Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






lunes, 23 de enero de 2017

Balzac. La novela de una vida




Stefan Zweig
        «El inesperado éxito de mis libros proviene, según creo, en última instancia de un vicio personal, a saber: que soy un lector impaciente y de mucho temperamento. Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Solo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles que les quitan tensión y les restan dinamismo.»

       «Si algún arte conozco es el de saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.»
(Stefan Zweig).


      Estoy leyendo una biografía de Honoré de Balzac escrita por Stefan Zweig (1881-1942): Balzac. La novela de una vida. Los principios en las letras de Balzac no fueron nada fáciles. A los 20 años abandona la notaría en la que trabaja y anuncia que desea ser escritor, para sobresalto de sus padres. De mala gana, ante la firme voluntad del joven Honoré, estos acceden a financiarle: le darán 120 francos al mes durante dos años. Estos dos años son el plazo que tiene Balzac para lograr hacerse con un nombre y vivir de su talento literario, en el que nadie cree, o deberá regresar a la notaría.

Honoré de Balzac
      La madre de Balzac, en total desacuerdo con la decisión de su hijo de ser escritor, le alquila una habitación de tres al cuarto en París, en el número 9 de la calle Lesdiguières, con el ánimo oculto de desanimarlo. Un desván penoso y desagradable que costaba 5 francos mensuales. Por mobiliario, la madre le proporciona una incómoda cama y una mesa y dos sillas, viejas.

      Balzac se encarga de empapelar las tristes paredes, instalar los libros que lleva consigo (no muchos), preparar las hojas y las plumas para escribir. Para alumbrarse dispone de una vela en una botella y un poco de petróleo para el quinqué. Dispone de dos años para convertirse en escritor profesional, la cuestión es que no sabe qué va escribir. En la cabeza de Balzac flota la idea crear una obra maestra, pero ¿de qué clase? ¿Teatral, filosófica? ¿Novela, poesía, cuento?

      Leyó incansablemente decenas de libros, buscando un tema para su futura obra y para aprender el oficio de escritor:

      «No hacía nada más que estudiar para formar mi estilo, hasta que comprendí que acabaría perdiendo la razón.»

      Balzac había decidido escribir una obra filosófica, pero abandona la idea tras dos meses de intentos. Escribir una novela lo ve lejos de sus posibilidades. Aún está verde como escritor. Tal vez un drama histórico. Otra vez lee libros y más libros en busca de un tema. Encuentra uno: Cromwell. Escribe a su hermana Laure para comunicarle su decisión:

      «Me he fijado al fin en el tema de Cromwell y lo he escogido porque es el más espléndido de toda la historia moderna.»


      Está decidido a escribir Cromwell, un drama en verso, y su decisión es firme. Sin embargo, duda de su talento:

      «Las ideas se me acumulan, pero me veo impedido de continuo por mi poco talento en el arte de versificar.»

      Se encierra en su cuchitril de París y no sale nada más que para comprar pan, fruta y café. En el invierno el frío se hace insufrible. Se abriga con una manta de lana y un chaleco de franela. Le pide a su hermana que le envíe un mantón y a su madre que le haga un gorro de punto. Durante el proceso de creación de Cromwell a veces se siente desamparado e inseguro.

      «Todas mis aflicciones tienen su origen en mi reconocimiento del poco talento que tengo.»

      Desea escribir una obra de arte magnífica, intemporal, que marque un hito en la literatura. Pero duda... Le escribe a Laure:

      «… te ruego que no me digas nunca, cuando me hables de mis obras: “Esto está bien”. Debes limitarte a mostrarme mis errores; guárdate los elogios.»

