Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 25 de mayo de 2014

La trágica historia de Motamid e Ibn-Ammar



      «Tumba de forastero, que la llovizna vespertina y la matinal te rieguen, porque has conquistado los restos de Ibn-Abbad.» (Epitafio que Motamid escribió en vida para que fuese puesto en su tumba).

      Muhammad Ibn-Abbad Al Mu’tamid gobernó en Sevilla, y es posiblemente el más conocido de los príncipes poetas de Al Andalus. Mantuvo durante años una profunda amistad con el poeta Abu Bakr Ibn-Ammar, que acabó de forma trágica.

      Al Mu’tamid, «Motamid» en su versión castellanizada, nació en Beja, Portugal, en el año 1040. Durante el asedio de Silves, cuando tenía doce años, le fue presentado Abu Bakr Ibn-Ammar, un joven poeta nueve años mayor que él, de mucho talento para la poesía, de talante abierto y alegre, pero pobre. Ibn-Ammar impresionó de tal manera a Motamid que desde aquel momento fueron inseparables. Al caer Silves en manos de los sevillanos, a Motamid le faltó tiempo para crear un visirato para su amigo.

      Ibn-Ammar había nacido pobre, y pobre había crecido. Cada día de su vida había supuesto una dura lucha que le había encallecido y resabiado el alma. La amistad que le ofrecía Motamid significaba abandonar la miseria y le abría la puerta de un esperanzador horizonte. Él precisaba ser amigo de Mutamid, si aspiraba a un porvenir entre perfumes, divanes y mesas bien puestas.

      Motamid había nacido príncipe y nunca le había faltado de nada. Su amistad hacia Ibn-Ammar era esencialmente pura y sincera, pues ninguna otra cosa podría desear de éste.

      No podemos saber si la amistad de Ibn-Ammar fue sincera o interesada, pero sí deducir que dentro de él bullía la certeza de que toda su fortuna dependía de la buena voluntad de Motamid. En su interior, su alma, criada en la desconfianza hacia el género humano que la pobreza suele engendrar, se agitaba atormentada por una bilis oscura y ácida. En las fiestas que celebraba Motamid, el exceso de bebida le sacaba a Ibn-Ammar esa oscura bilis y su talante alegre se apagaba. De Ibn-Ammar se decía que tenía el vino triste.

      Debía de ser tal su amargura que el inconsciente Ibn-Ammar la expulsaba en forma de sueños. Una vez que dormía junto a Motamid, tras una fiesta en la que se había pasado con la bebida, oyó en sueños una voz que le decía: «¡Levántate y huye, infeliz, que este que duerme a tu lado te ha de matar!». Hasta tres veces oyó esta voz cuando volvía a dormirse, así que, tomándolo como un aviso del más allá, salió desnudo al patio, se envolvió en una estera y se tumbó junto a la puerta de palacio, dispuesto a huir en cuanto la abrieran por la mañana.

      Motamid se despertó durante la noche, y al no ver a su amigo se alarmó. Despertó a los sirvientes e hizo que lo buscaran. Encontraron a Ibn-Ammar escondido, temblando de miedo y de frío. Motamid, cuando oyó las explicaciones de Ibn-Ammar rompió a reír, y le dijo que matarlo sería como suicidarse pues él, Ibn-Ammar, era su alma.

      Un ejemplo del espíritu cáustico que la necesidad había moldeado en Ibn-Ammar se refleja en la siguiente anécdota:
      Paseaban por Silves los dos amigos, cuando oyeron al muecín llamar a la oración. A Motamid se le ocurrió este verso, que Ibn-Ammar debía completar:

      «He aquí al muacín llamando a la plegaria.»
      Ibn-Ammar, replicó:
      «Al hacerlo, espera el perdón de sus pecados.»
      A lo que Motamid respondió:
      «Que sea feliz, pues da testimonio de la verdad.»
      Entonces surgió el espíritu cáustico de Ibn-Ammar, tan escarmentado por la vida que ya no se fiaba de nadie:
      «Sí, que sea feliz, siempre que crea lo que dice.», concluyó.

      Algunas veces los dos poetas cambiaban su rica indumentaria por  otra menos ostentosa y salían a pasear de incógnito, mezclados con el pueblo. En una de estas ocasiones, en un lugar conocido como Pradera de la Plata, a la orilla del Guadalquivir, una ligera brisa agitó la superficie del río.

      «La brisa convierte el agua en una lóriga.», improvisó Motamid. Ibn-Ammar debía responder con otro verso, pero cogido desprevenido dudó unos segundos. Entonces una bella joven del pueblo se le adelantó:

      «Lóriga magnífica, si el agua estuviera helada.»
      Motamid le preguntó que quién era.
      —Mi nombre es Itmad, pero todos me conocen por Romaiquia, pues soy la esclava de Romaic —respondió.

      Motamid la compró y la hizo su esposa. Un día cayeron un copos de nieve en Sevilla. Itmad, que nunca había visto nevar, se entristeció. Motamid se interesó por el motivo de su aflicción, y ella le dijo que desearía vivir en un país donde nevara todos los inviernos. Entonces Motamid le prometió que él haría nevar todos los inviernos. Ordenó plantar almendros por todo el campo, y sus flores blancas parecían copos de nieve.
      Una de las anécdotas más curiosas del reinado de Motamid, si fue cierta, la protagonizó el rey de Castilla y de León Alfonso VI. Motamid le pagaba un tributo anual, pero Alfonso decidió que mejor se quedaba con todo, organizó un ejército y marchó a conquistar el reino de Motamid.

