Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 7 de julio de 2013

Tusitala y Aelele



Robert Louis Stevenson


«La gente cree que puedo enseñar y poseer un estilo. ¡Qué estupidez! Cuando tengáis algo que decir, decidlo lo más claramente que podáis. Éste es el único secreto del estilo.»
Robert Louis Stevenson.



 




          El escritor pasó a limpio el último párrafo, esperó a que se secara la tinta e introdujo la hoja al final del montoncito que reposaba sobre el escritorio. Puso el manuscrito delante de él y dedicó unos minutos a contemplarlo con orgullo. Luego se levantó y fue al encuentro de su mejor lector: su mujer. Dos días después, ésta le devolvía el manuscrito diciéndole que era un trabajo digno de las más tristes de las hogueras. 

 Lejos de desanimarse, el escritor rehízo la novela, y el nuevo texto, de apenas un centenar de páginas, lo entregó al escrutinio de su mujer. Esta vez la exigente lectora dio el visto bueno, y el escritor corrió a su despacho y puso título y firma a la novela:

«El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde»
Robert Louis Stevenson.


No sabemos cómo era el primer texto de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues Stevenson siguió las recomendaciones de su esposa y quemó el manuscrito. Nos podemos imaginar que era una obra de arte maravillosa, teniendo en cuenta quién la había escrito, pero de escaso encanto para el lector medio que representaba la mujer del escritor. 


Cuando Fanny le aconsejó a su marido que quemase la novela, Stevenson ya había escrito dos de sus más célebres obras, La isla del tesoro y Flecha negra, y además, Príncipe Otto: Un romance. Fanny no le podía reprochar a su marido una falta de pericia en el arte de la narrativa; pero, como lectora a la cual se le pide una opinión, sí estaba en su derecho decirle que lo que había escrito era soporífero. En la mano de Stevenson quedaba el hacerle caso a su mujer; y se lo hizo. No quiero ni pensar en la suerte de la señora Stevenson si, en vez de a su esposo, le recomienda a un escritor indie de nuestros días que queme su manuscrito porque es poco comercial. Arde Troya.

Pero, ¿quién fue esta mujer que se atrevió a orientar nada menos que a Robert Louis Stevenson?

Frances Matilda Van de Grift
  Frances Matilda Van de Grift nació en Indianápolis el 10 de marzo de 1840, y murió Santa Bárbara 18 de febrero de 1914; las dos localidades son de Estados Unidos. Su padre fue un obrero llamado Jacob Van de Grift, y su madre se llamaba Esther Thomas Keen.

A los diecisiete años se casó con un tal Samuel Osbourne, y al cumplir ella los dieciocho años tuvieron una niña a la que pusieron de nombre Isabel. Cuatro años después el matrimonio se instala en Austin. En este pueblo minero Fanny aprende a disparar y a liar los cigarrillos que se fumaba. Más adelante nacerían los otros dos hijos de la pareja: Samuel Lloyd y Hervey.

En 1875 se separa de su esposo, un mujeriego incorregible, y viaja con sus tres hijos a París. Junto con Isabel, se inscribe en la Academia Julian, un estudio avanzado a su época en el cual se permitía a las mujeres asistir a las clases de desnudo. En 1876 muere Hervey, de tuberculosis. 

En 1876, París conoce a Stevenson y se hacen amigos; él tiene 26 años, a la sazón. Ella le alienta en su carrera de escritor. Fanny regresa a California,  y Stevenson, ante la negativa de sus padres de pagarle el viaje para reunirse con Fanny, ahorra durante tres años y viaja a Monterrey, en donde la tuberculosis le pone al borde de la muerte. Allí el escritor espera una decisión de Fanny, que duda entre quedarse con Stevenson o volver con el golfo de su ex marido. Finalmente, se casa con Stevenson en 1880, y se van de luna de miel a una mina abandonada de California; les acompañan los hijos de Fanny.

En 1888 la familia Stevenson se instala en Upola, en la Polinesia. "Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos", escribe Stevenson en una carta. En 1894 muere el escritor y es enterrado en el  monte Vaea.  En 1915 las cenizas de Fanny son enterradas junto a la tumba de Stevenson.

A Stevenson los samoanos le llamaron Tusitala (El Narrador), y a Fanny, Aelele (Nube Voladora).

