Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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martes, 13 de agosto de 2013

"El muerto", de Gerard F. Fast. Relato

   

  Todo empezó con una pequeña molestia. El médico vislumbró algunos visos sospechosos y juzgó pertinente realizar análisis, para despejar dudas.

  El mal no había provenido del exterior. Ninguno de los cientos de microorganismos dañinos que pueden llegar a infectar el cuerpo humano había sido el responsable de la enfermedad. Fue el propio organismo quien había iniciado una minuciosa y rigurosa tarea de autodestrucción.

 
  Tres meses después la tarea había sido completada, y el malhadado cuerpo permanecía dentro de un ataúd en el crucero de una iglesia, frente al altar.

  De pie, al lado del ataúd, el espíritu del muerto deslizó las yemas de los dedos por la madera barnizada y sintió escalofríos al pensar que su cuerpo estaba dentro de la caja. Luego se sentó en lo alto de las escaleras del presbiterio. El sacerdote cantaba las letanías.

  En la misa de córpore insepulto los familiares y allegados ocupaban las primeras filas de asientos, el semblante grave y contenido, la cabeza inclinada, los brazos cruzados en el pecho o caídos sobre el vientre, las manos juntas. De vez en cuando alguien se sorbía los mocos.

  En los bancos de atrás, los pálidos rostros de los asistentes sin vínculos directos con el muerto se agitaban en las penumbras como azuzados por la impaciencia o el tedio. Los presentes masculinos coreaban entre dientes los cánticos religiosos, mientras que las agudas voces de las mujeres se oían con nitidez gracias a la perfecta acústica del templo. Olía a incienso.

  En el presbiterio, a la derecha de donde estaba sentado el muerto, en un púlpito sin tornavoz, el párroco extendió los brazos delante del micrófono:

  —Amadísimos hermanos y hermanas —empezó a decir, antes de meterse a desgranar un adocenado panegírico.

  En la primera fila se hallaba la viuda, emparedada por los cuerpos de las dos hijas —de diecisiete y diecinueve años— que se asían a ella  por los brazos y se apretaban como si quisieran fundirse hasta formar un solo ser tricéfalo. Las tres mujeres lloraban como Magdalena, y de este río de lágrimas a ratos partía un incontrolado gemido de dolor que atraía todas las miradas y perturbaba el discurso del sacerdote; éste volvía su indescifrable rostro a las mujeres y las miraba con unas pupilas cargadas no se sabía bien si de reproches o de conmiseración. El muerto observaba alicaído, más muerto que nunca.

  Muy afectado por las muestras de dolor, el muerto se preguntaba para qué servía la vida, para qué venir a un mundo imperfecto en donde el propio cuerpo, responsable de trasladar de un lado a otro el espíritu, se revolvía contra sí mismo hasta destruirse.

 Durante el tiempo que duró la agonía —especialmente en los últimos estadios, cuando los analgésicos lo liberaban del dolor y le daban un respiro—, el muerto había reflexionado de manera profunda sobre su pasado. Tras hacer un examen a conciencia había llegado a la conclusión de que nadie le podía hacer un solo reproche. Había sido un buen hijo, un buen marido y un buen padre. Junto a su mujer había creado un hogar, y entre los dos lo habían llenado de muebles y fruslerías con la complacencia de dos urracas que recolectan cuanto brilla para llevarlo al nido. A las niñas nunca les había faltado nada, y el dinero para su educación siempre estuvo garantizado.


Puedes seguir leyendo el relato en La invasión y otros relatos.

2 comentarios:

IIisabel Privera dijo...

De estilo claro, produce interés en continuar la lectura. Aire de misterio engarzado a lo cotidiano. Me interesa su obray deseo seguir conociéndola. Mucho éxito.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias...