Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






martes, 4 de marzo de 2014

Una obra de arte





      Cuando Leopoldo Alas, «Clarín», terminó La Regenta, le escribió a un amigo: «Si vieras, ¡qué emoción tan extraña fue para mí la de terminar por primera vez en mi vida una obra de arte!»


      Supongo que todos los que escribimos hemos sentido por nuestra primera obra la misma viva emoción que Clarín.
         Esto no sería negativo si, pasado ese primer momento de exaltación, nos hemos parado a analizar la obra con los pies en el suelo, más templados, desde la distancia.
        Lo malo es si no se posee el bagaje cultural suficiente para distinguir una obra literaria bien realizada de una medianía. Pero esto se puede adquirir. El talento no.
        Según el diccionario, arte es el «conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo». Bueno, si poseemos esto podemos decir con la cabeza bien alta que nuestros libros son una obra realizada con arte.
        Para hacer una obra de arte, es decir, artística, además nuestro trabajo tiene que reunir otra condición, definida por el diccionario como la «manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros».
        Hay escritores que enfocan su obra exclusivamente a la venta, y no les importa reconocerlo. Estudian métodos de cómo crear best seller, analizan estudios de mercado y se informan de qué género de lectura está de moda, para realizar sus trabajos. Si su gramática es correcta, habrán realizado un trabajo con arte y puede que ganen para vivir de él. Y si de rebote les sale una obra de arte, pues miel sobre hojuelas. Aunque esto último es improbable.
        No hay nada reprochable en pretender vender mucho y desear vivir de la literatura. Pero si tú eres de uno de esos escritores que piensa que la literatura es algo más que ganar dinero, aquí te dejo las reflexiones de unos colegas:



        «Sí, ese fue y siempre será mi mayor tormento: no puedo controlar mi material. Cada vez que escribo una novela, se me acumulan un montón de episodios y diferentes historias, por lo que el todo carece de proporción y armonía. […] siempre he sufrido espantosamente por ello, pues siempre he sido consciente de lo que me sucedía. Y he cometido también otro gran error: sin calcular mi dominio de la técnica, me he dejado llevar por el entusiasmo poético y he emprendido una idea para la que, estoy seguro, carezco de las fuerzas necesarias.»
Feodor Dostoyevski (Fiódor Mijáilovich Dostoyevski).




        «[…] El artista cuenta con un recurso necesario y fundamental que deberá emplear en todos los casos y al margen de cualquier teoría. Se trata de suprimir mucho y omitir aún más. Debe omitir lo tedioso e irrelevante, y suprimir lo tedioso aun cuando sea necesario. Pero los hechos que tengan relación con la idea central y sirvan a diversos propósitos deben conservarse con fuerza y decisión.»
Robert Louis Stevenson (Robert Louis Balfour Stevenson).


       
         «¿Y cómo puede producir uno diálogos bien escritos acerca de trivialidades?»
        «¡Estoy exasperado con mi Bovary…! Nunca en mi vida he escrito nada más difícil que estas conversaciones llenas de trivialidades. Tal como voy, esta escena en la taberna bien podría llevarme tres meses. A veces podría llorar de impotencia…»
        «Bovary me está volviendo loco! Estoy llegando a la conclusión de que no puede escribirse. Tengo que inventar una conversación entre la joven y un cura, una conversación vulgar, estúpida, y como el tema es un lugar común, el lenguaje debe ser al apropiado. Comprendo el sentimiento, pero se me escapan las ideas y las palabras.»
        «Por fin empiezo a ver con más claridad mi camino en este bendito diálogo con el cura. Pero, la verdad, hay veces en que casi me siento físicamente enfermo, de tan vulgar como es.»
        «Este mes he escrito quince páginas, aunque no están terminadas. ¿Son buenas? No lo sé.»
Gustave Flaubert.



        «A menudo medito un cuarto de hora si debo colocar un adjetivo antes o después de un nombre. Lo que yo intento es: 1) ser veraz; 2) ser claro en mi versión de lo que pasa en el corazón humano.
        Creo que hace un año que me he dado cuenta que a veces hay que conceder algún descanso al lector de tanto describir paisajes, ropas, etc.»
Stendhal (Henri Beyle).






        «[…] Lo que buscas es la frase bien hecha, y eso es algo, pero solo algo, no es la totalidad del arte, no es ni la mitad; es una cuarta parte como mucho, y cuando las otras tres son hermosas, la gente pasa por alto la que no lo es.»
George Sand (Amandine Aurore Lucile Dupin).






        « […] “Cuando todo el horror de su situación se impuso con una agonía de aprensión en su asustada mente, Pa’Tua perdió la razón por un instante”. […] Aquí se pierde al lector con toda la frase. Las palabras una agonía de aprensión destruyen el efecto por completo, por tanto interfieren con la verdad de la frase. La palabra asustada (o cualquier palabra por el estilo) es inadecuada para  expresar el verdadero estado mental del personaje. Ninguna palabra es adecuada. La imaginación del lector debería ser libre para despertar ese sentimiento.
         […]“Cuando todo el horror de su situación se impuso en su mente, Pa’Tua perdió la razón por un instante”. Esto es la verdad; esto es lo que, dicho así, transmite convicción porque es un retrato de un estado mental.
        […] “Gritó a pleno pulmón, y las oquedades de las rocas recogieron sus gritos”. […] ¡Es magnífico! Es sugerente. La verdad contada con efectividad. Pero “que se los devolvieron burlonamente” no lo es. Es una frase que podría escribir cualquiera para cualquier situación; es el tipo de cosas que yo escribo veinte veces al día y (cargado con el miedo a adelantarme al destino) paso la mitad de mis noches tachando de mi trabajo, del que depende el pan de esta casa (literalmente, el de cada día), por no mencionar (apenas me atrevo a pensarlo) el futuro de mi hijo, de mis seres más queridos y cercanos, interponiéndose solo mi pluma entre ellos y la desolación, mientras yo viva. Y mientras venda todo lo que escribo…, tanto como pueda.
        Digo esto para dejar de manifiesto que practico la fe que me tomo la libertad de predicar…»
Joseph Conrad (Józef Teodor Konrad Korzeniowski).


Entrada dedicada a la escritora Janett Camps y al escritor Alberto Senda.