9 comentarios:

Jayja para tí... dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jayja para tí... dijo...

..se nace escritor...creo yo, no se hace...y si se hace...debe ser un borrador...

Alberto dijo...

No conocía esta historia, y ahora, como siempre, me han entrado ganas de hacer algo imposible: leer también ese primer manuscrito, que no sé si sería mejor o peor; pero estoy convencido de que sería mucho más extenso, pues a pesar de ser uno de mis muchos libros preferidos, siempre he tenido la sensación de que "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr.Hyde" se había quedado algo corto, interrumpido, como si el autor se hubiese quedado con las ganas de contarme algo más.
De todas formas, una de las diferencias fundamentales entre un gran autor y un genio, quizás no sea tanto la calidad de sus obras, sino de lo que unos y otros han lanzado a la hoguera.

Un abrazo y gracias por compartir esta maravillosa historia.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Janett.

Yo no sé si escritor se nace o se hace, pero te voy a contar una cosa que leí en un libro de papel: Nietzsche decía que Murillo no habría sido menos pintor y menos genial aunque hubiera nacido sin brazos y nunca hubiera pintado nada.

A Stevenson los samoanos le llamaban “El Narrador” porque les contaba historias, pero nunca escribió nada para ellos. Si hubiera sido samoano en vez de escocés, no se le podría considerar escritor desde el punto de vista de nuestra cultura, porque no hubiera escrito una línea. Hay mucha gente que piensa que escritor es el que vive de lo que escribe. Unos pocos, como Nietzsche, no están de acuerdo con esto.

Un abrazo.

P.D.: Gracias por el comentario del libro. Es muy bonito.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto:

Quizá el primer manuscrito era más psicológico, y fue eso lo que no le gustó a Fanny. Yo pienso que sería un manuscrito de calidad, porque lo escribió Stevenson. A mí también se me quedó corto, pero puede que fuese porque lo había visto versiones en películas y cosas por el estilo, y eso me influenciaba. Con Blade runner me pasó lo mismo, que el libro me pareció corto.

Sí, puede que tengas razón y “la llama” del genio haya ayudado a crear obras, más que a destruirlas.

Un abrazo. Y gracias a ti y a Janett, por la compañía.

Jayja para tí... dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jayja para tí... dijo...

Uy!, yo considero que escritor es el que escribe, cualquier cosa, hasta en su mente, haciendo poesía en el aire y para el aire, seguro tengo mal las definiciones de escritor, pero no me importa!, porque definir a un escritor porque venda libros sería contar con muy pocos escritores, y además sería como matar mi ilusión de poeta, aunque no vendo nada..., me siento poeta, me siento escritora, buena?, no eso no lo sé, sé que amo escribir, y las letars aún en mi mente son para mí, el aroma de mi ama, respecto al comentario, he dejado para Alberto los términos bien definidos de literatura, las expresiones, las opiniones llenas de su experiencia, etc, como le gusta a él!, yo he recibido de tu libro la magia, la maravilla de la imaginación, los viajes irreales, con un objetivo "humano" y sobre todo una dulzura inmensa, una forma de escribir respetuosa, sin malas expresiones, sin rebeldía contra la esencia, en fin, lo que más me ha gustado de tu libro, es la dulzura y la clase respetuosa conque lo has escrito, cosa que no se encuentra muy a menudo.


ha sido muy agradable leerte...
Un abrazo, amigo,

Alberto dijo...

Je,je,je. Yo todo eso también lo he recibido, Janett. Pero no se trataba de hacer un ensayo (aunque un día si me da la neura lo hago), había que dejar hueco a más comentarios, y si fueran todos tan bellos como el tuyo, mucho mejor. Evidentemente, "El arpa mágica" es también todo eso, y aunque a veces en el fondo el amigo e-writer y yo somos muy parecidos, en la forma somos diametralmente opuestos; él, como bien dices, utiliza la dulzura, y bajo ningún concepto se le ocurriría escribir las barbaridades que pongo yo en boca de mis personajes. Y ya que nombramos a Nietzsche... éste dijo una vez algo así como que los pensamientos y los sentimientos no los capta todo el mundo; las bofetadas sí.

Y en lo relativo a Murillo, estoy, como casi siempre, de acuerdo con el Maestro.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Janett. Un abrazo para tí.