Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 6 de septiembre de 2015

Novela histórica


      «Caminé hacia él, me quité el sombrero y dije: Doctor Livingstone, supongo.»
      (Henry Stanley).


Ramón J. Sender (1901-1982)
      Decía Ramón J. Sender que al escritor de novela histórica no se le tenía por un auténtico novelista, lo cual él consideraba una tremenda injusticia puesto que escribir novela histórica era la tarea más ardua a la que puede entregarse un escritor.
     
      Yo soy del mismo criterio.

      A mí me gusta Ramón J. Sender. Es uno de mis admirados escritores de novela histórica y está en mi particular Olimpo de escritores admirados. Lo último que he leído de él ha sido El bandido adolescente, que trata de la vida de William H. Bonney, «Billy el Niño», el bandido de Nuevo Méjico. Gracias a esta lectura descubrí que las últimas palabras de Billy, antes de que el sheriff Pat Garrett lo matara a sangre fría, fueron «¿Quién es?», y las dijo en castellano, idioma que sabía hablar y leer. Como nota curiosa —y esto no viene en la novela de Sender—, se cree que el único libro en castellano que leyó Billy fue  La conquista de Méjico, de Hernán Cortés.

      Para escribir una novela histórica, con pretensiones de ser buena, dicen que es recomendable dosificar los datos históricos y buscar un equilibrio entre ellos y el argumento. En pintura se llamaría armonizar los colores. Sin embargo, dependiendo del tema que abordemos, los datos históricos a menudo suelen ser escasos y aportan poca información, lo que da lugar a multitud de teorías y especulaciones entre las que debe elegir el escritor de novela histórica. La mayoría de las veces hay una verdad «oficial» a la que el escritor de novela histórica puede acogerse y escribir su historia sin meterse en otros jardines.
     
Billy el Niño
      Pero no siempre se puede elegir.

      Al escribir El bandido adolescente Ramón J. Sender hubo de realizar una concienzuda investigación de campo, y las respuestas no siempre fueron las mismas a la misma pregunta. Tuvo que elegir utilizando la lógica y el sentido común. No eligió la teoría que dice que Billy el Niño no fue asesinado por Pat Garrett  en 1881 sino que murió de un infarto el 27 de diciembre de 1950, a los 90 años de edad. Hacia 1948 un tipo llamado Brushy Bill Roberts aseguraba que era el mismísimo «Niño», en carne y hueso. Muchas personas que conocieron a Billy lo confirmaron con sus testimonios, y otras tantas dijeron que sólo era una patraña.

      Personalmente, escribir novela histórica me parece bastante complejo y desalentador. A veces, muy a menudo, para los mismos hechos hay múltiples versiones; los historiadores no se ponen de acuerdo y no sabes a qué atenerte. Al final no queda otra opción que elegir la versión que aparenta ser la «auténtica», a nuestro juicio. Voy a poner un ejemplo. Supongamos que estamos escribiendo una novela en la cual Jesucristo aparece aunque sea brevemente:

Supuesto rostro de Jesús basado en la Sábana Santa
      La figura de Jesucristo, rodeada de misterio y controversia, aún despierta interés entre los lectores —que se lo pregunten a Dan Brown, si no— y da para secuelas, cuelas y precuelas. Pero ¿cómo era físicamente Jesucristo en realidad? ¿Cómo describir su rostro, en caso de que aparezca en uno de nuestros borradores? La primera imagen que nos viene a la cabeza es la de un hombre tirando a rubio, de ojos azules, el pelo largo y con barba. Es la imagen cliché fabricada al gusto de los europeos, según dicen; y es la que queremos nosotros para nuestra novela porque nos parece que es la que tienen asumida nuestros lectores, y nuestra intención es no hacerles perder el hilo de la historia ni distraerlos de la trama principal, creándoles contradicciones mentales innecesarias. Sin embargo, tampoco queremos que se nos diga que hemos elegido alegremente una imagen de Jesús muy a la «europea». Hay otras descripciones de Jesús, también poco fiables al parecer, que lo representan con el pelo moreno y corto, o largo, o rizado, con barba larga, con barba corta, alto, bajo, feo, guapo; pero sólo la carta apócrifa del supuesto gobernador de Judea Publio Léntulo, se atiene a la visión que de toda la vida tenemos de Jesucristo:

      «… sus cabellos son de color de avellana madura y lasos, o sea lisos, casi hasta las orejas, pero desde éstas un poco rizados, de color de cera virgen y muy resplandecientes desde los hombros lisos y sueltos partidos en medio de la cabeza, según la costumbre de los nazarenos. (…)
      Tiene la barba poblada, mas no larga, partida igualmente en medio, del mismo color que el cabello, sin vello alguno en lo demás del rostro. Su aspecto es sencillo y grave; los ojos garzos, o sea blancos y azules claros.»

