Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 21 de octubre de 2013

De museos

Esta semana ha sido mi semana de los museos. El miércoles estuve en una exposición retrospectiva del pintor impresionista Darío de Regoyos (Ribadesella, Asturias, 1857–Barcelona, 1913) en el Museo de Bellas Artes de Bilbao; se exhibían más de 130 obras repartidas entre óleos, pasteles, acuarelas, dibujos y grabados. La sala estaba abarrotada de gente, y había varias visitas guiadas; «En aquel tiempo, los impresionistas no estaban bien vistos por la burguesía, que era quien compraba cuadros, y había que tener mucho valor para arriesgarse a seguir esta tendencia», decía uno de los guía.
  

Hoy he ido al Guggenheim. En la 2ª planta había una exposición de Antoni Tàpies (Barcelona, 13 de diciembre de 1923 - 6 de febrero de 2012) titulada Del objeto a la escultura (1964–2009):

«Organizada de manera cronológica y temática, alternando el desarrollo temporal con el análisis de los temas, materiales y técnicas que ocupan al artista, la exposición permite apreciar nítidamente los elementos característicos del universo de Antoni Tàpies: desde su idea del muro hasta objetos como sillas, camas o libros, que constituyen parte de su vocabulario personal y que él transforma en esculturas de rasgos monumentales o en sutiles piezas de pequeñas dimensiones. La exposición descubre la constante preocupación de Tàpies por el problema escultórico y sitúa, por primera vez, a su escultura frente a sí misma.»

En una de las salas había una obra titulada Pila de plats (Pila de platos, 1970), y se trataba de una serie de platos soperos puestos uno encima de otro hasta formar una pila. Un poco más allá, en una visita guiada, un guía se había detenido ante un expositor y explicaba algo, abriendo los brazos y gesticulando de forma apasionada, mientras los componentes del grupo que dirigía miraban con detenimiento una masa arrugada de papel manchado con pintura. En otro expositor vi una obra titulada Trill (Trillo, 2009), que era un trillo, y a su lado había otra obra que era un palé, aunque no recuerdo cómo se titulaba, pero supongo que se titularía Palé porque eso es lo que era. Había también una silla con ropa, titulada Cadira i roba (Silla y ropa, 1970) y el asiento de paja de una banqueta; también había una butaca, titulada La butaca, o para decirlo de forma correcta, había una obra titula La butaca, que era una butaca. Una obra, definida como objeto-tapiz, se titulaba Armari (Armario, 1973), y se trataba un armario abierto, con ropa. Y había otras muchas obras de Arte Povera, de Antoni Tápies.

Salí de la exposición con el sentimiento de que los genios tienen el poder de los dioses, y que son capaces de convertir en oro cuanto tocan.

 




Estos días pienso mucho en los colegas escritores que tienen problemas en el trabajo; los veo aquí, en la Red, informando de que dichos problemas los mantendrán alejados durante una temporada. Desde aquí deseo que todo se les resuelva positivamente.

En un twuit he pillado una dirección que lleva a un artículo que trata sobre los escritores independientes. Se titula El escritor,Amazon y la literatura del futuro, y lo firma Antonio Ramos Zúñiga. Está muy bien. A ver si os gusta y se os alegra la cara. Pinchar en el título.


viernes, 4 de octubre de 2013

"Francisca", relato de Gerard F. Fast




            Francisca estrujó el paño, y un hilo de sangre tiñó el agua tibia de la jofaina. De fuera le llegó el sonido de un motor y se acercó a la ventana, sin dejar de asearse. El descuidado camino carretero descendía a través del pinar y, tras un interminable suplicio de curvas cerradas y baches, desembocaba en el pavimento negro de la carretera comarcal, dos kilómetros más abajo. Desde la planta superior del caserío Francisca podía ver el camino hundirse en el pinar y disfrutar de una perspectiva privilegiada del valle; el caserío quedaba por encima del desmonte del camino carretero, en la curva que había a la entrada del pueblo.

 Un camión de mudanzas acababa de ascender el último tramo de cuesta; llevaba inscrito en letras blancas el nombre de la empresa de mudanzas en la loneta verde de la caja. La máquina, un moderno Hispano-Suiza de 1914,  resoplaba y tosía como un animal enfermo, expulsando gases negros por el tubo de escape; tras echar los restos, se detuvo frente a la casa del pintor. Éste abría la cancela del jardín justo en ese momento.

