Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los árabes no conquistaron España



«Sorprendido quedará el lector al saber que no existen testimonios contemporáneos que describan la invasión de España por los árabes, o que tengan alguna relación con estos acontecimientos. Lo mismo nos ocurrió hace treinta años cuando lo averiguamos al empezar estos estudios». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

La historia tradicional cuenta la invasión así:
«Los partidarios de Rodrigo derrotan a los de los hijos de Witiza. Rodrigo es nombrado rey. En Toledo hay un cofre sellado con siete candados; aquél que los abra arruinará España. El rey Rodrigo desoye el aviso y abre el cofre. Más adelante Rodrigo sorprende a Florinda la Cava, una joven que se dedica a limpiarle la sarna con un alfiler de oro, bañándose en las aguas del Tajo; Rodrigo se queda prendado de la joven y la toma a la fuerza. Florinda es la hija del gobernador de Ceuta, el conde don Julián; había sido enviada a la Corte para ser educada y encontrar marido entre la nobleza. La chica le cuenta a su padre que ha sido deshonrada por el rey; don Julián se venga aliándose con los derrotados hijos de Witiza y aporta embarcaciones para que los árabes crucen el Estrecho y se enfrenten al rey Rodrigo. Éste es derrotado y los árabes conquistan España».

En su libro Los árabes no invadieron jamás España Ignacio Olagüe presenta argumentos con los que trata de demostrar que los árabes no conquistaron la España visigoda. Según Olagüe, los hechos sucedieron así:
«A la muerte de Vitiza una competición opuso diversos pretendientes al trono vacante: de una parte, los hijos del difunto; de otra, Roderico nombrado rey en Toledo de acuerdo con el derecho germánico consuetudinario. Los primeros eran menores de edad y sus partidarios para vencer a Roderico pidieron socorro al gobernador de la provincia Tingitana, al norte de Marruecos, que estaba bajo el dominio de los monarcas visigodos. Adicto al bando de Vitiza —probablemente le debería el cargo— mandó en auxilio de los hijos de su patrono unos centenares de guerreros rifeños que cruzaron el Estrecho. Con estos refuerzos sus partidarios vencieron a Roderico en un combate que tuvo lugar en 711 en el sur de Andalucía, entre Cádiz y Algeciras. Esto fue el principio de una serie de guerras civiles entre diversos caudillos para alcanzar el poder, que duraron sesenta años». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe)

Más adelante, a comienzos del siglo IX, un talibán andaluz llamado  Ibn Habib viaja a Egipto y allí se entera de que su patria había sido invadida más de cien años atrás por los árabes. Escribe un libro titulado Tarik en donde recoge la noticia:

 «En los comienzos del siglo IX, en su entusiasmo por la doctrina recién adquirida en contraste con la frialdad y la indiferencia de la gran mayoría que contemplaría con prevención la difusión de estas nuevas ideas, jóvenes estudiantes emprendieron un largo viaje para tomar lecciones en El Cairo de los maestros renombrados. Uno de ellos, Ibn Habib (¡vaya usted a saber cuál era el apellido de su padre!) estudió allí las doctrinas del derecho nialequita que luego dio a conocer en España. En su obra Tarik enseña al lector estos conocimientos recién asimilados; y, entre otras cosas nos explica lo ocurrido en su tierra en el siglo anterior. ¡Eran los árabes los que la habían invadido! Cuando Dozy hace más de un siglo estudió este manuscrito, al contacto con la mitología oriental sintió grandísima extrañeza: “Me pareció como si leyera unos fragmentos de las “Mil y una noches”, escribe en la segunda edición de sus Recherches (1860)». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

Para Olagüe, tras la derrota de los visigodos católicos del rey Rodrigo, son los partidarios de los hijos de Witiza quienes gobiernan España. Éstos son arrianos, y lo mismo que los judíos y musulmanes no creen en el misterio de la Santísima Trinidad. Las ideas religiosas musulmanas, traídas de oriente por los viajeros, irán calando poco a poco entre los visigodos arrianos.

