Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 23 de noviembre de 2015

"Drácula". Los orígenes de la novela.




      «Sin embargo, a los pocos minutos mis oídos se habían acostumbrado a los aullidos, y los caballos se habían calmado tanto que el cochero pudo descender y pararse frente a ellos. Los sobó y acarició, y les susurró algo en las orejas, tal como he oído que hacen los domadores de caballos, y con un efecto tan extraordinario que bajo estos mimos se volvieron nuevamente bastante obedientes, aunque todavía temblaban. El cochero tomó nuevamente su asiento, sacudió sus riendas y reiniciamos nuestro viaje a buen paso.»
      (Drácula, de  Bram Stoker)

      En un documental sobre el olfato, en la TV se preguntaban a qué huele el espacio exterior, el universo. Y quién mejor para responder a esta pregunta que un astronauta. Obviamente no se puede oler el universo porque allí no hay aire y la muerte sería segura; pero hay un momento en el cual, tras un paseo espacial, cuando el astronauta vuelve a la nave y comienza a despojarse de la escafandra, por unos instantes el olor del universo se cuela en el casco y el astronauta lo percibe. Percibe el olor del universo; por un breve lapso de tiempo puede olerlo y degustarlo. Pero ¿a qué huele? Nos podemos imaginar un aroma especialmente agradable, casi mágico, misterioso, y sería decepcionante que no oliera a nada. La respuesta del astronauta fue que el universo olía a pólvora quemada y azufre.

      Pólvora quemada y azufre. Resulta paradójico que el cielo (el firmamento) huela a azufre, el olor del infierno; como resulta paradójico que el señor de las tinieblas se llame Lucifer, que significa Luz Hermosa.

      Otro señor de las tinieblas que tiene que ver con el azufre es Drácula. El conde Drácula de toda la vida… Su retrato nos lo proporciona uno de los protagonistas de la novela de Bram Stoker , el abogado londinense  Jonathan Harker, al que Drácula retiene en su castillo:

      «Una llave giró haciendo el conocido ruido producido por el desuso, y la inmensa puerta se abrió hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, nítidamente afeitado, a excepción del largo bigote blanco, y vestido de negro de la cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color en ninguna parte.»

      «Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre  la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas; con una frente alta y despejada, y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión.

      La boca, por lo que podía ver de ella bajo el tupido bigote, era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios, cuya notable rudeza mostraba unas singular vitalidad en un hombre de su edad. En cuanto a los demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; el mentón era amplio y fuerte, y las mejillas firmes, aunque delgadas. La tez era de una palidez extraordinaria.
Abraham Stoker

      Entre tanto, había notado los dorsos de sus manos mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero viéndolas más de cerca, no pude evitar notar que eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en aguda punta. Cuando el conde se inclinó hacia mí y una de sus manos me tocó, no pude reprimir un escalofrío.»

      La cena que le ofrece el vampiro al recién llegado al castillo, Jonathan Harker, es sencilla, apetitosa y ligera:

      «El propio conde se acercó a mí y quitó la tapa del plato, y de inmediato ataqué un excelente pollo asado. Esto, con algo de queso y ensalada, y una botella de Tokay añejo, del cual bebí dos vasos, fue mi cena.»

Henry Irving
      El vino tokay se asocia a la condesa húngara Susana Lorántffy (1600−1660), esposa del príncipe de Transilvania Jorge Rákóczi I. La condesa era una erudita en el cultivo de la vid; poseía numerosos viñedos que atendía en persona. A causa de las guerras entre turcos y alemanes la cosecha de cierto año hubo de posponerse hasta noviembre, lo que dio lugar a un vino más dulce del habitual en las uvas destinadas a este tipo de vino.

      En Drácula tampoco falta el tenue erotismo de finales del XIX:

       «La muchacha se arrodilló y se inclinó sobre mí, regocijándose simplemente. Había voluptuosidad deliberada que era a la vez maravillosa y repulsiva, y en el momento en que dobló su cuello se relamió los labios como un animal, de manera que pude ver la humedad brillando en sus labios escarlata a la luz de la luna y la lengua roja cuando golpeaba sus blancos y agudos dientes. Su cabeza descendió y descendió a medida que los labios pasaron a lo largo de mi boca y mentón, y parecieron posarse sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa y pude escuchar el agitado sonido de su lengua que lamía sus dientes y labios, y pude sentir el caliente aliento sobre mi cuello.»
  
Franz Liszt
      Abraham Stoker nació en Clontarf, Irlanda, el 8 de noviembre de 1847, y murió en Londres el 20 de abril de 1912. Publicó Drácula en 1897, y recibió los elogios de Arthur Conan Doyle y Óscar Wilde que dijo que era la novela de terror mejor escrita y la más bella de todas las novelas. Para delinear la fisonomía del conde fundió los rasgos de Franz Liszt, y los del actor inglés Henry Irving de quien fue secretario particular (pulsando en este vínculo podréis ir a una curiosa grabación de 1898 en la que se puede escuchar a Irving recitando a Ricardo III, de Shakespeare:  www.youtube.com/watch?v=7Z4gXiNKR4s). Bram Stoker bebió de Carmilla, la novela corta de Sheridan Le Fanu, para escribir su Drácula.

