundo campamento. Calcular la distancia diaria que Fernando Munibe y sus diablos pudieron recorrer en la sierra conllevaba ciertas complicaciones. Había que tener en cuenta que el grupo habría caminado la mayor parte del tiempo cuesta arriba, lo cual significaría una merma considerable en el trecho recorrido en cada jornada. Decidí hacer el cálculo considerando que el grupo de Fernando Munibe viajaría entre veinticinco y treinta kilómetros por día.
En otro punto de la ruta de la sierra aparecían dibujadas unas rocas, y sobre ellas escrito, «ROCAS DE LAS HORMIGAS» y debajo, «PELIGRO». Se veían unos dibujos esquemáticos que representaban tres hormigas o un animal semejante, en actitud acechante. Una de las hormigas devoraba el cadáver de lo que parecía ser un diablo. Otras ocho figuras que representaban diablos armados con cachiporras, permanecían en actitud pasiva, contemplando impotentes cómo devoraban el cadáver de su compañera. Un cuarto diablo, a lomos de un animal que recordaba a un saltamontes, lanceaba a una de las hormigas. Tres rayitas más allá, hacia la derecha de las rocas, aparecía dibujada la entrada de una cueva en la que hacía guardia un diablo sobre un saltamontes. Al lado de la caverna Fernando Munibe había escrito: «TERCER CAMPAMENTO».
Para mí resultaba evidente que el diablo muerto y los otros ocho que aguardaban en pie eran los diablos de quitina negra que habían viajado junto a Fernando Munibe.
Tras dos campamentos más en la sierra, Fernando y los suyos llegaban a una aldea en la cual destacaba la aguja del campanario de una iglesia. Finalmente, las rayitas marcaban el camino que conducía a una villa portuaria, en donde había un navío con pabellón inglés atracado en una ensenada. Al lado de los dibujos de casitas había escrito «VILLA DE LOS INGLESES».



miércoles, 18 de mayo de 2016

La carta de Cuéllar




  
Isabel I de Inglaterra
«Aprehender y ejecutar a todos los españoles que pudieran ser hallados, de cualquier estado que fueren. Puede emplearse la tortura en el seguimiento de esta causa». Isabel I, reina de Inglaterra.

He estado leyendo la carta que desde Amberés envió Francisco de Cuellar, capitán del galeón San Pedro de la escuadra de Castilla, al rey Felipe II, un año después del desastre de la Grande y Felicísima Armada, más conocida como Armada Invencible.
Este nombre se lo puso el inglés lord Burgheley, en un escrito propagandístico: «Así termina la narración de las desgracias de la armada española, que ellos dieron en llamar Invencible». Felipe II hablaba de la Empresa de Inglaterra, Jornada de Inglaterra, Gran Armada o, como más solía hacerlo, Felicísima Armada. En ella viajaba el poeta y dramaturgo Félix Lope de Vega y Carpio, nacido en Madrid pero de ascendencia cántabra.
La carta es «algo larga», dice Cuéllar. Empieza diciendo que las naves que se perdieron fueron «más de veinte, en Irlanda y Escocia y Setelanda».
En las naves viajan hasta doscientos caballeros, «gente de infantería muy lucida, muchos capitanes y alférez y maesos de campo», de los que se salvaron cinco escasos.
Novela del escritor Blas Malo
Antes de llegar a Flandes, Cuéllar pasa siete meses en Irlanda «desnudo, descalzo todo el invierno… por montañas y bosques, entre salvajes». Cuéllar llama «salvajes» a los irlandeses, lo que sugiere una importante diferencia cultural y de refinamiento entre la sociedad irlandesa y española, de la época.
Francisco de Cuéllar era capitán del galeón San Pedro, de la escuadra de Castilla, aunque naufragó en la nao Santa María de Gracia, alias La Lavia, almiranta de la escuadra de Levante, a donde había sido trasladado acusado de rebeldía, lo cual se pagaba con la horca. El capitán de la nao, el Auditor General Martin de Aranda, lo absuelve. Otro capitán «que se decía D. Cristóbal de Ávila, que iba por capitán de una urca», acusado del mismo delito, no tiene tanta suerte y «lo ahorcaron con harta crueldad y afrenta, siendo caballero y conocido de muchos».
La narración del naufragio de La Lavia, en la playa de Streedagh Strand, es dantesca. En ella también naufragan las naos Santa María del Visón y La Juliana:

Felipe II, rey de España
«... y no pudiendo doblar el Cabo de Clara, en Irlanda, con mal temporal que sobrevino por la proa, fué forzado venir á tierra con estas tres naos, que, como digo, eran grandísimas… »
«… y fuimos á embestir con todas tres naos en una playa llena de arena bien chica, cercada de grandísimos peñascos de una parte y de otra…»
«… en espacio de una hora se hicieron todas tres naos pedazos, y se ahogaron más de mil, y entre ellos mucha gente principal, capitanes, caballeros y otros entretenidos…»

Encaramado a lo más alto de la popa de La Lavia, Cuellar es testigo del drama sin poder hacer nada, «… porque no sé nadar y las mares y tormentas eran muy grandes…»
Con enorme tristeza, contempla cómo se ahogan muchos dentro de las naves y otros en la mar, tras intentar ganar a nado la playa en balsas improvisadas o asidos a maderos. Los que pisan la costa son apaleados y despojados de sus vestimentas:

«… y que en saliendo alguno de los nuestros en tierra, venian á él doscientos salvajes y otros enemigos y le quitaban lo que llevaba hasta dejarle en cueros vivos y sin piedad ninguna los maltrataban y herían…»

Cuando ya no le queda más remedio, Cuellar se agarra a una tabla y trata de llegar a tierra junto al Auditor General Martin de Aranda, al que no consigue salvar de morir ahogado cuando lo arrebata una ola: «… daba voces ahogándose llamando á Dios...».
Cuéllar tiene las piernas heridas y la mar lo arroja a la playa. Una vez allí los irlandeses, que andaban desnudando a los náufragos, al verle en tan lastimero estado lo dejan en paz. Mientras se aleja de la playa, se cruza con otros españoles a los que han desnudado y caminan tiritando de frío. Al anochecer se acuesta en el campo, sobre unos juncos. Hacia las nueve ve llegar a un joven caballero, desnudo, que se tumba junto a él, tan traumatizado y débil que es incapaz de articular palabra. Para esa hora el viento y la mar se han calmado.
Muerto de frío y hambre, atormentado por las heridas, empapado de agua, ve llegar a dos irlandeses armados, uno de ellos con una enorme hacha de hierro. Los irlandeses, sin mediar palabra, les cubren con juncos y heno que cortan, y no se van hasta dejarlos bien abrigados:

  «… y luego se fueron á la marina á descorchar y romper arcas, y lo que hallaban, á lo cual acudieron más de 2.000 salvajes y ingleses que había en algunos presidios por allí cerca…»

Cuéllar logra dormir, pero a eso de la una le despiertan los cascos de doscientos jinetes que cabalgaban para unirse al saqueo de los naufragios. Comprueba entonces que su joven acompañante ha muerto. Con dolor, se ve obligado a dejar el cuerpo de su compañero sin enterrar, y al día siguiente camina hasta un monasterio incendiado por los ingleses. Dentro de la iglesia encuentra a doce españoles ahorcados.
Se adentra en un bosque, y, siguiendo un sendero, al de una milla se cruza con una anciana irlandesa:

«… topé una mujer de más de ochenta años, bruta salvaje, que llevaba cinco ú seis vacas á esconder en aquel bosque porque no se las tomasen los ingleses que habían venido á alojarse á su villaje, y como me vio paróse y reconocióme y díjome: tú España…»

