Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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lunes, 12 de noviembre de 2012

Fragmento de "El arpa mágica", de G .F. Fast



»El hombre vivía apartado de sus semejantes en aquella espléndida casa, con la sola compañía de una veintena de ovejas a las cuales se dirigía, y dialogaba con ellas, como si fuesen personas. Los animales, bien por el trato que se les daba, bien porque estuvieran dotados de un don singular, se comportaban igual que un consumado equipo de sirvientes de naturaleza humana. Cocinaban para el pastor, disponían la mesa y se ocupaban de las tareas domésticas y del mantenimiento de la mansión

»Vi a las ovejas trajinar elevadas sobre sus cuartos traseros sin dar muestras de cansancio ni perder en ningún momento el equilibrio, y lo hacían con la soltura de una persona. A la mesa se sentaban con el pastor como si fueran de la familia, y engullían su buena ración de pasto con los educados modales de veinte señoritas de bien, usando cubierto propio grabado con la inicial de sus respectivos nombres. Además, las ovejas disponían en la casa de habitaciones individuales. 

»Por si fuera poco, se ordeñaban a sí mismas, y con la leche elaboraban quesos que gozaban de mucha fama dentro del país y fuera de él, según me confesó mi anfitrión.

»La venta de esos quesos y de la lana de las ovejas le habían reportado al pastor pingües ganancias. De ahí le venía el bienestar que disfrutaba.

»Le pregunté al ovejero si no le pesaba el vivir aislado en la montaña, y que si no le agradaría más vivir en las tierras bajas, junto a sus congéneres.

»—De ningún modo, amigo mío —me respondió sin dudarlo un segundo, en un tono cercano que ya usábamos los dos—. Supongo que habréis observado las constantes inundaciones que anegan mi país. La gente de las tierras bajas no puede echar raíces durante mucho tiempo en ningún lugar. Las aguas desplazan las casas barco de un sitio a otro, y cada pocos años los lugareños tienen que empezar de nuevo allá donde las riadas depositan sus hogares. Además, las torrenteras salidas de madre asolan sembrados, huertas y todo lo que encuentran a su paso. Como puede ver, las aguas desbordadas manejan a capricho las desdichadas vidas de mis paisanos. Yo, en cambio, estoy a salvo de los vaivenes de la naturaleza y soy quien decido mi destino.

El arpa mágica de Gerard F. Fast

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