Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan)






miércoles, 27 de julio de 2016

El arte de perder. Una vida en cartas


Leonardo di Caprio en el papel de Jay Gatsby
«Mi novela es cada vez más extraordinaria; me siento completamente dueño de mí mismo y por fin podré satisfacer mi deseo de soledad, que ha ido aumentando a lo largo de tres años en una progresión aritmética». (Extracto de la carta que desde Hyères, Francia, en el mes de mayo de 1924, Francis Scott Key Fitzgerald dirigió al escritor Thomas Boyd. La novela a la que se refiere es El gran Gatsby).

En algún lugar del blog, en su momento comenté que estaba leyendo un libro de cartas de Francis Scott Fitzgerald y que cuando lo acabase escribiría una entrada sobre él (sobre el libro). El libro se titula F. Scott Fitzgerald. El arte de perder. Una vida en cartas, de la editorial Círculo de Tiza. La traducción y la introducción han corrido a cargo de Martín Schifino, y el epílogo es de Alejandro Gándara. Es un magnífico libro, de cerca de 400 páginas, y si te atrae la temática no te arrepentirás de haberlo comprado.

Los libros de cartas siempre me han gustado. En ellos se puede encontrar una imagen más íntima, genuina y directa de quien las ha escrito que en una biografía. O eso me parece. Las cartas no se escriben para que sean publicadas. Eso viene después, si el personaje alcanza los laureles de la gloria.

El futuro de los libros de cartas tiene toda la pinta de ser de corto recorrido, por ausencia de material nuevo: ya nadie, o casi nadie, escribe cartas. Puede que los libros de cartas sean en el futuro sustituidos por libros de blog, Twitter, Whatsapp o de cualquier otro medio de comunicación por el estilo. Ya no será lo mismo pero tampoco los lectores serán los mismos.

Francis Scott Key Fitzgerald
 Francis Scott Key Fitzgerald nació en Saint Paul, Minesota, el 24 de septiembre de 1896 y murió de un infarto el 21 de diciembre de 1940, en Hollywood, a los 44 años. Escribió cuatro novelas: A este lado del Paraíso (1920), Hermosos y malditos (1922), El gran Gatsby (1924), Suave es la noche (1934) y El último magnate, novela que no llegó a terminar; fue publicada póstumamente en 1941. Con su primera novela tuvo un éxito arrollador y a los 24 Scott Filtzgerald era una joven y millonaria promesa de la literatura. Las otras tres novelas fueron un fracaso de ventas; aunque no de crítica, al menos no en el caso de El gran Gatsby. Su principal fuente de ingresos fueron los relatos que escribía para revistas, aunque también probó suerte como guionista de cine. Murió en la ruina. Se le considera uno de los más genuinos representantes de la denominada Generación Perdida.

Los fragmentos de cartas que voy a traer al blog van a tratar sobre los comentarios que de El gran Gatsby aparecen en las cartas de Scott, a medida que iba desarrollando el libro y después de su publicación.
 El gran Gatsby fue editado el 10 de abril de 1925. Es una novela corta, unas 50.000 palabras, de la que se han acabado vendiendo millones de ejemplares. Me pregunto si ha cautivado a la mayoría de esos lectores. Aunque pienso que no defrauda a nadie, me parece que no es la novela ideal para el gran público si lo que pretende el autor es desarrollar una carrera profesional como novelista al margen de otras consideraciones. El argumento es…, lo encuentro bastante… ¿simple?, y cuando acabé de leerla tuve la sensación de encontrarme flotando en el limbo dorado de una historia menor transformada en un una obra de arte por un genial escritor.

Los que somos aficionados a escribir podemos aprender mucho de esta novela. Es una obra destinada a nosotros. Scott Fitzgerald buscaba economizar en el uso de palabras, y en El gran Gatsby lo consigue, aunque a veces quizá demasiado. Pero eso es lo interesante para nosotros, pues al seguir el ejemplo de El gran Gatsby siempre se intentará encontrar las palabras justas para que nuestro trabajo tenga una digestión ligera en el lector.