      En enero de 1820 ha terminado el primer borrador de Cromwell. Han pasado cuatro meses. En mayo regresa a la casa de sus padres con la obra corregida y resuelta. Balzac va someterla al juicio de su familia y algunos amigos relevantes que han sido invitados para una lectura en público. La madre se encarga de pasar a limpio el manuscrito, que se encontraba plagado de tachaduras. El Cromwell no satisface al auditorio familiar, que no se siente competente para juzgar el valor literario de la obra. Se recurre a un profesor de literatura de prestigio, con algunas obras dramáticas publicadas, y se le solicita su opinión. Este recomienda al joven Balzac que practique la literatura de forma subsidiaria, mientras se gana la vida con una lucrativa profesión. Balzac no piensa renunciar a su vocación. Su respuesta es la de un creador nato:

      «Si yo aceptara una colocación, estaría perdido. Me convertiría en un chupatintas, en una máquina, en un caballo de circo que da sus treinta o cuarenta vueltas y come, bebe y duerme en las horas señaladas; me convertiría en una criatura vulgar. Y a esto se le llama vivir, a este rotar como piedra de molino, a esa eterna repetición de las mismas, eternas cosas.»

      Aún no ha consumido todo el tiempo del plazo pactado con sus padres. Vuelve a su cuartucho de París dispuesto a luchar por sus sueños. Ha renunciado a la gloria y a convertirse en un escritor inmortal. Lo único que desea es ganarse la vida escribiendo. Descubre que la novela de masas es la forma más rápida para obtener dinero. Es la literatura del momento. Sigue la línea de los escritores que triunfan. Y de nuevo fracasa. Ha pasado un año y medio. El 15 de noviembre de 1820 sus padres le comunican que el 1 de enero de 1821deberá abandonar el cuartucho de Paris y regresar al hogar. Parece que su carrera de escritor ha concluido. Nada indica que las cosas vayan a suceder de otra manera.

      Entonces la casualidad hace que conozca a un joven escritor sin ningún talento, Auguste le Poitevin de lʼEgreville. Este le propone escribir literatura basura, escribir deprisa novelas de ficción con un concreto número de páginas, robando la historia a otros escritores si fuera preciso. Auguste cuenta con un editor. Trabajarían en colaboración. Auguste le proporcionaría la historia y Balzac la escribiría. Las ganancias a partes iguales. Balzac está conforme. Firman como A. de Viellerglé (Auguste) y Lord Rʼhoone (Balzac).

      Más tarde se desligaría de Auguste y continuaría él solo durante años, vendiendo sin ningún escrúpulo su pluma al mejor postor. Resulta paradójico que una de las figuras más notables de la literatura francesa del siglo XIX deba su brillo a la literatura basura. De no haber recurrido a ella, la estrella de Balzac habría languidecido en un despacho de notario.






Goethe
      

«El hombre no puede permanecer siempre en estado consciente; debe repetidamente sumergirse en lo inconsciente, porque allí vive la raíz de su ser». (Goethe).








miércoles, 21 de diciembre de 2016

Bienvenido, 2017






Apenas quedan tres semanas para que acabe el año. Puestos a hacer repaso, no puedo decir que haya sido un año para recordar. Igual es mejor que sea así.
El 2017, el futuro, para algunos más que para otros se aproxima cargado de incertidumbre, como corresponde a lo que aún se encuentra sumido en las sombras del porvenir. Se puede intuir lo que nos espera, examinando nuestras posibilidades presentes. Pero, especialmente, para los que vivimos con el emoticono de la sonrisa en una mano y el de la tristeza en la otra la falta de certezas resulta descorazonadora.



Bilbao se ha vestido de Navidad. Las luces navideñas engalanan las calles y los escaparates de los comercios han sido decorados con motivos navideños. Es verdad que prima el aspecto comercial, pero aun así me gusta el cambio que experimenta mi ciudad y pasear por la Gran Vía bajo las tiras de lucecitas azul Bilbao que penden de los tilos.


En la plaza Arriaga han puesto unas bolas iluminadas como las que se cuelgan de los árboles de Navidad, solo que estas son enormes. Todo el mundo las fotografía con los móviles. En el teatro Arriaga representan el musical Cabaret. Me voy a quedar con las ganas de verla.

Ahora tengo una perrita golden de diez meses que ocupa parte del tiempo que destinaba a escribir o leer. Es muy inquieta y fogosa, y parece incansable, pero al llegar a casa se queda quieta y se duerme. Su mirada es melancólica y dulce. Al principio no sabía muy bien cómo interactuar con ella, pero poco a poco voy aprendiendo. La verdad es que no entiendo nada de perros.