Se comunican por señas, y la mujer, entre lágrimas, le dice que no camine más en aquella dirección, puesto que estaban los ingleses, que ya habían degollado a un sinnúmero de españoles.
Vuelve a la zona de los naufragios, pero escondiéndose para que los irlandeses no lo despojen de sus ropas o lo maten. Ve llegar a dos soldados españoles desnudos, que le solicitan ayuda. Uno trae la cabeza malherida por un golpe que le han dado al desnudarle. Le cuentan las crueldades que han cometido los ingleses con cien españoles a los que habían capturado, antes de darles muerte.
Cuéllar decide que lo mejor es ir hasta la playa y tratar de encontrar entre los restos de los naufragios algo de comida. Entre la playa y las rocas hay más de cuatrocientos cadáveres de españoles. Entierran a dos de ellos en la arena, en la misma fosa, cerca del agua: uno es don Diego Enríquez, maese de campo, y el otro un capitán amigo de Cuéllar. Nada más hacerlo, se les acercan doscientos irlandeses y por señas les preguntan que qué es lo que hacen. Les responden que enterrar a dos hermanos. Los irlandeses asienten y se retiran, permitiendo que Cuellar y los dos soldados busquen alimento y agua.
En eso estaban, cuando llegan «cuatro salvajes» y le exigen a Cuéllar que les entregue la ropa:

«… y dolióse otro y los apartó viendo que me empezaban á tratar mal, y debía ser principal, porque le respetaban.»

Este les acompaña un trecho y les dice que le esperen en una aldea que hay al final del camino, donde él vivía. Cuéllar, malherido en una pierna y descalzo, no puede seguir el ritmo de sus compañeros. Estos, desnudos, ateridos de frío, uno de ellos con una importante herida en la cabeza, se adelantan.
Algo recuperado, Cuéllar sube a un alto y descubre en un valle unas casitas de paja. Al ir hacia ellas se interna en un bosque y detrás de unas peñas le salen al encuentro un irlandés de más de setenta años, dos jóvenes armados, uno inglés y otro francés, y

«… una moza de edad de veinte años, hermosísima por todo extremo, que todos iban hacia la marina á robar, y como me vieron pasar por entre los árboles, parten hacia mí y llega el inglés diciendo: rinde, poltrón español…»

 El inglés le tira una cuchillada que Cuéllar para con un palo. Una segunda cuchillada lo hiere una pierna. Esta vez Cuéllar se rinde y el viejo irlandés comienza a desnudarlo. Por intercesión de la joven, solo le despojan de la camisa, pero se llevan una cadena de oro «… de valor de poco más de mil reales…» y cuarenta y cinco escudos de oro «… que me había mandado dar el Duque en la Coruña por dos pagas…» que llevaba en el jubón. La joven se llevó unas reliquias, que se puso al cuello «… diciéndome que era cristiana, y éralo como Mahoma...».
Cañón de la Gran Armada
Abandonan a Cuéllar en el bosque, desangrándose. Al cabo llegó un muchacho que le puso un emplasto de parte del francés, que había sido soldado en la Tercera y que se dolía de verlo en aquellas condiciones. El muchacho le indicó que caminase hacia unas montañas que se veían a unas seis leguas:

«… detras de las cuales habia buenas tierras, que eran de un gran señor salvaje muy grande amigo del Rey de España… y que habia en su villaje más de ochenta de los de las naos, que llegaron allí en cueros.»

Camina hacia las montañas y de noche encuentra cobijo en unas chozas. Se comunica en latín con un joven, que le cura y le da cobijo. A medianoche llegan el padre y los hermanos, cargados con despojos de los naufragios, que no dudan en ayudarlo.
A la mañana siguiente parte a caballo con un joven guía. Se tienen que esconder de ciento cincuenta jinetes  ingleses:

«… y díjome el mozo por señas salvase España, que nos llamaban así. ‘Muchos sasanas (sajones) de á caballo vienen aquí y te han de hacer pedazos si no te escondes; anda acá presto.’ Llaman sasanas á los ingleses…»

