Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 15 de septiembre de 2013

Escritores

No sé qué me pasa, pero de un tiempo a esta parte no puedo quitarme de encima la sensación de sentirme como la zorra de la fábula de Esopo, que desprecia las uvas que no puede alcanzar, aun deseándolas, y exclama: «¡Bah!, si no están maduras». 



Escribir por escribir, sin una meta, a la larga puede llegar a ser una distracción pesada que yo terminé por abandonar cuando descubrí que, para evadirme de la realidad, no necesitaba poner en papel aquello que imaginaba. Pero un día se me ocurrió que tal vez podría ser un escritor profesional, y a partir de ese día perseguí las uvas altas de la parra, las que parecen más sabrosas, vistas desde abajo. Salté, pero eran los saltitos patosos de un ambicioso poco entrenado. Me preparé a fondo, y los saltos que daba me llevaban alto, tan alto que podía ver las deliciosas transparencias ambarinas del sol al atravesar las uvas y oler el aroma meloso de éstas. Sin embargo, a pesar del aplicado entrenamiento, los racimos parecían estar cada vez más altos. A pesar de todo, yo seguía saltando y rebotando en el suelo, sin parar, sin darme cuenta de que me había convertido en una pelota de ping-pong,  en vez de un escritor.

Hoy estamos a mediados de septiembre. En la hoja del calendario hay escrita en mayúsculas, en letras grandes, en euskera, la palabra otoño: «UDAZKENA». Al fondo se ve una antigua foto del Naranjo de Bulnes, manchado de nieve: «… una de las montañas más famosas e inexpugnables de España. Ubicada en el corazón de los Picos de Europa…», pone. Un montañero vestido con ropas antediluvianas está de pie, detrás de la última «a» de la palabra en euskera. Se parece a Groucho Marx. La foto parece antigua, de los felices años veinte, y la han coloreado. 

Ahora como las uvas del suelo, y miro con el rabillo del ojo los racimos altos, pero ya no los persigo. Pronto llegará el invierno, la nieve cubrirá las granos caídos y no habrá nada para comer; lo malo de estar abajo es que al llegar el invierno pasas hambre y frío…

Una extraña pereza me invade. El espíritu del ser humano debe de estar compuesto de músculos y tendones invisibles que se fatigan lo mismo que los de carne. No siento ganas de nada. Me gustaría envolverme en un ovillo de seda y dormir a pierna suelta en su interior. Pero no puede ser; la vida, lo real, está ahí, al acecho, y no respeta ninguna de mis fantasías. Es como una píldora amarga que hay que endulzar, si no con un poco de azúcar, como cantaba Mary Poppins en la película, sí con las palabras de esos grandes escritores que de tan humanos como eran sentimos que nos parecemos a ellos…, al menos en algo:








«Me importa un bledo el mundo, el futuro, lo que diga la gente, cualquier institución establecida, incluso la fama literaria, que en una ocasión me hizo pasar tantas noches sin dormir imaginándola. Ya está, así es como soy, tal es mi carácter.» (Gustave Flaubert).












«Dentro de una semana más o menos, partiré hacia Nueva York para encerrarme en una habitación de un tercer piso, a trabajar como un esclavo en mi "ballena" antes de que entre en prensa. Esa es la única forma de acabarla ahora, dado lo mucho que me distraen mis actuales circunstancias. Solo con la calma, la tranquilidad, el ánimo silencioso con que crece la hierba, debería un hombre componer siempre, cosa que, temo, rara vez poseo yo. Los dólares me condenan y el malicioso diablo está siempre sonriéndome, manteniendo la puerta entreabierta. Mi querido señor, me asalta un presentimiento: acabaré finalmente agotado y pereceré, como un molinillo viejo, hecho pedazos por el constante desgaste sufrido al moler una y otra vez. Lo que más me siento impelido a escribir es lo que está prohibido y no da dinero. Por lo que el producto final es malo, y todos mis libros son chapuzas.» (Herman Melville).






«Cuanto más se adentra uno en su propia alma, más se atreve a expresar sus más secretos pensamientos, y más se estremece uno al descubrirlos cuando están escritos, pues le resultan muy extraños, y en esa extrañeza está el mérito. Por este motivo es uno original, y si además es sincero, si tus palabras indican de verdad lo que sientes, entonces eres sublime.» (Stendhal).

«Uno no debería escribir a no ser que tenga cosas importantes y profundamente hermosas que decir, pero entonces debe decirlas con la mayor sencillez, como si estuviera intentando transmitirlas sin que se noten. Es lo opuesto a lo que hacen los idiotas de este siglo, pero es lo que consiguen hacer los grandes.» (Stendhal).







