Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 27 de enero de 2014

Escribir un relato, según Edith Wharton




     


      «Nietzsche dijo que hacía falta talento para “inventar un final”, es decir, para dar el toque de lo inevitable a la conclusión de cualquier obra de arte.» (Edith Wharton).

      Según Edith Wharton, esto era válido para la novela, que ella compara con un edificio construido de forma lenta y reflexiva, en el cual «(...) cada piedra tiene su peso específico », y donde los cimientos deben planearse de acuerdo a las intenciones superiores del autor respecto a la obra proyectada, «(...) con vistas a las proporciones de la torre más alta».

      «En un relato, sin embargo, podría decirse que la primera preocupación del escritor es saber cómo escribir el comienzo.» 

      Edith Wharton opinaba que un mal final arruinaba en parte tanto un buen relato como una buena novela
      «El hecho de no acabar una historia de acuerdo con su sentido más profundo la priva de significado».

      «La norma de que una novela debe contener en la primera página el germen del todo es aún más cierta en un relato porque, en este caso, la trayectoria es tan corta que prácticamente coincide el trueno con el relámpago.»

      La escritora apoya esta reflexión trayendo una anécdota leída en la autobiografía de Benvenutto Cellini (Florencia, 1500-1571. Escritor, escultor y orfebre). Narra Cellini que de niño vio agitarse en el fuego del hogar una salamandra. El padre, que también vio el reptil, corrió a taparle los oídos para que recordara siempre tan inaudita visión.

      Edith Wharton considera la anécdota de Cellini como una sentencia a tener presente por los escritores de relatos: «Si su primera pincelada es vívida y elocuente, ganará al momento la atención del lector». Y pone otro ejemplo, el de un alumno de Eton que empezó su relato de esta forma: «Demonios, dijo la duquesa al encender su cigarro». Este comienzo, escrito «(…) en un tiempo en el que las duquesas no fumaban ni maldecían, hubiera llevado su obra a la posteridad de haber estado al mismo nivel cuanto venía detrás».

      «No tiene sentido taparle los oídos a nuestro lector a menos que tengamos una salamandra que mostrarle. Si no hay algo vivo que anime el alma de nuestro chispazo, algo que emocione, entonces no valdrán gritos ni sacudidas para fijar la peripecia en la memoria del lector. La salamandra lleva el peso fundamental y hace que la historia merezca ser contada.»

      Opina Edith Wharton que para tratar de conseguir el interés del lector «(…) con un inicio arrollador» debe haber algo más que un truco de oficio. El escritor tiene antes que haber dominado el tema y guardarlo sintetizado en su interior, como cuando un dibujante señala con unos pocos trazos lo que ha de ser la base de su obra. «(…) obtenida la pista, el escritor sólo tiene que avanzar: pero este tirón tiene que ser firme, no debe nunca olvidar lo que quiere decir, o por qué le parece que vale la pena decirlo». El relato, antes de ser contado, debe ser sometido a una intensa reflexión.

      «Ese precioso instinto que hace posible la selección se destila con una paciencia infinita que, si no es el genio en sí mismo, es uno de los principales logros del genio a la hora de promocionarse. En este punto, la repetición y la insistencia se perdonan; cuanto más breve sea el relato, más exento de detalles estará y más se potenciará la acción; y conseguir el efecto buscado dependerá no solo de elegir qué se conserva una vez eliminado lo superfluo, sino del orden en el que se va dosificando lo esencial.»



      Edith Wharton (Nueva York, 24 de enero de 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, Francia, 11 de agosto de 1937). Discípula de Henry James. Está considerada como una de las más importantes narradoras norteamericanas. Fue la primera mujer que obtuvo el Premio Pulitzer, por su obra La edad de la inocencia (1920).



miércoles, 15 de enero de 2014

"Negra sombra"

      El 8 de marzo de 1908, en la fábrica textil Sirtwoot Cotton de Nueva York 146 trabajadoras permanecían encerradas reclamando mejoras laborales. Pedían la igualdad salarial con los hombres, reducción de jornada laboral de 12 horas (por un salario miserable, como ahora) a 10 horas, y una hora libre para poder amamantar a sus bebés. El dueño de la fábrica envió unos sicarios que arrojaron bombas incendiarias. Todas la mujeres murieron en el incendio.
      La Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Trabajadoras, 1910, Copenhague (Dinamarca) declaró el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. 
      Esta entrada está dedicada a su memoria.



Acta de bautizo del Hospital Real de los Reyes Católicos, 1836:

«En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos treinta y seis, María Francisca Martínez, vecina de San Juan del Campo, fue madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos, llamándole María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la madrina, y va sin número por no haber pasado a la Inclusa; y para que así conste, lo firmo.
 José Vicente Varela y Montero.»


"Negra Sombra"
ROSALÍA DE CASTRO

 Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.

Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.

En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mi misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras



      Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1836 — Padrón, 15 de julio de 1885).

     Estuvo casada con el intelectual gallego Manuel Martínez Murguía. Su vida estuvo marcada por una salud frágil y la penuria económica. Jamás buscó la fama. Tuvo siete hijos, y ninguno la sobrevivió.

     Murió de cáncer de útero a los cuarenta y ocho años, el mediodía del miércoles 15 de julio de 1885. Fue sepultada en el cementerio de Adina, en Iria Flavia.
     
       Sus poemas han sido traducidos al francés, alemán, ruso y japonés.