Sheridan Le Fanu
      Joseph Thomas Sheridan Le Fanu (Dublín, 1814–1873), copropietario del Dublin Evening Mail para el que trabajó Bram Stoker como crítico de teatro, está considerado como uno de los más importantes escritores de terror de su época. Carmilla narra el encuentro entre Laura y Carmilla, una  vampira; el componente erótico asociado a las novelas de vampiros es en este caso lésbico. Sheridan Le Fanu se inspiró en la vida de la condesa húngara Isabel Báthory de Ecsed (Hungría, 1560−Eslovaquia, 1614) para escribir la novela.

Isabel Báthory de Ecsed
      A Isabel Báthory de Ecsed se le atribuyen 650 muertes; ha pasado a la historia como la mujer que más asesinatos ha cometido y con el sobrenombre de la Condesa Sangrienta. Pertenecía a una de las más poderosas sagas familiares de Transilvania, entre cuyos antepasados figuraban condes, príncipes, un cardenal y un rey polaco: los Erdély; desde los 6 años sufría ataques de epilepsia. Tuvo una educación esmerada, muy superior a la mayoría de los nobles húngaros. Al cumplir 11 años se fue a vivir al castillo Sárvár, de su prometido Francisco Nádasdy, de 13 años. Dos años después, contando 13, Isabel quedaba embarazada de uno de los empleados del castillo, el joven László Bende. Francisco hizo que castraran a Lázló y que lo echaran a los perros; Isabel dio a luz en secreto y se hizo desaparecer al chiquillo.

Francisco Nádasdy
      Con Francisco, Isabel tuvo tres niñas y un niño. Debido a que las guerras lo mantenían apartado de su feudo, Francisco le enseñó a su mujer varios métodos de tortura para mantener el orden entre sus siervos, una costumbre habitual en la Hungría de la época. Con el tiempo Isabel se hizo una experta torturadora, y luego era ella quien escribía a su esposo con nuevos e ingeniosos suplicios totalmente de su cosecha. Francisco murió en 1604, a los 49 años; se había ganado a pulso el sobrenombre de el Caballero Negro de Hungría por su fiereza en el combate y por aplicar el empalamiento a los enemigos capturados.

      Es a partir de la muerte de su esposo cuando empieza la leyenda negra de Isabel. En primer lugar expulsa del castillo a su aborrecible suegra y a todos los Nádasdy. Luego encierra en los sótanos a las sirvientas protegidas de la suegra, a las cuales tiene ganas desde hace tiempo, y les aplica el catálogo entero de torturas que le había entregado el difunto más el apéndice que ella había ido añadiendo de su fértil imaginación. Sin embargo, con un importante feudo y sin ejército para defenderlo la situación de Isabel es delicada. Llegan rumores de que en el castillo de la viuda se practica la brujería, convenientemente extendidos por un pastor protestante. Se dice que bebe sangre de mujeres jóvenes, acusación típica de la época empleada contra judíos y disidentes. Matías II de Hungría ordena al conde Jorge Thurzó, primo de Isabel, a la que no puede ni ver, que investigue lo que se dice. Sin ejército que lo defienda, el conde toma el castillo sin encontrar oposición.

      Al entrar en el castillo de Cachtice, Thurzó encontró en el patio a una sirvienta en un cepo, con varios huesos de la cadera rotos debido a una paliza. En el salón había una joven desangrada y otra con numerosos agujeros por todo el cuerpo. En las mazmorras encontró a doce más con vida, a las que se les había estado desangrando durante semanas. Debajo del castillo encontraron la tumba de hasta 50 jóvenes asesinadas de la forma más cruel. Por todas partes había serrín y ceniza, utilizado para absorber la sangre derramada, y el castillo entero emanaba un perceptible tufo a putrefacción. En su diario Isabel llevaba la cuenta de las muchachas asesinadas, 650 en total.

Castillo de Cachtice. Foto antigua
      Isabel se acogió a sus derechos nobiliarios y se negó asistir al juicio celebrado en Bitcse, en 1616. Juan Ujváry, el mayordomo, declaró en él había presenciado el asesinato de al menos 37 mujeres solteras de entre 11 y 26 años. Las jóvenes sirvientas no importaban, pero sí las aristócratas martirizadas y luego asesinadas. Los cómplices de Isabel fueron decapitados y sus cadáveres quemados, entre ellos el mayordomo. A Dorotea, Helena y Piroska, halladas brujas, se les practicó la amputación de los dedos con tenazas candentes por «haberlos empapado en sangre de cristianos» y fueron condenadas a la hoguera. Erzsi Majorova, burguesa: ejecutada. Katryna, 14 años de edad: salvó la vida gracias a la intercesión de una superviviente; recibió cien latigazos.

Castillo de Cachtice en la actualidad
      A Isabel se le acusó de beber la sangre de mujeres jóvenes para mantenerse eternamente joven, y de acostarse tanto con hombres como con mujeres. Fue encerrada en los aposentos de su castillo y selladas puertas y ventanas. Sólo se dejó una pequeña abertura para introducir la comida. Murió en 1614, cuatro años después, a los 54 años. 

