Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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domingo, 29 de julio de 2012

Fahrenheit 451


No hace mucho, vi a cierto amigo en la terraza de una cafetería, absorto en la pantalla de su portátil, la preocupación pellizcándole el entrecejo. Alzó la cabeza y me hizo una seña para que me aproximara. 

Mi amigo es un lector empedernido. Me dijo que un conocido le había pasado un archivo con mil quinientos libros.
 
— ¿Y dónde está el problema? —le pregunté.

El problema residía en que los mil quinientos libros habían sido descargados gratis de Internet, sin pagar un céntimo a los autores, y eso le remordía la conciencia. 

Le dije que dejara de preocuparse y disfrutara de la lectura de los libros. A fin de cuentas, si las autoridades no habían tomado cartas en el asunto sería porque no había nada censurable en ese tipo de descargas. 

Entonces me dijo que había hecho cálculos: si se pagaban 6€ de media por cada libro el archivo en cuestión vendría a costar 9.000€; a 3€ el libro el total sería de 4.500€; a 1€ por libro, 1.500€. Le parecía que leer aquellos libros sin pagar nada sería un fraude y otra contribución más a la ruina de la literatura.

Le repetí que no se preocupara, que disfrutara de aquellos benditos libros, caídos del cielo como un maná. 

Sin embargo, los mil quinientos libros eran una exasperante tentación que le mantenía en suspenso; un sinvivir. 

—Además, seguro que son obras libres de copyright —añadí.
  
Abrió el archivo en cuestión y me invitó a mirar. ¡Qué maravilla! Vi obras de autores del pasado: Flaubert, Wells, Lovecraft, Asimov, Goethe, Bécquer, Pío Baroja, Unamuno… y del presente; obras de todas las épocas, muchísimas aún con copyright; obras frescas, recién salidas de la imprenta, novedades, éxitos literarios que disfrutan de un lugar privilegiado en las estanterías de los comercios; todas estaban allí, en aquel tesoro propio de John Silver El Largo. Vi la colección completa de Agatha Christie, y  El Quijote brillar en un rincón del «cofre» con el fulgor del diamante de un sultán turco. 

—¿Entiendes ahora mi aprensión? —me comentó, cabizbajo, mi amigo.

Pues tíralas; tira esas obras. Si tanta inquietud te causa ese archivo, envíalo a la papelera —le aconsejé.


—Precisamente, ése es el dilema que me trae de cabeza. Siempre he sido contrario a la destrucción de libros, y tirar estos mil quinientos a la papelera me produce un sinfín de resquemores. Me viene a la mente la quema de libros por los nazis —dijo.

Aquellos libros eran de entretenimiento, y dudé que ningún tiranuelo actual se molestase en hacer una pira con ellos. En el fondo, creo que mi amigo deseaba disponer de los libros, y que esto era lo que le provocaba el conflicto interno. 

—Los libros no impresos son esencia pura, algo así como el alma sin cuerpo del escritor, y las almas no se pueden destruir —argumenté para convencerle.

Le sugerí que enviase el archivo a la papelera del ordenador, como un gesto simbólico, y que mantuviera allí los libros, en una especie de Limbo de los Justos que podrían abandonar en cuando él quisiera. De esta manera su conciencia quedaba libre de reproches, al deshacerse y a la vez no deshacerse de ellos. 

Me despedí, y mientras me alejaba pude ver por el rabillo del ojo a mi amigo ratonar con el índice en el ordenador. ¿Estaría enviando el fatídico archivo a la papelera o, rendido a la tentación, buscaba un título que leer entre los mil quinientos?

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