      Ibn-Ammar conocía la pasión del rey cristiano por el ajedrez, así que mandó construir uno tan fantástico y rico en materiales como nunca se había visto otro. Cargado con el ajedrez se presentó en la tienda de Alfonso. Éste lo recibió con los brazos abiertos, pues conocía a Ibn-Ammar y lo apreciaba. El rey Alfonso se quedó admirado cuando vio el ajedrez, y mostró su deseo de poseerlo. Ibn-Ammar le dijo que sería suyo si le ganaba a él en una partida de ajedrez, pero que si el rey perdía abandonaría su propósito de invadir el reino de Sevilla. Alfonso perdió la partida y se retiró, como había prometido.

      Con motivo de la conquista de Murcia, Ibn-Ammar le pidió permiso a Motamid para ir a dicha ciudad. Pero cuando entró en ella no lo hizo como súbdito, sino con el boato de un rey, lo que se podía interpretar como un acto de traición. Motamid observó entristecido la conducta de su buen amigo, y se preguntaba si su amistad, que ya duraba veinticinco años, había sido fingida para satisfacer una oscura ambición. Le escribió censurándole su conducta, e Ibn-Ammar le respondió con una misiva en verso que acabó por convencerle de que la amistad de su amigo era transparente.

       En ella, Ibn-Ammar le aseguraba que «El amor que tengo a Chams, mi anciana madre, es menor que el que siento por ti».

      Si Motamid se hubiera detenido a analizar estas palabras se habría dado cuenta que sólo podían haber salido de un embaucador, pues nadie quiere menos a su madre que a un amigo, a menos que madre e hijo se odien, en cuyo caso la comparación no tiene ningún mérito.

      Más adelante, Ibn-Ammar le pregunta a Motamid: «¿Soy otra cosa para ti que un esclavo obediente y sumiso?». Ibn-Ammar era amigo de Motamid, pero también su súbdito, y puede que el ego de Ibn-Ammar no lo llevase bien y que en realidad esta pregunta sea un oculto resquemor expresado en voz alta. Al final, Ibn-Ammar se despide de Motamid con esta advertencia: «¡Ya te acordarás de mí cuando se rompan nuestros lazos de amistad y no tengas a tu lado más que amigos interesados y falsos!».

      Ibn-Ammar era consciente de que en la corte sevillana tenía innumerables enemigos, pero su conducta  ulterior hace pensar que no se había percatado de que Motamid, Itmad y los hijos de ambos eran sus mejores, y probablemente únicos, amigos. Sin embargo, es posible que el destino de Motamid hubiera sido otro de haber tenido a su lado a Ibn-Ammar cuando tuvo que vérselas con los almorávides.

      Ibn-Tahir, señor de la ciudad de Murcia, había sido capturado cuando ésta cayó en manos de los sevillanos. Motamid, a ruegos de Ibn-Abdalaziz, príncipe de Valencia, ordenó a Ibn-Ammar que lo pusiera en libertad. Pero como Ibn-Abdalaziz había ofendido a Ibn-Ammar recordándole sarcásticamente sus orígenes humildes, éste, olvidándose de nuevo de que sólo era el súbdito de un señor poderoso,  volvió a ofender a Motamid desobedeciendo sus órdenes. Finalmente,  Ibn-Abdalaziz ayudó a fugarse a Ibn-Tahir y le dio asilo en Valencia.

      Irritado, Ibn-Ammar compuso un libelo en verso contra Ibn-Abdalaziz, en el que incitaba a los valencianos a rebelarse contra su príncipe.

      Al enterarse Motamid de este escrito respondió con otros versos en los que parodiaba a Ibn-Ammar. Y éste, en un primer arrebato, escribió unos sangrantes versos en los que aparte de insultar a los antecesores de Motamid le ofendía a él directamente:

      «Tú has elegido por esposa a esa esclava que su amo Romanic habría cambiado de buena gana por una mula. Y ella ha parido hombrecillos rechonchos y libertinos que la avergüenzan.»

      Más calmado, no envió los versos a Motamid, pero se los enseñó a varias personas y alguien se las ingenió para hacerse con una copia y enviársela a Motamid. Ibn-Ammar había cometido un error muy común, el de dejarse llevar por el primer arrebato. Si en ciertas operaciones matemáticas el orden de factores no altera el producto, en el consejo «primero cuenta hasta diez y luego actúa» el orden es esencial para luego no tener que arrepentirse mil veces. Cuando Motamid le echó el guante a Ibn-Ammar, éste seguro que se arrepintió más de mil veces el no haber respetado el refrán.

      Motamid llenó de cadenas a Ibn-Ammar, a la espera de decidir qué haría con él. Itmad y sus hijos abogaban por el perdón de Ibn-Ammar. Y puede que influenciado por ellos, y porque la llama de la amistad hacia Ibn-Ammar no se había apagado del todo, le hizo llamar un día y tras reconvenirle con voz suave lo devolvió a la mazmorra, sin prometerle nada. 

      Ibn-Ammar, ilusionado, escribió a un hijo de Motamid, diciéndole que todo parecía solucionado y que esperaba salir libre no tardando mucho. Al conocer Motamid la existencia de la carta montó en cólera, bajó a las mazmorras y mató a Ibn-Ammar con un hacha que le había regalado Alfonso VI.


      El final de Motamid fue también triste. Despojado de su reino por los almorávides, estuvo prisionero en Marruecos, donde Itmad y sus hijas tenían que hilar para ganarse la vida. Motamid murió en prisión en 1095, a los cincuenta y cuatro años de edad.