      La sospecha de que a Isabel se la juzgó en base a pruebas falsas aletea sobre esta historia. Isabel era protestante y poderosa, mientras que el rey de Hungría era católico y le debía una gran cantidad de dinero de una deuda contraída con Francisco Nádasdy. ¿Fue Isabel Báthory víctima de una conspiración? Es lo que defiende el historiador Lázlo Nagy sin aportar ni media prueba. La condena sirvió de pretexto a Matías II de Hungría para confiscar el patrimonio de  Isabel Báthory de Ecsed. Nadie a visto el famoso diario secreto de Isabel y su existencia es dudosa.



jueves, 1 de octubre de 2015

"Verdi, de puño y letra" y "Corsarios Berberiscos"


Verdi
       «¡Triste. Triste. Triste!
       ¡Wagner ha muerto!
     Cuando leí el telegrama, ayer, ¡me quedé literalmente aterrado! No discutamos.–¡Es una gran personalidad que desaparece! ¡Un hombre que deja una huella potentísima en la historia del arte!»
      (Giuseppe Verdi. Carta dirigida a Giulio Ricordi; 15 de febrero de 1883).


      Hace algún tiempo compré el libro Verdi, de puño y letra, editado por la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO–OLBE) para conmemorar el bicentenario del nacimiento de Verdi, en 1813, que casualmente coincide con el de Wagner. Lo encontré en una tienda de objetos de segunda mano, sobre una mesita, nuevo, sin estrenar, con el título impreso en letras de molde negras, y un papelito sobre la tapa que llevaba el ridículo precio escrito a rotulador: 3€.

      El libro contiene 80 cartas de Verdi, fotografiadas y traducidas al castellano. Sigo sin explicarme cómo alguien puede desprenderse de un libro así. No lo digo por la edición, que aunque de diseño bonito no está para que aguante muchas batallas (por algunas zonas el lomo empieza a deshilacharse), ni porque tenga ningún interés de coleccionista. Es por el hecho de poseer algo con efluvios evocadores. Algo así como la lámpara de Aladino, solo que en libro: abres las tapas y en cada carta sientes que aparece Verdi. No hace falta ser un apasionado de la ópera para sentirlo, de igual manera que no se necesita ser un fanático de la escultura para admirar a Miguel Ángel, o de la pintura para deleitarse con Las Meninas. Es… lo que emana la lámpara mágica lo que atrae: el peculiar aroma de la historia. Viajar en el tiempo con la imaginación y observar las inquietudes de un genio como Verdi, del que sabemos cuándo ha nacido y cuándo ha muerto, eso es lo que gusta.

       Es curioso, leo libros de historia para conocer y comprender mejor al ser humano, cuando para mí mismo soy un completo desconocido; no sé absolutamente nada sobre mí; y es posible que tampoco me sirva para nada el adquirir conocimientos, a la postre.

      A veces pienso en ello, y me pregunto si no sería mejor limitarse al pan y circo, y dejarse llevar. Mi vida es una secuencia de imágenes repetidas, y lo malo es que me doy cuenta de ello. Lo pasaría mejor si pudiera ignorarlo.

      
También he tenido entre mis manos el libro de Ramiro Feijoo Corsarios Berberiscos, publicado por la editorial Belacqua en 2003. Me ha sorprendido descubrir que dichos corsarios eran europeos de origen, muchos de ellos cristianos renegados. Diego de Haedo, monje benedictino y abad de Frómista, en Topografía e historia general de Argel, publicado en 1612 en Valladolid, hace una relación de los que vivían en Argel. Aquello parecía La Tortuga:
      «Éstos y sus hijos por sí solos, son más que todos los otros vecinos moros y turcos y judíos de Argel, porque no hay nación de cristianos en el mundo de la cual no haya renegado y renegados en Argel. Y comenzando de las remotas provincias de Europa, hallan en Argel renegados moscovitas, roxos, rojalanos, valacos, búlgaros, polacos, húngaros, bohemios, alemanes, de Dinamarca y Noruega, escoceses, ingleses, irlandeses, flamencos, borgoñeses, franceses, navarros, vizcaínos, castellanos, gallegos, portugueses, andaluces, valencianos, aragoneses, catalanes, mallorquines, sardos, corsos, sicilianos, calabreses, napolitanos, romanos, toscanos, genoveses, saboyanos, piamonteses, lombardos, venecianos, esclavones, albaneses, bosnios, arnaútes, griegos, candiotas, chipriotas, surianos, y de Egipto, y aun abexinos del Prestejuán e  indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España.»

      Cuando dice «indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España», no sé si se refiere a europeos o a indios americanos.