En fin, ya veremos. Esta entrada es para desearos a todos unas felices fiestas de Navidad y un próspero Año Nuevo. Que seáis felices. En Euskadi decimos zorionak, que quiere decir «buenos pájaros»; dicen que su origen viene del rito pagano donde se destripaba un ave para leer el porvenir en las entrañas.

Un abrazo a todos.
¡Zorionak!


lunes, 14 de noviembre de 2016

Leonard Cohen, poeta.






El lunes 7 murió Leonard Cohen, pero no se hizo público hasta cuatro días después, el viernes 11.  La red se ha llenado de semblanzas y anécdotas.
Leonard Norman Cohen, este era su verdadero nombre, nació en Montreal el 21 de septiembre de 1934, y ha muerto en Los Ángeles. Fue poeta, novelista y cantautor.







Dicen que era un artista fascinante y enigmático. Fue miembro de la Orden de Canadá y de la Orden Nacional de Quebec.
En el 2011 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias.
Parte del discurso de agradecimiento que pronunció entonces circula en las redes sociales a la velocidad de la luz, al menos en España; es la parte en la que se refiere a cómo descubrió su afición por la música de mano de un joven guitarrista español.
Os traigo el vídeo del discurso, por si lo queréis ver: Discurso.








      Hay una canción de Leonard Cohen cuya letra ha sido interpretada de cien maneras, depende de quién la escuche. Se titula First We Take Manhattan, y os la quiero dedicar a todos los que soñáis con un mundo más amable y creativo, pero especialmente a los autores indies: Canción











miércoles, 26 de octubre de 2016

HADES. LA ERA DEL INFIERNO




Por fin he terminado de corregir Hades. La Era del Infierno, mi última novela. Las correcciones han sido un trabajo agotador, pero con la ventaja de que se trabaja sobre algo ya hecho. En el ordenador me han salido 364 páginas, lo que no está nada mal.
La novela trata de un hombre que viaja al pasado, a la era conocida como Hades o Eón Hádico. Hasta hace no muchos años se pensaba que la Tierra, a la cual se le supone una existencia de alrededor  de 4 000 millones de años, en sus primeros 500 años era un mar de magna. Sin embargo, estudios geológicos en los años 80 desvelaron que la superficie de la Tierra puedo ser un lugar con un clima menos extremo de lo que se suponía, y estar formada por océanos y continentes.
Inspirándome en estos descubrimientos, he situado a los personajes de la novela en una Tierra ficticia,  de hace 3 500 millones de años.


SINOPSIS
       Eder Aja, comercial de la inmobiliaria Albizua, recibe el encargo de vender una vieja mansión indiana en Montediablos, un pueblo que recibe su singular nombre por las recurrentes apariciones de diablos que se registran desde época inmemorial. En la mansión, Eder halla un cuaderno con una sorprendente historia escrita en 1927 por Juan Eraso, un empresario vasco afincado en Estados Unidos de América. En el cuaderno, Juan relata cómo se vio transportado al cuerpo de un ser de aspecto horrible, en una comunidad de seres que vivían en subterráneos a los que él llamaba «diablos».
El mundo de los diablos posee cuatro lunas, en una de las cuales Juan Eraso identifica a la luna de la Tierra. La flora es primitiva, y la fauna está compuesta exclusivamente por animales similares a insectos, en muchos casos gigantescos. Juan descubre la forma de controlar su estancia en lo que él llama el «otro lado», y realiza varias incursiones. En una de ellas encuentra una tablilla con el nombre de un buque de línea inglés desaparecido en 1744. ¿Ha viajado un buque inglés del siglo XVIII al «otro lado»? ¿Es aquel mundo la Tierra en la era geológica conocida como Hades o Eón Hádico, la «Era del Infierno», hace 3 500 millones de años?


