Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






martes, 26 de febrero de 2013

Trabajo y aburrimiento



En los países civilizados casi todos los hombres trabajan para ganar un salario. Para ellos el trabajo es un medio, no un fin, y por eso no se muestran exigentes en la elección del trabajo, con tal de que les proporcione buena retribución. 

Friedrich Wilhelm Nietzsche
Hay algunos hombres excepcionales que prefieren perecer a trabajar en cosas que no deleitan; son minuciosos y difíciles de contentar y no les basta con ganar mucho si el trabajo no es por sí mismo la ganancia de las ganancias. A esta especie de hombres raros pertenecen los artistas y los contemporáneos de todas clases, pero también los ociosos que se pasan la vida cazando en aventuras e intrigas de amor. Todos ellos buscan el trabajo y el esfuerzo cuando va mezclado de algún placer, y no les asusta entonces la más dura y difícil de las faenas. Pero de no ser así su pereza es grande hasta cuando puede traer consigo la pobreza, el deshonor o peligros para la salud y la vida. Temen menos que  al aburrimiento el trabajo sin gusto, y hasta necesitan de una gran dosis de aburrimiento para que «su» trabajo pueda salirles bien.

 Para el pensador y para el espíritu inventivo el aburrimiento es la calma chicha del alma que precede a los alegres vientos y a la feliz carrera; hay que soportarlo y esperar su efecto, y esto es lo que las inteligencias inferiores no pueden conseguir de sí mismas. Disipar el aburrimiento de cualquier manera es lo vulgar, tan vulgar como el trabajo sin gusto. En esto se distinguen tal vez los asiáticos de los europeos: en que aquéllos son capaces de reposo más prolongado y profundo que éstos. Hasta sus narcóticos obran lentamente y requieran paciencia, al revés de lo que sucede con la insoportable rapidez de ese veneno europeo que llamamos alcohol

La Gaya Ciencia, de Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900)


miércoles, 20 de febrero de 2013

"Granada, 1039". Relato de Gerard F. Fast



El año 1039 de Cristo fue, para los musulmanes, los cristianos y los judíos de Granada, el 430 de la Hégira, el 1077 del año de César o de la Era Hispánica y el 4800 de la creación del mundo por Yahveh, respectivamente.
 

A finales del verano de 1039, la ciudad de Granada vivía con el alma en vilo. La tragedia se cernía sobre sus habitantes como un negro nubarrón que amenazaba descargar el infortunio con la equidad del pedrisco, que no mira sobre la testa que cae y distribuye chichones en igual proporción al hacendado que al humilde.
Quien más y quien menos ya había colocado sus pertenencias a buen recaudo, y lo tenía todo dispuesto para escapar a uña de caballo al menor rumor de desastre.
 Hacía ya tres días que el príncipe Badis-ibn-Habbus había partido de Granada para salir al encuentro de Ismael — el hijo del cadí de Sevilla—, que sitiaba la ciudad de Carmona. Su príncipe, Jalil-inb-Abdallah, había enviado a Badis un propio con una misiva en la cual solicitaba ayuda en términos desesperados.
Engrosaban las tropas de Ismael un grupo de sediciosos granadinos encabezados por un emigrante árabe llamado Abu-´l-Fotuh. Tan diestro manejando la pluma como la espada, Abu-´l-Fotuh  era querido y admirado por la descontenta aristocracia de Granada, que no veía el momento de destronar al borrachín, zafio, ignorante y cruel Badis, y de paso cortarle la cabeza y exponerla a la entrada de la ciudad para escarmiento de futuros aspirantes a tirano.
 Ninguna noticia se tenía, pues, del frente. Si bien se sabía en Granada, para desazón de todo el mundo salvo de los descontentos, que las tropas sevillanas eran harto numerosas y que ya habían metido mano a las ciudades de Osuna y Écija, antes de poner sitio a Carmona.