Una de las piedras angulares de la propuesta de Olagüe es el hallazgo en el año 850 de una biografía de Mahoma, en el monasterio de Leyre (Navarra), por San Eulogio de Córdoba (800-850). Por el manuscrito de Leyre San Eulogio tiene noticias por primera vez de la existencia de Mahoma:
«En 850, Eulogio de vuelta de su viaje a Navarra da a conocer a los intelectuales cristianos el texto de la biografía de Mahoma que ha hallado en la librería del Monasterio de Leyre:
“Cuando últimamente me hallaba en la ciudad de Pamplona y moraba en el monasterio de Leyre, hojeé todos los libros que estaban allí reunidos, leyendo los para mí desconocidos. De repente, descubrí en una parte cualquiera de un opúsculo anónimo la historieta de un profeta nefando”.
¡Era nada menos que una corta biografía de Mahoma! La impresión sentida por Eulogio con su lectura fue tan grande que se apresuró a copiar el texto y remitirlo a sus amigos andaluces.
Sensación produjo la noticia entre los intelectuales andaluces. Juan Hispalense que vivía en Sevilla, en una de sus cartas a Alvaro de Córdoba, la sexta de su Epistolario, le remite un extracto de esta biografía como si se tratara de una noticia importante que por lo visto ignoraba su corresponsal». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

Incluyo, a continuación, unos fragmentos del libro de Olagüe:


