Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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sábado, 20 de octubre de 2012

La cigarra y la hormiga




La cigarra se detuvo ante el hogar de la hormiga. Estaba entumecida por el frío y apenas si tenía fuerzas para aporrear la puerta. Tosió. Los copos de nieve se le metían por la boca cuando trataba de respirar; cortaban como cuchillas; le estaban convirtiendo los pulmones en una papilla acuosa. La puerta se abrió e iluminó con un halo amarillo la porción de noche que ocupaba la cigarra. Ésta agradeció el aliento cálido del hogar, una gruta excavada en la ladera de la colina de los diente de león. La hormiga sujetaba la puerta con una mano, erguida en el umbral, segura de sí misma. Miró de arriba abajo a la cigarra, valorando su aspecto maltrecho. La había oído cantar todo el año, sin otra ocupación, mientras ella, la hormiga, trabajaba preparando el invierno. La cigarra clavó unos enormes ojos suplicantes en la hormiga. Ésta se hizo a un lado. «—Anda, pasa; y que te sirva de lección», dijo.

No, no me he inventado el final del cuento de la cigarra y la hormiga. En su fábula, Esopo salvaba a la cigarra. Fueron Jean de la Fontaine y Samaniego, en sus versiones de la fábula, quienes la condenaron a pasar hambre y frío. La hormiga de Esopo es piadosa y para nada revanchista. La hormiga de De la Fontaine y  Samaniego es una hormiga dura, inconmovible e innecesariamente sarcástica: «—¡Pues bien, baila ahora!», le espeta a la cigarra. 

La fábula de Esopo comunica valores de recompensa por el esfuerzo y empatía por el prójimo, por muy errado que haya estado éste. En las versiones de De la Fontaine y Samaniego se premia el esfuerzo previsor y se castiga la desidia, sin contemplaciones. De la Fontaine y Samaniego abandonan a la cigarra a su suerte, que no será otra que morir de hambre y de frío; y lo hacen sin pestañear, poniéndolo como ejemplo de lo que te puede suceder si te sales del tiesto en una sociedad pragmática e individualista; su moraleja más bien suena a amenaza. Esopo salva a la cigarra, y su moraleja nos dice que hay que esforzarse para sobrevivir, pues el mundo no es de otra manera, pero que no por eso debemos deshumanizarnos.

Para Esopo la cigarra será siempre una cigarra, y no por comportarse de acuerdo a su naturaleza debe morir; la hormiga será siempre hormiga y jamás podrá cantar, por mucho empeño que le ponga. Para De la Fontaine y Samaniego la cigarra será siempre cigarra y precisamente por eso debe desaparecer. 

 «Aquél que no trabaje, que no coma», sentencia San Pablo. De la Fontaine y Samaniego eran cristianos, como San Pablo, y tal vez por eso pensaban como él: «—¡Pues bien, baila ahora!»

Esopo fue un pagano, un idólatra adorador de mil dioses en cuya mente abierta no cabía la revancha, y mucho menos el sarcasmo. «—Anda, pasa; y que te sirva de lección».

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