En El gran Gatsby los protagonistas de la novela se mueven con vida propia, y flotan en el aire de la novela como plumas, y casi sin advertirlo el lector adquieren un presente y un pasado surgido como de la nada. Pero…


Scott y Zelda
Fragmento. Carta a Maxwell E. Perkins, editorial Charles Scribnerʼs Sons.
St. Raphael,  Francia, 27 de agosto 1924:

Creo que mi novela es más o menos la mejor novela estadunidense jamás escrita. Tiene partes desiguales, solo suma unas 50.000 palabras y espero que no te espantes al verla.»



Ernest Hemingway


Fragmento. Carta a Maxwell E. Perkins.
St. Raphael,  Francia, 10 de octubre 1924:
«Recibí más regalías de las esperadas. Te escribo para contarte sobre un joven llamado Ernest Hemingway, un americano que vive en París, escribe para el Transatlantic Review y tiene un futuro brillante.





Fragmento. Carta de Maxwell Perkins a Scott.
Nueva York, 18 de noviembre de 1924:
                                                            «Querido Scott:
Maxwel E. Perkins
La novela es una maravilla. Me la llevaré a casa para releerla y te describiré mis impresiones por extenso; pero posee un extraordinario grado de vitalidad y encanto y muchas ideas subyacentes de calidad descomunal. A veces tiene esa especie de atmósfera mística que le habías infundido a Paraíso y que no utilizas desde entonces. Es una magnífica fusión, unificada en la presentación, de las fabulosas incongruencias de la vida actual. Y en cuanto a la escritura, es asombrosa.»




Fragmento. Carta a Maxwell E. Perkins.
 En viaje a París.
10 de abril de 1925.
«Hoy se publica el libro y me asaltan los temores y los presentimientos. Supongamos que al público femenino no le gusta porque no hay en él ninguna mujer importante, y que a los críticos no les gusta porque trata de ricos y no contiene ningún campesino sacado de Tess puesto a trabajar en Idaho. Supongamos que ni siquiera cancele mi deuda contigo: caramba, ¡para lograrlo deberían venderse 20.000 ejemplares! De hecho, he perdido toda confianza; no te lo contaría si no fuese porque, cuando recibas esta carta, se sabrá lo peor. Yo mismo estoy harto del libro. Lo reescribí al menos cinco veces y me sigue pareciendo que la escena que debería ser la más sólida (la del hotel) es apresurada y poco eficaz. También el último capítulo, el entierro, el padre de Gatsby, etc., es imperfecto. Es una pena porque los primeros cinco capítulos y algunas partes del séptimo y el octavo son lo mejor que jamás he escrito.
“Lo mejor desde Paraíso”. ¡Dios mío! Si supieras lo desalentador que me sonó eso. Fue lo que me dijo Ring en su carta con algunas observaciones muy elogiosas.»


Fragmento. Carta a Maxwell E. Perkins.
En viaje de Marsella a París.
24 de abril de 1925.
«Tu telegrama me deprimió (Maxwell le decía a Scott que las ventas eran “dudosas” y las críticas “excelentes”) (…). Nada tengo que decir hasta saber algo más. Si el libro es un fracaso comercial será por una de dos razones, o por las dos:
1.     El título es apenas regular, más malo que bueno.
2.     Y lo más significativo: el libro no tiene ningún personaje femenino importante y actualmente las mujeres controlan el mercado de la ficción. No creo que el final trágico importe mucho.


