Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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jueves, 1 de octubre de 2015

"Verdi, de puño y letra" y "Corsarios Berberiscos"


Verdi
       «¡Triste. Triste. Triste!
       ¡Wagner ha muerto!
     Cuando leí el telegrama, ayer, ¡me quedé literalmente aterrado! No discutamos.–¡Es una gran personalidad que desaparece! ¡Un hombre que deja una huella potentísima en la historia del arte!»
      (Giuseppe Verdi. Carta dirigida a Giulio Ricordi; 15 de febrero de 1883).


      Hace algún tiempo compré el libro Verdi, de puño y letra, editado por la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO–OLBE) para conmemorar el bicentenario del nacimiento de Verdi, en 1813, que casualmente coincide con el de Wagner. Lo encontré en una tienda de objetos de segunda mano, sobre una mesita, nuevo, sin estrenar, con el título impreso en letras de molde negras, y un papelito sobre la tapa que llevaba el ridículo precio escrito a rotulador: 3€.

      El libro contiene 80 cartas de Verdi, fotografiadas y traducidas al castellano. Sigo sin explicarme cómo alguien puede desprenderse de un libro así. No lo digo por la edición, que aunque de diseño bonito no está para que aguante muchas batallas (por algunas zonas el lomo empieza a deshilacharse), ni porque tenga ningún interés de coleccionista. Es por el hecho de poseer algo con efluvios evocadores. Algo así como la lámpara de Aladino, solo que en libro: abres las tapas y en cada carta sientes que aparece Verdi. No hace falta ser un apasionado de la ópera para sentirlo, de igual manera que no se necesita ser un fanático de la escultura para admirar a Miguel Ángel, o de la pintura para deleitarse con Las Meninas. Es… lo que emana la lámpara mágica lo que atrae: el peculiar aroma de la historia. Viajar en el tiempo con la imaginación y observar las inquietudes de un genio como Verdi, del que sabemos cuándo ha nacido y cuándo ha muerto, eso es lo que gusta.

       Es curioso, leo libros de historia para conocer y comprender mejor al ser humano, cuando para mí mismo soy un completo desconocido; no sé absolutamente nada sobre mí; y es posible que tampoco me sirva para nada el adquirir conocimientos, a la postre.

      A veces pienso en ello, y me pregunto si no sería mejor limitarse al pan y circo, y dejarse llevar. Mi vida es una secuencia de imágenes repetidas, y lo malo es que me doy cuenta de ello. Lo pasaría mejor si pudiera ignorarlo.

      
También he tenido entre mis manos el libro de Ramiro Feijoo Corsarios Berberiscos, publicado por la editorial Belacqua en 2003. Me ha sorprendido descubrir que dichos corsarios eran europeos de origen, muchos de ellos cristianos renegados. Diego de Haedo, monje benedictino y abad de Frómista, en Topografía e historia general de Argel, publicado en 1612 en Valladolid, hace una relación de los que vivían en Argel. Aquello parecía La Tortuga:
      «Éstos y sus hijos por sí solos, son más que todos los otros vecinos moros y turcos y judíos de Argel, porque no hay nación de cristianos en el mundo de la cual no haya renegado y renegados en Argel. Y comenzando de las remotas provincias de Europa, hallan en Argel renegados moscovitas, roxos, rojalanos, valacos, búlgaros, polacos, húngaros, bohemios, alemanes, de Dinamarca y Noruega, escoceses, ingleses, irlandeses, flamencos, borgoñeses, franceses, navarros, vizcaínos, castellanos, gallegos, portugueses, andaluces, valencianos, aragoneses, catalanes, mallorquines, sardos, corsos, sicilianos, calabreses, napolitanos, romanos, toscanos, genoveses, saboyanos, piamonteses, lombardos, venecianos, esclavones, albaneses, bosnios, arnaútes, griegos, candiotas, chipriotas, surianos, y de Egipto, y aun abexinos del Prestejuán e  indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España.»

      Cuando dice «indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España», no sé si se refiere a europeos o a indios americanos.

      En Argel también había moriscos. Eran españoles de confesión musulmana a los que en España se les obligó a convertirse al cristianismo; cuando todavía se les permitía practicar su religión en territorio cristiano, se les conocía como mudéjares, que en árabe español significa domado. Expulsados de España, fueron a repoblar el litoral magrebí, y al finalizar el siglo XVI había más moriscos en el Magreb que consejos en Internet para ser un buen escritor. De Haedo también los describe, y lo hace de esta manera:

       «Todos éstos se dividen, pues, entre sí en dos castas o maneras, en diferentes partes, porque unos se llama Modéjares, y éstos son solamente los de Granada y Andalucía: otros Tagarinos, en los cuales se comprenden los de Aragón, Valencia y Cataluña. Son todos blancos y bien proporcionados, como aquellos que nacieron en España o proceden de allá. Unos hacen arcabuces, otros pólvora, otros salitre, otros son herreros, otros carpinteros, otros albañiles, otros sastres y otros zapateros, otros olleros, y de otros semejantes oficios y artes; y muchos crían seda, y otros tienen boticas en que venden toda suerte de mercería; y todos en general son los mayores y más crueles enemigos que los cristianos en Berbería tenemos, porque nunca jamás se hartan o se les quita el hambre grande y sed que tienen entrañable de la sangre cristiana.»

      Una comunidad morisca de origen extremeño se instaló en Salé (Marruecos), la de los Hornachos. A los Hornachos había que darles de comer aparte. Orgullosos y bravos, en Salé se los respetaba y temía. Cuando una galera corsaria llegaba al mercado de esclavos cargada de cautivos españoles, con la excusa de que si eran hijos de algún familiar que se había quedado en España, los Hornachos eran los primeros en elegir y se llevaban los cautivos más valiosos sin pagar nada, aunque todo el mundo sabía de sobra que todo era un cuento.

      Para terminar, la famosa y brillante frase de Sócrates, que nunca pondríais en vuestro currículo laboral:

                                                 SOLO SÉ QUE NO SÉ NADA.


2 comentarios:

Alberto Senda dijo...

A mi también siempre me ha gustado ir en busca de tesoros a los rastrillos, y a veces sonrío y niego con la cabeza de lo que es capaz de desprenderse la gente por unos céntimos.
Desconocía esa reacción de Verdi ante la noticia de la muerte de Wagner. No sé si el soberbio y elitista don Richard hubiese hecho lo propio con el genio italiano de haber muerto antes éste...

No te preguntes si te iría mejor con el pan y el circo porque es evidente que no has nacido para eso, y en todo caso, parece ya demasiado tarde. Busca tu nicho ecológico, querido e-writer, y no te culpes ni esclavices.

Un fuerte abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Alberto. A veces me gustan tanto vuestros comentarios que me duele estropearlos con una respuesta que sobrepase a un "gracias".

Un abrazo.

P.D.: Estos días he estado trabajando en un nuevo relato. Lo publicaré antes del sábado. Espero que te guste.