Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 31 de enero de 2016

Hay gente para todo

      
Lagartijo
      
Se cuenta que al torero Rafael Molina Sánchez, «Lagartijo», (1841—1900) le presentaron un histólogo. Al preguntar qué profesión era esa le respondieron que la del que estudia los tejidos orgánicos. Asombrado, el torero exclamó que había gente para todo.

      No hace mucho, vi en la tele una noticia que me sorprendió tanto como al Lagartijo el enterarse qué era un histólogo: el 46% de la población estadounidense no cree en la teoría de la evolución y sí en el creacionismo, es decir, que piensan a pies juntillas que el ser humano fue creado por Dios tal y como aparece en la Biblia. En el reportaje televisivo salía un señor explicando y razonando el porqué el creacionismo era la verdad y la teoría de la evolución el mayor engaño jamás contado. Tirando de Biblia despejaba cualquier duda: «¿La extinción de los dinosaurios?, aquí viene, en esta página. ¿El Diluvio Universal?, naturalmente que sí, por eso se extinguieron los dinosaurios». Tenía respuestas para todo.

Darwin y la etiqueta del Anís del Mono
      A Darwin le han dado caña desde que publicó El origen de las especies. En España, en su tiempo, hasta le dedicaron un anís, el Anís del Mono. En la etiqueta de la botella aparecía una caricatura de Darwin con cuerpo de mono, sosteniendo en la mano una botella del licor. Para pedirlo en el bar se decía «¡Dále al mono!».

      No sé si en España el creacionismo despierta algún interés. El Vaticano cree que la teoría de la evolución y la intervención divina son compatibles, con lo cual los seguidores católicos que podían tener alguna duda ya no la tienen.

      A mí me ha sorprendido que haya gente en Estados Unidos que niegue la teoría de la evolución, pero no sé qué pensarían ellos si supieran que aquí se nos aparece la Virgen. Supongo que les sorprendería. Creo que a ellos no se les aparece. La Virgen sólo se aparece a los católicos, que yo sepa, y los creacionistas no son católicos. Siempre es una mujer hermosa, rodeada por un halo luminoso, que trae uno o varios mensajes, generalmente anunciando que si el mundo no cambia y cesan las guerras todo se irá al garete. En Bizkaia, nuestra Virgen aparecida es la Virgen de Unbe. No está reconocida por la Iglesia, pero hay mucha gente que cree en ella.

      La Virgen de Unbe se le apareció decenas de veces a Felisa Sistiaga (1908—1990) en su caserío, en el monte Unbe. La primera aparición se produjo en 1941 y la última en 1988.

      En Unbe estuve una vez con un amigo al que solía ver de forma esporádica, y al que no veo desde hace algunos años. Me invitó a ir con él a Unbe un domingo por la mañana. Hacía un día espléndido.

Virgen de Unbe
      Cuando paseábamos por la explanada que hay delante del caserío, mi amigo sacó un anillo de rosario y me dijo que, si no me importaba, él iba a rezar un Rosario. Mi amigo es del Opus Dei hasta el tuétano, lo aclaro por si os ha parecido raro lo del anillo. Es un pedazo de pan; una buena persona que me respetaba y a la que yo respetaba; él tenía sus rarezas y yo las mías; espero que le vaya bien y que sea feliz. Mientras él se metía un Rosario entre pecho y espalda, yo aproveché para disfrutar de la mañana y del paisaje. Había una fuente de agua milagrosa que curaba todos los males; en un cartel, las autoridades advertían que el agua estaba contaminada, pero la gente iba a lo suyo y se lavaba los pies, les daba igual. En el interior del caserío había una capilla con objetos de ortopedia y testimonios de personas que decían haberse curado merced al agua milagrosa. En la cuadra, el suelo estaba lleno de velas; dicen que allí se apareció la Virgen alguna vez. Me pareció bastante chocante, la verdad, y medieval. En una de las últimas apariciones la Virgen de Unbe dijo, «Con el Rosario venceréis». Vale.

      Una vez leí un libro sobre la vida en un monasterio zen, japonés. Una de las maneras que tenían de evitar las ideas preconcebidas era el cambiar de nombre a las cosas. Se trataba de un ejercicio didáctico que debían practicar los novicios: una flor no era una flor, era un cántaro; un zapato no era un zapato, era una flor; el día era la noche y la noche el mar; la montaña era un río... Los novicios podían mudar el nombre de las cosas, pero las cosas seguían siendo lo que eran, inmutables a los caprichos de los hombres. La lección era que la verdad resistía, a pesar de que se la negase, y que sólo si se posee una mente abierta se llega a conocerla y a ser tolerante.


   
   Me han dicho que es recomendable que a los niños se les mantenga la ilusión de que existen Papá Noel y los Reyes Magos, que eso estimula una parte del cerebro donde se alojan las fantasías, imprescindible para un sano crecimiento intelectual en la infancia. Pero que luego no, que de adultos hay que llamar al pan «pan» y al vino «vino». A lo mejor se confunden en esto último.