Más adelante se topan con cuarenta irlandeses protestantes. El muchacho les dice que Cuéllar es un prisionero de su señor, pero dos de ellos le dan de palos y lo dejan en cueros. El muchacho, entre lágrimas, lo viste con pajas y helechos, y un pedazo de estera vieja. Cuéllar reinicia su viaje. Maltrecho, en una aldea abandonada encuentra a  tres españoles desnudos, uno de ellos alférez y los otros dos soldados. En otras aldeas encuentran irlandeses que los socorren. Finalmente llegan a las tierras del noble irlandés enemigo de los ingleses. En la villa encuentra hasta setenta españoles que andan desnudos y maltratados:

«… porque el Señor no estaba allí, que había ido á defender una tierra que los ingleses le venían á tomar, y aunque éste es salvaje, es muy buen cristiano y enemigo de herejes, y siempre tiene guerra con ellos. Llámase el señor de Ruerge O'Rourke.»
Escudo de armas de O'Rourke

Se trataba de Brian O'Rourke de Leitrim, señor de Bréifne Occidental, Irlanda. Fue apresado por los ingleses, acusado de traición. El 3 de noviembre de 1591, en Tyburn, condado de Middlesex, Inglaterra, fue ahorcado; su cuerpo sería luego descuartizado. Este orgulloso e indómito irlandés murió a la edad de 51 años.
 Cuéllar y los otros tienen noticias de que una nave de la Armada ha arribado a aquellas costas, a recoger náufragos. La nave parte sin que Cuéllar logre embarcar. Sin embargo, la nave, que iba muy dañada, se estrella contra las rocas y los que no mueren ahogados son pasados a cuchillo por los ingleses.
Alonso Martínez de Leyva y Mendoza
Esta nave era la galeaza Girona, perteneciente a la escuadra de galeazas de Nápoles. En ella viajaba Alonso Martínez de Leyva y Mendoza, de 34 años, nacido en la villa riojana de Leiva, comendador de Alcuesca, capitán general de la Caballería del Estado de Milán, señor de Leiva y Baños de Rioja, Caballero de Santiago, segundo del duque de Medina Sidonia en la Armada. Su nao, La Rata Encoronada, de 800 toneladas, integrada en la escuadra de Levante, naufraga en el condado de Mayo, cerca de la bahía de Killybegs. Allí consigue reunir a 600 hombres armados y durante nueve días presenta batalla a los ingleses. El gobernador inglés de Connacht, Richard Bingham, que tan bien se había distinguido en asesinar náufragos exhaustos e indefensos, rehúye el combate. Leyva embarca luego con sus hombres en la Girona, que naufraga en  Lacada Point el 28 de octubre de 1588 cuando se dirigía a Escocia. 
Cuéllar se encuentra con un clérigo irlandés. Este viste de seglar para ocultar su condición religiosa a los ingleses. Cuellar se comunica con él en latín. El clérigo le dice que a seis leguas se alza el castillo de un noble irlandés enemigo de los ingleses.
En el camino, un herrero lo secuestra y lo tiene trabajando en su fragua para que aprenda el oficio. A los ocho días pasa el clérigo y, tras reñir al herrero,  al día siguiente habló con el noble irlandés. Este envía a cuatro de sus  hombres y un español a buscar a Cuéllar. En el castillo el noble tenía a otros diez españoles supervivientes de los naufragios. El castillo es el de Rosclogher, del clan de los Mac Clancy.
Cuéllar pasa tres meses en el castillo:

   «La mujer de mi amo era muy hermosa, por todo extremo y me hacía mucho bien, y un dia estallamos sentados al sol ella y otras sus amigas y parientas; preguntábanme de las cosas de España y de otras partes, y al fin me vinieron á decir que les mirase las manos y les dijese su ventura; yo, dando gracias á Dios, pues ya no me faltaba más que ser gitano entre los salvajes, comencé á mirar la mano de cada una y á decirles cien mil disparates, con lo cual tomaban tan grande placer...»

