Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

miércoles, 20 de febrero de 2013

"Granada, 1039". Relato de Gerard F. Fast



El año 1039 de Cristo fue, para los musulmanes, los cristianos y los judíos de Granada, el 430 de la Hégira, el 1077 del año de César o de la Era Hispánica y el 4800 de la creación del mundo por Yahveh, respectivamente.
 

A finales del verano de 1039, la ciudad de Granada vivía con el alma en vilo. La tragedia se cernía sobre sus habitantes como un negro nubarrón que amenazaba descargar el infortunio con la equidad del pedrisco, que no mira sobre la testa que cae y distribuye chichones en igual proporción al hacendado que al humilde.
Quien más y quien menos ya había colocado sus pertenencias a buen recaudo, y lo tenía todo dispuesto para escapar a uña de caballo al menor rumor de desastre.
 Hacía ya tres días que el príncipe Badis-ibn-Habbus había partido de Granada para salir al encuentro de Ismael — el hijo del cadí de Sevilla—, que sitiaba la ciudad de Carmona. Su príncipe, Jalil-inb-Abdallah, había enviado a Badis un propio con una misiva en la cual solicitaba ayuda en términos desesperados.
Engrosaban las tropas de Ismael un grupo de sediciosos granadinos encabezados por un emigrante árabe llamado Abu-´l-Fotuh. Tan diestro manejando la pluma como la espada, Abu-´l-Fotuh  era querido y admirado por la descontenta aristocracia de Granada, que no veía el momento de destronar al borrachín, zafio, ignorante y cruel Badis, y de paso cortarle la cabeza y exponerla a la entrada de la ciudad para escarmiento de futuros aspirantes a tirano.
 Ninguna noticia se tenía, pues, del frente. Si bien se sabía en Granada, para desazón de todo el mundo salvo de los descontentos, que las tropas sevillanas eran harto numerosas y que ya habían metido mano a las ciudades de Osuna y Écija, antes de poner sitio a Carmona.

Yahya descansaba plácidamente sobre un jergón de paja en el puesto de guardia, un cuchitril maloliente, sin más iluminación que la proporcionada por tres mezquinas lámparas de aceite que pendían del techo y la poca luz natural que se colaba por las dos saeteras que defendían el pasaje de entrada a la alcazaba.
Miró pensativo la singular cota de escamas que, como la piel reseca de un reptil de fábula, colgaba de un clavo en la pared. Las escamas de la cota eran de cuerno de vaca, blancas, jaspeadas con tierras ocres y aguas grises y negras. Había comprado la cota en el bazar, en el tenderete de Mohamed-ibn-Barca. Importada de Normandía, no se oxidaba, era fácil de limpiar y ofrecía una resistencia al acero mayor que cualquier otra fabricada con los materiales de siempre; al menos eso le había asegurado Ibn-Barca, antes de vaciarle la bolsa tras un encarnizado regateo. El precio de la cota había sido escandaloso. Pero merecía la pena. Se trataba de una pieza única.
Yusuf  era el oficial de puesto; su cuerpo grueso y enérgico pasaba límpiamente de los cincuenta años. Estaba sentado en un catre, con la espalda apoyada en la mugrienta pared de sillería y los pies sobre un taburete; se hurgaba los dientes que le quedaban con una pajita que había extraído por una rendija del colchón. Sentados a una mesa, dos guardias comían queso y gachas en platos de madera. Eran Hafiz e Idriss, dos tipos con los que Yahya  no se llevaba ni bien ni mal.
El puesto de guardia consistía en una sala alargada, con un calabozo al fondo que, en ese momento, encerraba un costal con habas; había también un armero con cuatro lanzas y cuatro escudos de madera de tilo con un umbo metálico en el centro.
Desde su lecho, Yahya podía ver unos pies balancearse dentro de unas botas de cuero; eran los de Nadim, que estaba sentado en el borde del catre superior de la litera. Se quitó una legaña. Luego, cuando llegase el relevo, se daría una vuelta por el zoco. Sí señor, eso haría.

El relato está inspirado en un hecho real. Si quieres, puedes seguir leyendo en La invasión y otros relatos.






No hay comentarios: