Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 28 de septiembre de 2014

Cartas a Theo

        

      
      Lo que me sería muy agradable tener aquí, para leer de cuando en cuando, sería un Shakespeare. Hay a un chelín Dicks shilling Shakespeare, que está completo. Las ediciones no faltan y creo que las baratas no son muy distintas de las más caras. En todo caso, no querría que costaran más de tres francos. 
( Fragmento de carta enviada a Theo por Vincent van Gogh. Saint-Rémy, 19 de junio de 1889).




      El primer sábado de cada mes la calle Dos de mayo se cubre de tenderetes en donde se venden los más variados artículos, desde ropa de diseño a antigüedades, pasando por quincalla, artesanía y más cosas; y también libros. En uno de éstos, un tenderete de libros usados, es donde descubrí Cartas a Theo. Este libro contiene una selección de cartas escogidas de entre las tantas que Vincent van Gogh envió a su hermano Theo en el transcurso de casi veinte años. El vendedor, sonriente tras la mesa expositora, recién instalada, señalaba con el índice al libro:

      —No lo rebajo ni un céntimo. Antes de las doce me lo quitan de las manos.

      Le sobraban argumentos para asegurarlo. Cartas a Theo es uno de esos libros que buscan los estudiantes de Bellas Artes y los aficionados a la pintura, pero que también puede tener su lugar en la biblioteca de cualquier apasionado al arte en general.

      A Vincent van Gogh el éxito no le sonrió en vida, y sobran dedos en la mano para contar las obras que vendió. Es el paradigma del genio incomprendido; para muchos artistas que no logran medrar es un referente romántico. Había ejercido profesiones tan dispares como la de comercial en una galería de arte o la de pastor protestante; en ambas fue tan manazas abrazando el éxito como cuando se dedicó a la pintura.

      Hacía 1880 Vincent decidió ganarse la vida pintando cuadros. Seguro de sí mismo y de sus dotes artísticas, le pidió a su hermano Theo, cuatro años más joven, que le financiase la carrera. El futuro no se podía presentar más halagüeño para los dos, le aseguraba Vincent, puesto que cuando se situase como pintor de renombre le devolvería cada moneda con creces. Los dos serían muy felices.

      Ese año de 1880, con 27 cumplidos, financiado por Theo, Vincent van Gogh se entregó en cuerpo y alma a la tarea de aprender el oficio de pintor. Dibujaba, pintaba y leía sin descanso. La vocación había llegado tarde y era preciso recuperar el tiempo perdido. Durante diez años llegó a crear más de dos mil seiscientas obras, entre pinturas, acuarelas y dibujos. En 1890, el «pintor de los girasoles», como también se le conoce, se suicidó.



      El libro Cartas a Theo es un como un observatorio al alma de todos aquellos que recurren al arte sinceramente, como medio de expresión, sean genios o no. Comienza con una misiva fechada en Londres, el 20 de julio de 1873. Van Gogh tenía entonces veinte años:

       El arte inglés no me atraía mucho al principio, hay que acostumbrarse a él. Hay no obstante, aquí, pintores hábiles: entre otros, Millais, que ha hecho el Hugonote, Ofelia, etc., que tú debes ciertamente conocer por los grabados: es muy bueno.


      Lo que sigue son fragmentos de cartas extraídas del libro. Llevan el lugar y fecha en que fueron escritas.

      Wasmes, junio de 1879:
       No conozco mejor definición de la palabra arte que ésta: «El arte es el hombre agregado a la naturaleza»; la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con un significado, con una concepción, con un carácter, que el artista hace resaltar, y a los cuales da expresión, «que redime», que desenreda, libera, ilumina.

      Un cuadro de Mauve o de Maris o de Israels dice más y más claramente que la misma naturaleza.


      Wasmes, julio de 1880:
       (…)
      Ahora, ¿qué hay que hacer, debo considerarme como un hombre peligroso e incapaz de cualquier cosa? No lo creo. Pero se trata de sacar por todos los medios de estas pasiones un buen partido. Por ejemplo, para mencionar una pasión entre otras, tengo una pasión más o menos irresistible por los libros y tengo necesidad de comer mi pan.
      (…)
      He estudiado más o menos seriamente los libros a mi alcance, como la Biblia y la Revolución Francesa de Michelet, y el invierno pasado, Shakespeare y un poco de Víctor Hugo y Dikens y Beecher Stowe y últimamente Esquilo y después algunos otros, menos clásicos, varios grandes pequeños maestros. Sabes muy bien que en esta categoría se encuentran Fabritius o Bida.

      Así, cuando uno vive absorbido por todo esto, algunas veces resulta enojoso, fastidioso para otros y, sin quererlo, más o menos peca contra ciertas formas y usos y conveniencias sociales.


      
      Cuesmes, 20 de agosto de 1880:
       (…). Espera, tal vez llegues a ver que yo también soy un trabajador, y aunque yo no sepa por anticipado cuáles sean mis posibilidades, sigo a la espera de hacer algún bosquejo donde podría haber algo de humano. Pero primero es necesario dibujar los Bargue y hacer otras cosas más o menos espinosas. El camino es estrecho, la puerta es estrecha y pocos la encuentran.

