Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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lunes, 24 de diciembre de 2012

La bragueta abierta



¿Qué decir? El hombre se vistió ante el espejo; el último botón de la camisa: abrochado; el nudo de la corbata: bien derecho, en su sitio; los gemelos de oro con sus iniciales grabadas: deslumbrantes en las mangas; la raya del pantalón: trazada; la chaqueta: perfecta; los zapatos: como los chorros del oro. El corte de pelo, el rasurado, la colonia… ¿Qué decir? El hombre se repasó de arriba abajo y se dio el visto bueno: estaba impecable.



Descendió del turismo, un magnífico vehículo negro con la carrocería limpia y pulida. Sus padres aguardaban en la puerta de la iglesia, uno de los templos más solicitados de la ciudad para las bodas. Junto a ellos, los padres de la novia, los invitados desperdigados a ambos lados de la escalinata y, ¡joder!, la mismísima novia con cara de circunstancias.



¿Cómo no había previsto bien la ruta y lo que iba a tardar en llegar al templo?



Caminó con su madre del brazo hacia el altar, en medio de un torrente de flashes; la oía   farfullar por lo bajo, seguramente reproches. También algunos invitados hacían gestos y murmuraban frases ininteligibles, mientras lo captaban por delante y por detrás con sus cámaras de video. Cuando pasó por delante de su padre, éste, rojo como una amapola, pareció que se sumaba a las recriminaciones de los demás. Tendría que disculparse muchas veces después de la ceremonia por su falta de puntualidad, pensó.



Primero llegaron él y su madre, y luego el sacerdote apareció por un costado y alcanzó el reclinatorio al mismo tiempo que la novia y el padrino. El cura miró por encima de las gafas al novio, y disimuladamente señaló hacia abajo con el meñique de la mano que sostenía el misal:



—¡Ptsss! ¡La bragueta! —dijo sotto voce.








 



El escritor repasó y corrigió por undécima vez la novela. Bien; estaba perfecta, sin una errata, inmaculada. La subió a Amazon y, cuando estuvo al alcance de todos, creyó oír una voz que le decía:



—¡Ptsss! ¡La bragueta!



  



lunes, 3 de diciembre de 2012

El terremoto de San Francisco en "Los emigrantes", de Howard Fast



En la mañana del 18 de abril de 1906, a las 05:12 horas, un terremoto de magnitud 7,9 en la escala de Richter sacudió la ciudad californiana de San Francisco.
 
Howard Fast
En su novela Los emigrantes, Howard Fast describe el terremoto de esta manera:

Luego, su mirada se posó en el edificio del transbordador, donde el gran reloj señalaba las cinco y trece minutos. Sacó su propio reloj para comprobar la hora, y, mientras lo miraba, comenzó el ruido, un sordo estruendo, reverberante y monstruoso, como si el mundo entero hubiera empezado a gritar de dolor.

En ese momento, en las entrañas de la tierra, una gran placa del continente americano, ejerciendo presión contra otra gran placa, encontró insostenible la tensión, y se deslizó. Bajo San Francisco, la tierra empezó a temblar y a vibrar a gran profundidad. Estalló un sordo rumor, semejante al rugido de un monstruoso e inhumano animal, y la estable y eterna tierra se agitó y estremeció como una masa de jalea, y el temblor se prolongó durante cuarenta y ocho espantosos segundos. Edificios de ladrillo se desplomaron, los muebles bailaban y se deslizaban de un lado a otro, los techos se resquebrajaban y caían, altas estructuras de acero oscilaban y se bamboleaban, manteniéndose firmes a pesar de todo, pero las casas antiguas de madera y piedra se derrumbaban sobre sí mismas.

Aunque parezca extraño, el terremoto propiamente dicho había causado escasos daños, pues el noventa por ciento de la ciudad estaba formado de casas de madera, que resisten mejor un terremoto; pero en los sector es más pobres de la ciudad y en el llamado Barrio Alegre, los viejos edificios se derrumbaron; habían volcado hornillos de petróleo; las cañerías de agua se habían roto, y comenzó el fuego.