       En esta entrada podéis leer el prólogo y un capítulo, pero en Amazon se pueden leer hasta seis. Son capítulos cortos, por eso los de Amazon dejan leer tantos.
       Aunque por el título puede parecer una novela de miedo, en realidad no lo es. El protagonista, Juan Eraso, se mueve entre unos seres primitivos y sencillos, de una brutalidad espontánea que le repugna, pero que es superada por la brutalidad cargada de rencor del hombre moderno, representado por Juan Eraso: los diablos son brutales por instinto de conservación, y su violencia se circunscribe a eliminar el peligro que los amenaza.
       Juan Eraso encuentra en ese mundo vestigios de un buque de línea inglés, que ha viajado, como él, en el tiempo. Los buques de línea eran barcos de guerra que estuvieron en servicio a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Se llamaban así porque llevaban los cañones en los costados, y para combatir se veían en la necesidad de formar en línea frente al enemigo. La batalla más famosa que protagonizaron fue la de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, entre la armada inglesa y la combinada franco-española. Juan Eraso se propone comunicarse con los tripulantes del buque inglés, el HMS Victory, de los que hay indicios que le llevan a presuponer que están vivos.

Pinchando en este enlace podéis ir a la página de Amazon donde está la novela: Ir a la novela.



HADES. LA ERA DEL INFIERNO

PRÓLOGO
  
Aquella gélida mañana de enero de 1927 el Maxwell negro se precipitó por la pendiente de Montediablos.
Sí, esa pendiente que hay a la salida del pueblo.
El Maxwell rebotó en la roca pálida que sobresale como un hueso roto, rodó, dejó un rastro de chatarra y cristales y quedó boca arriba en el fondo del abismo, empotrado en un pino añoso y reseco. Poco después una de las ruedas delanteras chocaba contra la puerta del conductor, que colgaba de los goznes.
Eso es lo que le pasó al Maxwell negro.
Un fastidio.
Si el espíritu del conductor hubiera estado dentro de su propio cuerpo habría visto al vehículo asomarse a la despoblada pendiente cóncava que se hundía en el pinar, cincuenta metros más abajo.
Pero el espíritu del conductor había abandonado su ser físico instantes antes de que el Maxwell se despeñase, y la trémula envoltura humana de carne y hueso la ocupaba ahora aquel extraño y sorprendido intruso.
Segundos antes, tan solo unos escasos segundos antes de despeñarse el Maxwell, el intruso había examinado con complacencia los dos brazos humanos, ¡tan de su agrado!, que sustituían a sus familiares y aborrecibles brazos de quitina, acabados en una mano con tres dedos portadores de afiladas y prácticas uñas.
Así fueron las cosas aquel día: tras golpear la roca pálida, el flamante Maxwell voló varios metros por encima de la pendiente y al caer se destrozó el techo y el capó. Desde luego que sí. Y no solo eso, el cráneo del conductor se golpeó con el techo del automóvil, una chapa metálica de excelente calidad fabricada en Detroit, USA.
¡Qué fatalidad!