Fragmento. Carta a A H. L. Mencken.
14 Rue de Tilsitt, París.
H. L. Mecken, "El sabio de Baltimore.
              Periodista, editor
            y crítico social.
4 de mayo de 1925.
«El libro tiene un enorme defecto: la falta de una presentación emocional de lo que Daisy siente por Gatsby después de su reunión (y la consecuente falta de lógica o relevancia cuando ella lo abandona). Todo el mundo lo ha notado, pero nadie lo ha identificado porque está oculto bajo capas elaboradas y superpuestas de prosa. Wilson se quejó: “Los personajes son uniformemente desagradables”, Stallings: “Un fajo de espléndidas notas para una novela”, y tú dices: “La historia es en esencia trivial”. Creo que la estructura tersa, casi continua, te da esa impresión. (…). En cualquier caso, he aprendido mucho escribiéndola, y lo que actuó sobre ella ha sido la influencia masculina de Los hermanos Karamázov, un libro de forma incomparable, más que la influencia femenina de Retrato de una dama. Si te parece trivial o “anecdótica” es por un defecto estético, un fallo en un episodio muy importante, y por una debilidad temática; al menos, yo no lo creo ¿Conoces a algún escritor que acepte una crítica justa con calma y sin abrir la boca?
(…).
Nunca “escribí a menor calidad” hasta el fracaso de El vegetal y entonces fue para hacer posible este libro. Lo habría hecho hace tiempo si hubiese sido rentable; lo intenté sin éxito en el cine. La gente no parece darse cuenta de que, para una persona inteligente, escribir a menor calidad es una de las cosas más difíciles del mundo


John Peale Bishop. Poeta , novelista y crítico.
Amigo de Scott Fitzgerald desde la época universitaria de los dos en
la Universidad de Princenton.
Fragmento. Carta a John Peale Bishop.
14 Rue de Tilsitt, París.
9 de agosto de 1925.
«Gracias por tu amabilísima, extensa, perspicaz y atenta carta sobre El gran Gatsby. Es la única crítica inteligible que ha recibido el libro, a excepción de una carta de Edith Wharton. Sopesaré como es debido, o, mejor dicho, debería haber sopesado, lo que dices sobre la exactitud. Me temo que no he alcanzado la despiadada pericia artística que me permitiría eliminar un fragmento exquisito que no encajara en su contexto. Puedo eliminar lo casi exquisito, lo adecuado, incluso lo rutilante; pero la verdadera exactitud, como la llamas, aún la veo lejos. También tienes razón al decir que a Gatsby se le ve desdibujado y poco uniforme. En ningún momento lo vi claramente yo mismo, pues comenzó siendo un conocido mío hasta que se convirtió en mí: la amalgama nunca se completó en mi mente.»


Fragmento. Carta a Maxwell Perkins.
14 Rue de Tilsitt, París.
20 de octubre de 1925.
«Me alivia saber que Gatsby aparecerá esta primavera en Inglaterra. ¡Tu primera carta daba a entender que sería en otoño de 1927! Pero me desilusiona que solo haya vendido 19.640 ejemplares. Esperaba que se hubiera acercado más a los 25.000.»


«Hasta que no termine mi novela, no leeré nada, salvo a Homero y literatura homérica e historia desde el año 540 al 1200. Y ruego a Dios no ver un alma durante seis meses». (Scott Fitzgerald. Mayo de 1924).





viernes, 8 de julio de 2016

El retrato de Dorian Gray




Oscar Wilde
«El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire.
La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Todo arte es completamente inútil.»
(Oscar Wilde, prefacio a El retrato de Dorian Gray).


Aunque a menudo no nos damos cuenta, muchas de las grandes obras de arte que deleitan nuestros sentidos y que consideramos de primera mano en realidad fueron inspiradas por otras obras de arte anteriores.

La puesta de sol escarlata, de Turner
La puesta de sol escarlata, acuarela realizada entre 1830 y 1840 por el pintor inglés William Turner (1775−1851), tiene una indiscutible similitud con el óleo que dio nombre al Impresionismo, Impresión, sol naciente, firmado en 1872, del pintor francés Claude Monet (1840−1926). Al también pintor francés Paul Gauguin (1848−1903) sus colegas posimpresionistas le consideraban un «copión», y cubrían los cuadros cuando Gauguin los visitaba en sus estudios para evitar que se inspirase  quizás demasiado.

Impresión, sol naciente, de Monet
En literatura, La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín», publicada en 1884 y 1885, recuerda más que vagamente a Madame Bovary, de Gustave Flaubert, publicada por entregas en 1856. Hay quien cree posible que para Robinsón Crusoe, aparecida en 1719, Daniel Defoe se inspirase en la novela El viviente, hijo del vigilante, de Abubacer (1115−1185), traducida al inglés y publicada en Londres en el año 1708. La novela de Abubacer cuenta la historia de Hayy, el cual se encuentra desde pequeño abandonado en una isla desierta, en la India.