   
      La Haya, abril de 1882:
       (…)
      Mauve me reprocha haber dicho: «yo soy un artista», pero no me retracto, porque es evidente que la palabra lleva implícita la significación de: «buscar siempre sin encontrar jamás la perfección». Es precisamente lo contrario de: «ya lo sé, ya lo he encontrado».
      (…)
      Por lo que puedo darme cuenta, no son los peores pintores los que están a veces una semana o quince días sin poder trabajar. Hay algo que lo explica, son precisamente aquéllos «que se juegan en el arte hasta su pellejo», como dice Millet. Esto no es un impedimento, y a mi parecer es necesario cuidarse cuando hace falta. Si durante algún tiempo uno está agotado, pues se repone y descansa, y así gana que los estudios se cosechen igual que el trigo o el heno del labriego. En cuanto a mí, no pienso por el momento en descansar.
   


Paul Gaugui
      Arlés, febrero de 1888:
       (…)
      He recibido una carta de Gauguin, que dice que ha estado enfermo en cama durante 15 días. Que está sin dinero, porque ha tenido que pagar deudas ineludibles. Que desea saber si le has vendido algo; pero que no se atreve a escribirte por temor de molestarte. Que está de tal modo necesitado de ganar un poco de dinero, que está resuelto a rebajar aún el precio de los cuadros…
      (…)
      El pobre Gauguin no tiene suerte; temo mucho que en su caso la convalecencia sea todavía más larga que los quince días que ha debido pasar en el lecho.
      ¡Válgame Dios, cuándo saldrá por fin una generación de artistas que tengan sanos los cuerpos!



       Arlés, marzo de 1888:
       (…)
      Estoy leyendo Pedro y Juan de Guy de Maupassant; es muy bello, ¿has leído el prefacio, explicando la libertad que tiene el artista de exagerar, de crear una naturaleza más bella, más simple, más consoladora en una novela, después explicando lo que tal vez quisiera exactamente significar la frase de Flaubert: el talento es una larga paciencia, y la originalidad un esfuerzo de voluntad y de observación intensas?


      Arlés, junio de 1888:
       (…)
      Después de la crisis que he pasado viviendo aquí, ya no puedo hacer jamás ni planes ni nada; ahora me encuentro decididamente mejor de salud; pero la esperanza, el deseo de triunfar están quebrantados y trabajo por necesidad, por no sufrir tanto moralmente, para distraerme.


      
      Saint-Rémy, mayo de 1889:
       (…)
      Pero no te engaño, el miedo de la locura se me pasa considerablemente viendo de cerca a aquéllos que ya andan aquejados, con la misma facilidad con que luego pueda aquejarme a mí, puedo a continuación estarlo muy fácilmente.

      Antes estos seres me repugnaban y era algo desolador para mí pensar que tanta gente de nuestro oficio: Troyon, Marchal, Méryon, Jundt, Maris, Monticelli y un montón más, habían terminado así. No podía ni siquiera representármelos en lo más mínimo, en este estado. ¡Pues bien!... ahora pienso en todo esto sin temor; es decir, que no lo encuentro más atroz que si estas personas hubieran muerto de otra cosa, de la tisis o de la sífilis, por ejemplo. A estos artistas los veo recobrar su porte sereno y ¿crees que sea poca cosa volver a encontrar a los antiguos del oficio? Eso es lo que me reconforta tan profundamente.


     

Saint-Rémy, abril de 1889:
       (…)
      Hazme el favor de rogar al señor Aurier que no escriba más artículos sobre mi pintura; dile con insistencia que, para empezar, sus chismes sobre mí se engañan, puesto que realmente me siento demasiado entristecido para poder enfrentarme a la publicidad. Hacer cuadros me distrae; pero si oigo hablar de ellos, me causa una pena que él no sabe…


       Auvers-sur Oise, 29 de julio de 1890:
        (Este es el comienzo de la última carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo. La llevaba encima cuando se pegó un tiro en el pecho).

       Mi querido hermano:

    Gracias por tu buena carta y el billete de 50 francos que contenía. Ya que esto va bien, que es lo principal, ¿por qué insistiré sobre cosas de menor importancia? ¡a fe mía!... antes de que haya oportunidad de hablar de asuntos con la cabeza más reposada, pasará probablemente mucho tiempo.

     
      Seis meses después moría Theo. Los dos hermanos están enterrados uno al lado del otro, en Auvers-sur-Oise.










4 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Un placer volver a leer extractos de ese libro, después de casi veinte años. Recuerdo que me lo había prestado una buena amiga cuando empezaba a interesarse por la pintura y por un chico holandés que acabó siendo su marido. La historia de Vincent y Theo es alimento para el espíritu.

Un abrazo!

crónicas de un e-writer dijo...

Me alegro de que te haya gustado. Espero que a todos los que se han asomado al blog también hayan disfrutado con la lectura de estos fragmentos. Cuando pienso que muchos artistas se lo están pasando tan mal como se lo pasó Vincent, me parece terrible.
Aún así, tenemos suerte de vivir en una parte del mundo donde podemos permitirnos cultivar el espíritu y soñar, aunque las cosas no salgan como deseríamos. En otros lugares las personas sólo pueden ocuparse de sobrevivir. Con cada letra que escribo soy consciente de ello. La historia del mundo parece redactada por los más torpes.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Tienes mucha razón, eso es algo que siempre tengo presente, sobre todo en estos tiempos memocráticos en los que uno empieza a intuir que no tardando mucho estaremos en el otro lugar: en el de la mera supervivencia.

Un abrazo.

Jayja para tí... dijo...

Ni creas que te olvido, ahora bien, quiero pedirte si puedes volver a poner el escrito que me hiciste respecto a no querer conocer amigos, y que justo cuando iba a contestar vi que lo eliminaste, te mando un beso grande y fuerte, nunca os olvido!!!