      En Argel también había moriscos. Eran españoles de confesión musulmana a los que en España se les obligó a convertirse al cristianismo; cuando todavía se les permitía practicar su religión en territorio cristiano, se les conocía como mudéjares, que en árabe español significa domado. Expulsados de España, fueron a repoblar el litoral magrebí, y al finalizar el siglo XVI había más moriscos en el Magreb que consejos en Internet para ser un buen escritor. De Haedo también los describe, y lo hace de esta manera:

       «Todos éstos se dividen, pues, entre sí en dos castas o maneras, en diferentes partes, porque unos se llama Modéjares, y éstos son solamente los de Granada y Andalucía: otros Tagarinos, en los cuales se comprenden los de Aragón, Valencia y Cataluña. Son todos blancos y bien proporcionados, como aquellos que nacieron en España o proceden de allá. Unos hacen arcabuces, otros pólvora, otros salitre, otros son herreros, otros carpinteros, otros albañiles, otros sastres y otros zapateros, otros olleros, y de otros semejantes oficios y artes; y muchos crían seda, y otros tienen boticas en que venden toda suerte de mercería; y todos en general son los mayores y más crueles enemigos que los cristianos en Berbería tenemos, porque nunca jamás se hartan o se les quita el hambre grande y sed que tienen entrañable de la sangre cristiana.»

      Una comunidad morisca de origen extremeño se instaló en Salé (Marruecos), la de los Hornachos. A los Hornachos había que darles de comer aparte. Orgullosos y bravos, en Salé se los respetaba y temía. Cuando una galera corsaria llegaba al mercado de esclavos cargada de cautivos españoles, con la excusa de que si eran hijos de algún familiar que se había quedado en España, los Hornachos eran los primeros en elegir y se llevaban los cautivos más valiosos sin pagar nada, aunque todo el mundo sabía de sobra que todo era un cuento.

      Para terminar, la famosa y brillante frase de Sócrates, que nunca pondríais en vuestro currículo laboral:

                                                 SOLO SÉ QUE NO SÉ NADA.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Novela histórica


      «Caminé hacia él, me quité el sombrero y dije: Doctor Livingstone, supongo.»
      (Henry Stanley).


Ramón J. Sender (1901-1982)
      Decía Ramón J. Sender que al escritor de novela histórica no se le tenía por un auténtico novelista, lo cual él consideraba una tremenda injusticia puesto que escribir novela histórica era la tarea más ardua a la que puede entregarse un escritor.
     
      Yo soy del mismo criterio.

      A mí me gusta Ramón J. Sender. Es uno de mis admirados escritores de novela histórica y está en mi particular Olimpo de escritores admirados. Lo último que he leído de él ha sido El bandido adolescente, que trata de la vida de William H. Bonney, «Billy el Niño», el bandido de Nuevo Méjico. Gracias a esta lectura descubrí que las últimas palabras de Billy, antes de que el sheriff Pat Garrett lo matara a sangre fría, fueron «¿Quién es?», y las dijo en castellano, idioma que sabía hablar y leer. Como nota curiosa —y esto no viene en la novela de Sender—, se cree que el único libro en castellano que leyó Billy fue  La conquista de Méjico, de Hernán Cortés.

      Para escribir una novela histórica, con pretensiones de ser buena, dicen que es recomendable dosificar los datos históricos y buscar un equilibrio entre ellos y el argumento. En pintura se llamaría armonizar los colores. Sin embargo, dependiendo del tema que abordemos, los datos históricos a menudo suelen ser escasos y aportan poca información, lo que da lugar a multitud de teorías y especulaciones entre las que debe elegir el escritor de novela histórica. La mayoría de las veces hay una verdad «oficial» a la que el escritor de novela histórica puede acogerse y escribir su historia sin meterse en otros jardines.
     
Billy el Niño
      Pero no siempre se puede elegir.

      Al escribir El bandido adolescente Ramón J. Sender hubo de realizar una concienzuda investigación de campo, y las respuestas no siempre fueron las mismas a la misma pregunta. Tuvo que elegir utilizando la lógica y el sentido común. No eligió la teoría que dice que Billy el Niño no fue asesinado por Pat Garrett  en 1881 sino que murió de un infarto el 27 de diciembre de 1950, a los 90 años de edad. Hacia 1948 un tipo llamado Brushy Bill Roberts aseguraba que era el mismísimo «Niño», en carne y hueso. Muchas personas que conocieron a Billy lo confirmaron con sus testimonios, y otras tantas dijeron que sólo era una patraña.

      Personalmente, escribir novela histórica me parece bastante complejo y desalentador. A veces, muy a menudo, para los mismos hechos hay múltiples versiones; los historiadores no se ponen de acuerdo y no sabes a qué atenerte. Al final no queda otra opción que elegir la versión que aparenta ser la «auténtica», a nuestro juicio. Voy a poner un ejemplo. Supongamos que estamos escribiendo una novela en la cual Jesucristo aparece aunque sea brevemente:

Supuesto rostro de Jesús basado en la Sábana Santa
      La figura de Jesucristo, rodeada de misterio y controversia, aún despierta interés entre los lectores —que se lo pregunten a Dan Brown, si no— y da para secuelas, cuelas y precuelas. Pero ¿cómo era físicamente Jesucristo en realidad? ¿Cómo describir su rostro, en caso de que aparezca en uno de nuestros borradores? La primera imagen que nos viene a la cabeza es la de un hombre tirando a rubio, de ojos azules, el pelo largo y con barba. Es la imagen cliché fabricada al gusto de los europeos, según dicen; y es la que queremos nosotros para nuestra novela porque nos parece que es la que tienen asumida nuestros lectores, y nuestra intención es no hacerles perder el hilo de la historia ni distraerlos de la trama principal, creándoles contradicciones mentales innecesarias. Sin embargo, tampoco queremos que se nos diga que hemos elegido alegremente una imagen de Jesús muy a la «europea». Hay otras descripciones de Jesús, también poco fiables al parecer, que lo representan con el pelo moreno y corto, o largo, o rizado, con barba larga, con barba corta, alto, bajo, feo, guapo; pero sólo la carta apócrifa del supuesto gobernador de Judea Publio Léntulo, se atiene a la visión que de toda la vida tenemos de Jesucristo:

      «… sus cabellos son de color de avellana madura y lasos, o sea lisos, casi hasta las orejas, pero desde éstas un poco rizados, de color de cera virgen y muy resplandecientes desde los hombros lisos y sueltos partidos en medio de la cabeza, según la costumbre de los nazarenos. (…)
      Tiene la barba poblada, mas no larga, partida igualmente en medio, del mismo color que el cabello, sin vello alguno en lo demás del rostro. Su aspecto es sencillo y grave; los ojos garzos, o sea blancos y azules claros.»

Rostro reconstruido de un judío del siglo I 
      En el año 2000 la BBC reconstruyó el rostro de un judío del siglo I antes de Cristo a partir de su cráneo. Se pretendía conseguir una aproximación a cómo sería el rostro de Jesucristo. El resultado fue el rostro de un hombre de piel y pelo morenos, típicamente semita. El experimento podría valer sólo si se considera que todos los judíos de aquella época eran semitas puros, lo que en  principio no parece muy probable.

      Entonces ¿qué podemos hacer para que el Jesús de nuestra novela sea un «auténtico» Jesús? ¿Dónde podríamos encontrar información? ¿Se pudo parecer Jesús a un antepasado suyo? Sí; Jesús descendía del rey David, y en la Biblia hay una breve descripción de este rey:

      «El filisteo se fue acercando cada vez más a David, le despreció, porque era joven, rubio y de buena presencia.»

      ¿Que la Biblia no es un texto históricamente válido y que la existencia del rey David no está probada? Bueno, tampoco La Iliada lo es, y está por demostrar si hubo un Homero, pero a Schliemann esos insignificantes detalles no le importaron. Él no era arqueólogo; y nosotros no somos historiadores.

      En el año 1834 el francés Charles Texier, historiador, arqueólogo y arquitecto, descubrió en Anatolia las ruinas de una ciudad que estuvo habitada por un antiguo pueblo guerrero, de hombres altos y rubios, de origen indogermánico, domadores de caballos; que conocían el hierro y poseían los carros de combate más sofisticados de su época; que usaban yelmos cuyos penachos imitaban la crin del caballo: los hititas, un pueblo que construyó un imperio tan poderoso como el Egipto de los faraones. Un pueblo desconocido del que no se había oído hablar.
     
      ¿Desconocido?

Guerreros hititas
      La Biblia, sin ser un texto científico, hace referencia a ellos; los llama heteos, y el más famoso es Urías, capitán del rey David. Esaú, hijo de Isaac, estuvo casado con dos mujeres hititas: Judit, hija de Beeri, y Basemat, hija de Elón . Los hititas fundaron Jerusalén, e hititas son los troyanos de La Iliada.

      Con estos mimbres me parece que ya podemos poner en nuestra novela un Jesús «rubio y de buena presencia», si nos apetece seguir la tradición, sin que nadie pueda decir que nos lo hemos sacado de la manga. Pero hemos tenido que llevar a cabo una laboriosa tarea de consultas para describir a un personaje que ocupará unas insignificantes líneas en nuestra historia.

      Hoy día, cuando se cuestiona que las pirámides fueran construidas por esclavos y hasta el admirado busto de Nefertiti está en entredicho, el abanico de opciones para el escritor de novela histórica se amplía de una manera inquietante, y puede que se vea obligado a hacer auténticos ejercicios en la cuerda floja a la hora de optar por una determinada información.

Busto de Nefertiti
      Recientemente, he podido escuchar a una historiadora decir que tal vez no sería mala idea examinar esas atrevidas teorías que cuestionan la visión clásica de la Historia. Cuando leí el libro de Ignacio Olagüe Los árabes no invadieron jamás España, los desmentidos que encontré a su teoría se apoyaban en unas pocas monedas de la época, con inscripciones en árabe y en latín, y una reseña en una crónica de mediados del siglo VIII que dice cómo un tal Musa invadió la península Ibérica, sembrando destrucción y horror a su paso. Pero también descubrí que hay monedas acuñadas por reyes hispano-godos después de la invasión musulmana, que no deberían estar ahí. Ignacio Olagüe no niega que hubo una invasión; dice que no fueron los árabes quienes la llevaron a cabo sino los vándalos de Cartago, que acudieron en ayuda de los adversarios del rey Rodrigo. Es más, niega que los árabes conquistaran Cartago e invadieran el norte de África, basándose en que ningún ejército de la época disponía de la logística para cruzar el desierto de Libia. ¿No existen documentos del siglo VII sobre la invasión de Cartago por los árabes con los que desmentir a Olagüe?

