Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






martes, 29 de abril de 2014

Un día de lluvia

     
   Lunes, 28 de abril. Hace un día desapacible en Bilbao. Llueve, y las nubes cubren el Pagasarri por debajo de media ladera. Apetece quedarse en casa, alrededor de esta moderna hoguera tribal que es la Red, y oír las historias de los demás y contar la tuya.
      

      El 23 fue el Día del Libro, y los libreros montaron en las calles estanterías repletas de tomos con un 10% de descuento. Cogí una novela y miré el precio: 12€. Aplicando el descuento se quedaba en 10,80€. Saqué la tablet del bolsillo y escribí el título del libro en Google, seguido de la palabra mágica, el «¡Ábrete, Sésamo!» de Internet: «Gratis». 
      Y allí estaba el libro, en varios formatos: EPUB, PDF… Su precio: 0,00€; eso sí, sin descuento.

      Me pregunto ¿qué puede sentir un autor al ver su libro gratis en la Red? ¿Rabia? No; no lo creo. A estas alturas de la fiesta informática, puede que impotencia; o tristeza. No sé…



        La mayoría de los escritores no pueden vivir de su trabajo de escritor. Hay escritores que no se sienten escritores porque no viven de lo que escriben, aunque sus obras se hayan publicado y ocupen un lugar en las estanterías de los comercios. Mucha gente piensa esto mismo. Es un punto de vista que nos lleva a una situación extraña: el de un mundo pleno de novedades literarias, pero sin escritores. Un mundo de escritores no-escritores.
      Me parece que fue Ramón María del Valle-Inclán el protagonista de esta anécdota:
      Tras una noche de farra, fue detenido por los guardias y acusado de gamberrismo. Llevado ante el juez, éste procedió a tomarle los datos:
—¿Cómo se llama usted?
—Ramón Valle y Peña.
—Profesión…
—Escritor.
—¿Sabe usted escribir?
—No.


Shakespeare
      He visto por la tele que están buscando los restos mortales de Cervantes. Los buscan con un georradar en el suelo del Convento de las Trinitarias, en Madrid.
      De Cervantes se sabe lo que escribió, pero no dónde reposan sus huesos. Murió el 22 de abril de 1616 y fue enterrado al día siguiente.
      El 23 de abril del calendario juliano murió Shakespeare. Esta fecha se corresponde con el 3 de mayo de nuestro calendario, el gregoriano.
      En memoria de estos dos autores se eligió el 23 de abril para celebrar el Día del Libro.
      Si de Cervantes no se sabe dónde está enterrado, pero se conoce a ciencia cierta lo que escribió, de Shakespeare se sabe dónde está enterrado, la Iglesia de la Santa Trinidad de Stratford-upon-Avon, pero hay quien no tiene claro que fuera el autor de la obra que se le atribuye. Todo lo que se sabe de él es una reunión de especulaciones, es decir, un constructo, término nuevo que la RAE define como  construcción teórica para resolver un problema científico determinado. Las obras de Shakespeare hay quien las atribuye a Francis Bacon, Christopher Marlowe o a otros escritores de talento.
      
      Shakespeare quiso que se escribiera en su tumba este epitafio:
      Bendito sea el hombre que cuide estas piedras. Y maldito sea aquel que mueva mis huesos.

      Cervantes nos dejó escrito su autoretrato:
Cervantes
      Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso,... Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra.

      Si Shakespeare fue un escritor profesional, Cervantes fue un escritor incuestionable que no pudo vivir de sus escritos.


      En Letraheridos la escritora Eowyn se lamenta de la situación de los escritores en un artículo titulado Malas prácticas de las editoriales. Eowyn nos invita a que leamos en la web personal del escritor Javier Pellicer el artículo Fraudes editoriales y otras malas prácticas (I).
   También en la página de la escritora Mercedes Pinto Maldonado podemos leer una interesante entrada, Captados en Amazon, esclavos de la pluma, donde cuenta sus experiencias con las editoriales.
      Son tres interesantes artículos para leer esta tarde; y quedarse en casa, ahora que afuera llueve a cántaros.



