Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 25 de noviembre de 2013

Yo salté la tapia.

«Los saltos al otro lado de las tapias —especialmente cuando ya no se es joven— pueden ser extraordinariamente peligrosos. Para saltar con éxito se necesitan sentido del humor, espíritu aventurero y una firme convicción de que aquello sobre lo que se salta es un obstáculo en el que se terminará por tropezar.
Mi salto tuvo lugar el 26 de octubre de 1941.
En ese día abandoné el convento en el que, durante veintiocho años, había vivido en la clausura más absoluta, y salí al mundo.»

      Así es como empieza el capítulo primero del libro Yo salté la tapia. De nuevo en el mundo después de veintiocho años en un convento, escrito por la inglesa Mónica Baldwin. El prefacio está firmado en, Cornwall, febrero 1948. Puede que éste sea el año de su publicación.

      El libro que yo tengo está editado por «Ediciones Dinor S.L., San Sebastián, año1955». Es una segunda edición. El tomo está viejo y mohoso, lo compré el domingo 17 en una tienda de segunda mano. De él me encandiló el estilo de narrar de la autora, y el tema por lo raro. De momento sólo lo he ojeado, y puede que algún día lo lea. Bueno, a veces compro libros descatalogados por impulso, siempre que se ajusten a mi economía; este me costó 2,65€.

     Mónica Baldwin (1893-1975) fue sobrina del primer ministro británico Stanley Baldwin, primer Conde Baldwin de Bewdle (1867-1947). Ingresó en un convento de Agustinas en 1914, y permaneció en él hasta que en 1941 logró la dispensa papal de sus votos. Su nombre de religiosa era hermana Mary Cuthbert.

     Lo que sigue a continuación es el relato que hace Mónica Baldwin de su salida del convento, cuando su hermana Freda fue a recogerla. Más bien parece a cómo debe de ser el despertar de una persona tras veintiocho años de crionización.

      «Con mucha oportunidad vino a buscarme mi hermana Freda en una mañana helada y desapacible. Trajo consigo una atmósfera de ligera desaprobación y una maleta conteniendo las ropas que yo tenía que ponerme antes de hacer, por fin, mi salida al mundo.

      La serie de sustos que me esperaban empezó violentamente en mi primer encuentro con la ropa interior de actualidad. Estaba verdaderamente espantada. 

      Las ropas a la que yo estaba acostumbrada habían sido inventadas por la ascética rigurosa del siglo XIV (…)

      Así que cuando mi hermana me alargó un manojo de fantasías ligeras, de tamaño y aspecto aproximado a una tela de araña, me quedé perpleja.

      Ella dijo: “Aquí tienes tu muda de ropa interior. Ahora, la mayoría de las mujeres usan solamente bragas y un sostén; pero hoy hace frío y, por eso, he pensado que debías ponerte primero una camisa”.

      Examiné aquel objeto pensando en 1914. En aquellos días, una muchacha “decente” se ponía primero una larga camisa de lana, de escote alto y mangas hasta el codo, adornada con una fila de botones en forma de perlas en todo el delantero…

      Después vino la versión moderna del corsé. Era solamente una ligera tira de encaje, de la cual colgaban tiras de goma en un número sorprendente. Me pareció un gran adelanto sobre la idea del siglo XIV. El único inconveniente era que una tenía que escurrirse dentro de ella como una serpiente, puesto que no tenía cierres de ninguna clase.

   

   Lo que más me maravilló fueron las medias.

      La clase a que yo estaba acostumbrada eran unas cosas enormes, mucho más gruesas que las que los hombres usan para ir de excursión por los pantanos, y encogidas a fuerza de repetidos lavados, hirviéndolas hasta tener la forma y la consistencia de botas de montar. El par de medias que Freda me proporcionó era de seda, del mismo color de la piel, y tan transparentes que me maravillaba el pensar que la gente pudiera molestarse siquiera en usar una cosa semejante.

      Dije firmemente: “Freda, no puedo salir con semejantes medias. Parece que llevo las piernas desnudas”.

      Ella sonrió pacientemente.

      “Tonterías —dijo—. Todo el mundo las usa. Si salieras con otra clase de medias, te seguiría la gente”.

      (…) Pensaba qué se habría hecho de las camisolas de escote alto con sus adornos de pasacintas e incrustaciones, y de aquellos pantalones largos de algodón blanco, increíblemente anchos.