A su vez, hay quien es de la opinión que El viviente, hijo del vigilante está inspirada en el cuento medieval árabe Cuento del ídolo y el rey y su hija, que narra historias inventadas sobre Alejandro Magno y que debía de ser muy conocido en la España musulmana de los tiempos de Abubacer.

Hay una gran diferencia entre plagiar e inspirarse en una obra de arte para crear otra. El plagio busca engañar y oculta la fuente de su origen, sin aportar nada. La inspiración es creativa sobre lo ya hecho, y no trata de ocultar sus orígenes porque no lo necesita: es de por sí original y se convierte en fuente de inspiración.

En 1831Honoré de Balzac (1799-1850) publica La piel de zapa. En la novela, el protagonista, el joven Rafael de Valentin ha perdido hasta el último franco en el juego y decide suicidarse lanzándose al Sena. Mientras se dirige al río, entra en una exótica tienda en la que venden todo tipo de rarezas. El comerciante le muestra una piel escrita en sánscrito. La piel concede cualquier deseo a quien la posea, pero con cada deseo la piel encogerá un poco. Rafael se hace con la piel y el deseo que pide es disfrutar un banquete pantagruélico junto a sus amigos. Tras ver realizado este deseo, le pide a la piel una inmensa fortuna que le haga rico. Entonces descubre que a la vez que la piel encoge su propia salud empeora con cada deseo cumplido.

A contrapelo, o, también, Al revés, escrita por Joris-Karl Huysmans 1884, cuenta la historia del joven aristócrata Jean Floressas des Esseintes, al que la sociedad y las personas le producen un insufrible desprecio. Esteta, cínico, rebelde, amoral, pesimista…, considera que los valores progresistas de su tiempo en el fondo esconden hipócritamente la explotación del hombre por el hombre y son el origen de todas las frustraciones vitales y espirituales.

Oscar Wilde (1854− 1900) pudo inspirarse en estos dos libros, La piel de zapa y A contrapelo, para escribir El retrato de Dorian Gray. Publicada en 1890 como cuento para una revista mensual estadunidense, en 1891 saldría como novela tras añadirle más capítulos.

Todo el mundo conoce el argumento de El retrato de Dorian Gray, y casi no hace falta ni repetirlo: narra la historia de Dorian Gray, que al verse joven y bello en un retrato que le pinta el artista Basil Hallward desea no envejecer. El deseo se cumple y Dorian se da a la vida disoluta sin importarle el mal que pueda hacer a los que le rodean. Mientras en el retrato envejece, físicamente Dorian Gray conserva su juventud tal y como si tuviera veinte años.

A Francis Scott Fitzgerald (1896−1940) El retrato de Dorian Gray no le entusiasmaba, precisamente. Esto es lo que opinaba en 1940, en una carta dirigida a su hija Scottie:

«Me alegra que te gustara La muerte en Venecia. No veo relación alguna entre esa obra y Dorian Gray, salvo la homosexualidad implícita en las dos. Dorian Gray es poco más que un cuento de hadas galvanizado que estimula la actividad intelectual en los adolescentes de unos diecisiete años (te causó el mismo efecto que a mí). Algún día lo releerás y te parecerá en esencia ingenuo. Pertenece al borde inferior y deshilachado de la “literatura”, así como Lo que el viento se llevó pertenece a la categoría superior del entretenimiento de masas. La muerte en Venecia, en cambio, es una obra de arte, de la escuela de Flaubert, aunque nada imitativa. Wilde contó con dos modelos para Dorian Gray: La piel de zapa, de Balzac, y Al revés, de Huysmans.»

A mí me gustó El retrato de Dorian Gray, cuando la leí, y supongo que me volvería a gustar si la volviera a leer. No creo que mis exigencias literarias hayan cambiado con respecto a esa novela. Aunque pienso que entiendo a Fitzgerald.

