Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






martes, 24 de junio de 2014

Arte y percepción visual




       «Diríase que el arte corre peligro de verse ahogado por tanta palabrería. Pocas veces se nos presenta una nueva muestra que podamos aceptar como arte auténtico, y sin embargo nos vemos abrumados por una avalancha de libros, artículos, tesis doctorales, discursos, conferencias, guías, todo ello dispuesto a informarnos sobre lo que es arte y lo que no lo es, sobre qué cosa fue hecha por quién y con qué objeto. Nos atormenta la visión de un cuerpecillo delicado sometido a disección por huestes de ávidos cirujanos y analistas legos en la materia. Y nos vemos en la tentación de suponer que si la situación del arte en nuestro tiempo es insegura es porque pensamos y hablamos demasiado acerca de él.
      Es probable que tal  diagnóstico peque de superficial. Es verdad que casi todo el mundo juzga insatisfactorio este estado de cosas; pero, si indagamos con algún cuidado las causas del mismo, veremos que somos herederos de una situación cultural que es a la vez desfavorable a la creación de arte y propicia para fomentar formas de pensamiento equivocadas acerca de él.
                                        
      El delicado equilibrio de todas las potencias de una persona, lo único que le permite vivir plenamente y trabajar bien, queda alterado no sólo cuando el intelecto interfiere en la intuición, sino igualmente cuando la sensación desaloja al raciocinio. El vago tanteo no es más productivo que la ciega adhesión a las normas. El autoanálisis incontrolado puede ser dañino, pero también puede serlo el primitivismo artificial de quien se niega a entender cómo y por qué hace lo que hace.
      El hombre moderno puede, y por lo tanto debe, vivir con una autoconciencia sin precedentes. Tal vez la tarea de vivir se haya tornado más difícil, pero no hay alternativa.»
      (Arte y percepción visual, de Rudolf Arnheim).






    Puede que fuera a principios del siglo XVII cuando aquél barco francés naufragó en las costas de Australia. A la sazón, Francia e Inglaterra estaban en guerra, y el único superviviente fue capturado por los colonos ingleses y de inmediato se lo encausó.
      Nadie en aquella villa había visto nunca un francés, pero todos habían oído hablar del aspecto terrible de los franceses y de las monstruosidades de que eran capaces. Por eso a nadie le sorprendió que el francés tuviera diminutos y diabólicos ojos brillando escondidos en profundas cuencas; y tampoco le extrañó a nadie la nariz aplastada, más ancha y más fea que la de los oscuros aborígenes, y el cuerpo velludo del francés.
      En la playa, cuando descendió de la tabla de náufrago que  le había salvado la vida, no opuso resistencia, a pesar de ser un tipo de constitución fuerte, piernas cortas pero ágiles y brazos musculosos. Se rindió con elegancia, y se dejó conducir mansamente ante el tribunal.
       Durante el juicio, no salió de su garganta ni queja ni reproche; tampoco solicitó un abogado defensor conocedor de su lengua que le tradujese lo que sucedía cuando se leyó el veredicto. Subió al cadalso por su propio pie, y el verdugo quedó admirado de su sangre fría.
      El francés murió, arrostró la muerte como un caballero, como un ciudadano civilizado, lo cual le distinguió de los ignorantes salvajes desnudos ante los ojos de todos, a pesar de  su aspecto feroz.
      Lo que nunca llegaron a saber ni sospecharon aquellos colonos australianos era que habían ahorcado a la mascota del barco francés naufragado, un chimpancé al que vestían como a un marinero.






      A menudo leo en la Red la dificultad de algunos escritores para distinguir una obra literaria mala de una buena. La verdad es que no entiendo en dónde reside la dificultad. Cualquier lector acostumbrado a lecturas de calidad distingue una obra mala al primer vistazo. Sin necesidad de ser un erudito. De la misma manera, una persona de mundo habría sabido que el náufrago del relato no era un francés, ni siquiera un ser humano, sin necesidad de ser antropólogo.
      Un libro malo, porque su argumento es infumable, se presiente que es malo desde la sinopsis. Un libro malo no admite el beneficio de la duda que otorga la subjetividad. Es malo, sin paliativos. Si además de tener un argumento de triste recuerdo está pésimamente redactado, entonces es malísimo. Un libro mal redactado lo ve un buen lector medio desde el segundo párrafo, un lector metido en harina lo descubre al primer párrafo, y un sibarita de las letras, en la primera frase.
      La subjetividad queda reservada a los libros bien escritos. El libro conque empiezo esta entrada, Arte y percepción visual, es una maravillosa obra literaria que trata sobre las artes plásticas. Pero no todo el que disfruta leyendo buena literatura tiene por qué disfrutar con su lectura ni apetecerle el leerlo. Yo lo he leído porque estoy interesado en las artes plásticas.
      Un día una persona me recomendó leer a Henning Mankell, y me prestó un libro. Yo no soy amigo de las novelas policiacas; por el contrario, esta persona las tiene como lecturas predilectas. Yo le presté Samarcanda, de Amin Maalouf. A mí no me gustó Henning Mankell, y ella no tragó a Maalouf: no lo acabó. Sin embargo, los dos supimos que tanto Mankell como Maalouf son escritores brillantes, y tuvimos conciencia de los dos libros eran buenos libros, independientemente de nuestros gustos personales.