«Después de un siglo de guerras civiles y de competiciones entre las diversas regiones naturales de la península, pudo gozar España de una paz que se mantuvo toda la primera parte del siglo IX. Fue impuesta por un «déspota ilustrado», Al Hacán I, que intervino en los asuntos internos de la nación con mano dura, más por motivos de política provincial que religiosos. Habiéndose sublevado la ciudad de Córdoba por ciertos abusos fiscales, fue asaltado su palacio por la muchedumbre y salvó la vida gracias a la intervención de su guardia cristiana. (Hecho también inexplicable para la historia clásica.) Nos han dado de este príncipe los historiadores posteriores la imagen de un hombre enérgico pero incrédulo. Estaba siempre rodeado de cristianos tan incrédulos como él. Para demostrar su impiedad refieren estos autores que bebía vino... ¡sin esconderse! Nos inducen estos rasgos a suponer que se inclinaba más bien hacia unas ideas influidas por el sincretismo arriano que por el musulmán. Su hijo, Abd al Ramán II, gobernó la nación por treinta años, de 822 a 852, cuando la civilización árabe alcanzaba en Bagdad la cumbre de la gloria; de donde su política de aproximación a las naciones islámicas de Oriente. Gracias al impulso que supo dar al proceso de arabización del país, lo que en aquella época representaba el progreso y el enriquecimiento del espíritu, pudo el proselitismo musulmán desarrollarse con más ímpetu. En la atmósfera arriana dominante adquiría la nueva religión cada vez más una mayor consistencia». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«En la primera parte del siglo IX existe en Córdoba una minoría cristiana importante. Practicaba su culto con toda libertad. Escribe Eulogio en su Apologeticus. «Vivimos entre estos mismos sin molestia en cuanto a nuestra fe». Tienen sus iglesias torres y campanas. Siete existen en la capital de España y una docena de monasterios en sus alrededores. Cristianos, judíos y musulmanes llevan todos los mismos trajes. No se les distingue en la calle. Ocurría lo mismo con las mujeres. Si hubiera sido invadida España por un pueblo extranjero, hubieran llevado los vencedores sus trajes y armas de origen oriental. Se destacarían de la masa de los naturales, como anteriormente ocurría con los godos portadores de largas melenas. Ha debido de prolongarse esta situación por mucho tiempo, pues en 1215 el IV Concilio de Letrán hace referencia a ello a propósito de los judíos». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«No podemos describir la evolución de las ideas en la época del Califato. Es tema demasiado alejado de nuestros propósitos. Nos basta con demostrar la lenta propagación de los principios coránicos en el curso de los siglos anteriores, sobre todo en el IX, del que tenemos noticias fidedignas. Esto constituye un argumento decisivo para las tesis que defendemos. Pues, si en 711 hubiera sido España invadida por ejércitos árabes y musulmanes, si por otra parte se hubieran hecho sus jefes con el poder, hubieran sido inmediatamente impuestos los principios coránicos sobre las poblaciones, como anteriormente los reyes godos y los obispos habían sujeto la nación al cristianismo trinitario. A defecto de textos arábigos —que no los tenemos— tendríamos noticias de estas leyes y demás servidumbres por los textos cristianos que se conservan. Su reacción hubiera sido fulminante y tajante. No ha sido así». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Desde el principio del siglo VIII hasta el fin del siglo XI, nuevas concepciones religiosas desde Oriente siguen rompiendo sobre España en oleadas sucesivas. Debieron probablemente de aparecer entonces los primeros propagandistas de Mahoma. Empezarían su labor de proselitismo. A grandes rasgos nada en cuanto a sus creencias les separa de los hispanos unitarios. “Aquel que cree, escribe en el principio del siglo siguiente El Xahid, y confiesa que Dios es incorporal, invisible físicamente e incapaz de cometer una injusticia y de amar  los pecados de los hombres, es ya un musulmán”». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«En realidad, no se necesitaban en aquellos días ultra-sensibilizados por las contiendas y las discusiones religiosas ideas geniales para conmover a los espíritus. De 774 a 785 se propone demostrar un extraño personaje, llamado Migecio, con el apoyo de textos bíblicos, que la Santa Trinidad está compuesta por los tres personajes siguientes: David, Jesús y San Pablo. Resulta tan magna sugestión interesante para muchos. Se alarma el papa Adriano I. Manda un legado a España, Egila, para enderezar la situación y para encarrilar a los descarriados. Poseemos dos cartas que le dirige dándole instrucciones. Precisa con claridad sus ideas para combatir el desorden que existe en las filas trinitarias de la península. Así, hace referencia al peligro que amenaza a los trinitarios por causa de la frecuentación de los judíos y de los paganos: Multi dicentes catholicos se communem vitcmr gerentes con Judaeis et non baptizatis paganis224. No menciona a los musulmanes y un hombre avisado como el Papa no podía en aquellas fechas confundirlos con los paganos no bautizados. ¡Todo fue en balde! No abjuró Migecio. Al contrario, se pasó el Legado con sus bulas y sus cartas al campo de los partidarios de esta nueva trinidad». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Nada sabemos acerca de la propagación del cristianismo en la Península Ibérica durante los primeros siglos. Surge de repente en el IV, como por obra de una explosión. Ocurrió lo mismo con la difusión del Islam. Ante la ausencia de textos, latinos y árabes, en siglo y medio, lo menos que se puede enunciar es que ha sido predicado en un ambiente propicio por oscuros propagandistas; por lo cual no han dejado de esta acción rastro alguno». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Así se explica el silencio de nuestros escritores cristianos. No tenían que refutar el Islam por la sencilla razón de que no se traslucía aún a los ojos de la masa como la doctrina sobre la cual se asentaba una nueva religión. Sólo se levantaba terrible y temible, según sus manifestaciones, la contaminación de las costumbres. Pero tampoco se trataba de ninguna novedad ya que se uncían con sus sabias y pintorescas declamaciones a una retórica de saber gnóstico que estaba en el candelero desde los primeros concilios visigóticos». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Cuenta el Moro Rasis en su “Crónica” que al morir Vitiza tuvieron miedo los señores godos de que siendo España gobernada por un niño estuviera en peligro de ser invadida por el extranjero. Mas la amenaza no viene de un Marruecos musulmán, ni de los árabes asiáticos que desconoce el cronista, sino del emperador de Constantinopla o del de los romanos:
“... Podría ser que por su niñez España cayese bajo la sojuzgación de algunas partes extrañas, o del emperador de Constantinopla o de los romanos por las divisiones que entre los grandes hombres de España podrían crecer”.
Tiene el autor que escribe en el siglo X una visión de la situación en el Mediterráneo occidental que no coincide con lo que nos dice la historia disica. No existe en Occidente imperio árabe alguno. Por otra parte, el temor de los godos no era quimérico. Había sido ya España invadida por los bizantinos. Pocos años antes, había. tenido que rechazar Vamba en las costas levantinas el desembarco de una flota. Se ignora quiénes eran estos invasores y lo que pretendían». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).