CAPÍTULO I

Eder Aja estiró el cuello y pegó la nariz a la luna del parabrisas. Parpadeó: allí estaba la señal de tráfico, sumergida en el follaje del arcén, a la entrada del desvío: «Montediablos».
Giró suavemente el volante y abandonó la carretera local. La calzada vecinal ascendía a través de un pinar de troncos espigados, cubiertos de líquenes.
Bajó dos dedos el cristal de la ventanilla: un tonificante aroma a humedad y resina se coló en el interior del automóvil.
A pesar de ser una de esas carreteras secundarias, por las que casi nadie circula, la Diputación Foral de Bizkaia se había preocupado de que estuviera en buen estado, y las ruedas del automóvil se agarraban sin problemas al húmedo asfalto.
Trazada en la ladera de la montaña, fue un áspero camino de carretas hasta 1913, año en que la Compañía Minera Bilbao-Bristol le duplicó la anchura y lo asfaltó. En aquella época, los pesados camiones de las minas recorrían la carretera y creaban socavones que cuando llovía se llenaban de agua. Quedaba el firme casi impracticable, lo cual obligaba a un periódico mantenimiento del mismo por parte de la compañía minera. Además, en invierno la carretera se helaba, sobre todo en las zonas umbrías, y las ruedas de los camiones resbalaban, lo que  hacía especialmente complicada la conducción.
Tras una interminable sucesión de atroces curvas, la zona boscosa se despejaba por el lado izquierdo. A partir de aquí la carretera describía una amplia curva en forma de hoz y ascendía hasta el pueblo pegada al desmonte.
Se inclinó sobre el volante y miró por encima del parabrisas. Al final del asfalto vio un ángulo del caserón recortado sobre un cielo violeta, encapotado y caprichoso, que llevaba todo el día descargando repentinos chubascos.
Anochecía.
El alumbrado público de Montediablos, dotado de encendido fotovoltaico, parpadeó tres o cuatro veces antes de encenderse definitivamente.
El caserón era una de las tantas exageradas mansiones eclécticas, afrancesadas, con las que los ricos indianos habían sembrado la cornisa cantábrica en el siglo XIX. Aunque los puristas en arquitectura renegaban de ellas, la gente común las observaba con curiosidad y admiración.
Pintado de ocre claro, el caserón contaba con dos plantas y buhardilla, una torre redonda orientada al este, sendos balcones con balaustres de piedra en cada habitación y otro balcón más encima del porche. Aunque con algún que otro desconchado en la fachada, el aspecto general resultaba aceptable. Situado a la izquierda de la carretera vecinal, el caserón  era lo primero que se veía al entrar en el pueblo.
En los barrotes de la cancela de la mansión alguien había colocado un cartel naranja con el rótulo «SE VENDE» bien visible, en letras negras, grandes y gruesas, sobre fondo verde, y el teléfono de un particular escrito a rotulador dentro de un rectángulo blanco.
Aledaño a la mansión, un caserío reconvertido en bar. Incrustado como una garrapata, de la centenaría fachada sobresalía un ramplón cartel luminoso, regalo de una conocida compañía cervecera, en el que se podía leer el nombre del establecimiento en letras verdes sobre fondo blanco: «Dena Ona» y debajo, en letras más pequeñas: «Oilaskoak Erreta —Pollos Asados».
Empapadas en vaho, las dos ventanas del bar, una a cada lado de la puerta, filtraban a la calle haces de luz blanca de tubo fluorescente. Iluminaban una pequeña porción de asfalto y los charcos de lluvia que se habían formado a la entrada del establecimiento y bajo de las ventanas.
Eder detuvo el vehículo a la puerta. En el asiento del copiloto reposaban dos carteles naranjas que llevaban escrito el consabido se vende, el nombre de la inmobiliaria Albizua y dos teléfonos de contacto. Sobre los carteles: una tijera y un paquete con bridas blancas de plástico. Lo cogió todo y salió del coche.
Hacía frío. Se subió el cuello del abrigo y entró en el bar, esquivando los charcos.
Se trataba del típico establecimiento rural, sin concesiones al PVC, es decir, decorado con madera de roble, nogal y castaño, mesas de madera de tres dedos de grosor y una tragaperras arrimada a la pared. Un parroquiano de unos setenta años leía el periódico en  una de las mesas. Otro cliente, algo más joven pero igual de arrugado, veía uno de esos programas del corazón en la televisión del bar, sentado en un taburete.
«Todo muy vintage» pensó Eder.
La última renovación del establecimiento debió de producirse en fecha tan lejana que tanto el continente como el contenido estaban en un tris de convertirse en reliquia, lo cual le daba un aire entrañable al Dena Ona, convirtiendo el defecto en virtud.
