Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 22 de marzo de 2015

Deus ex máchina





      El personaje deus ex máchina, «el dios de la máquina», representaba a un dios que descendía de las alturas para descongestionar una situación complicada, en el teatro clásico griego y romano. El actor bajaba al escenario prendido de una grúa por medio de unos arneses.

      Actualmente dicha locución se utiliza para referirse a las situaciones enmarañas que en una obra literaria o cinematográfica se resuelven de manera artificial y carente de lógica.


      El deus ex máchina es un recurso artístico fácil, que puede llegar a enturbiar la percepción positiva que de una obra se podría haber hecho el público, por lo cual es recomendable huir de este recurso como de la peste. El ejemplo por antonomasia para explicar el deus ex máchina es el de la caballería que aparece de pronto y ahuyenta a los indios cuando todo parece perdido.

      La forma de que un deus ex máchina resulte soportable es hacerlo patente desde un principio. Si a la familia que está a punto de ser desahuciada le toca la lotería, el billete premiado ha tenido que ser comprado anteriormente y a la vista de todos. Y  si llega la caballería, es preciso que se sepa con antelación que un escuadrón patrullaba por los alrededores: si tenemos oculto en la manga un deus ex máchina y estamos dispuestos a usarlo, que todo el mundo nos haya visto cómo lo escondíamos.

       La figura del deus ex máchina del teatro clásico antiguo a mí me ha servido para crear el personaje de uno de mis relatos, La crisálida. Cada escritor sabe qué le lleva a escribir sus historias. En mi caso, yo escribí La crisálida en unas circunstancias en que deseaba fervientemente poseer poderes sobrenaturales y solucionar los problemas de los que estaban cerca de mí, de los de más allá, de los de más lejos y de los del mundo entero. Pienso que alguna vez todos hemos deseado ser omnipotentes para eliminar la desdicha de la tierra in sécula seculórum.

      En La crisálida yo creé un deus ex máchina exclusivamente para mí, un deus ex máchina que ocupaba todo el nudo y el desenlace. El relato cuenta la historia de Beñat, un joven de cautivadora belleza surgido de una crisálida gigante, un joven puro, extraordinariamente inteligente, cuya sola presencia basta para sanar a los enfermos y llenar de paz los espíritus. Desde una grúa, como la divinidad de las tragedias griegas y romanas, el joven sana de cuerpo y alma a las multitudes; finalmente muere.

      «Bastaba con pasearlo sobre una ciudad, colgado de un helicóptero, en una canastilla, como si fuera un incensario, para que la ciudad sanase tanto de espíritu como de cuerpo.
      Allá donde estallaba un conflicto bélico, allá las Naciones Unidas enviaban a Beñat y la paz reinaba al instante.
      Que una sequía asolaba un territorio, se colgaba a Beñat de la canastilla del helicóptero y las nubes aparecían de pronto y regaban el suelo. Que un siniestro volcán amenazaba con tragarse una población, se llevaba a Beñat en la canastilla y mano de santo.
      (…)
      Pero ¿cómo era Beñat? ¿Cuál era su aspecto físico? ¿Qué lengua hablaba?
      Nadie se ponía de acuerdo.
      Beñat parecía pertenecer a todas las etnias y a todas las culturas. La gente veía en él los rasgos de los seres más amados, los de los hijos, los de los antepasados. La gente veía lo mejor de sí misma, el yo infantil y oculto, cuando miraba a Beñat.
      La traca final a sus prodigios la puso Beñat ante una multitud de ansiosos seguidores, los cuales no deseaban otra cosa que verlo e insuflarse de su esencia. Subido en la plataforma de una grúa, a quince metros de altura, extendió los brazos sobre los miles de cabezas. De todas las coronillas se elevaron finos hilos multicolores que fueron a confluir en las manos de Beñat, que los esperaba con los brazos en cruz.
      Los hilos vibraron en el aire como si fueran cuerdas de marioneta, y luego les fue cambiando el color y cogieron un tono dorado, como el del oro viejo. Los semblantes resplandecieron y los ojos lloraron: la gente había entrado en el interior de Beñat. La gente había visto la quintaesencia de la Creación y el primer soplo de la historia del Universo.» (La crisálida).
      Otro deus ex máchina lo cree para El arpa mágica. Este deus ex máchina gobernaba un reino llamado Armonía, en el cual vivían en comunión los seres humanos y los personajes fantásticos de los cuentos de hadas y la mitología. El deus ex máchina se llamaba Gnosis Último, y se ocupaba de que en Armonía todos fueran felices. Gnosis, en griego, significa conocimiento; lo de Último es un recurso para ocultar la identidad de Gnosis, que luego se descubre como una mujer.

