Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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martes, 16 de junio de 2015

Pregúntale al polvo



      «No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos.»
      (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).


      13 de junio de 2015. Sábado por la tarde.

      Ha llovido en Bilbao. No ha sido de repente; primero han caído unas débiles gotas, espaciadas; débiles gotas que han ido in crescendo, como la Sinfonía Número 7, de Beethoven, hasta  convertirse en diluvio. Las gotas han repiqueteado, arrancando notas musicales de las lonas de las sombrillas, de las carrocerías de los coches, del suelo... Si hubiera poseído una habichuela mágica, como la de Jack, la podría haber plantado entre la hierba, empapada de lluvia, de ese jardín y habría trepado por ella; por encima de las nubes nunca llueve, siempre luce el sol. Luego se ha abierto el cielo y ha dejado ver un poniente dorado.

      Pero a mí me gusta la lluvia de aquí y ver llover, así que no me interesaba subir a las nubes.

      La otra lluvia, la de las metáforas, la que se compara con el sufrimiento, no me gusta. En este caso elijo plantar la habichuela e ir a vivir a las nubes. Lo que pasa es que las habichuelas mágicas no existen. Hay que inventárselas. Y la estancia en las nubes suele ser efímera: más pronto o más tarde el ogro aparece.


      Bilbao, 14 de junio de 2015.

      El escritor John Thomas Fante nació el 8 de abril de 1909 en Denver (Colorado) y murió el 8 de mayo de 1983 en Los Ángeles (California), USA. La diabetes que padecía le privó de la vista y de las piernas en los últimos años de su vida, pero no de su talento.

      John Fante escribió lo que se conoce como «Saga de Arturo Bandini», cuatro habichuelas mágicas entre las que se encuentra Pregúntale al polvo.

      Pregúntale al polvo. No es un libro que haría carrera en las listas de Amazon. Al menos yo no lo veo, aunque me encantaría equivocarme. Ya en su época pasó con más pena que gloria por las librerías. Se lee fácil porque está escrito para que se lea sin dificultad. ¿El argumento?, eso ya va para gustos; y si eres de los que disfrutan con el cascajo olvídate: con esta novela te ibas a aburrir como una ostra.

Knut Hamsun
      John Fante se vio en la necesidad de escribir guiones de cine para sobrevivir. Según él, dichos guiones no valían gran cosa como obras literarias. Pregúntale al polvo es una novela inspirada en las propias vivencias del autor. Narra las vicisitudes de un escritor estadunidense de veinte años, Arturo Bandini, álter ego de Fante, que se mueve por las calles de Los Ángeles en busca de editor. Sueña y sueña con ser rico y famoso gracias a sus novelas. Y entre sueño y sueño sueña con comer otra cosa que no sean naranjas.

      Mientras leía Pregúntale al polvo me acordaba de la novela Hambre, escrita en 1890 por el noruego Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura 1920, y encontraba cierto paralelismo entre las dos obras. En la de Hamsun, el protagonista es Widel-Jarlsberg, un escritor con los mismos deseos y aspiraciones que Arturo Bandini, martirizado por el hambre a lo largo de la novela.

      Buscando información, he descubierto que John Fante fue un gran admirador de Knut Hamsun. El título de la novela Pregúntale al polvo lo sacó del libro Pan, de Hamsun.
      Yo no he leído Pan. El párrafo donde Fante halló el título es este:

      «El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas. Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él sólo se lamentó de que no le pidiese su vida.»

      Goebbels, el siniestramente famoso ministro de propaganda de la Alemania nazi, era un admirador de Hamsun, y Hamsun de Hitler.
      Knut Hamsun, 1859 – 1952.

      Pregúntale al polvo

      Arturo Bandini se aloja en la pensión de la señora Hargraves, que le persigue pidiéndole los atrasos del alquiler; allí coincide con otro huésped, Hellfrick, un tipo estrafalario y gorrón:

      «Sonó un golpe en la puerta, pero guardé silencio porque podía ser la pesada aquella que andaba tras el maldito alquiler. Se abrió la puerta entonces y apareció una cabeza calva, huesuda y con la faz cubierta de barba. Era el señor Hellfrick, que vivía en el cuarto contiguo.
      El señor Hellfrick era ateo, militar jubilado, vivía de una pensión exigua con la que apenas podía pagarse el alcohol que bebía, aunque compraba la ginebra más barata del mercado.»

