Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 10 de febrero de 2014

Escribir ficción. Criticar ficción

     


     «Sea lo que sea lo que un ser humano lleva dentro, para mostrarlo bien tiene que trabajar en ello con una persistencia indestructible.» (Edith Wharton).


      La última entrada del blog, Escribir un relato, según Edith Wharton, iba acompañada de reflexiones de Edith Wharton, pero no dije de dónde las había sacado. Bueno, pues para aquellos que puedan estar interesados, las saqué del libro Escribir Ficción, de Edith Wharton, traducido y prologado por Amelia Pérez de Villar, colección Voces/Ensayo de la editorial Páginas de Espuma.
      Hay otro libro igual de interesante, Criticar ficción, de la misma autora, la misma traductora, la misma colección y la misma editorial. Os dejo con una entresaca de párrafos de los dos libros: 

         

       

      «La longitud de una novela está más determinada por el tema que por cualquiera de sus demás rasgos. El novelista no debería preocuparse, de entrada, por la cuestión siempre abstracta de la longitud: no debe decidir de antemano si va a escribir una novela corta o una novela larga; pero en el acto de la composición no debe nunca perder de vista que, en una novela, lo ideal es que uno se sienta impulsado a afirmar: “Podría haber sido más larga”, en lugar de “No era necesario que fuese tan larga”.
Editorial Páginas de Espuma


      »Naturalmente, la longitud no es tanto cuestión del número de páginas como de la sustancia y calidad que esas páginas contienen. Es obvio que un libro mediocre siempre resultará demasiado largo, mientras que uno excepcional nos parecerá demasiado corto. Pero más allá de la cuestión de la calidad y el peso específico hay otra más relevante: la del desarrollo que requiere cada tema, la cantidad de tela que nos hace falta soltar. Los grandes novelistas lo saben bien y, con un error de apenas una o dos pulgadas, siempre han cortado la tela de acuerdo con esto.»

      «Seguramente, ninguna otra parte de la novela debe tener una visión más clara de lo inevitable que su final, por lo que cualquier vacilación, cualquier error a la hora de unir los hilos, dejará claro que el autor no ha dejado madurar el tema en su cabeza. Un novelista que no sabe cuándo termina su historia y que sigue estirándola, episodio tras episodio, una vez que ha finalizado, no solo debilita el efecto de la conclusión: también merma el significado de todo cuanto ha expuesto antes.»

      «A mí nunca me ha conmovido la historia aquella de las lágrimas que derramó Dickens por la muerte de la pequeña Nell (personaje de la novela El almacén de Antigüedades [1841], de Charles Dickens), quiero decir, que no me afectó si fueron lágrimas de verdad, lágrimas reales, y no destiladas de la leche del Paraíso. La labor del artista es hacer llorar, pero no llorar él; hacer reír, pero no reír; y, a menos que el llanto y la risa, y la carne y la sangre, sufran transmutación y el artista las convierta en la sustancia con la que se hace el arte, ni son asunto suyo, ni tampoco nuestro.»

                                              

Editorial Páginas de Espuma
      «Cuando publiqué mi primera colección de relatos, una de las primeras críticas que recibió comenzaba así: “Cuando la autora haya dominado los rudimentos de su oficio sabrá que todos los relatos deben comenzar con un diálogo”. A pesar de mi inexperiencia no me afectó el dogmatismo de esta afirmación, porque ya era oscuramente consciente de que cualquier historia, larga o corta, debe comenzar como el tema requiera, que las únicas reglas que hay que tener en cuenta en el arte salen de dentro, y que no deben aplicarse reglas ya preparadas que vengan de fuera.»

      «Mientras lamentaban la ausencia de argumento en mis primeros libros, los críticos se habían puesto de acuerdo, por el momento, en ensalzar lo que llamaron su brillantez. (…); yo escribía como podía, y sentía una felicidad espontánea cuando me ensalzaban. Sin embargo, la experiencia llegó a coartar mi tendencia natural a poner las cosas claras, y fui consciente –felizmente consciente- de que había suavizado mi estilo, reduciéndolo a una textura más lisa que pasaría desapercibida. Y fue en ese momento cuando los críticos volvieron a unirse en un coro de reproches.»