      «Cuando llegamos ante una puerta de madera realzada, mi porteador me advirtió que  dicha puerta daba a una sala en la cual tendría mi audiencia con Gnosis Último. La puerta se abrió por sí sola, como si tuviera vida propia, y entramos sin anunciarnos en una amplia sala con terraza.
      »A paso decidido, el enano se desplazó por la sala hasta una mesa alargada a cuyo alrededor había seis asientos de respaldo alto. En el centro de la mesa había una escudilla en la cual latía una llamita de la felicidad de intenso colorido.
       »El enano me depositó sobre la mesa, y mientras él abandonaba la sala por la puerta viviente me dijo que aguardase allí a Gnosis Último.
      »Me dispuse a obedecer al enano y aguardar pacientemente al monarca, pues presumí que éste me haría esperar para darse relevancia, como resulta habitual en casi todos los monarcas. De la terraza llegaba una melodía deliciosa, dulce como la miel, que una bella joven interpretaba con un arpa. La brisa movía las cortinas de tul y desde donde yo estaba podía espiar a la joven. Ésta vestía una túnica de seda de suaves irisaciones, parecidas a las de la llamita de la escudilla que había sobre la mesa; también suaves irisaciones desprendían el pelo, rostro y manos de la hermosa dama.
      »Los delicados dedos de la muchacha se deslizaban por las cuerdas del instrumento musical como si flotaran en el aire y no alcanzasen a rasgarlas. Sobre la balaustrada una bandada de pajarillos seguía con entusiasmo el concierto, y en las baldosas del suelo un público de ardillas contenía la respiración. Deduje que la joven sería un hada como las que había visto en las lindes de los bosques de Armonía, y que Gnosis Último la tenía para amenizar con su música la audiencia.
      »Estuve un buen rato escuchando la pieza con el mismo sentimiento de deleite que los pajarillos y las ardillas, a los cuales me había sumado gratamente como público. Cautivado como estaba por la melodía, no me hubiera importado que Gnosis se retrasase todo el día, o incluso que incumpliese su compromiso de audiencia conmigo.
      »La joven concluyó la pieza, se levantó y se dirigió a la mesa en donde yo estaba. Pasó una mano irisada por encima de la escudilla y los colores de la llamita se agitaron cobrando más viveza aún. Luego se sentó frente a mí en una de las sillas de respaldo alto. Emanaba un aroma delicioso, similar al que ya había olido en los campos de Armonía. Chascó los dedos y a mi lado apareció una réplica diminuta de la mesa, con su media docena de sillas de respaldo alto ajustadas a mi tamaño. Me invitó a sentarme en una de las sillas con un delicado gesto de mano. Sobre mi mesa había una fuente surtida de pastelitos de avellana y miel. Con otro gesto me invitó a probarlos, y ella también tomó uno de los pastelitos, que creció mágicamente entre sus dedos hasta ponerse acorde con el tamaño de la joven a medida que se lo acercaba a la boca.
      »—Me chiflan los pastelitos de avellana y miel —dijo—. ¿No tomáis alguno?»

      La antítesis de un deus ex máchina puede que sea el crear un personaje redondo y no utilizarlo después para nada. En una obra literaria de ficción los personajes pueden ser planos y redondos; los planos suelen ser los secundarios sin importancia, y por norma general están descritos someramente; los personajes redondos son los principales, requieren una mayor descripción y dotarlos personalidad. Recuerdo que una vez me recomendaron un libro de novela negra que empezaba de una manera muy intrigante, enganchaba, pero de pronto aparecía la profesora de gimnasia del protagonista, descrita desde su más tierna infancia. Me pasé el resto del libro pensando en la profesora y en cuando volvería a aparecer de nuevo. No apareció. La novela mantuvo su intrigante trama, pero el punto final fue un deus ex máchina de los de enmarcar y poner encima de la chimenea.