«La sílaba ic en los idiomas euroasiáticos ha sido empleada como nombre, con una significación geográfica. Varios ríos en el Ural y en Siberia se llaman así. Nos llamó la atención que apareciera esta suaba como sufijo en muchos apellidos germanos: Euric, Alaric, Gesalic, Amalaric, Viteric, Ervic, Roderic, llderic.., etc. Nos pareció que el de Taric pudiera pertenecer a la misma familia semántica. Al buscar informaciones, se nos ha dicho que el sufijo ic pertenece a la antigua lengua germánica y significa: hijo; lo que explica su uso en tantos apellidos godos. De ser así, Taric significaría «hijo de Tar y naturalmente implicaría la ascendencia goda de este personaje». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Dice la Crónica latina anónima que Taric venia acompañado por un noble personaje, tribuno de la región africana. El cronista bereber le llama Yulian, y así le nombran los demás árabes. Le ignoran los latinos hasta el siglo XII en que aparece en la crónica de Silos con el nombre de Julián. Se hace desde entonces célebre. Se convierte en el conde de Ceuta y padre de la amante de Rodrigo, novela que ha sido desbaratada en el siglo pasado por Hinojosa». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Se dice, escribe Ibn Abd al Hacán, que en el ejército de Taric, formado por doce mil hombres, sólo había dieciséis árabes. Pero no es cierto». En esta compañía luce un meteoro fulgurante: Muza ibn Nozair. Si es cierto todo lo que se nos cuenta, sería el único personaje árabe importante que hubiera pisado el suelo de la península». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Un jefe militar debe disponer de un ejército. ¿En donde estaban las tropas que iba a mandar? ¿Llegadas del Oriente? Esta aventura descrita en los manuales no resiste a la menor crítica. Dicen los cronistas bereberes que estaba constituido el ejército invasor por soldados marroquíes. Se pregunta entonces aquel que no comulga con ruedas de molino con qué arte, por qué ascendencia había podido reclutarlos. ¿Cómo se entendía con ellos? En aquel tiempo era tan exótico el árabe en Marruecos como la lengua china. Nadie se ha molestado en explicarnos por qué arte de magia poseía Muza un cuerpo de ejército en la región del Estrecho, dispuesto para la conquista de España». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Nadie se ha esforzado por explicar —tratándose de una invasión, lo que demuestra la confusión existente— cómo los supuestos jefes árabes habían suplantado a las gentes que venían a auxiliar..., no sólo en la borrachera de la victoria, sino a la escala de la península entera. Sus efectivos eran menores que los del ejército de los hijos de Vitiza. Se encontraban en inferioridad manifiesta para emprender una acción independiente». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

«Por fin desembarca en el litoral andaluz un Omeya. Pertenece a la familia más renombrada de la Meca. Sus padres han gobernado el Imperio Musulmán. Es un puro semita, pero nos lo describen con los rasgos siguientes: era alto, con los ojos azules, el pelo rojizo, la tez blanca; en una palabra, tenía el tipo de un germano». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