      A los escritores de ficción se nos abren nuevos campos donde cultivar nuestra fantasía, al escribir sobre la Historia. ¿Debemos aferrarnos a la Historia oficial si hay versiones alternativas con visos de credibilidad?  

      Si Dan Brown hubiera escrito y teorizado sobre una María Magdalena llorosa y oscura, y un Jesús inmaculadamente casto, basándose en la historia oficial, archiconocida hasta el aburrimiento, su libro habría pasado sin pena ni gloria por las librerías. Pero en el camino se le cruzó una historia atrevida y polémica, cargada de euros; la tomó para sí y de ella nació El código Da Vinci.

Oscar Wilde


      
«El único deber que tenemos con la historia es reescribirla.»
      (Oscar Wilde, escritor y dramaturgo, 1854-1900).




martes, 28 de julio de 2015

Leo muy poco

      
      
Stendhal
      «Leo muy poco. Cuando leo por placer, cojo las Memorias del mariscal Gouvion Saint-Cyr. Es mi Homero. A menudo leo a Ariosto». Henri Beyle, Stendhal (1783 — 1842).

      «Tristemente se paseaba a caballo por los alrededores de Kehl; es un burgo a las orillas del Rin, inmortalizado por Desaix y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le mostraba los pequeños riachuelos, los caminos, los islotes  del Rin, que gracias al valor de estos grandes generales tienen un nombre. Julien, guiando el caballo con la mano izquierda, sostenía desplegado en la derecha el soberbio mapa que adorna las Memorias  del mariscal Saint-Cyr. Una exclamación de alegría le hizo levantar la vista». (Rojo y Negro, de Stendhal).

      Lorenzo Gouvion Saint-Cyr (1764 — 1830), mariscal de Francia; de extracción humilde, desempeño importantes cargos militares durante el Imperio y en la Restauración.

      Que un escritor de ficción diga que lee muy poco, y no siempre por placer, es algo... no sé..., que chirría, algo fuera de lo común. Lo esperado sería oírle decir que lee a todas horas hasta la extenuación, aprovechando cada minuto del día y de la noche. Stendhal contaba 57 años cuando confesó que no era un devorador de libros, en una carta dirigida a Balzac; dos años después, un ataque de apoplejía acababa con la vida de este inmortal escritor.

      A veces pensamos que para llegar a escribir bien ficción es necesario leer de forma convulsiva, y puede que no sea absolutamente cierto. Tal vez haya que hacer como Stendhal y leer lo preciso, lo que nos gusta y paladearlo como el mejor sumiller. Claro que si nuestros gustos son vulgares corremos el riesgo de escribir una buena ficción de medio pelo. Contra esto no hay antídoto. Se nace con un paladar u otro y de nada sirve revolverse en el asiento, esto ya lo sabemos.

      Ha pasado más de un mes desde mi última entrada en el blog. Me ha costado un calvario volver a sentarme delante del ordenador y estoy por apagarlo y levantarme. La persistente ola de calor que estamos padeciendo en Bilbao me ha dejado sin ganas de hacer nada y sin ideas. No soporto el calor. Ahora mismo estoy sudando a pesar de que ha refrescado un poco. Se duerme mal, es agotador. Hemos llegado a tener 31 centígrados; la gente se derretía por las calles. Aquí cuando hace más de tres días seguidos de calor fuerte es que nos morimos. Dicen que es un calor ecuatorial. Nunca había oído hablar de este tipo de calor.

      El jueves aproveché que bajó un poco la temperatura para retomar mi novela. Llevaba tres semanas sin poner una coma y no confiaba mucho en poder retomarla así, de buenas a primeras. Además, la había dejado insatisfecho y con la firme determinación de rehacer dos páginas. Pero al releerlas, después de veintiún días de reposo, me he llevado la grata sorpresa de que me han gustado. Y no solo eso, la novela desfilaba ante mis ojos como las imágenes de una película y las ideas me venían con fluidez a la cabeza y podía escribir sin esfuerzo.


      Y hablando de películas, he visto en la tele un vídeo en el que dos jóvenes rusos homosexuales han hecho el siguiente experimento en su país: si caminaban cogidos de la mano, como una pareja de enamorados, la gente los señalaba con el dedo, los insultaba y les afeaba su conducta, e incluso había quien los agredía físicamente. Si caminaban uno al lado del otro, como amigos, no pasaba nada, pero en cuanto se cogían de la mano la gente volvía a señalarlos. Me ha recordado a la película La invasión de los ladrones de cuerpos, cuando los protagonistas eran señalados con el dedo por sus vecinos transformados en alienígenas.

      Francamente, nuestros prejuicios nos deshumanizan; cuando los exteriorizamos se diría que acabamos de salir mutados de una de las gigantescas vainas de guisante que aparecen en la película.









martes, 16 de junio de 2015

Pregúntale al polvo



      «No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos.»
      (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).


      13 de junio de 2015. Sábado por la tarde.

