Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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sábado, 17 de noviembre de 2012

Los "detallistas"




Me parece que fue Miró quien le dijo a Picasso que los dedos que aparecían en el Guernica parecían penes. Pintar un cuadro de 3,50 x 7,80 m, cargado de simbolismo, y que la primera reflexión sobre él de un colega sea la expresada por Miró es para dejarte, cuando menos, perplejo.

Como en tantas otras cosas, en arte conformar a todo el mundo es imposible. Sin embargo, hay individuos que parecen buscarle tres pies al gato a cuanto trabajo artístico les pones delante y pides su parecer. Son los «detallistas», que generalmente suelen ser tus amigos o, para más sangre, tu propio compañero o compañera. Los «detallistas», al final, más que ayudar te confunden.

El «detallismo» sólo se da en adultos. Los niños son de mejor conformar. Recuerdo una serie de bajo presupuesto que emitían por televisión en los años noventa, dirigida al público infantil. Iba de las aventuras de Batman y Robin. Su avión se había estrellado en una inhóspita cadena montañosa de los Estados Unidos. Los dos súper héroes contemplaban un intrincado territorio de cimas boscosas en el que se perderían hasta los osos. 
 
—¿Qué podemos hacer?, Batman —pregunta Robin.
—Pedir ayuda, Robin.
—Y ¿cómo lo hacemos?
—Llamando por teléfono —. Con la mayor naturalidad, el hombre murciélago señala una cabina telefónica que hay a menos de diez metros. Al plano siguiente ya están llamando por teléfono, y al poco llega un helicóptero que los rescata.

A ningún niño que seguía la serie le sorprendió que hubiera una cabina telefónica en aquellos montes, y mucho menos que Batman llevara en su ceñidísimo traje calderilla para realizar la llamada. Los niños, para los guionistas, son una bendición del cielo.

Un psicólogo hizo el siguiente experimento. Le propuso a un adulto que buscara la forma de sacar un automóvil bloqueado junto al bordillo de la acera por otro aparcado en doble fila. El hombre busca soluciones;  piensa que puede salir por la acera; pero no: una farola se lo impide. Actuemos con lógica, se dice; en primer lugar, lo más oportuno es tocar el claxon, y si no aparece el dueño habría que ir a buscarlo a los establecimientos cercanos. Si esto no resuelve el problema, como último recurso queda llamar a la grúa y asunto solucionado; mano de santo. «—Bien», asiente el psicólogo, y le propone el mismo problema a un niño de seis años. «—Por arriba, volando», contesta el niño.

Sí, los niños son un encanto.


Una vez se me ocurrió escribir un relato sobre un tipo al que se le cae la dentadura postiza por el váter; éste cierra la tapa con un golpe seco y captura la dentadura. El váter obliga al pobre hombre a desatornillarle del suelo y tratarlo a cuerpo de rey, con la promesa de que le devolverá la dentadura más adelante. Una chica periodista en televisión me dijo que la idea tenía su gracia y que tal vez daría para un corto.

Escribí un borrador a lápiz y busqué una segunda opinión, esta vez en un amigo.

—No es creíble —me dijo mi amigo.
—¿Por…?
—El hombre puede buscar una barra con la que forzar la tapa; también puede meter la mano por detrás del váter, por el desagüe, y coger la dentadura; o liarse a martillazos con la taza.
—En un relato fantástico están permitidas ciertas licencias… —me defendí, sin ninguna pasión.
—Pero no todas, hay que hacerlo creíble, cuidar los detalles con mayor mimo que si fuera una historia basada en la relidad.

Había surgido el «detallista». Curiosamente, no vio anormal que una taza de váter hablase. Supongo que había leído a Kafka. Todo el mundo lo ha leído.

—No sabía que tuvieras dentadura postiza —dijo de pronto.
—Y no tengo.

Señor, ¡qué cruz!




  

 

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