El Prólogo y el capítulo catorce Olagüe los dedica a la mezquita de Córdoba:
Mezquita de Córdoba
«Había sido construido este oratorio por los hombres y para los hombres. El arquitecto que dibujó los planos, no había dado suelta a su imaginación para satisfacer su capricho o su necesidad de creación artística. Sin menospreciar sus cualidades intelectuales, muy al contrario, había que reconocer sin embargo que las había puesto a disposición de una idea superior: la puesta en obra de una función para la cual había sido el templo objeto de un encargo, había sido construido y pagado. En una palabra, había sido edificado para la celebración de un culto religioso. Pero bastaba con pasearse por el bosque de sus columnas para darse cuenta de que este culto no pertenecía ni a la religión musulmana, ni a la cristiana. Pues la disposición interior de este monumento no ha sido concebida para el cumplimiento de las ceremonias prescritas por la liturgia de estas creencias». (Los árabes no invadieron jamás España. Ignacio Olagüe).

En lo único que la historia tradicional y Olagüe se ponen de acuerdo, respecto a la caída del reino visigodo, es en que lo árabes no intervinieron directamente en los hechos. Al parecer, los árabes tienen el mérito de ser el único pueblo en la Historia de la Humanidad que conquistó un reino sin mover un dedo. ¿No?





sábado, 15 de septiembre de 2012

Escritores en Amazon


Claude Monet
Algunas veces, cuando enredo en Internet y veo la enorme cantidad de escritores que publican en Amazon, me viene a la cabeza la revolución cultural que protagonizaron los pintores impresionistas en la segunda mitad del siglo XIX. 

No sé por qué encuentro cierto paralelismo entre los impresionistas del diecinueve y los escritores actuales que vierten sus obras en Amazon. Quizá sea porque, en su momento, los impresionistas fueron rechazados por las galerías de lustre y la cultura oficial, y los escritores actuales, de tinta LED, también han sido rechazados por editoriales y agentes literarios. 

Pierre Auguste Renoir
Aunque hoy nombres como Renoir, Monet, Pissarro y Seurat, por mentar a cuatro, nos suenen a maestros y genios de la pintura, en su día fueron tenidos por pintamonas. ¿Quién puede afirmar que nombres de escritores desconocidos en la actualidad no brillarán mañana con la luz del genio, a pesar de estar ahora perdidos en los dilatados anaqueles de Amazon? 




Claude Monet
Hay escritores cuyas ventas en Amazon se cuentan por cientos de miles de ejemplares. La calidad literaria de esas obras, según parece, es discutible en determinados casos: faltas gramaticales, de sintaxis…, en fin. Pero aun así, gustan a los lectores. ¿Y por qué tales obras son del agrado de los lectores, si están escritas de forma chapucera? Pues porque las faltas son faltas invisibles al ojo del lector medio, y sólo un ojo educado en la Gramática pude verlas. Y cuando las faltas son incluso perceptibles al ojo del lector medio, éste las ignora, siempre y cuando no incomoden la lectura. Y no, no estoy diciendo que el lector medio sea un lector inculto y conformista.


El lector medio busca disfrutar leyendo. Las editoriales de libro impreso procuran proporcionarle una lectura gramaticalmente correcta, y gastan tiempo y dinero en corregir los manuscritos que han decidido publicar. El lector medio agradece el interés y la molestia de las editoriales en entregarle un producto bien acabado. Pero si el contenido, es decir, la trama, es un troncho infumable, al lector medio se la suda todos los esfuerzos de las editoriales en entregarle un texto gramaticalmente impecable: si ha gastado veinte euros lo que quiere es que la trama le mantenga pegado a la página. Las editoriales saben esto, y no publicarán una obra, por muy correcta que sea su redacción, si no va acompañada de una trama que impacte en los gustos del lector medio.