      Meter palos en las ruedas en una novela, como en el ejemplo de la profesora de gimnasia, distrae al lector, resulta totalmente desaconsejable. A menos que tengas inclinaciones suicidas para tu manuscrito, como es el caso de mi relato El lector. A este relato lo suicidé de forma consciente, metiéndole de buenas a primeras un personaje artificial de pies a cabeza. El argumento trata de una mujer que se despierta en una habitación sin puertas ni ventanas; cada vez que se duerme sueña con la vida de una mujer diferente. En su último sueño la mujer vive en 1914 en una ciudad belga, está casada y tiene una hija pequeña. El marido es el personaje artificial, el palo en la rueda del relato.

      «El señor Belefant retuerce su negro bigote sin poder apartar los ojos de su hija recién nacida, henchido de satisfacción. La pequeña Sarah es el bebé por antonomasia. La joven mamá, la señora de Belefant, doña Anna Cohen Heiman, tendida en el lecho, más hermosa que nunca, las mejillas sonrosadas, la cabeza hundida en los almohadones de plumas, agotada por el esfuerzo del parto, peina distraídamente con los dedos el fino cabello dorado de Sarah, mientras recibe de viva voz el listado de recomendaciones que la comadrona, la señora Ophélie Dubois, tiene por costumbre recitar a las parturientas primerizas antes de despedirse. Mientras esto sucede, el médico don Philippe Lesot Damme se lava metódicamente las manos en una jofaina, se las seca con una toalla blanca de algodón que le tiende una criada y se sienta ante el escritorio del señor Belefant a redactar unas prescripciones.
      La pequeña Sarah crece feliz en Charleroi. De sus padres aprende el arte de la joyería y las buenas  maneras. Los Belefant son católicos. Sin embargo, descienden de judíos conversos, y han heredado de sus antepasados la costumbre de retirar la grasa de la carne y la de encender los viernes por la tarde una lamparita de aceite, siguiendo de forma inconsciente el rito judío de la luz del Sabatt. Más adelante, cuando tenga un hogar propio, también Sarah quitará la grasa de la carne y encenderá una lamparita los viernes.
      En la primavera de 1906 Sarah tiene veinte años. Su amiga de siempre, Suzanne, y el marido de ésta, Archibald, le presentan a Teo. Sarah se queda prendada de él; piensa que es el ser más bello que ha conocido. El pelo de Teo es sedoso y rubio platino, y sus ojos, azules, están llenos de vida; su sonrisa es blanca, alineada y perfecta. Es un joven educado y jovial que sabe hacerle reír mientras pasean junto a Suzanne y Archibald.
      Teo es de esos seres privilegiados a los cuales la vida concede cuanto arrebata a otros sin ningún motivo. Ni la más leve sombra de enfermedad enturbia su hado. Triunfar no le supone un esfuerzo; todo cuanto le es preciso para su felicidad le llega como otorgado por ciencia infusa. Su trabajo de geólogo le gusta, es independiente, viajero, bien relacionado y nada le falta.»

      Supongo que ya os habréis fijado en que el nombre del personaje artificial es Teo, que en griego quiere decir dios. No tenía que faltar nada.

      Era un palo en la rueda, pero la pequeña Sarah se merecía lo mejor… no todo iban a ser desgracias.

       Y a mí también me hacía falta soñar un poco.









6 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

Ah me encanta me encanta tu escrito!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
duende-mono

crónicas de un e-writer dijo...

Y a mí me gusta verte por aquí.

Un fuerte abrazo, Janett.

Alberto Senda dijo...

Muy interesante tu artículo. A ver si otro día vengo con algo más de tiempo...

PD No puedo estar más de acuerdo con la cita de Anaïs Nin.

Un abrazo!

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

Yo también estoy de acuerdo con la cita de Anaïs Nin, y creo que muchos de los escritores que la han leído han podido sentirse reflejados en ella.

Me parece que hay una película sobre las relación que hubo en París entre Henry Miller y Anaïs Nin, ¿no?

¡Un abrazo!

Alberto Senda dijo...

Sí, la película es Henry & June, de Philip Kaufman (el mismo director que la de la excelente versión de La invasión de los ultracuerpos que protagonizó en los años setenta Donald Sutherland) Recuerdo que la vi al comienzo de mi adolescencia, y no he vuelto a verla desde entonces, y creo poco poso me ha dejado. La recuerdo bastante erótica, aunque a esa edad casi todo se recuerda así:) Habría que revisarla...

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

Pues si no te dejó poso seguro que era un tostón.

Hace una semana que he terminado el libro. Me ha gustado. Ya te contaré.

Un abrazo.