Surgió tan rápidamente el fuego, que parecía formar parte integrante del terremoto.

Fue un incendio como nunca lo había sufrido jamás ninguna ciudad de Norteamérica. Duró tres días y arrasó cuatro millas cuadradas de San Francisco. Desde la orilla del mar hasta la Van Ness Avenue, Dolores Street, la Calle 20, Howard, Bryant y la estación del Southern Pacific, y luego, de nuevo hasta la bahía, destruyendo la «Costa Beréber», y las casas de los pobres, y las de los ricos también, y el nuevo edificio del Ayuntamiento, que había costado seis millones de dólares, y escuelas y bibliotecas e iglesias, quinientas veintiún manzanas de casas, más de veintiocho mil edificios y casi cuatrocientos seres humanos, muertos entre las cenizas. Y, durante varias semanas después, el humo continuaba elevándose de las ruinas.

Hombres, mujeres, niños, bomberos, soldados y policías lucharon contra las llamas durante setenta y dos horas, y, poco después de las siete de la mañana del sábado, 21 de abril de 1906, el fuego quedó dominado y detenido su avance.

Al día siguiente, llovió, y el incendio se extinguió definitivamente. Una semana después los escombros eran transportados por las empinadas cuestas y arrojados a la bahía.

Durante casi nueve semanas, la destruida ciudad, conocida no sólo como la «Reina del Pacífico», sino también como la «reina del latrocinio», entró en un período de afable fraternidad, esfuerzo común, buen humor y buena voluntad; y durante este tiempo el crimen casi desapareció de las calles de San Francisco.

Durante el año siguiente, estallaron siete huelgas, se abrieron seis nuevos bancos y el alcalde Eugene Schmitz fue condenado a pasar cinco años en la prisión de San Quintín por corrupción. La ciudad vivía de nuevo.  






martes, 27 de noviembre de 2012

Tres fragmentos de "La Legión de la Muerte I: La profecía de los espectros ", de Erika Moreno I.



 L edir, a diferencia de otras ciudades más grandes, no estaba rodeada de murallas. Los barrancos y cerros creaban una barrera natural contra atacantes, aunque también la aislaba de sus vecinos. El comercio era escaso comparado con otros poblados rurales como Retrat o Camesbannia, tan solo un par de vendedores ambulantes ofrecían sin gana sus baratijas. El mercado de Ledir recién se estaba instalando cerca de la puerta, claramente no sería una jornada productiva debido a las inclemencias del tiempo; en cualquier instante la lluvia volvería y todos los puestos del mercado, si podían recibir semejante designación, deberían ser retirados. 

                                                      ***
A lgunos soldados en turno llevaron a Arut a las caballerizas donde sería lavado  y alimentado con generosidad. Por su parte, aun cuando Ulliness pidió ver a la emperatriz de inmediato, los soldados tenían órdenes explícitas de conducirlo a una cómoda y espaciosa habitación en el edificio principal ubicado al centro de la fortaleza . Allí pudo asearse, alimentarse y descansar al alero de un sueño profundo y reparador. Cerró los ojos sin pensar en nada ni en nadie y se sumió en su interior.
                                               
                                                                           ***
 L a mujer miró a Ulliness descaradamente y luego descubrió su cabeza. El pelo cayó sobre hombros y espalda.
-General Stromg, es un gran honor. Disculpe si había olvidado quitarme el casco de campaña, pero no soy muy amiga de ciertos protocolos pasados de moda. Además, no creo que a un hombre de tanta altura de miras como a usted le importe mayormente un detalle como ese-
-Los protocolos pasados de moda, como usted los llama, mantienen la unidad y disciplina del ejército- contestó Ulliness – Sin embargo, no creo que no quitarse el casco haga la diferencia a la hora de conocerla-
Ayrendel sonrió, no muy conforme con la respuesta de este general.
-¿Hay algo que tenga que decirle al general antes de comenzar, comandante?- Enua acentuó su pregunta con una desagradable sonrisa irónica. Era la hora de la venganza.