Cuéllar hace una descripción de los irlandeses y sus costumbres:

«Viven en chozas hechas de pajas; son todos hombres corpulentos y de lindas facciones y miembros; sueltos como corzos; no comen más de mía vez al día, y ésa ha de ser de noche, y lo que ordinariamente comen es manteca con pan de avena; beben leche aceda por no tener otra bebida; no beben agua, siendo la mejor del mundo. Las fiestas comen alguna carne medio cocida, sin pan ni sal, que es su usanza ésta. Vístense como ellos son, con calzas justas y sayos cortos de pelotes muy gruesos; cúbrense con mantas y traen el cabello hasta los ojos. Son grandes caminadores y sufridores de trabajos; tienen continuamente guerra con los ingleses que allí hay de guarnición por la Reina, de los cuales se defienden y no los dejan entrar en sus tierras, que todas son anegadas y empantanadas…»

«… su mayor inclinación destos es ser ladrones y robarse los unos á los otros… y sabiendo los ingleses de los presidios quién ha recogido y robado más ganados, luego vienen sobre ellos á quitárselos… Duermen en el suelo sobre juncos acabados de cortar y llenos de agua y hielo…»

«… Las más de las mujeres son muy hermosas, pero mal compuestas; no visten más de la camisa y una manta con que se cubren y un paño de lienzo muy doblado sobre la cabeza, atado por la frente. Son grandes trabajadoras y caseras á su modo…»

«… nómbranse cristianos esta gente; dícese misa entre ellos; rígense por la orden de la Iglesia romana; casi todas las más de sus iglesias, monasterios y ermitas están derribadas por manos de los ingleses que hay de guarnición y de los de la tierra que á que á ellos se han juntado, que son tan malos como ellos…»

«… en este reino no hay justicia ni razón, y así hace cada uno lo que quiere. A nosotros nos querían bien estos salvajes, porque supieron que veníamos contra los herejes y que éramos tan grandes enemigos suyos, y si no fuera por ellos, que nos guardaban como sus mismas personas, ninguno quedara de nosotros vivo; tenámoslos buena voluntad por esto, aunque ellos fueron los primeros que nos robaron y desnudaron en carnes á los que vinimos vivos á tierra…»

Cuéllar dice que el noble irlandés del castillo se llamaba  Manglana MacClancy «… el cual fué siempre gran enemigo de la Reina, y nunca amó cosa suya ni la quiso obedecer…».
El gobernador inglés de Dublín, al conocer que Cuéllar y los otros se encuentra en el castillo, va contra ellos al mando de mil ochocientos hombres. El noble irlandés decide abandonar el castillo y huir a las montañas. Cuellar y los ocho españoles le proponen quedarse ellos, los nueve, a defender el castillo:

«… porque el castillo es fortísimo y muy malo de ganar como no le bulan con artillería, porque está fundado en un lago de agua muy profundo… y metimos tres ó cuatro barcadas de piedra dentro y seis mosquetes y otros seis arcabuces y otras armas… y luego pasó la palabra por toda la tierra como el castillo de Manglana MacClancy estaba puesto en defensa y en no darse al enemigo, porque le guardaba un capitán español con otros españoles que dentro del estaban… y el enemigo se indinó mucho desto, y vino sobre el castillo con todo su poder…»

