Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






miércoles, 7 de noviembre de 2012

El libro en el cajón



En el siglo XIX un tipo de Nantes, tras recorrer las editoriales parisinas sin éxito, escribía a su madre suplicándo que le buscase cuanto antes una dama rica con la cual desposarse, pues llevar la vida bohemia del escritor rechazado está bien para los veinte años, pero no cuando uno se adentra en la treintena. El tipo se llamaba Julio Verne.  

Antes de Amazon, cuando el intentar publicar un libro suponía un tortuoso peregrinaje por editoriales y agencias, los libros rechazados acababan en el cajón de la mesa del escritor.

Un autor no publicado, a nada que fuera medianamente prolífico, podía llegar a acumular en su cajón un sinnúmero de relatos y  más de veinte novelas, a lo largo de su vida literaria; y algunas de estas novelas eran de las gordas, de esas que pasan de las mil páginas y te tronzan la espalda si las llevas en el bolso o bajo el brazo, para leer en el metro.

Para un joven escritor del siglo XX tenía que resultar frustrante el imaginarse con cincuenta años y un montón de novelas sin publicar en el cajón, tras pasar media vida aporreando las teclas de la máquina de escribir y dando la murga a familiares y amigos para que lean su última obra y le den su opinión. La imagen, desde luego, es aterradora, como para desanimar al espíritu más soñador.

Con Amazon esa sensación de pánico al «cajón lleno de libros no publicados» ha desaparecido. Ahora el escritor puede auto publicarse en Amazon y santas pascuas. Lo único que guarda en el cajón del despacho son los justificantes de los derechos de autor; si los tiene, porque lo mismo no le ha dado la gana tramitarlos. En el siglo XXI un joven autor puede encarar el futuro con esperanza.

 Ya hay autores de Amazon que presumen en Internet de estar ganando sus buenos dineros con sus obras. Son voces que iluminan como faros el camino a las nuevas generaciones de escritores. Voces que anuncian algo que parecía una quimera hasta hace bien poco: la posibilidad de que los escritores rechazados por las editoriales puedan vivir de sus obras.


2 comentarios:

raquel dijo...

Amazon ha sabido canalizar la necesidad de elegir que cada vez tenemos más personas. En internet ya era evidente viendo el seguimiento de algunos blogs de opiniones que no tenían su lugar en la prensa "convencional" y la aparición de pequeñas revistas literarias.
Es bueno para los escritores y mejor aun para los que nos gusta escoger por nosotros mismos.
Enhorabuena por tu blog, acabo de descubrirlo y no puedo dejar de leer

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Raquel. Amazon ha sido como si de pronto se abrieran las compuertas de una enorme presa, y la literatura marginada en ella durante años saliera incontenible, y ya del todo imparable. Si alguien piensa que el futuro va a ser un calco del pasado es que desconoce la Historia.

Gracias por dejar un comentario y hacerte seguidora de mi blog.

"Enhorabuena por tu blog, acabo de descubrirlo y no puedo dejar de leer", has escrito. Qué bonito...

Un fuerte abrazo y buena suerte.