Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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miércoles, 9 de enero de 2013

La Cruz de Hierro



En la película Stalingrado, dirigida por Joseph Vilsmaier, un hambriento pelotón alemán observa impaciente el descenso en paracaídas de un paquete con abastos que acaba de lanzar un avión de la Luftwaffe. Hundido en la nieve, el paquete es despojado de los sellos por los famélicos soldados; y mientras sus compañeros hurgan ansiosamente en busca de alimentos, uno se incorpora y se aleja unos pasos. En el paquete viajaban unas cajitas con condecoraciones, destinadas a los desmoralizados soldados de un exhausto 6º Ejército Alemán, cercado y agónico. El soldado ha cogido una condecoración y se la ha prendido en el pecho; sonríe feliz; las privaciones y la desolación que le rodean han desaparecido; el brillo de la medalla borra las penalidades de su rostro y le convierte en un héroe.


Parece que siempre estemos necesitados de medallas para sentirnos a gusto con nosotros mismos. Debe de ser algo propio de la condición humana. ¿Qué sentido tiene realizar una gran hazaña si no hay quien prenda en nuestro pecho la medalla Al Mérito? Las respuestas a esta pregunta suelen ser de manual: la superación de uno mismo, el respeto por el propio «yo», la satisfacción por el deber cumplido, y un largo etcétera de respuestas encomiables muy del gusto de nuestro súper ego. Pero en la realidad, en la vida social cotidiana, necesitamos que se reconozcan nuestros méritos y que se nos dé una palmadita en el lomo.

Dicen que la labor del escritor es una labor solitaria. Puede que, en realidad, se deba ser un solitario para escribir. Pero una vez concluida su obra, es raro el escritor que no busca el reconocimiento en el exterior, en los demás; y sufre y se desespera si ese reconocimiento no llega. Da igual que el escritor cuente con una personalidad madura, definitiva y asentada: buscará la aprobación de los demás, y no le importará si esa aprobación viene de personas a las cuales la literatura les interesa bien poco. Y cabe la posibilidad de que, si el reconocimiento no llega, el escritor dude de la calidad de su trabajo y termine por abandonar.


Henry James llevaba mal las críticas a sus obras, si no se ajustaban a lo que él deseaba oír, y se deprimía. Aunque dichos comentarios se hicieran por sus amigos con toda la buena fe del mundo. Edith Wharton, que lo conoció bien, definió al autor de Otra vuelta de tuerca y Las bostonianas como un solitario que no podía vivir solo. Puede que esta definición valga para los escritores sin editorial que vagan como almas en pena por Internet.

Henry James y Edith Wharton
  La escritora neoyorquina opinaba que un escritor no daría lo mejor de sí mismo hasta que no dejase de pensar en los lectores, los editores y las editoriales, y escribiese para ese «yo creativo» que vive en algún lugar en lo más profundo del alma del escritor.

No parece que ese «yo creativo» necesite de medallas, y no estaría de más intentar seguir el consejo de E. Wharton. 

Pero resulta tan difícil hacerlo…

6 comentarios:

Blas Malo Poyatos dijo...

Hola Crónicas, hay que buscar un equilibrio entre escribir y salir al mundo. Oficio solitario es, sin duda: si una novela histórica, según calculaba un autor, requiere 1400 horas de dedicación... pues son 1400 horas que no dedicas a otras cosas (viajes, parapente, esquí, baloncesto, comer nachos, ir a conciertos, hacer curso de buceo, participar en trofeo de ajedrez, ser padre...)

A veces uno hace balance, y se pregunta ¿por qué seguir escribiendo? ¿Para qué? ¿Compensa dedicar 1400 horas... en qué?
Pues... cada uno debe responder a esa pregunta.

Un saludo cordial

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Blas, por estas reflexiones. Pienso que ese autor que calculaba las horas dedicadas a escribir tendría que tener otro oficio, aparte del de escritor; no se entiende si no que midiera el tiempo que le llevaba construir una novela.

¿Qué no daríamos todos por vivir de la escritura y dedicarle el tiempo que nos viniera en gana? Y lo haríamos gustosos, administrándo ese tiempo a nuestras anchas.

Sin embargo, si el tiempo que dedicamos a escribir es el tiempo que le correspondería al ocio y a nuestra vida social, ¿qué nos queda sino un previsible agotamiento, a la larga, y un hacer balance con las preguntas que indicas en el comentario? Preguntas que, como bien dices, sólo tienen una respuesta: "La respuesta está en nosotros".

crónicas de un e-writer dijo...

Un fuerte abrazo, Blas.

Alberto dijo...

Precisamente, en la película de Sam Peckinpah "La cruz de hierro", estas condecoraciones estaban destinadas, pricipalmente, a los caídos en combate. Espero que ése no vaya a ser nuestro caso, pue el reconocimiento, como la falta de él, a menudo también mata; sólo que uno lo hace por agotamiento y el otro por apoltronamiento. Yo desde luego subscribo lo dicho por Edith Wharton, y lo que en su momento dijo David Simon, el creador de la imprescindible "The wire", cuando le preguntaron en qué estaba pensando cuando ideó la serie: "Que se joda el espectador medio", respondió. Pues eso que se jodan los lectores medios y los instruidos también, las editoriales y las medallas; escribamos lo que nos salga del alma, de las entrañas, saquemos cual exorcistas nuestros diablos de dentro; eso es lo que realmente importa, es lo que necesitamos.
Por otra parte, no sé si para ser escritor se necesita ser un solitario; pero para ser uno realmente bueno, apostaría a que sí, además de talento, por supuesto. Pero es triste verse convertido en un Dostoievski que diga: "Yo no vivo; escribo". Anteponer la literatura a la vida es sin duda una enfermedad; pero al menos en el caso del escritor ruso, ¡bendita sea!
Yo tampoco entiendo que un escritor calcule las horas que le ha llevado escribir un libro. Eso me huele a fabricante de "tochos", a producción en cadena. Cuando un editor le preguntó a Herman Hesse, cuánto tiempo tardaría en entregarle el manuscrito finalizado, le respondió algo así como: "Qué se yo; una semana, un año, un siglo; el tiempo sólo es importante para ustedes, los hombres de negocios". Pero, desde luego que sí, cada uno debe valorar el tiempo que le dedica a esto. Yo, como principalmente lo hago en horas de "trabajo", no me arrepiento.

Saludos para los dos.

Jayja para tí... dijo...

volveré....sólo dejo ahora mi huella...un gran abrazo....

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Jayja. Te espero.

Un abrazo.