      Otro de los personajes es Camila López, una camarera de la cual Bandini se enamora:

      «El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido.
      Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja.
      Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.»

      Camila está enamorada de Sammy, un camarero que escribe relatos y al que Bandini desprecia:

      «Me senté y leí los relatos. Tomé notas a propósito de cada línea, de cada frase, de cada párrafo. El estilo era un desastre, una chapuza de aficionado, torpe, impreciso, desigual, ridículo. Horas estuve sentado, fumando un cigarrillo tras otro y riéndome a mandíbula batiente de los esfuerzos de Sammy, burlándome de ellos, frotándome las manos de placer.»


John Fante
      Bilbao, 15 de junio de 2015.

      Camila López. Bandini está enamorado de ella, pero a veces la trata sin ningún respeto:

      «—Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?
      Me miró horrorizada, con la boca abierta. Unió las manos, se las llevó a los labios y entró corriendo en el bar. Alcancé a oír sus quejidos: oh, oh, oh.
      Enderecé la espalda y me alejé contoneándome, silbando de satisfacción. En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en cogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas.
      Yo era americano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América.»

      Camila López es americana. Sus antepasados ya eran americanos antes de que América se llamase América, antes de que existiesen los Estados Unidos de América. Es americana estadunidense. Pero Bandini se empeña en decir que es mejicana y se refiere a ella como «princesita mexicana»:

       «Se alejó renqueando hasta una mesa que acababa de desocuparse y se puso a recoger las jarras de cerveza vacías. Estaba dolida, malhumorada y triste. Tomé otro sorbo de whisky y seguí leyendo y releyendo sin parar la carta de Hackmuth. Volvió junto a mi mesa a los pocos minutos.
      —Tú has cambiado —dijo—. Te noto distinto. Me gustabas más antes.
      Sonreí y le di una palmadita en la mano. La tenía caliente, suave, oscura, los dedos eran largos.
      —Princesita mexicana —dije—. Eres encantadora y muy inocente.
      Apartó la mano y comenzó a ponerse pálida.
      —¡Yo no soy mexicana! —dijo——. Soy americana.
      Cabeceé.
      —No —dije—. Para mí serás siempre una obrerita tonta. Una violetera del querido México.
      —¡Macarroni hijoputa! —dijo.
Me dio donde más me dolía, pero seguí sonriendo. Se alejó pisando con fuerza, los zapatos haciéndole daño, conteniéndole las piernas irritadas. Me moría de rabia por dentro y la sonrisa se me había vuelto rígida, como sujeta con tachuelas. Camila limpiaba una mesa próxima a las intérpretes con movimientos enérgicos, su faz semejante a una llama morena.»

      Bandini tiene veinte años; cinco años atrás era un adolescente acomplejado, un niño al que llamaban «macarroni»:

      «¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, (…).
      He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.»

      Camila es maltratada de palabra por Bandini; sin embargo, se acuesta con él. Sammy, de quien está enamorada, la desprecia y le golpea, pero ella sigue amándole:

      «Al final acudiste, mi querida Camila. Arrojaste unas piedrecillas a la ventana, te cogí de la mano para que entraras en la habitación, noté que el aliento te olía a whisky, y me sentí confuso al ver que, un tanto borracha, te sentabas ante la máquina de escribir y que jugueteabas con las teclas mientras se te escapaba una risa floja. Te volviste entonces para mirarme, te vi la cara con nitidez bajo la lámpara, el labio inferior hinchado, la moradura que te enmarcaba el ojo izquierdo.
      —¿Quién te ha pegado? —dije.
      —Ha sido un accidente de tráfico —respondiste.
      —¿Conducía Sammy el otro coche? —dije.
      Y te echaste a llorar, borracha y acongojada. Te acaricié entonces sin que el deseo fuera motivo de preocupación. Me eché a tu lado en la cama, te estreché entre mis brazos y te oí decir que Sammy te despreciaba, que habías ido al desierto al salir del trabajo y que te había golpeado dos veces por despertarle a las tres de la madrugada.»

      Al leer la novela, el personaje de Camila me parecía forzado, novelesco, creado para añadir otro matiz dramático a la historia. No me encajaba que una mujer joven y guapa, de veintidós años, pudiera aguantar a dos cretinos como Bandini y Sammy, en particular a Sammy. Entonces, buscando información para la entrada «…empujados incesantemente hacia el pasado», encontré esta carta de Zelda Sayre a Francis Scott Fitzgerald y… bueno, es posible que Camila no fuera tan irreal, después de todo:

Zelda Sayre
       «Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas y brumas y correr hacia mí. Sin ti, querido, no podría ver ni oír ni sentir ni pensar ni vivir. Te quiero y no permitiré que estemos separados una noche más mientras duren nuestras vidas. Estar sin ti es como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo. Tengo tantas ganas de besarte -en la espalda donde te nace el pelo y en el pechote quiero- y no sé cómo decirte hasta qué punto. Pensar que voy a morir sin que lo sepas, tienes que esforzarte por sentir lo mucho que te quiero, lo inanimada que me quedo cuando te vas. Ni siquiera puedo odiar a esa execrable gente. Nadie tiene derecho a vivir fuera de nosotros, y están ensuciando nuestro mundo y no puedo odiarlos porque te quiero demasiado. Vuelve pronto. Vuelve pronto a mí. No podría soportar estar sin ti, aunque me odiaras y estuvieras cubierto de llagas como un leproso, aunque te escaparas con otra mujer y me dejaras morir de hambre y me golpearas, te seguiría queriendo, lo sé.

      Amante, Amante mío, cariño.

      Tu esposa.»

John Fante
     Bien, no me quiero extender más. Si te va el escribir, te recomiendo esta magnífica novela; puedes encontrar buenas cosas que te ayuden a mejorar como escritor y además es una historia bien contada y entretenida. Si lo que te va es únicamente la lectura, tú sabrás lo que te gusta leer. Lo que sigue es el primer párrafo de Pregúntale al polvo:

      «Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.»






lunes, 1 de junio de 2015

Románico erótico




      Cuando estoy ante un edificio, obra de arte u objeto, antiguos me pregunto cómo serían aquellos que los crearon y el público al cual se dirigían; me pregunto cuáles serían sus creencias más íntimas, sus contradicciones intelectuales en relación a su tiempo. ¿Serían de esta manera o de esta otra? Entonces me apetece viajar en el tiempo y fundirme con lo antiguo, intentar vivirlo y desvelar sus misterios. El diccionario lo llama evocar.

      Las iglesias románicas son un buen sitio para evocar, al menos para mí. Las que yo conozco son las de Castilla y León; son magníficas, y cuando he tenido la oportunidad de poder sentarme a dibujarlas no la he desperdiciado. Sin embargo, eso no me ha hecho conocer ni entender mejor a las personas que las construyeron y utilizaron hace ochocientos años. ¿En qué se inspiraban cuando construían esos voladizos debajo de los aleros, los llamados canecillos o modillones? Muchos de éstos tienen formas extrañas, muy imaginativas y fantásticas, y como sin sentido: sirenos, cabezas de tres caras, extravagantes demonios, barbudos de dientes afilados, vacas sonrientes, hombres que se agrandan la boca, calaveras, serpientes, monos, dragones…, un catálogo de monstruos absurdos que para sí hubiera querido El Bosco.

      Pero hay otros canecillos que representan escenas sexuales subidas de tono, las pertenecientes al conocido como románico erótico. Un misterio. No se sabe exactamente qué se pretendía al colocarlas bajo los aleros, en el exterior de las iglesias. ¿Enseñar? Enseñar qué, ¿los pecados del sexo o sus virtudes? El hombre común medieval no sabía leer ni escribir. Los canecillos serían algo así como un cómic que todos sabrían interpretar; expuestos en el exterior, representarían el mundo de la carne y sus pesadillas. El interior de los templos quedaría reservado a profundizar en el espíritu.

      Las imágenes eróticas de las iglesias románicas son demasiado explícitas, con todas las connotaciones que para nosotros tiene esa palabra. Pero no parece que quienes las pusieron vieran en ellas nada pecaminoso ni pretendieran excitar ninguna clase de instinto. Posteriormente algunas fueron mutiladas por quienes sí las consideraron obscenas, como suele pasar cuando se posee una mentalidad obtusa.


      ¿Será que para el hombre de la Baja Edad Media eso que actualmente llamamos erotismo era la vida cotidiana, sencillamente y sin más interpretaciones?; ¿conocía siquiera el significado de la palabra erotismo, en el supuesto que conociera la palabra?



            ¿Será que hoy vemos desparrame erótico donde hace ochocientos años veían naturalidad?