Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






jueves, 25 de octubre de 2012

Carrilanos



Si se busca en el diccionario la palabra "carrilano" aparece que carrilano es, en Bolivia, un empleado del ferrocarril. El "carrilano" que da título a esta entrada es argot, y su significado no está registrado en el diccionario de la lengua castellana. 

El término "carrilano" se utiliza para denominar a las personas que han perdido su estatus social y viven en la calle, sin hogar y sin posibilidades de reintegrarse a la sociedad por sus propios medios, sencillamente porque no los tienen. 

El proceso de convertirse en carrilano tiene sus pautas: primero es la pérdida del empleo o de aquello que permite estar dentro de la sociedad; segundo es la pérdida del hogar; finalmente viene la calle, y con ella la degradación física y la pérdida de la autoestima; llegados a este punto, desaparecidas todas las oportunidades, la vida está en el carril y sólo marcha en una dirección, como una locomotora descontrolada, sin poder salirse de su ruta de miseria; entonces se es carrilano, y se vive en un mundo aparte, al margen de todo, dentro del carril.

Desde que empezó la crisis, en las calles de mi ciudad empezaron a aparecer los primeros carrilanos, y su número aumenta de forma exponencial al paso del tiempo. Duermen en los soportales de los comercios, en los huecos de las fachadas; dentro de los cajeros de los bancos, de las cajas, utilizando cartones a modo de lechos y mantas. Puede que, para más inri, algunos de esos cajeros que utilizan para dormir sean del mismo banco o caja de ahorros que los desahució.

La Constitución Española reconoce el derecho a la vivienda, y nadie debería arrebatársela a quien la tiene ni negársela a quien no la posee. No importa cuales hayan sido las causas que han arrojado a una persona a la calle, como ser humano sigue teniendo derecho a una vivienda digna, estemos a favor de ello o no. El derecho a una vivienda digna es un derecho fundamental del ser humano y no debería ser negociable.  


sábado, 20 de octubre de 2012

La cigarra y la hormiga




La cigarra se detuvo ante el hogar de la hormiga. Estaba entumecida por el frío y apenas si tenía fuerzas para aporrear la puerta. Tosió. Los copos de nieve se le metían por la boca cuando trataba de respirar; cortaban como cuchillas; le estaban convirtiendo los pulmones en una papilla acuosa. La puerta se abrió e iluminó con un halo amarillo la porción de noche que ocupaba la cigarra. Ésta agradeció el aliento cálido del hogar, una gruta excavada en la ladera de la colina de los diente de león. La hormiga sujetaba la puerta con una mano, erguida en el umbral, segura de sí misma. Miró de arriba abajo a la cigarra, valorando su aspecto maltrecho. La había oído cantar todo el año, sin otra ocupación, mientras ella, la hormiga, trabajaba preparando el invierno. La cigarra clavó unos enormes ojos suplicantes en la hormiga. Ésta se hizo a un lado. «—Anda, pasa; y que te sirva de lección», dijo.

No, no me he inventado el final del cuento de la cigarra y la hormiga. En su fábula, Esopo salvaba a la cigarra. Fueron Jean de la Fontaine y Samaniego, en sus versiones de la fábula, quienes la condenaron a pasar hambre y frío. La hormiga de Esopo es piadosa y para nada revanchista. La hormiga de De la Fontaine y  Samaniego es una hormiga dura, inconmovible e innecesariamente sarcástica: «—¡Pues bien, baila ahora!», le espeta a la cigarra. 

La fábula de Esopo comunica valores de recompensa por el esfuerzo y empatía por el prójimo, por muy errado que haya estado éste. En las versiones de De la Fontaine y Samaniego se premia el esfuerzo previsor y se castiga la desidia, sin contemplaciones. De la Fontaine y Samaniego abandonan a la cigarra a su suerte, que no será otra que morir de hambre y de frío; y lo hacen sin pestañear, poniéndolo como ejemplo de lo que te puede suceder si te sales del tiesto en una sociedad pragmática e individualista; su moraleja más bien suena a amenaza. Esopo salva a la cigarra, y su moraleja nos dice que hay que esforzarse para sobrevivir, pues el mundo no es de otra manera, pero que no por eso debemos deshumanizarnos.

Para Esopo la cigarra será siempre una cigarra, y no por comportarse de acuerdo a su naturaleza debe morir; la hormiga será siempre hormiga y jamás podrá cantar, por mucho empeño que le ponga. Para De la Fontaine y Samaniego la cigarra será siempre cigarra y precisamente por eso debe desaparecer. 

 «Aquél que no trabaje, que no coma», sentencia San Pablo. De la Fontaine y Samaniego eran cristianos, como San Pablo, y tal vez por eso pensaban como él: «—¡Pues bien, baila ahora!»