      Ha llovido en Bilbao. No ha sido de repente; primero han caído unas débiles gotas, espaciadas; débiles gotas que han ido in crescendo, como la Sinfonía Número 7, de Beethoven, hasta  convertirse en diluvio. Las gotas han repiqueteado, arrancando notas musicales de las lonas de las sombrillas, de las carrocerías de los coches, del suelo... Si hubiera poseído una habichuela mágica, como la de Jack, la podría haber plantado entre la hierba, empapada de lluvia, de ese jardín y habría trepado por ella; por encima de las nubes nunca llueve, siempre luce el sol. Luego se ha abierto el cielo y ha dejado ver un poniente dorado.

      Pero a mí me gusta la lluvia de aquí y ver llover, así que no me interesaba subir a las nubes.

      La otra lluvia, la de las metáforas, la que se compara con el sufrimiento, no me gusta. En este caso elijo plantar la habichuela e ir a vivir a las nubes. Lo que pasa es que las habichuelas mágicas no existen. Hay que inventárselas. Y la estancia en las nubes suele ser efímera: más pronto o más tarde el ogro aparece.


      Bilbao, 14 de junio de 2015.

      El escritor John Thomas Fante nació el 8 de abril de 1909 en Denver (Colorado) y murió el 8 de mayo de 1983 en Los Ángeles (California), USA. La diabetes que padecía le privó de la vista y de las piernas en los últimos años de su vida, pero no de su talento.

      John Fante escribió lo que se conoce como «Saga de Arturo Bandini», cuatro habichuelas mágicas entre las que se encuentra Pregúntale al polvo.

      Pregúntale al polvo. No es un libro que haría carrera en las listas de Amazon. Al menos yo no lo veo, aunque me encantaría equivocarme. Ya en su época pasó con más pena que gloria por las librerías. Se lee fácil porque está escrito para que se lea sin dificultad. ¿El argumento?, eso ya va para gustos; y si eres de los que disfrutan con el cascajo olvídate: con esta novela te ibas a aburrir como una ostra.

Knut Hamsun
      John Fante se vio en la necesidad de escribir guiones de cine para sobrevivir. Según él, dichos guiones no valían gran cosa como obras literarias. Pregúntale al polvo es una novela inspirada en las propias vivencias del autor. Narra las vicisitudes de un escritor estadunidense de veinte años, Arturo Bandini, álter ego de Fante, que se mueve por las calles de Los Ángeles en busca de editor. Sueña y sueña con ser rico y famoso gracias a sus novelas. Y entre sueño y sueño sueña con comer otra cosa que no sean naranjas.

      Mientras leía Pregúntale al polvo me acordaba de la novela Hambre, escrita en 1890 por el noruego Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura 1920, y encontraba cierto paralelismo entre las dos obras. En la de Hamsun, el protagonista es Widel-Jarlsberg, un escritor con los mismos deseos y aspiraciones que Arturo Bandini, martirizado por el hambre a lo largo de la novela.

      Buscando información, he descubierto que John Fante fue un gran admirador de Knut Hamsun. El título de la novela Pregúntale al polvo lo sacó del libro Pan, de Hamsun.
      Yo no he leído Pan. El párrafo donde Fante halló el título es este:

      «El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas. Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él sólo se lamentó de que no le pidiese su vida.»

      Goebbels, el siniestramente famoso ministro de propaganda de la Alemania nazi, era un admirador de Hamsun, y Hamsun de Hitler.
      Knut Hamsun, 1859 – 1952.

      Pregúntale al polvo

      Arturo Bandini se aloja en la pensión de la señora Hargraves, que le persigue pidiéndole los atrasos del alquiler; allí coincide con otro huésped, Hellfrick, un tipo estrafalario y gorrón:

      «Sonó un golpe en la puerta, pero guardé silencio porque podía ser la pesada aquella que andaba tras el maldito alquiler. Se abrió la puerta entonces y apareció una cabeza calva, huesuda y con la faz cubierta de barba. Era el señor Hellfrick, que vivía en el cuarto contiguo.
      El señor Hellfrick era ateo, militar jubilado, vivía de una pensión exigua con la que apenas podía pagarse el alcohol que bebía, aunque compraba la ginebra más barata del mercado.»

      Otro de los personajes es Camila López, una camarera de la cual Bandini se enamora:

      «El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido.
      Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja.
      Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.»

      Camila está enamorada de Sammy, un camarero que escribe relatos y al que Bandini desprecia:

      «Me senté y leí los relatos. Tomé notas a propósito de cada línea, de cada frase, de cada párrafo. El estilo era un desastre, una chapuza de aficionado, torpe, impreciso, desigual, ridículo. Horas estuve sentado, fumando un cigarrillo tras otro y riéndome a mandíbula batiente de los esfuerzos de Sammy, burlándome de ellos, frotándome las manos de placer.»


John Fante
      Bilbao, 15 de junio de 2015.