      ¿Cómo se distingue una obra de arte genial? Es difícil. Requiere una atención especial. Lo que es seguro es que si se tiene un bagaje cultural su presencia no pasa del todo desapercibida. Cuando entramos en un museo sabemos que vamos a ver obras de arte, algunas geniales; entramos predispuestos a ver obras de arte. Los museos están para eso, y sabemos que al cruzar el umbral entramos en un santuario en el cual el último de los artistas allí expuestos es el último entre los mejores. Nuestro intelecto está alerta, y favorable a la observación.
      Pero cuando salimos del museo es otra cosa; no esperamos encontrar obras de arte ignoradas desparramadas por la ciudad. Nuestros sentidos no están alerta, y nuestra sinapsis está ocupada en asuntos más mundanos. Podemos pasar delante de una escultura de Miguel Ángel sin catalogar y no darnos ni cuenta. Aunque puede que sintamos un algo. No hace mucho un violinista genial tocó de incógnito en los túneles del metro. La gente pasaba a su lado, y sólo una persona se detuvo a escucharlo. El violinista estaba fuera de contexto. El que se detuvo, probablemente un aficionado a la música, percibió algo; el violinista parecía bueno, pero eso era imposible: los buenos violinistas no tocan en los túneles del metro.
      Más pronto o más tarde, alguien se para delante de las obras de arte geniales y las considera buenas. Luego el tiempo las pone en su sitio.

      Confundir las ventas de un libro con su calidad literaria es un error, especialmente triste si los que caen en él son escritores. Ni siquiera los lectores deberían caer en él, pues va en contra de su desarrollo personal. El lector que exclusivamente lee libros destinados  al consumo jamás logrará distinguir un marinero francés de un chimpancé vestido de marinero. Y el escritor que busca sólo el beneficio económico nunca prosperará como escritor.
      Que una obra literaria de éxito no tiene de qué avergonzarse ni ser de baja calidad lo dicta el sentido común. Lo sabemos todos. No se puede hacer un silogismo con «éxito» y «baja calidad». De tan sencillo y claro resplandece que ciega. Entonces, ¿a qué viene tanta duda? Escribir por amor al arte es una expresión altruista del espíritu, que en la medida de sus posibilidades el escritor procura sea un fruto agradable al paladar de los lectores. Y a cuantos más lectores llegue, mejor.
      Un libro puede estar bien redactado, entretener y ser un éxito, y no ser una obra de calidad literaria, por muy descomunal que sea ese éxito. Un libro bien redactado puede entretener, ser un éxito y ser una obra de gran calidad literaria.
Si tenemos conciencia de que esto es así, tal vez quiere decir que probablemente sabemos distinguir una obra literaria buena de una mala. Supongo que todos lo entendemos, ¿no?

      

«Todo libro no es sino un borrador: ni aun eso, sino el borrador de un borrador. ¡Oh Tiempo, Fuerzas, Dinero y Paciencia!» (Herman Melville).




  

miércoles, 11 de junio de 2014

El Aleph



      Es difícil encontrar un lector que no haya leído, o cuando menos oído hablar, de El Aleph, el relato corto de Jorge Luis Borges. Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo, y su signo se concibió para representar un buey. Equivale a nuestra letra «A».

      Un Aleph, en el relato de Borges, es «(…) uno de los puntos del espacio que mantienen todos los puntos (…), el lugar donde están, sin confundirse, todas los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos».

      El Aleph del relato se sitúa en el decimonoveno escalón de las escaleras que llevan a un sótano. Es «(…) una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor.», de apenas dos o tres centímetros de diámetro, «(…), pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño».

      «Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, (…).»
El Aleph, de Jorge Luis Borges).


      En el relato se dice que hay multitud de Aleph repartidos por el mundo. Es una ficción; sin embargo, yo pienso que también existen en la realidad. Lo sé porque, a veces, alguno de ellos se me ha hecho visible, o eso he creído, y he podido ver la pequeña esfera tornasolada y el espacio cósmico que contiene. Entonces he visto un niño, desde todos los puntos del universo, jugar en los mismos lugares donde yo jugaba, he visto su cara y lo he visto desde arriba y desde todos los ángulos, y he leído su pensamiento. He visto la sonrisa de los que ya no están cortándome el alma con fino estilete; dolor y ternura. Y he observado que todo el mundo tiene su Aleph, o sus Aleph, deslumbrando con su casi intolerable fulgor en los miedos, los sueños, la soledad, la vanidad, la angustia, los errores imperdonables, los egos heridos. Y he visto que todos los Aleph son iguales y que se podrían juntar en un gran Aleph universal.

      O puede que sea verdad que no existen los Aleph.

    

  «¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y no lo he olvidado?»
( El Aleph, de Jorge Luis Borges).