Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






martes, 28 de julio de 2015

Leo muy poco

      
      
Stendhal
      «Leo muy poco. Cuando leo por placer, cojo las Memorias del mariscal Gouvion Saint-Cyr. Es mi Homero. A menudo leo a Ariosto». Henri Beyle, Stendhal (1783 — 1842).

      «Tristemente se paseaba a caballo por los alrededores de Kehl; es un burgo a las orillas del Rin, inmortalizado por Desaix y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le mostraba los pequeños riachuelos, los caminos, los islotes  del Rin, que gracias al valor de estos grandes generales tienen un nombre. Julien, guiando el caballo con la mano izquierda, sostenía desplegado en la derecha el soberbio mapa que adorna las Memorias  del mariscal Saint-Cyr. Una exclamación de alegría le hizo levantar la vista». (Rojo y Negro, de Stendhal).

      Lorenzo Gouvion Saint-Cyr (1764 — 1830), mariscal de Francia; de extracción humilde, desempeño importantes cargos militares durante el Imperio y en la Restauración.

      Que un escritor de ficción diga que lee muy poco, y no siempre por placer, es algo... no sé..., que chirría, algo fuera de lo común. Lo esperado sería oírle decir que lee a todas horas hasta la extenuación, aprovechando cada minuto del día y de la noche. Stendhal contaba 57 años cuando confesó que no era un devorador de libros, en una carta dirigida a Balzac; dos años después, un ataque de apoplejía acababa con la vida de este inmortal escritor.

      A veces pensamos que para llegar a escribir bien ficción es necesario leer de forma convulsiva, y puede que no sea absolutamente cierto. Tal vez haya que hacer como Stendhal y leer lo preciso, lo que nos gusta y paladearlo como el mejor sumiller. Claro que si nuestros gustos son vulgares corremos el riesgo de escribir una buena ficción de medio pelo. Contra esto no hay antídoto. Se nace con un paladar u otro y de nada sirve revolverse en el asiento, esto ya lo sabemos.

      Ha pasado más de un mes desde mi última entrada en el blog. Me ha costado un calvario volver a sentarme delante del ordenador y estoy por apagarlo y levantarme. La persistente ola de calor que estamos padeciendo en Bilbao me ha dejado sin ganas de hacer nada y sin ideas. No soporto el calor. Ahora mismo estoy sudando a pesar de que ha refrescado un poco. Se duerme mal, es agotador. Hemos llegado a tener 31 centígrados; la gente se derretía por las calles. Aquí cuando hace más de tres días seguidos de calor fuerte es que nos morimos. Dicen que es un calor ecuatorial. Nunca había oído hablar de este tipo de calor.

      El jueves aproveché que bajó un poco la temperatura para retomar mi novela. Llevaba tres semanas sin poner una coma y no confiaba mucho en poder retomarla así, de buenas a primeras. Además, la había dejado insatisfecho y con la firme determinación de rehacer dos páginas. Pero al releerlas, después de veintiún días de reposo, me he llevado la grata sorpresa de que me han gustado. Y no solo eso, la novela desfilaba ante mis ojos como las imágenes de una película y las ideas me venían con fluidez a la cabeza y podía escribir sin esfuerzo.


      Y hablando de películas, he visto en la tele un vídeo en el que dos jóvenes rusos homosexuales han hecho el siguiente experimento en su país: si caminaban cogidos de la mano, como una pareja de enamorados, la gente los señalaba con el dedo, los insultaba y les afeaba su conducta, e incluso había quien los agredía físicamente. Si caminaban uno al lado del otro, como amigos, no pasaba nada, pero en cuanto se cogían de la mano la gente volvía a señalarlos. Me ha recordado a la película La invasión de los ladrones de cuerpos, cuando los protagonistas eran señalados con el dedo por sus vecinos transformados en alienígenas.

      Francamente, nuestros prejuicios nos deshumanizan; cuando los exteriorizamos se diría que acabamos de salir mutados de una de las gigantescas vainas de guisante que aparecen en la película.