Yahya descansaba plácidamente sobre un jergón de paja en el puesto de guardia, un cuchitril maloliente, sin más iluminación que la proporcionada por tres mezquinas lámparas de aceite que pendían del techo y la poca luz natural que se colaba por las dos saeteras que defendían el pasaje de entrada a la alcazaba.
Miró pensativo la singular cota de escamas que, como la piel reseca de un reptil de fábula, colgaba de un clavo en la pared. Las escamas de la cota eran de cuerno de vaca, blancas, jaspeadas con tierras ocres y aguas grises y negras. Había comprado la cota en el bazar, en el tenderete de Mohamed-ibn-Barca. Importada de Normandía, no se oxidaba, era fácil de limpiar y ofrecía una resistencia al acero mayor que cualquier otra fabricada con los materiales de siempre; al menos eso le había asegurado Ibn-Barca, antes de vaciarle la bolsa tras un encarnizado regateo. El precio de la cota había sido escandaloso. Pero merecía la pena. Se trataba de una pieza única.
Yusuf  era el oficial de puesto; su cuerpo grueso y enérgico pasaba límpiamente de los cincuenta años. Estaba sentado en un catre, con la espalda apoyada en la mugrienta pared de sillería y los pies sobre un taburete; se hurgaba los dientes que le quedaban con una pajita que había extraído por una rendija del colchón. Sentados a una mesa, dos guardias comían queso y gachas en platos de madera. Eran Hafiz e Idriss, dos tipos con los que Yahya  no se llevaba ni bien ni mal.
El puesto de guardia consistía en una sala alargada, con un calabozo al fondo que, en ese momento, encerraba un costal con habas; había también un armero con cuatro lanzas y cuatro escudos de madera de tilo con un umbo metálico en el centro.
Desde su lecho, Yahya podía ver unos pies balancearse dentro de unas botas de cuero; eran los de Nadim, que estaba sentado en el borde del catre superior de la litera. Se quitó una legaña. Luego, cuando llegase el relevo, se daría una vuelta por el zoco. Sí señor, eso haría.

El relato está inspirado en un hecho real. Si quieres, puedes seguir leyendo en La invasión y otros relatos.






jueves, 14 de febrero de 2013

Ladies and gentlemen, The Beatles!



El día 11 de febrero se cumplieron cincuenta años de la grabación del álbum  Please, please me de The Beatles.

Hay personas que ven talento donde los demás vemos mediocridad. Nadie sabe qué les mueve a invertir tiempo y dinero en proyectos por los que nadie daría un céntimo. No se trata de oportunistas que siguen las huellas del triunfo, dispuestos a vivir de sus migajas; ni de jugadores que tiran los dados, a ver qué pasa. Son «seres extraños», al parecer dotados de una clarividencia de la cual carecemos los demás. En el caso de The Beatles, ese «ser extraño» se llamó Brian Samuel Epstein.

The Beatles, antes de que Epstein se fijara en ellos, no pasaba de ser uno de tantos grupos musicales de Liverpool. No tenían ninguna canción propia; incluso llevaban en su repertorio una versión pachanguera del Bésame mucho, de Consuelito Velázquez, en la que acababan las estrofas con un ¡chachapú! que no venía a cuento y que estropeaba aún más la versión, si es que eso era posible. Por si fuera poco, en sus comienzos la música de The Beatles sonaba peor que la sarta de latas colgadas de la trasera de un coche de recién casados.

En definitiva, The Beatles no aportaban nada a la música de su época, y nada indicaba que lo fueran hacer en el futuro. De no haber conocido a Epstein, con bastante probabilidad el destino de los cuatro chicos habría sido una fábrica de Liverpool y el ostracismo más absoluto como artistas. Como músicos no habrían encontrado trabajo ni en la orquesta municipal. Roto el grupo, y con cinco o seis años más cada uno a sus espaldas, les habría costado encontrar a alguien que los considerase músicos.
Brian Samuel Epstein

Por no creer, en su continuidad como artistas no creían ni los propios Beatles. En los primeros estadios de su fama, los componentes del grupo expresaron en alguna ocasión que no confiaban en que The Beatles durase más allá de unos meses, y sólo Paul le dijo a Epstein que, cuando todo pasase y los Beatles dejaran de ser interesantes, a él le gustaría seguir metido en el mundillo músical, si ello fuera posible.

Brian Samuel Epstein, sin que los «normales» sepamos por qué, vio en The Beatles un diamante en bruto donde los demás vieron un canto rodado. Apostó por ellos. Consiguió que les grabasen un disco, Love me do, del que sólo se vendieron unos cientos de copias. Para que el disco se colocara en las listas de los más vendidos y la EMI considerase la posibilidad de volver a grabar con The Beatles, cuenta la leyenda que Brian Epstein compró de su bolsillo las copias restantes, hasta un total de diez mil. El siguiente  disco, Please, please me, fue un éxito absoluto, y después, por simpatía, el fracasado Love me do, también. Lo que siguió pertenece a la Historia, con mayúscula.



miércoles, 6 de febrero de 2013

Lorca. "Canción de jinete (1860)"



 
En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.

Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

 ...Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.

Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

 En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.

Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.

Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

 En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.

Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?