Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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miércoles, 30 de marzo de 2016

El Arte de la Prudencia



Bilbao, plaza del teatro Arriaga
«Hoy todo lo ha logrado la perfección, pero ser una auténtica persona es la mayor. Más se precisa hoy para ser sabio que antiguamente para formar siete, y más se necesita para tratar con un solo hombre en estos tiempos que con todo un pueblo.» (El Arte de la Prudencia, de Baltasar Gracián)

Bueno, ya ha pasado la Semana Santa. Ha venido gente de todas partes del globo. Por estas fechas el Ayuntamiento suele organizar unas actividades lúdicas con el nombre de Basque Fest, para atraer a los turistas. Está bien, porque así disfrutamos todos; el viernes estuvo un grupo de Mundaka animando las calles con sus canciones.

Los que vienen de fuera de España se quedan un poco pasmados con las procesiones, y se les nota en la cara que ponen. Pero parece que le gusta verlas y no dejan de sacar fotos y tomar videos, con los móviles. Las procesiones en Bilbao son bastante tranquilas, sin saetas ni alharacas místicas. Hay una cofradía que emplea unos tambores enormes y cuando llegan a tu altura te dejan medio sordo. Los pasos aquí van sobre ruedas. Sin embargo, este año una cofradía llevaba a hombros un paso y su decisión fue muy aplaudida por el público.

He estado leyendo El Arte de la Prudencia, de Baltasar Gracián. El título original es Oráculo manual y arte de la prudencia, pero a las editoriales no les convencía y han preferido acortarlo. Contiene 300 aforismos. Ha sido traducido a más de ocho lenguas; Schopenhauer, lector incondicional de este libro, lo tradujo al alemán en 1861. Otro insigne filósofo que tenía en su mesilla de noche El Arte de la Prudencia fue Friedrich Nietzsche.

Me ha gustado el libro. La prudencia es una virtud resbaladiza que al primer descuido se escurre de entre las manos con resultados más o menos desagradables, la mayoría de las veces. Al final queda un mal sabor de boca, como poco. Y ya podemos estar atentos y repetirnos siete veces siete que la próxima vez seremos más prudentes, que de nada vale.

Baltasar Gracian
He seleccionado del libro unos pocos aforismos, como muestra. El castellano arcaico de Gracián está cuidadosamente tratado en beneficio del lector contemporáneo, pero sin dañar la esencia del mensaje:

«No ser impertinente: ni para comprometerse ni para comprometer. Algunas personas son obstáculos para la dignidad, propia o ajena; están llenas de necedad. Se encuentran con facilidad y causan infelicidad. No a sí mismos, a pesar de sus cien enfados diarios: son susceptibles y llevan la contraria a todo lo que existe. Se colocaron el juicio al revés y por eso todo lo critican. Pero los más peligrosos para la prudencia son los que no hacen nada bien y de todo hablan mal: hay muchos monstruos en el extendido país de la impertinencia.»

«Tontos son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. La necedad se ha apoderado del mundo. Si queda algo de sabiduría, comparada con la celestial sólo es tontería. El mayor necio es el que no se considera necio pero juzga a todos los demás. Para ser sabio no basta parecerlo ni creer serlo: sabe quien piensa que no sabe; no ve quien no ve que los otros ven. Aunque todo el mundo está lleno de necios, no hay nadie que crea serlo, ni siquiera lo sospeche.»

Edición de J. I. Díez Fernández
«Evitar las victorias sobre el jefe. Toda derrota es odiosa, y si es sobre el jefe o es necia o es fatal. Siempre fue odiada la superioridad, y más por los superiores. La cautela suele encubrir las ventajas más comunes, como disimular la belleza o el desaliño. Será fácil hallar quien quiera ceder en éxito y en carácter, pero no en inteligencia, y mucho menos un superior. Es éste el atributo rey y por eso cualquier crimen contra él fue lesa majestad. Ellos son poderosos y quieren serlo en lo más importante. A los príncipes les gusta ser ayudados, pero no excedidos, y es mejor que el aviso tenga visos de recuerdo de lo que olvidaba en vez de ser luz de lo que no se alcanzó. Los astros, con acierto, nos enseñan esta sutileza, pues aunque hijos brillantes, nunca compiten con los lucimientos del sol.»

«No apasionarse: la señal del más elevado espíritu. Su misma superioridad le libra de la esclavitud a las impresiones pasajeras y comunes. No hay mayor señorío que el de sí mismo, de las propias pasiones. Es el triunfo de la voluntad. Y si la pasión puede afectar a lo personal, nunca alcance lo laboral, y menos aún cuanto mayor sea. Esta es la forma inteligente de ahorrar disgustos y de lograr reputación pronto y fácilmente.»

«Ser hombre de su época. Los hombres de rara eminencia dependen de la época en que viven. No todos tuvieron la que merecían y muchos que la tuvieron no acertaron a disfrutarla. Algunos fueron dignos de mejor época, pues no todo lo bueno triunfa siempre. Las cosas tienen su tiempo, incluso las eminencias dependen del gusto de la época. Pero la sabiduría lleva ventaja: es eterna, y si éste no es su tiempo lo serán otros muchos.»

«No tener un defecto. Es nuestro destino tener defectos. Pocos viven sin ellos, tanto en lo moral como en el carácter. Les dominan, aunque es fácil curarse. El buen sentido de los demás sufre porque a veces un sublime conjunto de buenas cualidades tiene un mínimo defecto: basta una nube para eclipsar a todo un sol. La malevolencia se para de inmediato y aun repara en estos lunares de la reputación. Sería una gran habilidad convertirlos en motivo de estimación. César supo cubrir de laureles su calvicie.»

«La mitad del mundo se está riendo de la otra mitad, y ambas son necias. Según las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su criterio. Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No se debe desconfiar porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán otros que las aprecien. Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo condenarán. La norma de la verdadera satisfacción es la aprobación de los hombres de reputación y que tienen voz y voto en esas materias. No se vive de un solo criterio, ni de una costumbre, ni de un siglo.»

«Mejor lo intenso que lo extenso. La perfección no consiste en la cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno siempre fue poco y raro: usar mucho lo bueno es abusar. Incluso entre los hombres: los de cuerpo gigante suelen ser de cerebro enano. Algunos estiman los libros por su corpulencia, como si se escribieran para ejercitar los brazos más que el ingenio. Lo extenso solo nunca pudo ir más allá de la mediocridad, y es una plaga de los hombres universales que, por querer estar en todo, no están en nada. Lo intenso proporciona eminencia, y fama si el asunto es muy importante.»

Baltasar Gracian


Baltasar Gracián y Morales nació en Belmonte, Zaragoza, el 8 de enero de 1601, y murió el 6 de diciembre en Tarazona, Zaragoza, en 1658. Fue jesuíta y escritor. Su obra más importante es El Criticón, considerada una de las joyas de la literatura española en castellano de todos los tiempos.