domingo, 20 de abril de 2014

Escrito a mano




      «De pronto, un estruendo llegó desde el salón a la cocina, y Justa se dirigió hacia allí, el ceño fruncido, sin abandonar la rodea que sostenía entre las manos cuando escuchó el jaleo. Le resultaba familiar ese sonido de muebles caídos, producido durante los breves episodios de locura del señor Munibe. Pero esta vez la caída de muebles se prolongaba más de lo habitual.
      Al acercarse a investigar, Justa vio salir a Fernando del salón, disparado, perdido el equilibrio absolutamente. El hombre chocó contra las escaleras, salió rebotado hacia la pared opuesta, en donde casi se parte la crisma, y en el trayecto rompió el enorme jarrón chino que decoraba el recibidor; luego tiró el perchero al suelo y de un salto atravesó la cristalera de la ventana de la entrada. Afuera llovía de forma torrencial, y Fernando patinó en el jardín; se levantó y no tardó en volver estrellar las nalgas contra la hierba. Finalmente saltó la tapia y se perdió de vista en dirección al pueblo.
      En el salón todo estaba por los suelos; parecía que había sido tomado por una tribu de vándalos. Había gotas de sangre en la alfombra del recibidor.
      Justa cogió un paraguas y se echó a la calle con la esperanza de alcanzar a Fernando. Lo vio tirado boca abajo, a menos de veinte metros, al otro lado de la carretera, descalzo y en un estado lastimoso. Se inclinó a su lado y lo cubrió con el paraguas, mientras le daba la vuelta. Fernando la miró, asombrado, como si nunca la hubiera visto antes, la cara inundada de lluvia y sangre.
      —¿Se encuentra bien? —le preguntó Justa, alarmada.
      —¡Justa, Justa!, ¿qué hago aquí? —exclamó él.
      —¿Puede caminar?
      —¿Qué hago aquí, Justa?
    —¿Podría levantarse si yo le ayudo, señor?
      Fernando movió afirmativamente la cabeza.
      —Creo que sí —respondió.
      —Pues apóyese en mí. —Los dos se incorporaron, no sin dificultad y esfuerzo.          
       —Ha tenido usted uno de sus episodios, pero esta vez ha sido más largo.
      —Lo sé, lo sé.
      Avanzaron torpemente hacia la casona, estorbados por la lluvia.
      —Justa, se deja usted el paraguas.
      —No tengo manos para él y para usted. Ese paraguas tendrá que esperar hasta más tarde, señor.
      —¡Tenemos que huir, Justa! ¡Todos tenemos que huir de Montediablos! El pueblo entero tiene que huir, escapar, alejarse de este lugar maldito. O ellos nos matarán a todos. ¡A todos!
      —¿Quiénes son ellos?
      —Los demonios, Justa, los demonios.
      —Acabáramos. Ningún demonio me va a echar de mi casa, se lo aseguro. Ande, cójase bien a mí; y no se suelte.
      —¡Ay, ay! Tenga cuidado, Justa, que me duele todo el cuerpo.
      —Si es que lo tiene usted lleno de mataduras, cómo no le va a doler.
      —Voy descalzo... ¿Dónde están mis zapatillas?
      —Las ha perdido usted. Estarán por ahí, entre el barro.
      —¿Cree usted en Dios?, Justa…
      —Ya me ha visto usted ir a misa de doce todos los domingos.
      —Quiero decir que si tiene usted verdadera fe…
      —En ella me han criado y en ella seguiré hasta que me muera.
      Fernando Munibe fue ingresado en un hospital privado. Durante tres días ocupó una habitación en exclusiva, mimado por médicos y enfermeras, convaleciente de las magulladuras que había recibido al estrellarse contra muebles y paredes, y de los cortes de cristal que tenía repartidos por todo el cuerpo, en especial la cara y las manos. Jamás volvió a Montediablos, pero no por ello Justa perdió su puesto en la casa.  Ésta continuó a su cargo, al principio ella sola y luego ayudada por su hija Maite, cuando tuvo edad. Tres años después corrió por el pueblo el rumor de que Fernando Munibe había muerto en un manicomio francés, en el cual estuvo recluido los dos últimos años de su vida. El pobre hombre padeció el acoso de los demonios, que le persiguieron hasta el otro lado del Bidasoa, pegados a su existencia como garrapatas, torturándolo con su presencia noche y día, sin descanso, «apareciendo cuando menos se lo esperaba uno», dicho así por Justa. Finalmente, el atormentado Fernando Munibe se suicidó enroscándose una sábana al cuello, poniendo el punto final al infierno en que se había transformado su vida.»



      He estado casi un mes sin ordenador, contestando los correos desde otro que no era el mío.
      Este mes me ha hecho perezoso para las teclas. He tenido que volver al lápiz, a escribir a mano, como antes de comprar el ordenador y de «amorrarme» a la pantalla. Y me ha gustado. He descubierto que a mano escribo más rápido y que soy más fluido con las ideas; y que tengo una letra espantosamente suelta que luego me cuesta descifrar. Parece un arabesco.
      Creo que ha sido un mes fructífero, en cuanto que he avanzado más de lo que esperaba la novela que estoy escribiendo. Pero también estoy un poco bajo de ánimo, tengo un bajón. Tengo la sensación de que lo que escribo no va gustar, porque me cuesta dar ese toque de interés a las narraciones. No tengo el «don» del narrador, y soy consciente de ello. Me gusta darme cuenta de hasta dónde puedo llegar fuera de mis sueños; pero también me deprime… un poco…
      Ahora estoy pasando a máquina lo que he escrito estos días, y me planteo si merece la pena seguir con la novela, porque «no la acabo de ver». He empezado este artículo con un fragmento escrito a mano que acabo de transcribir al ordenador. No sé si causa un buen efecto al ser leído.


  
    
Si algo ha tenido de especial este «mes sin bites» ha sido que me ha mostrado la buena gente que hay por este mundo de las redes sociales. Sin tener por qué, ha habido gente que me ha tenido presente en sus retuits. Gracias. A ti, Ramón Somoza, incansable; a Mario Escobar, Janett Camps, Paloma Caraballo, Rubén Espino, Salvador Sparti. Un abrazo a todos, compañeros.

 



  
    Ha muerto Gabriel García Márquez. No me lo podía creer. Parece mentira.