Esopo fue un pagano, un idólatra adorador de mil dioses en cuya mente abierta no cabía la revancha, y mucho menos el sarcasmo. «—Anda, pasa; y que te sirva de lección».

martes, 9 de octubre de 2012

¿Me gusta? ¿No me gusta? Buick 8, un coche perverso.


Leyendo los comentarios que los lectores hacen de los libros, no pocas veces me sorprende la disparidad de opiniones que despierta la lectura de esta o aquella obra. Un libro puede gustar a rabiar a unos y desagradar hasta la nausea a otros, sin término medio. En alguna ocasión ha habido lectores que se han preguntado en voz alta si la historia que han leído ellos es la misma que han leído los demás. No acababa de entender cómo se podía estar en tan extremo desacuerdo en la valoración de un libro, hasta que algo similar me sucedió a mí hace una semana. 
  
Hace una semana entré en un blog donde se comentaba un libro. El comentario (que me pareció ameno, interesante e instructivo) hablaba sobre los defectos y virtudes del libro y concluía recomendando su lectura. El libro en cuestión era la novela Buick 8, un coche perverso, de Stephen King. Por una de esas extrañas casualidades, yo acaba de leer ese libro.

 
La trama de Buick 8, un coche perverso se desarrolla en Pensilvania. «Año 1979, Statler, un misterioso individuo llega a una gasolinera, va al baño y desaparece. El buick 8  de 1954 que conducía queda abandonado. La policía se hace cargo del buick y lo guarda en una nave, detrás la comisaría. A partir de aquí el buick es el origen de extraordinarios sucesos».

La trama me pareció atrayente; en la contraportada leí la sinopsis, y la primera página se portó bien, incitándome a la lectura a pesar de no ser nada del otro mundo. Es al adentrarme en el libro cuando me llevé la decepción; los capítulos caían en una especie de bucle y parecían repetirse, como si al autor se le hubiera terminado la historia en las cien primeras páginas, o puede que antes. Cada vez que retomaba la lectura sentía una rara sensación de  déjà vu, de cosa ya leída. Al comienzo de cada capítulo esperaba con ansiedad que algo diferente pasase, pero nada, de nuevo el déjà vu perverso. Al final opté por volar por las páginas, deseando llegar al desenlace.

 
 A mí la novela no me gustó, y sólo el seductor estilo de Stephen King hizo que no la dejara tras las primeras decepciones. Sin embargo, para  la persona que la comentó en su blog,  Buick 8, un coche perverso es una buena novela digna de ser recomendada. ¿Por qué esa diferencia de opiniones? Sospecho que la otra persona que leyó el libro sabe más que yo de Stephen King, del cual ni siquiera acierto a escribir correctamente su nombre sin consultar, y que tiene mayores conocimientos literarios , todo lo cual le da claves para realizar una lectura del texto infinitamente más provechosa que la mía. Si no es así, no sé a qué se deberá. ¿Cuestión de gustos…? No lo sé. 


Lo mejor del libro fue que venía acompañado de una nota de autor en la que Stephen King contaba cómo y dónde se le había ocurrido la novela. Stephen y su mujer, Tabby, pasaban el invierno de 1999 en Longboat Key, Florida, donde King dio los últimos retoques a la novela La chica que amaba a Tom Gordon. A finales de marzo, Tabby cogió un avión a Maine y King, que odia los aviones, regresó en coche. Al oeste de Pensilvania dejó la I-87 para poder repostar en una gasolinera. Mientras el empleado de la gasolinera le llenaba el depósito, King se acercó a los lavabos y luego se dio una vuelta por detrás de la gasolinera. Allí encontró una inclinada pendiente cubierta de piezas de automóvil y un torrente ruidoso al fondo de la misma. El suelo conservaba manchas de nieve; al acercarse para ver mejor el torrente King resbaló, y gracias a que logró asirse a un oxidado eje de camión no acabó en el agua. De vuelta a la I-87 el genial escritor se pregunta qué habría pasado si no se hubiera agarrado al eje del camión; el torrente lo habría engullido sin que nadie se percibiera de ello hasta vete a saber cuando. El coche quedaría abandonado en la gasolinera, ante la perplejidad del operario que se preguntaría qué demonios había pasado con el tipo que lo conducía. El incidente ocurrió a las diez de la mañana, y por la tarde ya estaba en Nueva York. Para entonces King ya tenía esbozada en la cabeza Buick 8, un coche perverso. Dos meses después tenía escrita la primera redacción, pero había escrito sobre el oeste de Pensilvania y la policía estatal de Pensilvania, dos cosas sobre las que King no tenía ni idea. Iba abordar estos dos problemas cuando sufrió un accidente de tráfico y durante un año ni se acordó de la historia. Cuando la retomó, convivió con los patrulleros del cuartel de Butler, de la policía estatal de Pensilvania, y pudo informarse de primera mano de la labor cotidiana de los patrulleros. El resultado es la novela Buick 8, un coche perverso.