«La gente poco sensible al arte suele pensar que una obra de arte posee unidad cuando los mismos personajes actúan en ella de principio a fin, cuando todo se construye según un único plan de incidentes, o cuando se describe la vida de una única persona. Esto es una equivocación, y esa unidad solo parece real al observador superficial. La argamasa que hace que toda obra de arte sea un todo, de manera que produzca el efecto de una ilusión semejante a la vida, no es la unidad de persona o lugar, sino la relación moral del autor con el tema.» (León Tolstói).







«Flaubert, a quien solía ver en ocasiones, me cogió cariño. Reuní valor para mostrarle algunos ensayos. Los leyó amablemente y dijo: "No sé si tiene usted talento. Lo que me ha traído demuestra cierta inteligencia, pero no olvide esto, joven: el talento no es más que mucha paciencia. Trabajo".

Durante siete años escribí versos, escribí cuentos, escribí novelas, y hasta escribí una obra de teatro execrable. Nada de eso sobrevivió. El maestro lo leyó todo, y en la cena del siguiente domingo ampliaba su crítica inculcándome, poco a poco, dos o tres principios que resumen su larga y paciente enseñanza. "Si tienes originalidad —decía—, debes sacarla a la luz. Si no la tienes, debes adquirir alguna.» (Guy de Maupassant).

«Sea lo que sea lo que quieres decir, solo hay una palabra para expresarlo, un verbo que lo ponga en movimiento y solo un adjetivo para describirlo. Y por eso has de buscar esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, hasta que los encuentres, sin conformarte nunca con aproximaciones, sin recurrir a trucos y malabarismos verbales, por acertados que sean, para evadir la dificultad.» (Guy de Maupassant).

La música, a través de los auriculares, me acompaña...



domingo, 1 de septiembre de 2013

La Zona Muerta



[…] no hay duda de que la vida humana es un espectáculo triste: es fea, pesada y compleja. Para los hombres sensibles, el único objetivo del arte es «hacer que se evapore todo lo desagradable»… (Gustave Flaubert).



«Me llamo David  Sharp, y viajo con Asian Trekking. Tengo mucho sueño», respondió David Sharp a la  expedición liderada por Mark Inglis, cuando le preguntaron quién era, antes de que lo dejaran abandonado a su suerte.





Cuando decidí sentarme a escribir mi relato La Tierra sabía que lo primero que tenía que hacer era buscar información sobre los montes más altos del mundo. No  imaginaba que lo que iba a encontrar me dejaría un desagradable sabor de boca, que aún me dura. 


El relato iba a comenzar con la paulatina disminución de las montañas y relieves de la Tierra, disminución que no cesaría hasta que la superficie del globo no quedase bien lisa, como una perla. Por lógica, el primer monte que debía empezar a perder altura era el Everest.


Pero ¿qué sabía yo del Everest, aparte de que mide 8.848 metros de altura? Cuatro cosas; y como en la cima iba a situar a un grupo de científicos necesitaba conocer en qué condiciones tendrían éstos que realizar su trabajo.


Busqué en Internet y encontré que los últimos 848 metros hasta la cima son conocidos como «Zona Muerta» o «Zona de la Muerte», en donde apenas hay oxígeno para tenerse en pie; que la temperatura media en la cumbre es de -36°; que la nieve es tan blanda que a un helicóptero le resulta imposible posarse sin hundirse, y más cosas.



Pero también descubrí que el Everest es un filón explotado por empresas dedicadas a conducir turistas inexpertos hasta la cima, y que el camino a ella está sembrado de cadáveres. Hay uno al que llaman el «Saludador» porque ha quedado muerto en una postura que parece que saluda, y otro  al que conocen por «Botas Verdes», por sus botas color verde fosforito. Éste es un policía indio que murió en el llamado Desastre de 1996; su nombre era Tsewang Paljor.

 Los cadáveres sirven de referencia para la ascensión: «Quedan tres horas de subida hasta "Botas verdes"», suele decirse. 


Los cuerpos están allí, congelados, casi como recién muertos, y los que suben les hacen fotos y les toman en sus cámaras de video: en uno de los campamentos base, a un lado de las tiendas de campaña, se ve el cadáver de un montañero. Una persona se acerca a él con una videocámara y grava, fascinado por la muerte de un semejante; mientras, en las tiendas la vida sigue imperturbable.


Todo lo que iba leyendo sobre el Everest me descolocaba, y mi imagen romántica de la cumbre y de los intrépidos aventureros que se atreven a desafiarla se iba diluyendo a medida que avanzaba en la investigación; poco a poco, dentro de mí iba quedando un poso de amargura y decepción.