«En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen a tan extrañas suposiciones.

Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro. Pero el artista se incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.

–Es tu mejor obra, Basil –dijo lord Henry con entonación lánguida–, lo mejor que has hecho. No dejes de mandarla el año que viene a la galería Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar. Cada vez que voy allí, o hay tanta gente que no puedo ver los cuadros, lo que es horrible, o hay tantos cuadros que no puedo ver a la gente, lo que todavía es peor. La galería Grosvenor es el sitio indicado.»

(El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde).




domingo, 19 de junio de 2016

Curso de literatura europea



«¡Qué sabios seríamos si conociéramos cinco o seis libros!»
(Gustave Flaubert)

Gustave Flaubert
Se dice que Gustave Flaubert tardó cinco años en escribir Madame Bovary, en jornadas de seis horas, pero no acabo de creérmelo. ¿Se pueden emplear cinco años, al ritmo de seis horas diarias, en escribir una novela de alrededor 400 páginas? ¿En literatura de ficción, se puede inventar «algo» razonablemente bueno sentándose a escribir seis horas diarias, en plan galeote de las letras? Dostoievski invirtió quince días a toda máquina en escribir su novela El jugador. Oscar Wilde se encerró dos semanas en su casa para escribir El retrato de Dorian Gray. Es obvio que los dos llevaban las novelas más que pensadas antes de sentarse a escribirlas.

Estoy leyendo Curso de literatura europea, de Vladimir Nabokov (1899-1977). No me acaba de seducir. Quizá sea porque no lo estoy leyendo de la forma correcta. O pude que en estos momentos no tenga la mente receptiva a lecturas que tal vez requieren un estado de ánimo sosegado y libre de los nubarrones de la vida social. Algunos libros han de ser leídos en la estación del año adecuada. Son como las flores: no desprenden el mismo aroma si las olemos en los invernaderos. Es preciso que el lector esté en sintonía con el libro. Y yo ahora me encuentro offsite, en todos los sentidos.

Las primeras páginas del libro, las que hasta ahora más me han llenado, las dedica Nabokov a dar buenos consejos al lector sobre la actitud más adecuada ante una obra literaria de ficción, consejos que invitan a reflexionar:

«Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Nada tienen de malo las lunáticas sandeces de la generalización cuando se hacen después de reunir con amor las soleadas insignificancias del libro. Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo. Nada más injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía.»

«Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos.»

«El tiempo y el espacio, el color de las estaciones, el movimiento de los músculos y de la mente, todas estas cosas no son, para los escritores de genio (por lo que podemos suponer, y confío en que suponemos bien), nociones tradicionales que pueden sacarse de la biblioteca circulante de las verdades públicas, sino una serie de sorpresas extraordinarias que los artistas maestros han aprendido a expresar a su manera personal. La ornamentación del lugar común incumbe a los autores de segunda fila; estos no se molestan en reinventar el mundo; solo tratan de sacarle jugo lo mejor que pueden a un determinado orden de cosas, a los modelos tradicionales de la novelística.»

Vladimir Nabokov
«Las diversas combinaciones que un autor de segunda fila es capaz de producir dentro de estos límites fijos pueden ser bastante divertidas, pese a su carácter efímero, porque a los lectores de segunda les gusta reconocer sus propias ideas vestidas con un disfraz agradable. Pero el verdadero escritor, el hombre que hace girar planetas, que modela a un hombre dormido y manipula ansioso la costilla durmiente, esa clase de autor no tiene a su disposición ningún valor predeterminado: debe crearlos él. El arte de escribir es una actitud fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción.»

«El artista maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz. Y allí, con un gesto espontáneo, se abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente.»

«… el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario, y cierto sentido artístico…»

«Cada cual tiene su propio temperamento; pero desde ahora os digo que el mejor temperamento que un lector puede tener, o desarrollar, es el que resulta de la combinación del sentido artístico con el científico. El artista entusiasta propende a ser demasiado subjetivo en su actitud respecto al libro; por tanto cierta frialdad científica en el juicio templará el calor intuitivo. En cambio, si el aspirante a lector carece por completo de pasión y de paciencia —pasión artística y paciencia de científico—, difícilmente gozará con la gran literatura.»