Pierre Auguste Cot
Emile Auguste Hublin
Las obras publicadas en Amazon supongo que han sido corregidas sólo por los autores, en su mayoría. Supongo también que, en su mayoría, estarán bien corregidas. Sin embargo, hay autores creadores de best seller en Amazon considerados malos escritores, lo que demuestra una vez más que el lector sigue su propio criterio a la hora de elegir qué va a leer. ¿Puede Amazon molestar al lector medio en cuanto pone a su alcance textos mal corregidos? La respuesta sería sí, si el lector medio buscase en las obras que lee otra cosa que no fuera únicamente pasar el rato. En lo tocante a la trama con mensaje, al lector medio se la trae al pairo. Y a las editoriales también: si la obra es un culebrón del tres al cuarto y se vende bien, estupendo; si además encierra un mensaje, pues mejor para todos.

Ahora bien, hay quien opina que la política de Amazon de publicar a todo el mundo sin pasar las obras por un  tamiz puede llegar a perjudicar al lenguaje y a la literatura. Algo parecido pasaba con los pintores impresionistas, y aquí tenemos un nuevo paralelismo. No todos los impresionistas tenían formación académica. Un número importante era autodidacta. De ellos se decía que no sabían pintar ni dibujar.       

Henri Julien Félix Rousseau
Emile Auguste Hublin
Los amantes decimonónicos de la pintura academicista veían en el impresionismo  un peligro para la autentica pintura; llamar pintores a los impresionistas lo consideraban una aberración. Cualquiera que haya tenido la ocasión de contemplar las pinturas de los pintores academicistas de finales del siglo XIX sabe por qué pensaban así. Las obras de los pintores academicistas son bellas y derrochan virtuosismo. Si comparamos, por ejemplo, una pintura academicista con un cuadro del naif Rousseau, desde el punto de vista de la maestría y el buen hacer el pintor academicista le da sopas con honda al naif. Pero Rousseau gana en genialidad.

El escritor que publica en Amazon, el pobre escritor solitario que tiene que corregirse los textos, puede parecernos algo torpe e ignorante escribiendo, pero si sus trabajos poseen alma tal vez el futuro tenga la última palabra.

      

sábado, 1 de septiembre de 2012

Caballería de papel


Es por todos conocida la valiente y desdichada carga de la caballería polaca contra los panzer alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.


Hoy en día, a pesar de que vemos cómo la publicación electrónica gana terreno al papel, nos resistimos a dejar el formato impreso: pensamos que nada cambiará y que al final los caballeros de papel derrotarán a los panzer de tinta electrónica. Pensamos así porque fuimos educados por educadores del siglo veinte que nos enseñaron a amar los valores y gustos del siglo veinte.


Apenas nos damos cuenta, pero es posible que en el fondo seamos un poco como la caballería polaca, que frente a nosotros haya una división de rugientes caballos metálicos prestos a destrozarnos. Y el hecho cierto de que los libros impresos dominan con holgura el mercado nos reafirma en nuestros valores y gustos. 

El más viejo habitante de la Tierra nacido en el siglo veintiuno tiene ahora unos doce años y se mueve en un mundo electrónico, pero eso no nos asusta. Y mientras alternamos lecturas de libro impreso con libro electrónico, le enseñamos, a ese pequeñajo, a amar los libros de papel y a respetarlos, como a nosotros nos han enseñado nuestros mayores. 

Cuando nuestro niño se haga mayor, él también enseñará a sus hijos a amar los libros impresos, y cada nueva generación enseñará lo mismo a los suyos. Hasta que un día un niño mire con los ojos muy abiertos a sus padres y les pregunte cómo los antepasados podían disfrutar leyendo en aquellos objetos pesados, incómodos y malolientes, llamados libros. Y el pequeño, entonces, abrirá un e-book de alta tecnología, inimaginable hoy en día, y un atlas del mundo, tridimensional, con ríos discurriendo, mares agitados y tormentas de nieve sobre elevadas cimas, flotará ante unos ojos infantiles de niño de finales del siglo veintiuno acostumbrados a tales prodigios. Y los padres se esforzarán en explicarle, sin ningún éxito, por qué los antiguos disfrutaban leyendo en libros de papel, pesados, incómodos y malolientes.