     



       Quizá los adultos también precisamos alimentar nuestra fantasía, creer en asuntos sobrenaturales para un sostenimiento sano de nuestra psique y no caer en el abatimiento. Puede que necesitemos creer en algo que está por encima de nosotros y que nos protege, que necesitemos creer en otra vida mejor porque esta que tenemos no nos convence del todo. No lo sé. Y mientras me aclaro aquí estoy, totalmente despistado.








lunes, 4 de enero de 2016

Ecce homo


Nietzsche
      A los hombres póstumos — como yo, por ejemplo — se les entiende peor que a los que son hijos de su tiempo, pero se les oye mejor. Dicho con más rigor: no se nos comprende nunca; y en eso radica nuestra autoridad. . . (Friedrich Wilhelm Nietzsche)

      Otro año más. Ya veremos cómo se porta 2016.  Dos mil quince ha pasado por mi vida como un tsunami, anegando las páginas de mi calendario con una marea de rutina. Más de lo mismo. No recuerdo nada especialmente agradable, y un día se ha semejado a otro como si los hubieran clonado. He escrito algunos cuentos y he terminado el borrador de mi nueva novela. Pero no me lo han puesto fácil. He tenido que esquivar todas las zancadillas y palos en las ruedas que me ponía eso que llamamos suerte o destino. El mío, mi destino, está empecinado en que no escriba. Tengo que realizar encajes de bolillos para sentarme a escribir. Me pasa que cuando dispongo de más tiempo no dispongo de fuerzas ni de ganas de realizar el mínimo esfuerzo intelectual, o anímicamente estoy tan desanimado que escribir en esas condiciones daría un resultado pobre.

      Sin embargo, ahí está el primer borrador de mi novela: finalizado. Es decir, que tengo una novela ya escrita. Lo que viene ahora es más sencillo. Corregir el texto resulta una tarea intelectualmente menos complicada y requiere otro tipo de entrega personal. La novela ya es un hecho, y el que esté en condiciones de ser publicada sólo es cuestión de tiempo.

      En 2013, en Amazon, alguien dejo escrito que esperaba con ganas mi próxima novela, en los comentarios sobre mi novela El arpa mágica. Ha pasado algún tiempo desde ese comentario; 2013 queda algo lejos, pero quiero que sepa ese desconocido lector que en mi nueva novela he puesto toda la carne en el asador; espero no defraudarlo. En la medida que mi talento me lo permita, durante el proceso de corrección crearé textos utilizando las palabras apropiadas, y los ordenaré de manera que las frases no le resulten fatigosas de leer. Tal y como hice en El arpa mágica.

      Estos días he releído una biografía de Nietzsche que tenía por ahí, medio olvidada. De Nietzsche me atrae su personalidad independiente, la del individuo que no necesita del grupo para sentirse acompañado. Pero incluso los espíritus más independientes necesitan el reconocimiento de los demás, especialmente si viene de manos competentes y prestigiosas. En 1866, con veintidos años, Nietzsche le mostró a Ritschl, su antiguo profesor de filología, un antiguo trabajo sobre el poeta Teognis de Megara (siglo VI a. J. C.). Ritschl alabó el manuscrito y le animó a publicarlo, tras las pertinentes correcciones. Nietzsche no cabía en sí, de gozo:

      «Tras esta entrevista mi vanidad y mi persona entera ascendieron hasta el séptimo cielo. A mediodía, mientras paseaba con un grupo de amigos hacia Gohlis (hacía un tiempo soleado y agradable), pugnaban por salir de mis labios un raudal de palabras sobre mi buena suerte. Al fin, sentados en una fonda ante un café y unos pasteles, no pude contenerme más y conté a mis asombrados amigos lo que me había ocurrido. Durante un cierto tiempo deambulé de un lado a otro como presa del éxtasis. Así, con el aguijón de la alabanza, me convertí en un filólogo y abrigué esperanzas de progresar en mi carrera.»

      Teognis había dicho: «De los nobles aprenderás cosas nobles, pero si te mezclas con los inferiores perderás incluso tu propia personalidad». Nietzsche no podía estar más de acuerdo con esta sentencia de Teognis. Admiraba a Schopenhauer (1788―1860) y a Wagner (1813― 1883).