David Sharp
Leo el caso de David Sharp, un profesor de matemáticas inglés que murió tras pisar en solitario la cumbre del Everest el 15 de mayo de 2006. En el descenso, cuando está a poco más de ocho mil metros de altitud, se le acaba el oxígeno de las cuatro botellas que llevaba y empieza a sentir el mal de altura. Hasta cuarenta alpinistas pasan a su lado. Lo ven de pie, junto a una roca, luego manipulando una botella de oxígeno y, finalmente, sentado sin fuerzas en el suelo, en una oquedad, al lado de «Botas Verdes». Nadie lo socorre. Todos pasan a su lado y lo ignoran, abandonándolo a su suerte: nadie tiene intención de ayudarlo y renunciar a la consabida y estúpida foto coronando el Everest. Normalmente, todos los días hay hasta ciento cincuenta personas en el campamento base; el rescate de David Sharp no tendría por qué haber resultado muy problemático. El sherpa de la expedición de Mark Inglis, Dawa, fue el único que intentó salvarle la vida, pero ya era demasiado tarde; puede que si lo hubiera intentado nueve horas antes, cuando pasó por delante de David Sharp camino del Everest, el resultado habría sido otro. Pero había que llevar  la recua de turistas hasta la cima… 


Esto es lo que opinó sobre los hechos el alpinista neozelandés sir Edmund Hillary, primero en alcanzar la cima del Everest en 1953, junto al sherpa Tenzing Norgay:

Edmund Hillary
«Creo que, en conjunto, la actitud con la que se escala hoy el Everest es un horror. A la gente sólo le interesa llegar a la cima y no le importa lo más mínimo que alguien pueda estar en apuros. Durante mi expedición, de ninguna manera hubiéramos dejado morir a un hombre bajo una roca. Simplemente no hubiera sucedido. Si tienes a alguien que te necesita mucho y tú tienes fuerzas, entonces tu obligación es hacer todo lo posible para bajar a ese hombre, y el hecho de llegar a la cumbre se convierte en secundario



 

El deportista vasco Juanito Oiarzabal, declaró, en su momento: 
«Esa gente no puede ser considerada montañera. El Everest lleva años convertido en un circo, y cada año es peor. De hecho, yo no tengo el más mínimo interés en volver allí. Es un clásico: alguien está en problemas, la gente pasa a su lado y nadie se digna ni siquiera a mirarle a los ojos.»



Mark Inglis
Mientras David Sharp agonizaba, la expedición de Mark Inglis coronaba el Everest y él se convertía en la primera persona con piernas ortopédicas que alcanzaba la puta cima.

«Decidí no ayudarlo porque estaba muy mal (David Sharp), prácticamente muerto. No parecía estar bien equipado, no llevaba oxígeno, ni guantes adecuados» (Mark Inglis, justificando su decisión de no socorrer a David Sharp).


Once días después de la muerte de David Sharp, una expedición capitaneada por el estadunidense Dan Mazur se topa con el alpinista australiano Lincoln Hall —a pocos metros del cuerpo congelado de David Sharp—, al cual se ha dado por muerto la noche anterior:
«Sentado a nuestra izquierda, cerca, a unos dos pies de distancia de una caída de 10,000 pies, vimos a un hombre. No estaba muerto ni durmiendo, sino sentado con las piernas cruzadas, en el proceso de cambiarse su camisa. Tenía el traje desabrochado hacia abajo, hasta la cintura, los brazos fuera de las mangas; no llevaba sombrero, ni guantes, ni gafas de sol; no tenía máscara de oxígeno, ni regulador, picador de hielo ni oxígeno, ni bolsa de dormir; estaba sin colchón, sin comida, sin botella de agua.
Lincoln Hall
—Imagino que estará sorprendido de verme aquí —me dijo.
Fue un momento de total incredulidad para todos nosotros. Aquí estaba un caballero, aparentemente lúcido, quien había pasado la noche sin oxígeno a 8600 metros de altitud, sin el equipo adecuado y apenas vestido. ¡Y vivo!» (Dan Mazur).
Mazur detiene inmediatamente la ascensión; dan los primeros auxilios al australiano, piden ayuda al campamento base y se prepara una expedición de rescate. Lincoln Hall salva la vida, y muchos se preguntan si no la habrían salvado otros que fallecieron en el Everest, a los cuales se negó ayuda, entre ellos David Sharp. 

El Everest siempre estará ahí, puede esperar. La vida de una persona no» (Dan Mazur).



David Sharp





«En el Everest nunca estás solo, mamá, aquello está lleno de gente por todas partes», le dijo David Sharp a su madre, antes de partir.