«La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando el lobo, el lobo, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo.»

«La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre engaña.»

«Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.»



«Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal. Es ahí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco despegados. Entonces observamos, con un placer a la vez sensual e intelectual, cómo el artista construye su castillo de naipes, y cómo ese castillo se va convirtiendo en un castillo de hermoso acero y cristal.»





domingo, 5 de junio de 2016

Blas de Otero

     



Blas de Otero
  

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

(EN EL PRINCIPIO, de Blas de Otero)






Paul McCarney
Paul McCarney, el ex Beatle, ha estado en Madrid. El pasado jueves. En el estadio Vicente Calderón. Ha actuado ante 40.000 incondicionales seguidores. Ha salido en todas las televisiones. «¡Qué pasa, troncos!», ha gritado en castellano, y ha gustado más este ¡qué pasa troncos!, en castellano, que si hubiera cantado siete veces siete Yesterday. De hecho, si se hubiera sentado en el escenario a comer un bocadillo mientras sus canciones sonaban en playback habría gustado lo mismo. La gente iba a verle a él, al mito. No todos los días pasa una estrella cerca de tu casa.
La que sí dio mordiscos a granel, y no precisamente a un bocadillo, fue una de las secretarias de Paul, encargada del avituallamiento, en la madrugada del miércoles, un día antes del concierto. Expulsada de una discoteca por comportamiento indebido, en estado de embriaguez, se lío a puñetazos, mordiscos y escupitajos con el personal de seguridad de la discoteca, primero, y luego con los policías que habían acudido a mediar en el altercado. Cualquiera de los 40.000 hubiera dado cien pavos por lucir en la piel la dentadura de Paul grabada a fuego. O por poder retener en un frasquito de perfume chino un salivazo, incluso un vómito, del Ex, pero no por el gargajo de una desconocida, por muy secretaria de Paul que sea. Los escupitajos de los desconocidos dan asco, y los mordiscos, desprovistos de su valor icónico, son lo que son. A la secretaria la dejaron en libertad, tras un juicio rápido en los juzgados de Plaza de Castilla, y pudo acudir al concierto sin ningún problema.


En Bilbao se celebra el centenario del poeta Blas de Otero. De las farolas de la Gran Vía y El Arenal cuelgan carteles recordando a los bilbaínos la efemérides.

Pido la paz y la palabra
Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Blas de Otero nace en Bilbao, el 15 de marzo de 1916, en el convulso siglo XX, en una familia acomodada. Estudia  la primaria en el colegio de Juana Whitney, madre de la pedagoga y humanista María de Maeztu Whitney (Vitoria, España, 18 de julio de 1881 – Mar del Plata, Argentina, 7 de enero de 1948), y el preparatorio e ingreso de Bachillerato lo hace en los jesuitas. De niño odiaba el colegio y adoraba la vida familiar. A su institutriz francesa, Isabel, más tarde le escribiría un poema:

Mademoiselle Isabel

Mademoiselle Isabel
Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en ésa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabel..., tu jardín tiembla en la mesa.

De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.


Al arruinarse económicamente, la familia se traslada a Madrid. Allí, un Blas de Otero adolescente, descubre su vocación literaria. Cuando tenía trece años, muere su hermano, de dieciséis años, y tres años después su padre. Su carácter se agria por esta causa y Blas empieza a obsesionarse con la muerte. La desaparición del padre ha empeorado la ya precaria situación económica y la familia y regresa a Bilbao. Blas tiene que hacerse cargo de la manutención de la familia. Mientras estudia Derecho por libre, a la vez trabaja. Esta situación le supera y en su salud emocional se producen fisuras por las que se cuelan graves crisis nerviosas. Encuentra consuelo en la religión, la amistad y el arte. Su vida religiosa es muy intensa (1933–1944): firma sus poemas como «Blas de Otero, C. M»: Congregante Mariano.