      Conoció a Wagner en 1868, en Leipzig. Nietzsche era amigo a Ottilie, la hermana del músico, casada con el orientalista Hermann Brockhaus, cuya casa solía frecuentar. Una noche de otoño los dos coincidieron en el hogar de los Brockhaus. Nietzsche escribiría sobre este encuentro:

Wagner
     «Antes y después de la cena, Wagner tocó los pasajes más importantes de los Maestros cantores, imitando con aire desenvuelto las distintas voces. Es un hombre vital y apasionado hasta extremos inconcebibles; habla muy deprisa, y con un gracejo natural ameniza reuniones restringidas como esta que te estoy describiendo. Yo mantuve con él una larga discusión sobre Schopenhauer. ¡Ah! Comprenderás qué profunda satisfacción me produjo oírle hablar de él con un apasionamiento indescriptible, y agradecerle que fuera el único filósofo que había reconocido la esencia de la música. Luego, Wagner me preguntó qué concepto tenían de él los profesores, se burló del congreso de los filósofos celebrado en Praga y habló de los “lacayos de la filosofía”. A continuación nos leyó un fragmento de la autobiografía que está escribiendo, en la que recoge una escena sobre su vida de estudiante en Leipzig, tan divertida que no puedo recordarla sin echarme a reír; escribe con extraordinaria soltura y agudeza.»

      Wagner era un compositor genial, pero como persona resultaba un personaje que dejaba mucho que desear. Sin embargo, Nietzsche no le apreciaba ningún defecto. Al menos al principio. Más tarde abominó de él, y cinco años después de la muerte del músico a Nietzsche aún le quedaba rencor suficiente para escribir esto:
Nietzsche

     «El arte de Wagner está enfermo. Los temas que lleva al escenario —problemas de personajes históricos—, su pasión convulsiva, su sensibilidad enfermiza, su gusto estético, que introducía especias cada vez más fuertes, su inestabilidad que disfrazaba de normas, y sobre todo la elección de sus héroes y heroínas, considerados como tipos fisiológicos, (¡una galería de enfermos!): todos estos elementos juntos componen un cuadro clínico que no deja lugar a dudas: Wagner est une névrose

     Friedrich Wilhelm Nietzsche, Fritz, nació el 15 de octubre 1844, en Röcken, un pueblo de Sajonia en donde su padre, Carl Ludwig, ejercía de pastor luterano. Le puso el nombre de Federico Guillermo porque precisamente ese día era el cumpleaños de Federico Guillermo IV de Prusia. Franziska Oehler, hija menor de un pastor luterano, tenía dieciocho años cuando tuvo a Nieztzse. En 1846 nació el segundo hijo del matrimonio, Elisabeth, y en 1848 nació Joseph. Éste moriría dos años después, en 1850; unos meses antes había muerto el padre de Nietzsche. Entonces, a impulsos de la abuela materna, la familia entera, compuesta por la madre de Nietzsche, la hermana Elisabeth, dos tías por parte de padre y la propia abuela, se trasladó a Naumburgo. Nietzsche murió en 1900, de una neumonía.

      En la edad adulta, Nietzsche no soportaba ni a su madre ni a su hermana. En Ecce homo escribió lo siguiente:

Nietzsche junto a su madre
      «El trato que me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal, que conoce con seguridad infalible el instante que es posible herirme cruentamente, en mis instantes supremos, pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos venenosos. La contigüidad fisiológica hace posible tal disharmonía praestabilita (desarmonía preestablecida). Confieso que la objeción más honda contra el “eterno retorno”, que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana.»

      A Nietzsche le hería en lo más hondo el antisemitismo de su hermana. «Todos los antisemitas deberían ser suprimidos», llegó a escribir. Nietzsche, cuando escribía sobre los judíos, lo hacía desde el respeto (El anticristo):

      «Sicológicamente hablando, el pueblo judío es un pueblo de vitalidad extrema que, confrontado con condiciones de existencia imposibles, tomó deliberadamente, guiado por la cordura suprema del instinto de conservación, la defensa de todos los instintos de la décadence…»

     A Nietzsche he procurado leerlo desde la distancia, es decir, que he procurado hacerlo con la mente abierta, dejando a un lado mis convicciones, en la medida que es posible hacerlo, para que no me distrajesen durante la lectura. Reconozco que no es un autor para todo el mundo. A determinadas personas la lectura de sus libros les puede producir ampollas. No quiero poner ningún fragmento en este sentido, porque a Nietzsche hay que leerlo al completo y sus reflexiones más polémicas no se entenderían bien leídas aisladamente, me parece.

     Y como este es un blog literario, no podía faltar la recomendación de cómo llegar a escribir como los ángeles. Aquí os dejo los Diez mandamientos para escribir con estilo, de Nietzsche:


1-Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.

2-El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.

3-Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.

4-El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.

5-La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.

6-Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.

7-El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.

8-Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.

9-El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.

10-No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.



"Yo sólo ataco causas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo trasfondo de experiencias penosas. Al contrario, en mí atacar representa una prueba de benevolencia y, en ocasiones, de gratitud. Yo honro, yo distingo al vincular mi nombre al de una causa, al de una persona: a favor o en contra; para mí esto es aquí igual. Si yo hago la guerra al cristianismo, ello me está permitido porque por esta parte no he experimentado ni contrariedades ni obstáculos; los cristianos más serios han sido siempre benévolos conmigo. Yo mismo, adversario de rigueur [de rigor] del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es la fatalidad de milenios." (Ecce homo).


      Feliz año.