Las vigas originales del caserío, dejadas a propósito a la vista, formaban parte del encanto. Dos insuficientes arañas negras de ferrería, con bombillas fluorescentes de bajo consumo, dejaban en penumbra parte del local. Al fondo, en un rincón sumido en las sombras había un asador de pollos apagado.
Tras la barra, una mujer de algo más de cuarenta años, de buen ver, tirando a baja, el pelo recogido en una coleta, jersey de lana caqui y pantalón vaquero,veía la televisión, de pie, los brazos cruzados, recostada en la cafetera.
Nadie se fijó en Eder al entrar, pero cuando caminó hacia la barra y las baldosas sueltas comenzaron a sonar como un xilófono, el parroquiano que leía el periódico levantó la vista por encima de las gafas y el que veía la tele se giró.
Al verlo entrar, la mujer de la barra se desplazó hacia él con una cachaza que envidiaría cualquier tortuga.
Eder dejó encima del mostrador los carteles y pidió un café. La mujer se dirigió a la cochambrosa cafetera. Golpeó aquí, rellenó un filtro, apretó algo allá y se quedó arrobada mirando la televisión, abducida por el místico embeleso de la pantalla de plasma. Cuando el café estuvo hecho, tiró de una palanca y la cafetera resopló vapor en el interior de una jarra de acero inoxidable que contenía leche. Vertió la leche en la taza y la posó con indiferencia en el mostrador, delante de Eder.
El café estaba a conciencia, uno de los mejores que Eder había probado en mucho tiempo.
—Es un buen café.
La mujer sonrió.
—Es la cafetera, todo el mundo dice que hace un buen café —dijo, sin apartar la vista de la televisión.
Entró una mamá de treinta y tantos, metida en carnes y mal conservada; llevaba de la mano a una niña de seis años, con dos coletas. Le compró a la niña un huevo de chocolate, pagó con un billete de veinte euros y se dirigió a la tragaperras.
La camarera miró de soslayo los carteles de la inmobiliaria Albizua.
―Los voy a colocar en la casona de al lado ―dijo Eder, al darse cuenta.
Le pasó una tarjeta: «Eder Aja. Inmobiliaria Albizua».
La mujer cogió la tarjeta y estrechó con desgana la mano que Eder le tendía.
―Mertxe Korta —dijo—. Ahora no es un buen momento para vender nada en Montediablos. Si la hubieran sacado a la venta hace unos años, puede. Entonces se buscaban casas para turismo rural. Por esta zona hay bonitas rutas de montaña
La máquina tragaperras empezó a lanzar monedas a la bandeja. La jugadora las recogió y las llevó al mostrador; allí hizo dos montones y se reservó algunas monedas. A cambio, Mertxe le entregó dos billetes de veinte euros. La jugadora, como un avecilla que ha conseguido alimento para sus polluelos, regresó a la máquina tragaperras y se dedicó a alimentarla con monedas a través de la fina ranura. Mertxe retomó el hilo de la conversación.
―¿Piden mucho por la casona? ―preguntó.
―Setecientos noventa y siete mil euros.
Ella resopló.
―Es una buena casa, pero demasiado cara para Montediablos. A ese precio te va a costar dar con un comprador. Este no es un lugar que despierte la envidia de nadie ―dijo, meneando la cabeza.
La casona llevaba más de setenta años deshabitada. La dueña, una anciana que vivía en Getxo, había fallecido recientemente. Mientras vivía, ella y sus hijos solo iban a la casona para las inspecciones anuales, en las que se hacía inventario de los desperfectos, y para airearla. Es todo lo que sabía Eder.
―¿Viene gente por aquí?
—Por estas fechas, poca. Los domingos suben algunos montañeros. Desde que hace siete años empezaron las excavaciones del castro se nota más movimiento.
De las antiguas minas a cielo abierto había quedado un singular paisaje, formado por pequeños lagos de agua verdosa en los que nadaban carpas de colores. El encanto del paraje atraía un regular goteo de domingueros, sobre todo en verano, de los cuales gran parte acababa almorzando un pollo asado en el Dena Ona.
En su día, la noticia del castro descubierto en Montediablos cubrió algunos espacios de prensa y televisión. Las excavaciones habían sacado a la luz un profundo foso defensivo, una doble fortificación de piedra de dos metros de grosor, con muros de mampostería rellenos de grava, y casas con la hechura redonda de los habitáculos celtas. También habían aparecido los vestigios de una ferrería, un torques de oro para el cuello, dos espadas celtas en pésimo estado de conservación, tres puntas de lanza romanas deformadas por el óxido, media docena de monedas de plata con la efigie de Tiberio y un áureo de Augusto.
El descubrimiento del castro resultó fruto de la casualidad. En el lugar donde actualmente se realizaban las excavaciones, antiguamente hubo un barrio minero con
 