Ecce homo

En calidad de huérfano nonato,
y en condición de eterno pordiosero,
aquí me tienes, Dios. Soy Blas de Otero,
que algunos llaman el mendigo ingrato.

Grima me da vivir, pasar el rato,
tanto valdría hacerme prisionero
de un sueño. Sí es que vivo porque muero,
¿a qué viene ser hombre o garabato?

Escucha cómo estoy, Dios de las ruinas.
Hecho un cristo, gritando en el vacío,
arrancando, con rabia, las espinas.

¡Piedad para este hombre abierto en frío!
¡Retira, oh Tú, tus manos asembrinas
-no sé quién eres tú, siendo Dios Mío!


Acaba Derecho en 1935.  Durante la Guerra Civil combate en el bando nacional. En el 41 trabaja como asesor jurídico. Crece su prestigio de escritor. En 1943 deja el trabajo y se traslada a Madrid para matricularse en Filosofía y Letras. La universidad no cubre sus expectativas intelectuales y retorna a Bilbao. Su hermana mayor, que sustenta a la familia, enferma y debe dejar el trabajo. A Blas le mortifica el sentimiento de culpa por haber abandonado a su familia: quema sus poemas, en un arranque de furor expiatorio. Enseña Derecho por libre y a la vez que prepara oposiciones. En el 45, una crisis nerviosa le recluye en un sanatorio: sus convicciones religiosas se hacen pedazos. Su fama como poeta crece de forma desbordante. En 1952 se autoexilia en París y, como un péndulo que sujeto firmemente a uno de sus extremos y al romperse el anclaje oscila con fuerza hacia el otro, Blas de Otero se afilia al Partido Comunista.

Campo de amor
Si me muero, que sepan que he vivido
luchando por la vida y por la paz.
Apenas he podido con la pluma,
apláudanme el cantar.

Si me muero, será porque he nacido
para pasar el tiempo a los de detrás.
Confío que entre todos dejaremos
al hombre en su lugar.

Si me muero, ya sé que no veré
naranjas de la China, ni el trigal.
He levantado el rastro, esto me basta.
Otros ahecharán.

Si me muero, que no me mueran antes
de abriros el balcón de par en par.
Un niño, acaso un niño, está mirándome
el pecho de cristal.


Regresa a España y se dedica a viajar por Castilla y León. Vive de su trabajo, cuando puede, y de las ayudas de la gente que iba conociendo.

Se traslada a Barcelona (1956―1959). Gana los premios Premio de la Crítica en el 58 y el el Premio Fastenrath en el 61. En 1964 se instala en La Habana. Se le otorga el Premio Casa de las Américas. Se casa con la cubana Yolanda Pina. A los tres años se divorcia y regresa a Madrid. Desde 1969 hasta su muerte su compañera sentimental sería Sabina de la Cruz, la cual le propició un mundo maravilloso mundo de armonía interna.

Cartilla (poética)
La poesía tiene sus derechos.
Lo sé.
Soy el primero en sudar tinta
delante del papel.

La poesía crea las palabras.
Lo sé.
Esto es verdad y sigue siéndolo
diciéndola al revés.

La poesía exige ser sinceros.
Lo sé.
Le pido a Dios que me perdone
y a todo dios, excúsenme.

La poesía atañe a lo esencial
del ser.
No lo repitan tantas veces,
repito que lo sé.

Ahora viene el pero.

La poesía tiene sus deberes.
Igual que un colegial.
Entre yo y ella hay un contrato
social.

Ah las palabras más maravillosas,
«rosa», «poema», «mar»,
son m pura y otras letras:
o, a…

Si hay un alma sincera, que se guarde
(en el almario) su cantar.
¿Cantos de vida y esperanza,
serán?

Pero yo no he venido a ver el cielo,
te advierto. Lo esencial
es la existencia; la conciencia
de estar en esta clase o en la otra.

Es un deber elemental.


Blas de Otero muere de una embolia pulmonar el 29 de junio de 1979, en Majadahonda (Madrid). Su sepultura se encuentra en el cementerio civil de Madrid.

HOMBRE
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!