Francisca se secó cuidadosamente las ingles, sin quitar ojo a lo que sucedía en la calle. De la caja del camión habían saltado dos mozos de cuerda vestidos con blusas azules, y otros tres surgieron luego de la cabina; uno de ellos habló con el pintor, y poco después todos juntos recorrían el camino de losas del jardín y entraban en la casa.

Francisca cogió el paño de lino que estaba doblado sobre el mueble de la jofaina y se lo colocó entre las piernas; luego se subió la braga, acomodó el paño con la mano y soltó la enagua, que cayó pesadamente desde la cintura hasta los tobillos. Antes de asearse se había quitado el delantal y la falda y los había puesto sobre la cama de matrimonio.

Una vez abajo, entró en la cocina, fue hasta el fogón, de un puchero se sirvió café recién hecho, apartó la chapa con un gancho, echó una paletada de carbón y puso leche a calentar. A un lado del fuego un cocido de garbanzos, recién hecho, había impregnado el ambiente con su aroma denso. María, la madre de Francisca, elegía alubias en la mesa, y a su lado la pequeña Águeda, de cuatro años, partía trozos de hogaza y los echaba en un tazón.

―Si sigues echando migas de pan a la leche luego no vas a querer tomarla ―le advirtió María a la niña, apuntándola con el dedo.
―¡Sí la voy a querer tomar! ―respondió muy resuelta Águeda, sin apartar la vista del tazón.

Francisca giró la cabeza y por unos instantes posó sus negros ojos en la pequeña Águeda. El suave perfil de la niña le recordaba al de los angelitos de las estampas, y su cutis delicado, y su pelo sedoso, le arrancaban brillos en lo más profundo y umbrío de su ser.

Antes de tener a la niña, a Francisca le solían asaltar inquietantes episodios de melancolía durante los cuales el discurrir de la vida en el caserío resultaba una carga fastidiosa, sofocante e ineludible. Las nubes posadas sobre el horizonte montañoso, el murmullo de los arroyos, el aroma de los prados, la lluvia, el viento ―toda la naturaleza―, le producían un irreprimible deseo de absorberlos, de introducirlos dentro de sí y expulsarlos luego en forma de algo que ella no conseguía definir, algo así a como quien gesta y alumbra un hijo. Entonces le invadían angustiosos deseos de dejarlo todo ―a su marido, a su madre, al caserío― y huir a no sabía dónde, y comenzar una nueva vida en otro lugar, remoto y desconocido. Cuando esto sucedía, notaba como si en sus entrañas un lobo hambriento le estuviera devorando la juventud, día tras día, hasta que de ésta no quedara sino el reflejo de una piel arrugada, pegada a las sinuosidades del rostro. Normalmente estos episodios de desaliento afloraban al comienzo de cada estación y se iban atemperando a medida que éstas discurrían. 


Otras veces tenía sueños en los cuales estaba lejos de sus montañas, y se veía a sí misma muerta de miedo, perdida en una ciudad laberíntica, de amenazadores pasadizos y tenebrosas callejuelas, en donde rostros huraños y huidizos pasaban a su lado sin apiadarse ni de su expresión asustada ni de sus lágrimas. Y cuando se despertaba de estos sueños, angustiada, temblando y sudando, se agarraba a la rutina con la energía y desesperación con que el náufrago se ase a la tabla, y entonces no deseaba más que permanecer en el caserío para el resto de sus días y envejecer al amparo de las protectoras paredes centenarias, las cuales el paso del tiempo había robustecido. Entonces Francisca cerraba los párpados y se deleitaba con la dulce visión de una apacible vejez, sin privaciones; imaginaba el presente y el futuro, unidos por un gran costurón de arrugas que sellaba definitivamente los miedos y las angustias del pasado; imaginaba las pupilas apagadas de la vejez, ya sin el aterrador brillo de los soñadores ojos juveniles; imaginaba la paz y la tranquilidad de la última etapa, la vida deslizándose suavemente...; y se dejaba llevar…

Puedes seguir leyendo el relato en  La invasión y otros relatos.