Richard Bingham
El gobernador inglés de Dublín pone sitio al castillo. Ahorca a dos españoles para meterles miedo. El gobernador les promete perdonarles la vida y facilitarles la vuelta a España si se rinden. Cuéllar y los suyos rechazan la oferta. Hacen bien. De haberse rendido los ingleses los habrían ahorcado o degollado. Cuando se encontraban con unos cientos de españoles armados que les plantaban cara, en vez de enfrentarse noblemente a ellos, los ingleses les ofrecían cuartel si entregaban las armas. Una vez los tenían desarmados e indefensos los ingleses faltaban a su palabra y los pasaban a cuchillo.
Cuéllar y los ocho resisten, y a los diecisiete días el mal tiempo obliga a los ingleses a abandonar el sitio. El señor del castillo, al conocer que los ingleses se han ido, vuelve. Siente una enorme gratitud hacia los españoles y les hace regalos. A Cuéllar le ofrece por esposa a una hermana. Cuéllar le responde que lo único que desea es embarcarse y llegar a Escocia. El noble irlandés no les deja partir. Los quiere para que luchen a su lado. En secreto, Cuéllar y cuatro españoles planean la huída y se escapan diez días después de Navidad del año 1588.
Los irlandeses que se encuentran les informan que en la tierra de un príncipe llamado Ocan O'Cahan hay unas charrúas a punto de salir para Escocia. Cuando llegan, las charrúas han partido y por todas partes hay ingleses. Cuéllar sigue doliéndose de su pierna y apenas puede caminar. Los cuatro que lo acompañaban lo han dejado para ir a otro puerto. Él se queda al cuidado de unas mujeres, las cuales lo ocultan en su casa y le curan la herida.
Huyendo de los ingleses, dos jóvenes irlandeses lo llevan hasta un castillo
Naufragio de la Girona
donde se encuentra un obispo católico, el cual viste de seglar para ocultarse de los ingleses y salvar la vida. En el castillo, el obispo protege a doce españoles a los que espera embarcar para Escocia. Cuellar dice que este obispo se llamaba ReimundoTermi, obispo de Termi.  El obispo le dice que en Escocia tenga paciencia, pues hay muchos luteranos y pocos católicos. Parte con dieciocho más.
En Escocia, los nobles escoceses católicos impiden que el rey de Escocia los entregue a la reina de Inglaterra:

Jacobo VI de Escocia
«… porque el Rey de Escocia no es nada ni tiene autoridad ni talle de Rey y no se mueve un paso ni come un bocado que no sea por orden de la Reina, y así hay grandes disensiones entre los señores y no le tienen buena voluntad y desean verle acabado…»

Un mercader escocés en Flandes se ofrece para llevar a los españoles en cuatro bajeles, a razón de cinco ducados por cada español. El mercader los traiciona, y a la entrada de Dunquerque les esperan navíos holandeses. Hace mal tiempo y el navío de Cuéllar naufraga. De nuevo en el agua. Se ahogan algunos soldados y un capitán escocés. En tierra le socorren unos soldados españoles de Medina:

 «Fué lástima vernos entrar en la villa otra vez desnudos en carnes y por otra parte veiamos como á nuestros ojos estaban haciendo mil pedazos los holandeses á 270 españoles que venían en la nao que allí en Dunquerque nos tomaron sin que dejasen con vida á más de tres, lo cual ya ellos van pagando, pues han degollado más de 400 holandeses que han cogido después acá.»

De los náufragos de la Armada en Irlanda, cerca de diez mil murieron ahogados o asesinados por los ingleses, otros se unieron a los clanes irlandeses y escoceses y dos mil pasaron de Escocia a Flandes.
El hecho de que los ingleses actuasen de forma tan cruel con los náufragos españoles no quiere decir que fueran ni mejores ni peores que los últimos. En aquella época los derechos humanos tenían el listón muy bajo, en todas las naciones. Aun así, se respetaba la palabra dada entre caballeros, y asesinar a quienes se habían rendido bajo condiciones era inaceptable, incluso para los ingleses. Más tarde estos culparían de los asesinatos a los irlandeses.
La reina Isabel I tenía un gran miedo a que los soldados españoles se organizasen y ayudaran a los nobles irlandeses a liberar Irlanda. Y no era un miedo infundado. En aquella época la infantería española gozaba de un enorme prestigio e infundía un gran respeto. La desmesurada orden de asesinar a todos los náufragos españoles pudo ser motivada más por el pánico que por una singular naturaleza cruel de la reina inglesa.