      La contestación a mi no formulada pregunta resultó ser una cosa etérea llamada braga, hecha aparentemente de tela de araña. Sentía que mis dientes castañeaban cuando me lo ponía (o hay que decir las ponía?).

      Todavía me esperaba otro susto.

      Me alargaron un objeto que solamente puedo describir diciendo que era un busto femenino, modelado con todo realismo. Era demasiado evidente que su objeto era dar importancia a unos contornos que en mi juventud siempre estaban decorosamente ocultos.
“Esto —dijo mi hermana— es un sostén”.

(…)

      El peor problema fue mi pelo.

      Durante veintiocho años había sido cortado casi al rape, como el de un condenado, y tapado con el increíble sistema de cubrecabezas instituido por la Orden a la que pertenecía (…) En verano era lo mejor para darle a una dolor de cabeza. El milagro, naturalmente, era que habiendo llevado todo eso durante tantos años, todavía me quedase algo de pelo.

      Sin embargo, unos dos meses antes de mi éxodo, me dieron permiso para dejármelo crecer. El resultado fue que mi cabeza se parecía a una “Golliwog” comida por la polilla. (“Golliwog”, muñeca de una clase especial, con el pelo corto y alborotado, muy en boga en 1914). Mi hermana, en previsión de esto, había tenido la inspiración de traerme un sombrero admirable. Aunque no era una toca ni una boina, ni un sombrero, combinaba las ventajas de las tres cosas. Me lo puse con un poco de aprensión. Quizá el efecto haya sido un poco frívolo; sin embargo, tapaba bastante satisfactoriamente mis pelos de bruja.

      Ahora estábamos en el umbral.

      Al cruzarlo pensé dos cosas. Una fue que la puerta, que en aquel instante se cerraba con llave tras de mí no era una puerta, sino una guillotina. Y acababa de cortar de cuajo separándolas de mí, radical e irrevocablemente, todas las cosas que durante veintiocho años habían constituido mi vida y nadie puede saber lo amarga que es esa sensación sin haberla experimentado personalmente.

      El otro pensamiento lanzaba luz sobre mí con la urgencia de un mandamiento:

“No mirarás hacia atrás.”

      Y supe instintivamente que si deseaba guardar el equilibrio en la cuerda floja que se extendía ante mí, tenía que dar un portazo, y continuar mirando en línea recta hacia adelante. De otra manera, tendría que sufrir el castigo.

      Crucé el patio y salí al pálido sol de octubre.

      Para bien o para mal, había saltado la tapia.»




martes, 19 de noviembre de 2013

ROSA LEON. Palabras para Julia.




https://www.youtube.com/watch?v=BjRVzdHJjWo



                                                     




Otro día

Estos días he estado un poco liado en la publicación del libro La invasión y otros relatos. Son los ocho relatos que he escrito para el blog, sin contar el último, El alquiler

He tenido algún problema con Amazon; me decían que habían detectado que los relatos estaban publicados en Internet, gratis, y que no tenían muy claro si yo poseía la propiedad intelectual. Me daban un plazo de cinco días para sacarles de dudas o retirar la publicación de La invasión; si no lo hacía así, ellos se encargarían de anular mis publicaciones en Amazon. He tenido que quitar los relatos del blog, y, curándome en salud, he colocado el número de registro del libro en la primera página, debajo del título y del nombre del autor. Luego, más tiempo perdido, he puesto un primer precio algo alto al libro, pero ya lo he bajado a 0,99$.

 Otra cosa que me ha pasado es que la presentación del libro me sale repetida en Amazon, pero esta rectificación la haré más adelante, cuando haya pasado el periodo de la promoción gratuita, para no cargármela.


También estoy escribiendo una novela, que me lleva su tiempo; y me gustaría seguir escribiendo más cuentos, que no sé si publicaré en el blog, teniendo en cuenta los problemas que da. En el registro de la propiedad intelectual se mosquearon un poco cuando les dije que los relatos habían sido publicados en Internet. Les expliqué cómo eran las cosas y la sangre no llegó al río.

Y como además de escribir también me gusta leer, y ya se sabe que si queremos ser buenos escritores debemos leer, aunque luego no nos lean, pues entonces apenas tengo tiempo para el blog.


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