Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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lunes, 27 de enero de 2014

Escribir un relato, según Edith Wharton




     


      «Nietzsche dijo que hacía falta talento para “inventar un final”, es decir, para dar el toque de lo inevitable a la conclusión de cualquier obra de arte.» (Edith Wharton).

      Según Edith Wharton, esto era válido para la novela, que ella compara con un edificio construido de forma lenta y reflexiva, en el cual «(...) cada piedra tiene su peso específico », y donde los cimientos deben planearse de acuerdo a las intenciones superiores del autor respecto a la obra proyectada, «(...) con vistas a las proporciones de la torre más alta».

      «En un relato, sin embargo, podría decirse que la primera preocupación del escritor es saber cómo escribir el comienzo.» 

      Edith Wharton opinaba que un mal final arruinaba en parte tanto un buen relato como una buena novela
      «El hecho de no acabar una historia de acuerdo con su sentido más profundo la priva de significado».

      «La norma de que una novela debe contener en la primera página el germen del todo es aún más cierta en un relato porque, en este caso, la trayectoria es tan corta que prácticamente coincide el trueno con el relámpago.»

      La escritora apoya esta reflexión trayendo una anécdota leída en la autobiografía de Benvenutto Cellini (Florencia, 1500-1571. Escritor, escultor y orfebre). Narra Cellini que de niño vio agitarse en el fuego del hogar una salamandra. El padre, que también vio el reptil, corrió a taparle los oídos para que recordara siempre tan inaudita visión.

      Edith Wharton considera la anécdota de Cellini como una sentencia a tener presente por los escritores de relatos: «Si su primera pincelada es vívida y elocuente, ganará al momento la atención del lector». Y pone otro ejemplo, el de un alumno de Eton que empezó su relato de esta forma: «Demonios, dijo la duquesa al encender su cigarro». Este comienzo, escrito «(…) en un tiempo en el que las duquesas no fumaban ni maldecían, hubiera llevado su obra a la posteridad de haber estado al mismo nivel cuanto venía detrás».

      «No tiene sentido taparle los oídos a nuestro lector a menos que tengamos una salamandra que mostrarle. Si no hay algo vivo que anime el alma de nuestro chispazo, algo que emocione, entonces no valdrán gritos ni sacudidas para fijar la peripecia en la memoria del lector. La salamandra lleva el peso fundamental y hace que la historia merezca ser contada.»

      Opina Edith Wharton que para tratar de conseguir el interés del lector «(…) con un inicio arrollador» debe haber algo más que un truco de oficio. El escritor tiene antes que haber dominado el tema y guardarlo sintetizado en su interior, como cuando un dibujante señala con unos pocos trazos lo que ha de ser la base de su obra. «(…) obtenida la pista, el escritor sólo tiene que avanzar: pero este tirón tiene que ser firme, no debe nunca olvidar lo que quiere decir, o por qué le parece que vale la pena decirlo». El relato, antes de ser contado, debe ser sometido a una intensa reflexión.

      «Ese precioso instinto que hace posible la selección se destila con una paciencia infinita que, si no es el genio en sí mismo, es uno de los principales logros del genio a la hora de promocionarse. En este punto, la repetición y la insistencia se perdonan; cuanto más breve sea el relato, más exento de detalles estará y más se potenciará la acción; y conseguir el efecto buscado dependerá no solo de elegir qué se conserva una vez eliminado lo superfluo, sino del orden en el que se va dosificando lo esencial.»



      Edith Wharton (Nueva York, 24 de enero de 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, Francia, 11 de agosto de 1937). Discípula de Henry James. Está considerada como una de las más importantes narradoras norteamericanas. Fue la primera mujer que obtuvo el Premio Pulitzer, por su obra La edad de la inocencia (1920).



10 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

vamos hombre! de donde sacas estas cosas!!!!!
gracias!!!!! me encantan!!!

crónicas de un e-writer dijo...

Un abrazo, Janett.

Alberto Senda dijo...

Casi siempre estoy de acuerdo con Edith Warton, y ya no digamos con Nietzsche. Lo que dice sobre la inevitabilidad del final, no sólo es válido para la novela, sino para el cine, el teatro, una pieza musical; quizás no tanto para un cuadro... no sé. En todo caso son consejos muy útiles para un aspirante a escritor. Entrada francamente interesante.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

Te puedo asegurar que todos los pintores que he conocido -y he conocido varios- han coincidido en que decidir el momento de dar por acabado un cuadro es la parte más difícil de todo el proceso. En las academias de pintura suele ser el maestro quien da las pinceladas finales.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Eso por descontado. Está claro que en cualquier clase de creación lo más difícil siempre será decidir cuándo acaba. A lo que me refería el otro día, era a que en la pintura y en las bellas artes en general, esa inevetitabilidad de la que hablaba Nietzsche no resulta tan perceptible, y quizás tampoco sea tan necesaria como en las artes narrativas. Aunque quizás si lee estoy un pintor o un escultor le resulte divertido... o hasta ofensivo. Lo cierto es que nunca he reflexionado lo suficiente sobre esto.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

No creo que ningún pintor, a no ser que sea bobo, le moleste que un escritor piense que los finales en pintura no tienen esa inevitabilidad. Puede que hasta le encante poder demostrarte que no es así. Hace tiempo asistí a una discusión entre un pintor y un escritor que pensaba que un cuadro no tiene la complejidad y el esfuerzo de una novela, y la tertulia resultó bastante entretenida. Bueno, te aclaro que el pintor practicaba el expresionismo abstracto.

Se nota que eres escritor.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Bueno, yo nunca pondría en duda que realizar un cuadro, sea de expresionismo abstracto, sea un Leonardo, uno de los Brueghel o cualquiera de los grandes, requiera tanto o más esfuerzo y sabiduría que escribir una gran novela. Aunque a nivel artístico, los esfuerzos más titánicos y muchas veces más sublimes me parecen construir una catedral (sobre todo gótica) o componer una gran ópera. Esas hazañas sí que las pongo a un nivel creativo más alto que pintar un cuadro o escribir una gran obra literaria.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Si ponemos el esfuerzo en la idea, todas las obras de arte en su fase creativa han ocupado el espacio contenido en unos folios. Supongo que Miguel Ángel no participo como albañil en la basílica de San Pedro. Todo depende de qué obra de arte estemos hablando, me parece.

Un abrazo.

Jayja para tí... dijo...

nada carece de valor, toda cosa realizada por el hombre y salida de su esencia, cuesta trabajo, como si fuese un parto, cada cosa, tiene su cosa,...y su valor...

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Janett.

Sí, todo tiene un valor.

Un abrazo.