      Camila López. Bandini está enamorado de ella, pero a veces la trata sin ningún respeto:

      «—Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?
      Me miró horrorizada, con la boca abierta. Unió las manos, se las llevó a los labios y entró corriendo en el bar. Alcancé a oír sus quejidos: oh, oh, oh.
      Enderecé la espalda y me alejé contoneándome, silbando de satisfacción. En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en cogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas.
      Yo era americano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América.»

      Camila López es americana. Sus antepasados ya eran americanos antes de que América se llamase América, antes de que existiesen los Estados Unidos de América. Es americana estadunidense. Pero Bandini se empeña en decir que es mejicana y se refiere a ella como «princesita mexicana»:

       «Se alejó renqueando hasta una mesa que acababa de desocuparse y se puso a recoger las jarras de cerveza vacías. Estaba dolida, malhumorada y triste. Tomé otro sorbo de whisky y seguí leyendo y releyendo sin parar la carta de Hackmuth. Volvió junto a mi mesa a los pocos minutos.
      —Tú has cambiado —dijo—. Te noto distinto. Me gustabas más antes.
      Sonreí y le di una palmadita en la mano. La tenía caliente, suave, oscura, los dedos eran largos.
      —Princesita mexicana —dije—. Eres encantadora y muy inocente.
      Apartó la mano y comenzó a ponerse pálida.
      —¡Yo no soy mexicana! —dijo——. Soy americana.
      Cabeceé.
      —No —dije—. Para mí serás siempre una obrerita tonta. Una violetera del querido México.
      —¡Macarroni hijoputa! —dijo.
Me dio donde más me dolía, pero seguí sonriendo. Se alejó pisando con fuerza, los zapatos haciéndole daño, conteniéndole las piernas irritadas. Me moría de rabia por dentro y la sonrisa se me había vuelto rígida, como sujeta con tachuelas. Camila limpiaba una mesa próxima a las intérpretes con movimientos enérgicos, su faz semejante a una llama morena.»

      Bandini tiene veinte años; cinco años atrás era un adolescente acomplejado, un niño al que llamaban «macarroni»:

      «¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, (…).
      He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.»

      Camila es maltratada de palabra por Bandini; sin embargo, se acuesta con él. Sammy, de quien está enamorada, la desprecia y le golpea, pero ella sigue amándole:

      «Al final acudiste, mi querida Camila. Arrojaste unas piedrecillas a la ventana, te cogí de la mano para que entraras en la habitación, noté que el aliento te olía a whisky, y me sentí confuso al ver que, un tanto borracha, te sentabas ante la máquina de escribir y que jugueteabas con las teclas mientras se te escapaba una risa floja. Te volviste entonces para mirarme, te vi la cara con nitidez bajo la lámpara, el labio inferior hinchado, la moradura que te enmarcaba el ojo izquierdo.
      —¿Quién te ha pegado? —dije.
      —Ha sido un accidente de tráfico —respondiste.
      —¿Conducía Sammy el otro coche? —dije.
      Y te echaste a llorar, borracha y acongojada. Te acaricié entonces sin que el deseo fuera motivo de preocupación. Me eché a tu lado en la cama, te estreché entre mis brazos y te oí decir que Sammy te despreciaba, que habías ido al desierto al salir del trabajo y que te había golpeado dos veces por despertarle a las tres de la madrugada.»

      Al leer la novela, el personaje de Camila me parecía forzado, novelesco, creado para añadir otro matiz dramático a la historia. No me encajaba que una mujer joven y guapa, de veintidós años, pudiera aguantar a dos cretinos como Bandini y Sammy, en particular a Sammy. Entonces, buscando información para la entrada «…empujados incesantemente hacia el pasado», encontré esta carta de Zelda Sayre a Francis Scott Fitzgerald y… bueno, es posible que Camila no fuera tan irreal, después de todo:

Zelda Sayre
       «Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas y brumas y correr hacia mí. Sin ti, querido, no podría ver ni oír ni sentir ni pensar ni vivir. Te quiero y no permitiré que estemos separados una noche más mientras duren nuestras vidas. Estar sin ti es como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo. Tengo tantas ganas de besarte -en la espalda donde te nace el pelo y en el pechote quiero- y no sé cómo decirte hasta qué punto. Pensar que voy a morir sin que lo sepas, tienes que esforzarte por sentir lo mucho que te quiero, lo inanimada que me quedo cuando te vas. Ni siquiera puedo odiar a esa execrable gente. Nadie tiene derecho a vivir fuera de nosotros, y están ensuciando nuestro mundo y no puedo odiarlos porque te quiero demasiado. Vuelve pronto. Vuelve pronto a mí. No podría soportar estar sin ti, aunque me odiaras y estuvieras cubierto de llagas como un leproso, aunque te escaparas con otra mujer y me dejaras morir de hambre y me golpearas, te seguiría queriendo, lo sé.

      Amante, Amante mío, cariño.

      Tu esposa.»

John Fante
     Bien, no me quiero extender más. Si te va el escribir, te recomiendo esta magnífica novela; puedes encontrar buenas cosas que te ayuden a mejorar como escritor y además es una historia bien contada y entretenida. Si lo que te va es únicamente la lectura, tú sabrás lo que te gusta leer. Lo que sigue es el primer párrafo de Pregúntale al polvo:

      «Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.»