Rostro reconstruido de un judío del siglo I 
      En el año 2000 la BBC reconstruyó el rostro de un judío del siglo I antes de Cristo a partir de su cráneo. Se pretendía conseguir una aproximación a cómo sería el rostro de Jesucristo. El resultado fue el rostro de un hombre de piel y pelo morenos, típicamente semita. El experimento podría valer sólo si se considera que todos los judíos de aquella época eran semitas puros, lo que en  principio no parece muy probable.

      Entonces ¿qué podemos hacer para que el Jesús de nuestra novela sea un «auténtico» Jesús? ¿Dónde podríamos encontrar información? ¿Se pudo parecer Jesús a un antepasado suyo? Sí; Jesús descendía del rey David, y en la Biblia hay una breve descripción de este rey:

      «El filisteo se fue acercando cada vez más a David, le despreció, porque era joven, rubio y de buena presencia.»

      ¿Que la Biblia no es un texto históricamente válido y que la existencia del rey David no está probada? Bueno, tampoco La Iliada lo es, y está por demostrar si hubo un Homero, pero a Schliemann esos insignificantes detalles no le importaron. Él no era arqueólogo; y nosotros no somos historiadores.

      En el año 1834 el francés Charles Texier, historiador, arqueólogo y arquitecto, descubrió en Anatolia las ruinas de una ciudad que estuvo habitada por un antiguo pueblo guerrero, de hombres altos y rubios, de origen indogermánico, domadores de caballos; que conocían el hierro y poseían los carros de combate más sofisticados de su época; que usaban yelmos cuyos penachos imitaban la crin del caballo: los hititas, un pueblo que construyó un imperio tan poderoso como el Egipto de los faraones. Un pueblo desconocido del que no se había oído hablar.
     
      ¿Desconocido?

Guerreros hititas
      La Biblia, sin ser un texto científico, hace referencia a ellos; los llama heteos, y el más famoso es Urías, capitán del rey David. Esaú, hijo de Isaac, estuvo casado con dos mujeres hititas: Judit, hija de Beeri, y Basemat, hija de Elón . Los hititas fundaron Jerusalén, e hititas son los troyanos de La Iliada.

      Con estos mimbres me parece que ya podemos poner en nuestra novela un Jesús «rubio y de buena presencia», si nos apetece seguir la tradición, sin que nadie pueda decir que nos lo hemos sacado de la manga. Pero hemos tenido que llevar a cabo una laboriosa tarea de consultas para describir a un personaje que ocupará unas insignificantes líneas en nuestra historia.

      Hoy día, cuando se cuestiona que las pirámides fueran construidas por esclavos y hasta el admirado busto de Nefertiti está en entredicho, el abanico de opciones para el escritor de novela histórica se amplía de una manera inquietante, y puede que se vea obligado a hacer auténticos ejercicios en la cuerda floja a la hora de optar por una determinada información.

Busto de Nefertiti
      Recientemente, he podido escuchar a una historiadora decir que tal vez no sería mala idea examinar esas atrevidas teorías que cuestionan la visión clásica de la Historia. Cuando leí el libro de Ignacio Olagüe Los árabes no invadieron jamás España, los desmentidos que encontré a su teoría se apoyaban en unas pocas monedas de la época, con inscripciones en árabe y en latín, y una reseña en una crónica de mediados del siglo VIII que dice cómo un tal Musa invadió la península Ibérica, sembrando destrucción y horror a su paso. Pero también descubrí que hay monedas acuñadas por reyes hispano-godos después de la invasión musulmana, que no deberían estar ahí. Ignacio Olagüe no niega que hubo una invasión; dice que no fueron los árabes quienes la llevaron a cabo sino los vándalos de Cartago, que acudieron en ayuda de los adversarios del rey Rodrigo. Es más, niega que los árabes conquistaran Cartago e invadieran el norte de África, basándose en que ningún ejército de la época disponía de la logística para cruzar el desierto de Libia. ¿No existen documentos del siglo VII sobre la invasión de Cartago por los árabes con los que desmentir a Olagüe?

      A los escritores de ficción se nos abren nuevos campos donde cultivar nuestra fantasía, al escribir sobre la Historia. ¿Debemos aferrarnos a la Historia oficial si hay versiones alternativas con visos de credibilidad?  

      Si Dan Brown hubiera escrito y teorizado sobre una María Magdalena llorosa y oscura, y un Jesús inmaculadamente casto, basándose en la historia oficial, archiconocida hasta el aburrimiento, su libro habría pasado sin pena ni gloria por las librerías. Pero en el camino se le cruzó una historia atrevida y polémica, cargada de euros; la tomó para sí y de ella nació El código Da Vinci.

Oscar Wilde


      
«El único deber que tenemos con la historia es reescribirla.»
      (Oscar Wilde, escritor y dramaturgo, 1854-1900).