casas adosadas de dos plantas, de ladrillo y piedra, construido en 1902 por la Compañía Minera Bilbao-Bristol. Se mantuvo habitado hasta 1919.
En 2008 el barrio minero presentaba un aspecto ruinoso, y los domingueros se metían en las casas a husmear con el consiguiente peligro de que un derrumbamiento lastimase a alguien. A fin de prevenir accidentes, el ayuntamiento de Montediablos, subvencionado por la Diputación de Bizkaia, ordenó derribar el barrio y construir un parque infantil en el solar. Las máquinas excavadoras encargadas de allanar el terreno fueron las que pusieron al descubierto el tesoro arqueológico.
—Las excavaciones se han ralentizado por falta de presupuesto —dijo Mertxe—. Antes, al llegar junio ya estaban los arqueólogos trabajando, y a primeros de septiembre protegían el yacimiento con lonas y plásticos y se iban para volver al siguiente verano. Pero ahora no empiezan a excavar hasta bien entrado julio.




lunes, 17 de octubre de 2016

«El reloj», relato de Pío Baroja


«Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar.» (El reloj. Pío Baroja).


PÍO BAROJA. FRASES.

«Soy un fauno reumático que ha leído un poco a Kant.»

«Lo que se llama erudición y lo que se llama estilo, generalmente no es más que pedantería y amaneramiento.»

«La gente goza de tan poca fantasía que tiene que recoger con ansia unos de otros esos pequeños adornos de la conversación. Son como traperos o colilleros de frases hechas.»

«La claridad en la ciencia es necesaria; pero en la literatura, no. Ver con claridad es filosofía. Ver claro en el misterio es literatura. Eso hicieron Shakespeare, Cervantes, Dickens, Dostoiewski...»

«Yo creo que para ser escritor basta con tener algo que decir en frases propias o ajenas.»

«El escritor que con menos palabras pueda dar una sensación exacta es el mejor.»



Pío Baroja y Nessi nació en Donostia-San Sebastián, el 28 de diciembre de 1872, y murió en Madrid el 30 de octubre de 1956. Pertenece a los escritores de la conocida como Generación del 98. Fue el tercer hijo de José Mauricio Serafín Baroja Zornoza y de Andrea Carmen Francisca Nessi Goñi.
Pío Baroja escribió novela, ensayo, teatro, artículos periodísticos y cuentos. De los cuentos de Pío Baroja me gustan todos por su estilo, independientemente del tema. He traído a la página uno de sus relatos, que a mí me parece inquietante. Pío Baroja tiene relatos que parecen surgidos de las más extrañas y bellas comarcas de la fantasía.
Las frases de Pío Baroja que he traído a la entrada son de las que más me gustan. Tiene otras muchas que me parecen lamentables, tan lamentables como muchas de las mías de las que muchas veces me arrepiento... y que las vuelvo a repetir otras tantas veces. El ser humano es una máquina inexacta. Quizá lo resume bien Pío Baroja en esta otra frase:

 El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo.


Estoy terminando de corregir mi novela. Mi intención era publicarla el día 20, pero me temo que tendrá que esperar algunos días más. Corregir una novela tiene algo de déjà vu y de Día de la Marmota.
El relato que os traigo se titula El reloj. Espero que os  guste.



EL RELOJ

Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.
Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival y derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.
Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entre en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.
Desde la ventana se veía la luna, que iluminaba con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arcturus resplandecía y el titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía, las llamas de una hoguera se agitaban con el viento.
En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.
«¡Ah! Soy feliz —me repetía a mí mismo—. Ya no oigo la diosa voz humana, nunca, nunca…»
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.
¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.
«Tú también —le decía el cantor de la noche— vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.»
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra.
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.
Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos.
Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.



 

 Soy un hombre curioso y que se aburre desde la más tierna infancia.
(Pío Baroja). 







miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sitio de Castelnuovo



En julio de 1539 el Tercio Viejo de Nápoles, al mando del Maestre de Campo Francisco de Sarmiento, se dispone a defender la plaza de Castelnuovo, Montenegro, del almirante otomano y corsario Jidr ʾibn Yaʿqub, conocido por los europeos como Jeireddín Barbarroja.
El tercio había sido abandonado a su suerte por el emperador Carlos I, y sin órdenes ni abastecimientos se disponía a defender la plaza contra los ejércitos de Barbarroja y su aliado el Ulema de Bosnia.
Francisco de Sarmiento disponía de 12 compañías de infantería, cada una de 300 hombres, la mayoría españoles y algunos portugueses; 150 de caballería ligera y 15 artilleros. En total, entre 3500 y 4000 hombres.
Barbarroja
Jeireddín Barbarroja contaba con 130 galeras, 70 galeotas y 20 000 hombres, 4000 de los cuales era jenízaros, el equivalente otomano de los tercios españoles. El Ulema de Bosnia aportaba 30 000 soldados. En total, 50 000 hombres, más del doble de los que necesitó Tarik para conquistar la península Ibérica, lo que hoy es España y Portugal, según los libros de historia.
Antes de desembarcar las tropas, Barbarroja envía a unos cientos de jenízaros a inspeccionar el terreno. No volverá a saber de ellos. Otro destacamento enviado después corre la misma suerte.
Barbarroja desembarca, emplaza la artillería. Sabe que  Castelnuovo está defendido por un tercio español, y que los tercios españoles son difíciles de vencer. Se tienen que dar las circunstancias precisas, y en esta ocasión solo lo son a medias: los otomanos y sus aliados son mayoría, pero el tercio está en posición de combate y todos son valientes y soldados veteranos.
Barbarroja no es ningún cobarde, pero es un líder inteligente y práctico. La victoria está de su parte…, a un elevado coste. No desea perder hombres si puede apoderarse de Castelnuovo usando la diplomacia. Envía emisarios a Francisco de Sarmiento ofreciéndole paso franco hasta Italia, con banderas, armas y bagajes, de lo contrario iría por ellos con todo su enorme ejército. De Sarmiento consulta con sus oficiales. La respuesta es «Podéis venir cuando queráis».
Si Francisco de Sarmiento hubiera aceptado el ofrecimiento de Barbarroja, podrían haber sucedido dos cosas: que este hubiera cumplido su palabra o que hubiera atacado a los españoles durante la marcha. Un tercio en formación de combate resultaba un hueso duro de roer, desplazándose se convertía en una tortuga panza arriba, especialmente ante un ejército diez veces superior.
El 24 de julio los cañones de Barbarroja disparan sobre Castelnuovo. Se trata de ablandar la resistencia de los defensores antes de ordenar avanzar a la infantería. El 26 los ataques a Castelnuovo le han supuesto al ejército otomano más de 6000 bajas. En los días siguientes los hombres de De Sarmiento hacen dos encamisadas, causando gran mortandad en el enemigo y sembrando el pánico. En una de ellas matan al capitán Agi, uno de los favoritos de Barbarroja, y a todos sus jenízaros.
Una encamisada es una táctica militar que realizaban los tercios españoles, normalmente con daga y espada. Consistía en una incursión nocturna al campamento enemigo, mientras duerme, vistiendo una camisa blanca para reconocerse en la oscuridad.
El 7 de agosto Barbarroja rinde Castelnuovo. De los soldados españoles solo quedan con vida 200, todos heridos. Son los supervivientes de los 4000 hombres del Tercio Viejo de Nápoles. Barbarroja ordena pasar a cuchillo a 100 de ellos. Los otros 100 son enviados cautivos a Constantinopla. Las bajas otomanas son de 20 000 hombres, entre ellos los 4000 jenízaros, flor y nata del ejército otomano. Es lo que Barbarroja quería evitar al ofrecer vía libre a De Sarmiento.
¿Por qué Barbarroja ordenó asesinar a 100 de los prisioneros? No he encontrado la respuesta en ninguna de las fuentes que he consultado. Probablemente la mayoría estarían tan malheridos que no hubieran resistido el viaje hasta Constantinopla. No merecía la pena gastar recursos en ellos.
Uno de los asesinados fue el bravo vizcaíno Machín de Munguía. Barbarroja sabía apreciar el valor, y no iba a desperdiciar la ocasión de hacerse con un soldado de talla por muy enemigo que hubiera sido minutos antes. Especialmente si ese soldado era uno de los que más se habían distinguido en dejarle sin sus 4000 jenízaros.

Llevado por un espíritu práctico, le ofreció a Munguía la posibilidad de trabajar para él o la muerte. Munguía optó por lo segundo. A Barbarroja le pudo la mala leche y lo mandó decapitar allí mismo.